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Houston, sexto partido por la corona del Oeste (29 de mayo de 1997). Con un triple en el último segundo John Stockton lograba el milagro. Los Jazz accedían por primera vez a unas Finales de la NBA. Poco después Jerry Sloan, nunca dado a las citas de libro, resumía entre micrófonos su credo: "Let this be an example of what it means to say it's never over".

 

“It’s never over”.

 

El credo, sustentado por principios innegociables, equivale al acero. Eso explica que catorce años después, como podrían haber sido treinta, la realidad siguiera sin desmentirlo. Entre el 31 de octubre y el 1 de diciembre pasados los Jazz disputaron 18 partidos. Ganaron 15. En ese periodo el equipo de Sloan conquistaba el inédito plano de las portadas. Los Jazz se convertían en el primer equipo de la historia en remontar tres desventajas de al menos 10 puntos al descanso de manera consecutiva. 18 a los Clippers, 22 a Miami, 18 a Orlando. Parecía un hechizo que cada noche conjurase pedacitos de gloria en propiedad. Los Jazz de Sloan eran interminables. La otra NBA. El vivo ejemplo del tesón, la creencia, la fe, el milagro. “The Kings of Comebacks”, titulaban en honor. Semanas después habían desaparecido del continente informativo. Ocupaban su acostumbrado lugar. Como Alberta en un mapamundi.

 

Entretanto lo mismo algún despistado esperaba alegrías por parte del técnico responsable del grupito de gladiadores. “Todavía tenemos problemas con el primer equipo. Es la segunda unidad la que nos está dando esa ayuda. (…) Hemos tenido suerte. (…) No puedes estar preocupándote de dónde juegas o dejas de jugar. Juega y punto. (…) Es tu trabajo. Hazlo lo mejor que puedas. Si tienes que jugar cuatro partidos en cinco días juégalos. Lo demás son excusas que mucha gente emplea. Juega y punto”. Earl Watson, Ronnie Price, C.J. Miles, Francisco Elson, Kyrylo Fesenko.

 

"Just go play basketball. Go play and do the job you can".

 

Su credo era simple. Su credo era duro. Su credo era él.

 

 

 

 

La figura de Jerry Sloan nunca cupo en la política del palo y la zanahoria. No conocía la segunda. O no supo hacerla suya. Sloan pertenece a ese misterioso género de hombre incapaz de decir “te quiero”.

 

No es la descripción de un ogro ni un hombre atormentado. Tampoco la del hijo que proyecta la represión del padre hacia él. Porque cuando su padre murió Jerry contaba cuatro años. Era el último, el menor de diez hermanos consagrados a la vida rural.

 

Jerry vino al mundo en el profundo sur de Illinois, en medio de las inmensas praderas donde en invierno el mercurio puede caer a plomo diez o doce grados en una hora. A las cuatro y media de la mañana ya estaba arriba, entre aperos y labranzas, cargando el cereal, hollando la tierra con paso rudo, firme, terco, calentando las manos que a las siete se apostaban en un pequeño pupitre de la escuela, atentas a lo que la tierra no contaba.

 

Jerry Sloan nunca experimentó la inversión de valores de Phil Jackson. No se aventuró en experiencias psicodélicas porque después de salir del condado no había más. No un universo de asfalto, cristal y ambición. Sloan era lo que el navajo a la tierra. Un pedacito de ella. Un hombre de piso firme. Así fueron sus primeras páginas y así serán sus últimas.

 

Su primera experiencia universitaria, como estudiante en Illinois, duró cinco semanas. Demasiado grande. Demasiada gente. Su escapada no tuvo, como en Larry Bird, origen en un técnico insoportable. Pero su destino fue paralelo al escoger otro centro más pequeño. Y mientras fue estudiante alternó tareas en los campos de extracción de petróleo y la fabricación de neveras. Había que trabajar con las manos.

 

En Evansville conoció a su primer entrenador de verdad, Arad McCutchan. El primer hombre en avistarle alma de pastor deportivo. “Algún día saldrás de aquí. Pero tienes que volver. Si lo haces dentro de diez años éste será tu equipo”. Sloan cumplió la promesa. Volvió al de once años y vistió su primer cargo de entrenador. Pero algún oscuro designio que morirá con él le hizo abandonar a los cinco días de estreno. El 13 de diciembre de 1977 el equipo entero de Evansville, donde debiera haber estado Jerry de no marchar a tiempo, falleció en un accidente de avión.

