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Reconociendo la absoluta singularidad de cada jugador en nuestro deporte, de todos y cada uno de ellos, es realmente difícil encontrar a estas alturas del tiempo ejemplares que aparenten una diferencia mayor de lo común sobre el resto. Jugadores presentados al mundo con su camino bajo el brazo y sobre los que resulte muy complicado establecer analogías.

 

De la actual hornada de novatos hay uno que apenas concentra atención. Y esto es debido principalmente a dos razones: jugar este terrible año en New Jersey y no destacar en ninguna tabla estadística.

 

Si alguien quisiera saber algo más del joven Terrence Williams probablemente acudiría a sus números. Se encontraría con algo como 6.8 puntos, 3.9 rebotes y 1.9 asistencias con un discreto 37 por ciento de acierto en apenas 20 minutos por noche. O sea, una fulminante invitación a pasar a otra cosa.

 

Y sin embargo esos fast finders no saben lo que se pierden.

 

 

 

 

Imaginemos, de entrada, un jugador en torno al 1.96 con unas cualidades atléticas prodigiosas que gusta además de ratificar a la menor ocasión. Lo que de costumbre se conoce por un matador.

 

Ocurre hoy día que términos como matador, tirador o taponador acumulan tal carga histórica consigo que automáticamente se tiende a imaginar el perfil físico -y casi técnico- de cada uno de ellos.

 

Un taponador figura enseguida la imagen del clásico hombre alto de brazos alienígenas. Un tirador al alero algo perezoso de sobresaliente lanzamiento lejano. Y un matador, a esa posición intermedia de anatomía estilizada que se reconoce, y a menudo exclusivamente, por las felinas predaciones al hierro.

 

Se da entonces un interesantísimo caso en el novato Terrence Williams. Porque, reuniendo todas y cada una de las propiedades del matador, y gustando además de ellas, carece en prioridad de todo lo que suele acompañar a ese perfil.

 

A la pregunta de si es Terrence Williams un matador la respuesta es rotundamente sí. Gusta en especial de los salvajes embates en carrera a una mano valiéndose de un vertical en torno al metro. Pero con él se enfrenta uno de entrada al paradójico caso de un matador que parece disfrutar mucho más con todo aquello que el matador no es.

 

Cada vez que sale a pista lo primero que se observa es un jugador que gusta del balón tan sólo para entregarlo. O mejor, con una acusada obsesión de crear juego. Williams posee unas cualidades innatas para el pase que le hacen disfrutar por igual un envío de circulación y uno terminal. Toda la vanidad que podría exhibir con los mates se ve satisfecha con los pases.

 

Ni mucho menos se detiene ahí. Ninguna de sus acciones está a salvo de un convincente sentido espectacular del juego, de forma que cualquiera de sus rebotes (20/10 en Milwaukee, 24 defensivos en dos noches seguidas) tiene lugar siempre a más de tres metros del suelo y a veces de manera innecesaria, con ese natural exceso de algunos guardametas en el fútbol a quienes se acusa de palomiteros.

 

Con el balón en las manos en el juego estático repliega todo su tronco recortando el bote al máximo y manteniendo la cabeza erguida. Adopta entonces la exacta posición de los cambios de ritmo en jugadores como Wade o Rose. Y sin embargo no lo hace. Simplemente está decidiendo a quién pasar el balón.

 

A ello se añade unas fabulosas virtudes para la reacción defensiva. Su velocidad de desplazamiento y una firme voluntad de molestar el ataque rival le convierten en un jugador defensivo de enorme versatilidad.

 

Y nada de lo que hace consiste en ornamento inútil. Se trata al contrario de un impulso natural que resulta técnicamente acertado. Todo ello le hace acreedor a un sentido plástico del juego que remite al primer Michael Jordan y hasta a memorias de culto como Edgar Jones o David Thompson.

 

Terrence Williams es, por todo ello, una extraña forma de shooting guard que traiciona sobre todo el primer término.

 

Cuatro años a las órdenes de Rick Pitino, Williams no ha estado libre de ciertos problemas relacionados con su entrenabilidad. Pero ninguno de ellos tan importante como su definición final como jugador. Porque gustando tanto de las fortalezas de un base no lo es. Delineado su perfil físico hacia un clásico shooting guard se lleva muy mal con el lanzamiento exterior y hasta se diría, como en James Harden, que con todo lanzamiento (su peor racha fue de 33 errores en 44 tiros). Le ocurre, como a Ricky Rubio, que facilitándose todos los accesos al hierro de manera muy favorable suspende en esa cualidad milimétrica conocida como touch.

 

Y sin embargo todas las discusiones que precedieron a su elección en el draft de 2009, que involucraron a responsables de New Jersey, Detroit o Golden State, no pusieron en duda su preciosa condición de all around. Y aquí reside su mayor valor de mercado. Un valor que su falta de minutos no le permite todavía ratificar en forma de números.

 

Williams es el único jugador en la historia de Louisville en recolectar conjuntamente 1500 puntos, 900 rebotes, 500 asistencias y 200 robos. Tras un partido ante Syracuse que le vio firmar 11 puntos, 7 rebotes, 6 asistencias y 7 robos Pitino resumió lo visto bajo el titular: "His normal brilliance". Dos de los cuatro triples-dobles en la historia de Louisville son suyos. 

 

Quienes más lejos han llevado la teoría con él le atribuyen la valiosísima y rara condición de Point Forward, como si estuviésemos ante los mismos poderes de un Pippen o un Turkoglu de menor tamaño.

