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No deja de ser curioso que de las veintiuna Finales que uno ha podido ver en directo ningunas igualen en impresión y recuerdo a las primeras de todas ellas. Y la convicción, tan poderosa hoy como entonces, de que a medida que discurría la serie la temperatura de competición era cada vez mayor, como si todo se dispusiera a encontrarse en algún final explosivo, algo lo bastante poderoso como para poder escribir todavía hoy sin que la idea, la imagen, resulte reiterativa o haya perdido fuerza. 

 

Pues eso es precisamente lo que hoy se trae aquí a colación.

 

Agolpada, muy emocional y resumidamente, tal cual se comporta el recuerdo, paso pues a relatar la secuencia de aquel momento que sigue sin abandonarme como decisivo ni permite la calma a cada nuevo revisado.

 

Antes de nada es necesario visualizar este video y elevar el volumen a ese exceso que nos traslade imaginariamente allí mismo.  No tanto verlo de golpe como descorrerlo poco a poco para comprender el texto del que es motivo, como si fuéramos leyendo juntos el guión hasta llegar al clímax de lo que finalmente se quiere destacar con mayor fuerza.

 

 

1988 NBA Finals / Game 7

 

Obviemos todo lo anterior, las toneladas de prolegómenos que preceden al momento en que irrumpe la imagen. Pongamos que todo empieza cuando la policía de Los Angeles bajó a pista en cuanto el minutero del Forum quedó a cero y el segundero a treinta.

 

 

30 segundos

 

Detroit pone el balón en juego desde la banda con 105 a 100 en contra. Tres segundos después de hacerlo Isiah Thomas el pase invertido de Laimbeer es demasiado arriesgado y Joe Dumars pierde el equilibrio y finalmente el balón. El bramido del pabellón, colmado hasta su tope histórico, basta para entender la importancia del momento. Pero el juego sigue. Y cuando Magic escapa con la posesión bajo el aro acude una remota impresión que recuerda los diez segundos (ahora ocho) para pasar de medio campo. No es necesario. Dumars comete falta sobre Cooper. Sobreviene entonces el primer decisivo delirio porque el Forum entiende que esa acción equivale al momentum de la temporada.

 

Nada para comprobarlo como todo lo que ocurre a continuación. Son tantos los puntos de atención que colman la pantalla que la CBS decuplica el desfile de planos a partir de ese momento, inflamado por el inmenso rugido de un pabellón, una ciudad y un estado que se saben cerca de la gloria, de seguro la más importante de los últimos 20 años. La muerte de The Jinx estaba más próxima que nunca. 

 

Magic Johnson es tal vez el más consciente de lo que se viene encima. El espacio circundante torna hacia su lado más amenazador, aquel que cuatro años antes movió a Larry Bird en el Garden a barrer literalmente con sus antebrazos a cuantos espectadores le salían al paso. Johnson pide calma al público (0:45-47) y se dirige al creciente número de individuos que comienza a ocupar uno de los fondos antes de que también lo haga con el del otro lado (1:01).

 

 

 

 

Cuando Johnson envía el balón hacia el árbitro principal, Earl Strom, varios espectadores invaden la pista por el ala derecha (0:33).

 

El cámara de la CBS, que ocupaba la posición que ahora toma la policía, se ve obligado a abandonar el centro de la pista y acude a confundirse con el mismísimo banquillo angelino (2:31 - 2:41). La toma es privilegiada para el espectador. Pero la prueba más insobornable del creciente caos que se está apoderando de la escena.

 

Michael Cooper yerra los dos tiros libres.

 

 

19 segundos

 

Chuck Daly agota su cupo de tiempos muertos. Se acabaron las instrucciones. La suerte está echada.  

 

La mesa resta el segundo de petición de tiempo muerto a Detroit y deja el reloj en 20 segundos. Enmienda un error ya que fue Daly quien solicitó el tiempo y no los jugadores.

 

Ahora es Rodman quien pone el balón en juego para que el máximo de receptores de tiro (Isiah, Dumars, Vinnie) esté disponible.