 

Como jugador, de los más relevantes que legaron los confusos años setenta, Jerry Sloan no puede entenderse más que transfiriendo sus rudezas del campo a la pista. El baloncesto explica su legado dentro de los estrechos límites de su lenguaje, entre la vasta defensa y el manido hustle. Sin comprender que no eran ni virtudes ni fortalezas. Sino el simple acto reflejo de entender su trabajo de manera natural.

 

El resultado de sus once años de carrera, y muy especialmente en Chicago, le concede algún trono defensivo en la selección de aguerridos blancos de todas las épocas y en el primer jugador de la historia en rentar con tozuda regularidad faltas en ataque aun a riesgo de sangre. La ‘no lay-up rule’ de aparente modernidad instalada por Pat Riley en los años noventa era recurso frecuente en Sloan sin despegar los pies del suelo, algo que popularizó el joven Rodman de Detroit.

 

Jerry Sloan no conocía el miedo ni la debilidad. Nunca cedió a temores ni tampoco se supo de ellos. Siendo novato en Baltimore el fornido Gus Johnson le hizo suyo a la manera del primogénito. “No te alejes de mí. Nadie te va a tocar”. Sloan podía agradecer un gesto que en realidad no hacía falta. Porque su temperamento ya había cerrado como el granito.

 

Contaba su compañero en Chicago Bob Love, que comparaba a Sloan con los clavos, que en un partido ante los Knicks Willis Reed previno a Jerry de intentar detenerle. “No te acerques. Ya te lo aviso”. A la siguiente ocasión el encontronazo entre ambos dio con Reed en el suelo, desde donde aún pudo escuchar: “A mí no me vas a asustar”.

 

En su cuarta temporada de rojo, con dos costillas rotas por un codazo del joven Alcindor, Sloan fue apartado del partido que decidía el pase a playoffs. Jerry se negó a aceptarlo, insistiendo a Motta hasta la súplica encendida. “Si yo fuera tú, me dejaría jugar”. El técnico le dio finalmente entrada y los Bulls se alzaron con la victoria en Cincinnati. Durante un último tiempo muerto de la prórroga Sloan empezó a chistar incoherencias. Pensó que perdían por 33 cuando en realidad lo hacían por 3 puntos. “¡Hay que remontar esto, vamos!”. No hablaba él. Era el tormento por las costillas rotas cuando el juego se detenía.

 

Los compañeros le querían y temían a partes iguales. A veces era demasiado bruto. Así llegaron a pedir a su entrenador que Sloan saliera el primero en las presentaciones en lugar del último. A la entrada a pista Jerry golpeaba las manos del resto con tanta fuerza que hacía verdadero daño, hasta perder alguno el tacto durante minutos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Size doesn't make any difference; heart is what makes a difference".

 

Sloan formó parte crucial de los primeros Bulls de la historia. Johnny Kerr era un motivador. Un jugador disfrazado de técnico y oratoria a empellones que compartía las rudezas propias del nativo de Illinois. Un señor que funcionó de primeras por el ardor del grupo en una competición de apenas dos manos. Pero Sloan no comprendió el baloncesto como juego de tablero hasta la llegada de un pequeño y frenético hombre de Utah de nombre Dick Motta.

 

Motta no había jugado al baloncesto en ninguna categoría. Pero compensaba esa carencia (protocolaria) con el sesudo estudio de estrategias de pizarra. Y encontró la suya en un sistema de continuidad, de gran auge en los años setenta, llamado Flex Offense.

 

Los mejores Bulls de la historia sin Michael Jordan por medio se forjaron en torno a aquel sistema de juego, simple, igualitario y firme, sobre unos principios tácticos muy básicos que se repetían con eficacia.

 

Motta supo además rodearse de un ramillete de jugadores que anteponían el sacrificio al talento. Especialmente dos: Norm Van Lier y Jerry Sloan. Jugar ante los Bulls era pasar un mal rato por estos dos perros de presa en permanente estado de garras. Otros como Chet Walker, Bob Love o sucesivamente Clifford Ray y Nate Thurmond terminaron por vertebrar, con permiso de los anteriores Knicks, el mejor equipo defensivo de una década disparatada.