 

No parecen haber reparado en un problema. Un point, en cualquiera de sus formas, sabe subir el balón en condiciones ligeras y rápidas, como un acto inconsciente. Terrence, en cambio, parece haberse saltado esa lección y ni se encuentra cómodo en ella ni es de su especial interés dirigir el juego desde la propia canasta. Prefiere hacerlo como un segundo base que recibiera el balón de un primero. Otra de sus extrañas características.

 

Así ocurre que el cuerpo técnico de New Jersey, de arriba a abajo, de Thorn a Vandeweghe, está intentando descifrarle tácticamente, lo que que en determinados momentos ofrece capítulos de un interés que difícilmente encontrar con algún otro jugador en la liga.

 

No hay noche sin prueba de ello.

 

En el tercer cuarto del partido ante Philadelphia se dio una curiosa circunstancia que verifica el sumo cuidado que siguen teniendo con su caso. Al término del descanso Del Harris y Kiki Vandeweghe estaban cerca de tomar una decisión, confirmada luego de consultar al propio jugador. Dado el OK, Terrence ejerció de base durante unos minutos sobrados de curiosidad. Para no dejarle a solas, el técnico le arropó con Keyon Dooling y Courtney Lee. A 4:05 la entrada de Hayes a pista dejó únicamente a Williams con Dooling. A 2:31 la entrada de Chris Quinn devolvió a Williams a su posición aparentemente natural. Pero hasta entonces el equipo, atascado de costumbre a mitad de pizarra, salió ileso de varias posesiones apuradas gracias precisamente a la extraña claridad de lectura del joven novato.

 

En el último cuarto volvió a ejercer de base unos minutos con incluso algún visible experimento. Durante un tiempo muerto el técnico ordenó la siguiente acción a ejecutar. TWill como base aguardaría unos segundos en la frontal del triple, se abriría después a un lado con el balón, desplazaría la defensa, enviaría un pase a su izquierda (Dooling) continuado hacia la esquina donde aguardaba Hayes para el triple. La jugada, una media cuerda nacida de Williams, salió perfecta. Esa misma acción fue la orden para la jugada decisiva del partido sin éxito. TWill ya no estaba en pista.

 

Un panorama de este tipo, con un peso inesperado hacia él, no se dio en realidad hasta el 44º partido de temporada. Noche contra los Clippers saldada con victoria, tan sólo la cuarta en la joven carrera del rookie. Terrence disputó el último cuarto al completo, movió al equipo cómo y cuando quiso y acabó siendo decisivo en los 31 minutos que estuvo en pista (7 puntos, 8 rebotes y 9 asistencias). No alcanzaba los 30 minutos desde el mes de noviembre.

 

Es hasta estos últimos partidos, y todavía con sumo cuidado, que parte del cuerpo técnico en New Jersey seguía pensando en su fuero interno por qué no fueron a por Tyler Hansbrough en el último draft. Un lamento que ha podido por fin esfumarse al completo.

 

Y nunca fue la calidad el motivo. Sino lo verdaderamente difíciles que Williams llegó a poner las cosas durante unas semanas. En ese periodo, el más doloroso del equipo, el joven se empeñó en hacerse daño. Tuvo salidas de tono con el mismo poco tacto en los medios que en su año senior en Louisville. Arremetía en el Twitter contra su falta de minutos, desafiaba seguir tirando si su par no estaba encima, perdió un par de autobuses y alguna sesión de tiro, y hasta llegó a asegurar públicamente qué distintas serían las cosas de no haber caído en New Jersey. Como resultado TWill perdió presencia en la rotación. "Durante casi un mes -firmaba Dave D'Alessandro- el novato pareció dominado por la impaciencia, la indiferencia, la frustración y, lo más curioso, el egoísmo". Tildando esta última de curiosa porque en pista Terrence ignora por completo esa conducta.

 

Y también fuera de ella. En los largos ratos de banquillo es el más alegre de todos y no deja de contagiar esa alegría, muy especialmente, a los cadáveres Josh Boone, Tony Battie, Bobby Simmons, hasta hace bien poco Devin Harris y ahora al cada vez más irreconocible Douglas-Roberts. Es, pues, ese tipo de compañero que resulta muy grato al entorno por su espíritu optimista y positivo.

 

Ahora por fin lo es.

 

 

 

 

Consciente de la nueva situación Vandeweghe le va ofreciendo minutos con cada vez mayor exigencia y, sobre todo, le ha desafiado asegurando que no emitirá un juicio sobre él hasta transcurrido un mes de esta aparente mejoría.

 

Una prueba que el chaval debiera tomar muy en serio. Ahora que los Nets parecen ser únicamente noticia por el peligroso récord negativo y el próximo draft. Ahora que no hay partido en casa que no vea sonar en el entorno los nombres de Wall, Henry, Turner, Favor o Wesley Johnson con mayor frecuencia que la propia plantilla actual, es momento para abrir camino al novato y que él decida qué hacer con esa confianza.

 

Así pues, de la dolorosa sobra de tareas que asolan a los Nets -a la que acaba de sumarse la dimisión de Del Harris- una de las más delicadas apunta a descifrar de una vez a un jugador que titula esta pieza como esbozo en paralelo al pensar del cuerpo técnico. Porque de momento, a sus 21 años, no es posible hacer otra cosa con él.

 

Constituyen el 90 por ciento de las monografías sobre jugadores de actualidad los más grandes y los más prometedores. Del 10 por ciento restante cabe sitio tanto para las decepciones como para el eventual rescate de algún jugador que aún no lo es del todo, de un embrión con el que soñar, incluso de un nonato. Pero en todo caso, de un jugador completamente diferente.

 

Aquí es donde a día de hoy cabe incorporar a Terrence Williams.