 

Vinnie falla el triple. Pero el rebote bajo es aprovechado por Dumars para poner el 105 a 102. Laimbeer comete falta rápida sobre Worthy con 14 segundos en el reloj. La CBS dispara (2:23) un riquísimo plano de Adrian Dantley completamente desencajado. "Y Dantley en el banquillo con una cara asesina, Ramón", sentenciaba a gusto Salaner en TVE cuando ya había despuntado el día aquí en España. No le faltaba razón. Eran las primeras Finales de Dantley desde que ingresara en la NBA en el ya remoto 1976. Ni antes ni después dispondría de una oportunidad semejante.

 

Dick Stockton, la VOZ, queda lejos de entibiar el ambiente. Aprovecha para insinuar a toda la nación que aquellos dos tiros libres de Worthy pueden ser los más importantes en la historia de la franquicia.

 

El caos prosigue su curso y por tercera vez Magic Johnson pide orden bajo la canasta que los Lakers atacan (2:35). Worthy falla el primero. Durante una décima de segundo el instinto mueve a Riley a dirigir su mirada (2:49) hacia el banquillo rival. Sabe que Daly moverá ficha.

 

Y Daly sienta a Rodman regresando Isiah a pista. Urge calidad de tiro. Nada se detiene. Worthy acaba de fallar su primer intento desde la línea. Es momento de sobreimpresionar en pantalla sus increíbles cifras (35 puntos, 16 rebotes, 10 asistencias). Worthy anota el segundo. 106-102. El Forum aumenta un grado su rugido.

 

No es ocioso el asunto del pabellón como entidad prioritaria y colosal figura protagonista. Si hubiera un termómetro que indicara la temperatura ambiente en los instantes finales de una temporada, de 1988 a nuestros días ninguna alcanzaría el fragor de aquellos momentos en el Forum. Incluso el caso de Boston del pasado junio resulta muy distinto al resolverse el anillo demasiado pronto y repartirse el calor a lo largo y ancho de la noche sin una única cima.

 

 

14 segundos

 

Sobreviene la última gran acción del año, un ejemplo fugaz del porqué los Pistons están aquí a estas alturas. Dumars amaga el tiro, cede a Isiah que inmediatamente envía a Laimbeer para un triple desde ocho metros que entra como un obús en la canasta angelina. 106-105. ¡Los Pistons a uno! El tiempo se detiene en uno de esos momentos exclusivos que invitan a lo sobrenatural. Pero sólo para el espectador. Porque los Lakers, estos Lakers, aquellos Lakers de toda la década, jamás se detuvieron.

 

 

6 segundos

 

Corre Byron Scott a sacar de fondo. Magic se ha abierto hacia su izquierda. Sólo su genio es capaz de ver en medio segundo que A.C. Green ha escapado arriba completamente solo. Hacia él va la última asistencia del año, de 22 metros de longitud. Bandeja de Green. 108-105.

 

 

2 segundos

 

2 segundos por jugar.

Los últimos 2 segundos del partido número 1966 de la temporada de 1988

2 segundos de un séptimo partido de unas Finales NBA con tres puntos de diferencia

 

El delirio es tan abrumador que en esos momentos de irrealidad parece que todo valga. Ya no quedan tiempos muertos y los cinco segundos reglamentarios para poner el balón en juego aplastan la decisión de Laimbeer, que figura entonces la urgencia del portero de fútbol cuyo equipo está eliminado en pleno descuento.

 

Todo el banquillo angelino está dentro de la pista. No sólo sus integrantes. Varios espectadores y personal angelino ocupan la esquina opuesta a cámara. Observando la escena, estremece pensar que todo lo que ha conducido a la más poderosa organización deportiva del planeta a ese momento cumbre equivalga en realidad a cualquier noche de verano en la Rucker o en la barriada ateniense de Nikea. No hay diferencias entre una y otra escenas. La imagen más impresionante la ofrece el fotógrafo que está apostado en plenas letras de la bombilla (donde los jugadores aguardan el rebote en los tiros libres), de espaldas al saque de fondo y como un integrante más del juego.

 

 

 

 

 

La pregunta es, por supuesto, retórica: ¿Por qué Strom no decide pararlo todo? ¿Ordenar un simple desalojo de pista e iniciar el juego?

 

¿Por qué?

