Bien podría presidir a todos y cada uno de los años que se esfuman el título de "se nos marcha un año interesante". Porque todos lo son. Ninguno se queda vacío. Siempre hay demasiadas cosas que recordar pero unas pocas que nunca olvidar. 2007 no quebranta este código.
Se fue una Copa que fue bonita mientras duró. Lo fue porque hubo rivalidad hasta la ansiada final, donde un equipo desapareció aplastado por otro que creímos entonces invencible. Por eso cuanto antes se dio por muerta a la víctima antes emergió y mayor fuerza cobraron sus gestas, que lo fueron muy por culpa, además, de un tipo que había rescatado lo mejor del mito Martín. Un título europeo nunca fue poca cosa y otro de liga ACB, saboreado en terreno del eterno rival, no tiene precio. Fue como siete años antes, pero sin Djordjevic, con celebración en la pista y la presencia de cámaras. Eso que todos ganamos.
Sucedió en la Copa lo contrario a la Final Four de Atenas. Allá nos quedamos sin final. Acá vivimos una fabulosa, que sucedía a dos semifinales de un juego tan sórdido que algunos creímos haber remontado a la todavía reciente Edad Media y su mezquino ajedrez de autómatas. Algún tipo de insobornable cobardía sigue acompañando a los equipos españoles cuando precisamente toca ser más valiente. Pero la final lo compensó todo. La Euroliga, con el debido respeto, bien podría haberse ahorrado sus meses de baldía competición si ésta no sirve más que para dejar vivos a los que desde el principio supimos no mejores, sino únicos dignos de un trofeo que sigue siendo el más caro.
Qué importante es el marco. Y no hay Olimpo comparable en ardor al OAKA. Si me preguntaran cuál es la principal diferencia entre Europa y Estados Unidos tardaría unos segundos en encontrar el amparo de una de esas respuestas rollizas que, de ser sincero, me llevaría a contestar enseguida: ¡el sonido, la masa, lo fanático! Si a una finalísima europea le quitas el sonido la matas por completo. Ese sonido, esa brutal melodía, que no es más que el rugido de un público maldito entregado al sentido de pertenencia, es lo que dota a la Europa más clásica de la grandeza que nunca perdió. Y aquí también ganamos todos, aunque quedemos sordos.
Shaun Livingston nos recordó que el deporte es también un azar peligroso, y que cuando nos quebramos, la aparente fortaleza de nuestro envoltorio desaparece y en su lugar emerge, con toda su crudeza, el vulnerable desfile de frágiles huesos que nunca dejamos de ser. La caprichosa dirección que tomó el tobillo de Garbajosa o el combado cuello de Ford nos demostraron que, aunque a veces lo parezca, el deporte no nos vuelve invertebrados.
No era 2007 pero sí su temporada. La temporada en que se marchó Auerbach. Y con él, uno de los océanos de nuestro planeta. No hay figura en la historia del Baloncesto sobre cuya influencia, aun sin pretenderlo, más se haya escrito. Y con todo, el volumen de lo escrito equivale en justicia a un grano de arena en el Sáhara. Este domingo el suplemento del diario El Mundo hacía las de monográfico de todas aquellas figuras relevantes que nos dejaron a lo largo de 2007. Dos de los 59 seleccionados eran hijos del Deporte: Collin McRae y Antonio Puerta. Faltaba Oerter. Faltaba Puskas. Y faltaba otro que parecía tener prisa por unirse a la divina descendencia de Auerbach, de la que todos formamos parte. Se llamaba Dennis Johnson. Y su importancia en un equipo de ensueño era tal que sin él no habría sido posible prolongar la gloria de los Celtics hasta cuando la gloria de los Celtics parecía contravenir las leyes del tiempo. Porque el equipo del año 86 encerraba un significado más propio de los años sesenta que de una era en la que todo se apresuraba a olvidar el fuego lento y levantar el Baloncesto del suelo. Auerbach también tenía la culpa. Y el año se cerró con el mejor homenaje posible de la que fuera su casa. Su Casa había sido reformada y volvía a presidir espléndida el jardín, y su verde natural, del que los Celtics habían sido amos y señores. Es como si un viejo puro aguardara ser encendido ahí arriba.
En la última noche de mayo, a sigilosa traición como acostumbra, la Historia decidió que era momento de añadirse una página. Una de las páginas destinadas a los muy pocos. Un adolescente con aspecto de monstruo pudo con un equipo entero como habría podido con los otros 29 de haberlos tenido aquella noche enfrente. Mientras la energía de muchos hombres, de muchos millones, del inmenso poder de toda una franquicia, decidieron que hasta ahí habían llegado, que no podían más y que todo balón fuera suyo, que el Baloncesto como deporte de equipo es un bonito principio que vulnerar cuando un jugador es el Baloncesto mismo, él demostró que había tenido sentido nacer y que, en verdad, había sido dotado con el raro don de los elegidos. Y que la historia, a pesar del ridículo empeño en detenerla al adiós de Jordan, proseguía su curso hacia nuevos nombres y metas. La temporada NBA y su imprevisible caja de sorpresas dio a su fin aquella noche. Porque a las pocas semanas el Baloncesto y su democracia irrenunciable apeló a sus principios dando a San Antonio su cuarta gloria. Poco antes también el Baloncesto, pero esta vez disputado al hectómetro, había dejado en el camino al equipo de un alemán que por primera vez había sido elegido el mejor entre los patrios. Al término de junio, de un junio muy pobre, un pequeño francés de raza negra -signo de los tiempos- contravino también el palmarés nacional de premios. Y éste sí que es el signo de los nuevos tiempos.
Bostezando el verano, cuando la NBA aún expiaba el daño provocado por un ludópata con silbato, todo estaba previsto para que España, la más poderosa España desde el XVII, revalidara corona en un reino esta vez más reducido. Tan reducido que algunos llegamos a pensar que la vieja majestad del Europeo que siempre contemplamos desde abajo, era una sensación del pasado y se antojaba ahora una cosa menor, como hecha a nuestra medida. Sí, era más reducido. Pero más peligroso. Y España jugaba en casa. Y según pasaban los días y caían los rivales la victoria dejó de ser el objetivo para pasar a serlo las fotos, las luces y los famosos. Así muchos, tal vez demasiados, se apresuraron a tender la alfombra a un equipo que se vio en lo más alto del podio con igual ingenuo espejismo que quienes no vieron que el tobillo de Jorge sólo estaba en perfecto estado para las partidas de pocha en la habitación del hotel. Y un ruso de raza negra -otra vez el signo de los tiempos- volvió a recordar a España que España podrá ganar, pero nunca lo hará por el nombre. Que eso sigue siendo cosa de otros, de quienes respiran ambición antes que aire.
Al poco nos dimos cuenta que Navarro y Scola nos dejaban, y también que tendríamos que esperar al nacimiento de un bebé de siete pies y mil futuros llamado Greg Oden. Se apagaron dos luces en la liga ACB, una liga que una tarde en Murcia alumbró la canasta más inverosímil de su joven historia. Se apagaron dos luces, pero se encendieron otras dos, jóvenes y radiantes, como lo fue siempre la fresca Badalona. Y cada minuto que pasa más sabemos de lo mucho que valen. Que nunca tuvimos nada igual. Y que cualquier parecido con la pareja Tomás&Villacampa es mera coincidencia. Pero que igual que nunca tuvimos un Ricky&Rudy, nunca dejaremos de saber que seguirán viniendo otros. Que esto es como los años, que se marcha uno pero llega otro con la maldita manía de desplazar al anterior.
Por eso ningún tiempo pasado fue mejor. Tan sólo anterior.