 

“Yo no tenía talento. Por eso hacía lo que hacía”.

 

Jerry nunca tuvo conciencia de jugador, no al modo que demasiadas ciencias refieren como ego. Para Sloan el baloncesto era un producto de pequeños engranajes ninguno de los cuales debía superar en importancia al resto. Versiones de cuatro y cinco hombres absorbidos por igual en la matriz conocida como Flex Continuity, que involucraba a todos en la repetición y repetición de esquemas tan básicos como eficaces. Lo allí aprendido bastaba. No sería otra su doctrina. Y la grabó a fuego en su cabeza.

 

Cuatro años después de llegar a Utah Sloan ocupaba el asiento del dimitido Frank Layden (11-6). Lo haría un 9 de diciembre de 1988. Perdió en su estreno en casa ante Dallas. Perdió seis de sus primeros nueve partidos, incluyendo el último en Miami, sede del peor equipo de la liga.

 

La línea entre quedarse o ser sustituido era muy fina aquella noche de Navidad en que los Jazz recibían a los vigentes campeones Lakers. Y se logró. Fue su primera victoria de entidad. De tanta como que una línea imaginaria fue trazada en el suelo marcando un punto de salida, olvidando para siempre la llegada.

 

De pronto Sloan era exactamente lo que la familia Miller, el propietario ya fallecido, que había llorado a la dimisión de Layden, precisaba para la calma general.

 

Aguardaban quince temporadas seguidas con balance positivo.

 

En adelante podrían cambiar las caras, los apellidos y dorsales. Pero poco más. El sustrato de los Jazz se fue haciendo más y más singular, más y más específico, como un bastión comunista que resistiera las vorágines del tiempo y sus temporales. No sólo era un doctrinario táctico. Lo era instrumental, deportivo, ambiental, económico, político y hasta religioso. Una Sloanology en un entorno mormón que la voz baja de la liga desdeñaba como secta y que sólo Rodman tuvo la desvergüenza de denunciar.

 

Sloan supervisaba todas y cada una de las elecciones del draft, negociaba los contratos y extensiones de los jugadores, y gustaba de hacerlo con los agentes ya que no podía directamente con los jugadores. El mánager general que caía en Utah sabía de esta situación sin oponer resistencia. Lo supieron todos, desde Layden a Checketts pasando por el actual O’Connor. Porque transcurrido el tiempo, las eras geológicas, hasta la figura del mánager general pasaba también por su filtro.

 

El técnico de Illinois acabó trascendiendo con mucho la idea del largo plazo y el modelo de entrenador, haciendo de sí un patrón universitario en la NBA más profesionalizada de la historia. Utah Jazz y Jerry Sloan acabaron siendo la misma cosa. Una identidad y un poder omnímodo que en nada distaban de la UCLA de Wooden o la Kentucky de Rupp.

 

En los últimos años gravitaba en la cabeza del viejo guardián la quimera de replicar el colosal proyecto de tres lustros en torno a la pareja formada por John Stockton y Karl Malone. Durante un tiempo Deron Williams y Carlos Boozer hicieron pensar que algo así fuera posible. Pero no lo era a pesar del intento. La nave hacía aguas en silencio y, tratándose de Utah, a la espalda de todos. Primero fue Boozer, nacido y terminado en divorcio con la entidad y su cultura. Y finalmente Deron el principal cabecilla de la disidencia interna.

 

Sorprende la ramplona lectura posterior a su renuncia culpando a Williams de su baja. A Jerry Sloan no lo tumbó nunca un jugador. Sus encontronazos se cuentan por centenares con la aparente naturalidad no sólo de su cargo sino de un carácter de yunque a salvo de concesiones.

 

Su primer enfrentamiento con Reggie Theus en Chicago marcaría la línea de cuantos seguirían después. Prohibido sacar la cabeza. O los tatuajes. O las cintas del pelo.  O las salidas de tono. O cualesquiera formas de llamar la atención como ejemplos que Sloan nunca permitió que cundieran.