 

Eran mis primeras Finales en vivo. Y aunque algo me convenciera de que aquel maravilloso caos formaba parte de la pornografía NBA que tan ingenuamente había concebido, algo al mismo tiempo me decía que Detroit no podía poner el balón en juego en esas condiciones. Que si ya era difícil anotar, hacerlo así sería directamente imposible.

 

¿Tan poco valían dos segundos con tres abajo en el marcador?

 

En ese mismo escenario, 18 años atrás, Jerry West había enviado el partido a la prórroga después de anotar una canasta desde 16 metros también con dos segundos por jugar. Dos segundos. En ese lapso ridículo para la vida normal fueron anotados decenas, centenares de milagros. Y otros tantos lo serían después.

 

Daba igual. El saque de Laimbeer era irreversible. Así lo realiza penosamente entre el cuarto y quinto segundo.  

 

Con el barrido de cámara que sigue al pase, esto es, con la oportunidad de descubrir el cuadrante de pista que no veíamos, se observa una situación infinitamente más deplorable y cómo parte de las primeras filas de grada han ocupado el escenario, tal y como muestra el sur del encuadre en esta segunda captura.

 

 

 

 

 

De hecho, en esos instantes en que narra el instinto del ojo y no la cabeza dijo Ramón: "¡Invasión de la pista...!". E inmediatamente después: "Isiah Thomas se cae...". En ese preciso orden y no al revés.

 

Cuando recibe Isiah Thomas, si es que lo hace, y con un segundo en el reloj... ¡suena el silbato! Pero el siguiente segundo ya es el 00:00 y el inmediato asalto a la pista, la huida de Riley a vestuarios, la explosión del desorden y el undécimo título angelino forman entonces una onda expansiva imparable.

 

Se acabó.

 

La historia es la que es. Mejor, la que fue. Y nada puede hacerse salvo recordar. Pero nunca comprendí cómo fue posible despreciar de aquel modo aquellos dos segundos. Veintiún años después, no hago más que poner letra a ese viejo y martilleante recuerdo. Aunque no sirva para nada.

 

Nadie jamás hizo referencia alguna a este episodio, lo que sin duda ha contribuido a reprimir la redacción de este texto durante todo este tiempo.

 

Lo más que asomó tuvo lugar dos días después, cuando el cronista del L.A. Times Scott Ostler, en modo excusatio non petita a no ser por el artículo publicado cinco días antes en el Bee ('Officials Having Big Impact'), formulaba una pregunta con Strom y O'Donnell como fondo y la dirigía incuestionablemente hacia el otro lado del país: "Didn't they call a clean game, and keep it under control?". Ostler prevenía una posible herida bajo el título Questions Remain. Pero precisamente "clean" era un verbo que podría, que debería haber sido empleado con los dos segundos por jugar.

 

Desde Michigan nadie dijo nada porque tal vez nada había que decir.

 

El minutero acariciaba las siete de la mañana cuando se nos ofreció la increíble experiencia de entrar en el vestuario de los Campeones.

 

En Prado del Rey la locuacidad de Salaner tomaba el mando sobre un tiernísimo Esteban Gómez que parecía aguardar una despedida de Ramón, todavía enfrascado en la algarada de pista y ciego a lo que ocurría en el vestuario. En plena celebración del anillo tan sólo el abrazo entre Julius Erving y Billy Cunnhingham cinco años atrás podía resultar más emotivo que el que estrecharon Riley y Magic Johnson entonces. El momento fue sencillamente maravilloso. Salaner proseguía con su habitual grandilocuencia recordando que crecían gigantes en el Oeste a una velocidad mucho mayor que los Lakers, y que de alcanzar las Finales por tercera vez consecutiva con ese mismo equipo estaríamos ante una de las hazañas más grandes en la historia de la NBA.

 

Pues aquella hazaña tuvo lugar. Aunque la traición del azar nos dejara sin Finales.

 

El sol entraba con fuerza por las persianas aquella mañana del miércoles 22 de junio de 1988. Madre había preparado el desayuno en la cocina. Aunque el colegio ya no esperaba yo había prometido que aquella era la última noche.

 

Nunca lo fue.