 

Un enfurecido Greg Ostertag, uno de sus más genuinos discípulos, llegó a arrojarle una bolsa de hielo a la cabeza sin que Sloan, una vez desahogado, se inmutara. El viejo código de las peleas dicta paz ya después.

 

En otra ocasión, y no fue la única, desafío en un corrillo del equipo a Karl Malone. El técnico se arremangó adoptando la posición de púgil. “Vamos, pégame. ¡Venga, pégame! ¡Usa tus puños!”. En muchos de estos altercados, posteriores a una derrota, estaba presente Larry Miller, el dueño, que intentaba mediar sin conseguirlo. “Lo arreglaríamos y punto. Eso lo sabíamos todos”, aclaraba el Cartero. Y ese mismo temperamento de roca caliza unido a la rigidez de sus patrones explica disidencias mucho más insalvables posteriores a John Stockton. De Carlos Arroyo a Deron Williams, como hubiera sucedido con Magic Johnson de haber caído en la Utah de Sloan.

 

Ningún patrón de banquillo semejante por inmovilismo. Con resultados difícilmente igualables.

 

En términos positivos, el monumento de Utah ha sido el único motivo por el que los Jazz han vivido (deportivamente) las dos últimas décadas por encima de sus posibilidades. Al otro extremo la carrera de Sloan ha estado igualmente marcada por un excedente de represión que el resplandor Stockton-Malone mantuvo en estado latente.

 

Mucho más tarde de lo previsto, y tan sólo a causa de una obra de incuestionable solidez, esa inmunidad a los cambios acabaría fracturando el viejo proyecto por algún sitio. Sin escándalos. Como así ha sido. Y Sloan, vetado a sí mismo a las luces del público tributo, ha cortado por lo sano saliendo por la puerta de atrás sin esperar a nadie más que a su sombra, Phil Johnson.

 

Sloan vivió en la terca custodia del baloncesto sin lujos. El mismo motivo que acabó con él.

 

En unas condiciones eficazmente feudales podría haber continuado en el cargo eternamente. Salvo que sus constantes vitales dijeran basta porque en la balanza de equilibrios algo pudiera empezar a pesar más que él. “Mi energía ha decaído un poquito”. La mínima dosis que cuestionara sus dominios de padre y juez único, aun siendo una tiranía noble, le era suficiente para abandonar.

 

El caso Sloan no es más que otro paradigma de la eterna dialéctica entre el pasado y el futuro. La vieja colisión de la juventud y su permanente proyección hacia delante y la condición reaccionaria de un técnico que iba a seguir aplicando su escuela secular sin reparar un ápice en la realidad circundante. Principios, formas y diagramas algunos de los cuales databan de hacía 40 años. Para Sloan el tiempo no conocía de pulsos. A las seis de la mañana se haría lo mismo que ayer antes de hacer lo mismo mañana.

 

Decía Jack McCallum que lo más sorprendente no era la repentina renuncia, sino que Sloan se mantuviera todavía en pie sin haber dado un solo paso adelante desde los años sesenta.

 

El cronista daba cuenta también de la simpática acritud de Jerry entre bastidores. Respondía “bien” a la vacía pregunta del “cómo estás”. Si en cambio lo preguntado era el equipo la ironía, la insatisfacción permanente, el estado de un temperamento incorregible, volcaba entero en un simple “We’re terrible”.

 

Bajo el sombrero John Deere de un genuino farmer Sloan vivió también acompañado del alcohol y el tabaco durante demasiado tiempo. Con gran causa además cuando su Bobbye de toda la vida sucumbió al cáncer el verano de 2004. El hombre incluso se sorprendía de que sus malos hábitos se tuvieran en cuenta. Como si fueran importantes. Un reflejo de no hablar nunca de sí mismo. De hacerlo por obligación de su trabajo y hogar. Pero nunca en particular de ninguno de sus jugadores.

 

Cuando Sloan aterrizó en Utah como ojeador a cuenta del distante Sam Battistone, Deron Williams contaba con cuatro meses de vida. Mucho tiempo después Williams no tiene mayor culpa que la del talento al que arde la ambición de escapar a los moldes. Moldes rígidos, angostos, blindados. Deron dispensaba un respeto intocable a su entrenador. Pero su entrenador era su cárcel. Sin Boozer ni un referente a su lado, un buen brazo armado, Deron ya no soportaba el juego a media pista, el desfile de bloqueos autómatas, ciegos como su nombre.

 

Durante estas dos décadas el baloncesto de los Jazz incluso podía mirar con circense recelo al europeo. Era mil veces más tradicional.

 

Su falta de condecoraciones, de galardones de los que pueden dar cuenta Sam Mitchell , Mike Dunleavy o Del Harris, arrancaba en la banda. Donde un hombre en permanente estado de enojo las tuvo muy serias con los jueces del juego. Ningún otro entrenador de la historia recibió más técnicas que él ni rebasó más veces la línea. Lo había hecho ya con Bob Delaney. Pero el incidente en 2003 con Courtney Kirkland, que le acarreó una suspensión de siete partidos, fue el más grave de su carrera. A partir de entonces cada una de sus centenares de salidas de tono veía a Phil Johnson incorporarse como un resorte, como una esposa, por si acaso.

 

De puertas hacia dentro Sloan no era distinto a lo que las cámaras recogían.

 

En estado de reposo, vedado a la sonrisa, Sloan dejaba la boca a medio abrir y la mirada ingrávida. No es otro el arquetipo que ha legado la férrea imagen de su cargo. Un cargo que, él mismo decía, nunca tuvo nada que ver con el cultivo de amistades.

 

 

 

 

No es posible explicar la insólita longevidad de Sloan en Utah sin hacer referencia a su doble cima deportiva en 1997 y 1998. Seguramente de anillo de no haber estado enfrente los Bulls de Michael Jordan. Pero al mismo tiempo sin mostrar la menor innovación, por pequeña que fuera, cuando las circunstancias podían también exigirlo. Aquellos Jazz de las Finales y The Kings of Comebacks de hace un par de meses distan tácticamente un cabello cano de Sloan, cuyo baloncesto nunca supo de cintura.

 

Estirado en 23 largos años, a jugadores como Jeff Hornacek, John Stockton, Matt Harpring, Erick Leckner, Delaney Rudd, John Crotty, Larry Krystkowiak, Tom Chambers, Jay Humphries, Bryon Russell, Felton Spencer, Antoine Carr, Adam Keefe, James Donaldson, Greg Foster, Howard Eisley, Greg Ostertag, Andy Toolson, Shandon Anderson, Todd Fuller, Jacque Vaughn, Pete Chilcutt, Scott Padgett, Olden Polynice, John Starks, John Amaechi, Rusty LaRue, Jarron Collins, Andrei Kirilenko, Tony Massenburg, Curtis Borchardt, Raja Bell, Gordan Giricek, Tom Gugliotta, Ben Handlogten, Raul Lopez, Sasha Pavlovic, Michael Ruffin, DeShawn Stevenson, Kris Humphries, Mehmet Okur, Milt Palacio, Rafael Araujo, Louis Amundson, Derek Fisher, Paul Millsap, Kyle Korver, Kosta Koufos o Gordon Hayward, los vincula una mayoritaria tendencia a la raza blanca. Porque la camiseta de los Jazz era la más blanca de toda la NBA. Un blanco ártico, siberiano, gulag.

 

A todos esos jugadores, en distinto grado y postura, los une el concepto gris, sacrificado, sobrio, obediente y raso bajo la irónica etiqueta de Flex. A todos ellos los agrupa un denominador común: una logia poderosa presidida durante todo este tiempo por el abuelo de la granja.

 

Pasará demasiado, si es que ocurre, antes de volver a ver a una franquicia en perfecta simbiosis con el alma de un entrenador.

 

En la profunda NBA, la de los corrillos en torno a mesas relajadas de distendida confidencia, Jerry Sloan era una figura venerada. Apreciada por todos por lo familiar. Pero venía ya sucediendo, como con Deron, que era imposible abstraerse a la metáfora del tractor en medio de Indianápolis.

 

Mucho se ha escrito estos días a la espera de futuras cuentas biográficas. Pero apenas se ha reparado en la única y más simple verdad de todas. Expresada, cómo no, a la genuina manera del hombre de campo que abrocha un asunto para siempre.

 

"My time is out".