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Ojos marrones, ni duros ni blandos, más bien calmos. Y una mirada escarpada, menos fría que tibia, lo que abría al recién llegado un territorio como infranqueable. Para retirar el telón había que ganarle. Y nunca era breve el tiempo de conquista. Si se lograba, luego de un inolvidable momento de sorpresa, cuentan que merecía la pena descubrir los misterios que se ocultaban tras aquellos ojos fronterizos.

 

 

Pero sanos y limpios.

 

 

Eran los ojos de un joven de 20 años. Un jugador espigado y monumental.

 

 

A unos días de la Navidad de 1967 la universidad de Bradley venía invicta en sus ocho primeros partidos. Era cuestión de medirse a la vigente campeona UCLA, que no tuvo la menor piedad aplastando a su rival por 109 a 73. El equipo de John Wooden, una cosa imbatible, sumaba así su 38ª victoria consecutiva. Pero el viejo no estaba contento. Había ocurrido algo feo. Al poco de la reanudación su pívot Lew Alcindor, que era como decir el equipo entero, había sido golpeado accidentalmente en el ojo izquierdo, causándole esa insoportable molestia de picores húmedos y ciegos que sólo al cabo de largos minutos devuelve la vista a la normalidad. Wooden aguardó, lo sentó y preguntó. “¿Estás listo?”. Lew presentaba un ojo más cerrado pero había dejado de lagrimar. Volvió a salir. Pero al poco el simple contacto con el aire le dejaba tuerto. A falta de 13 minutos –y con 13 puntos y 11 tapones– Wooden plegó el mástil y Lew enfiló a vestuarios con una toalla en el rostro.

 

 

A las pocas horas todo volvería a su sitio. Había sido un golpe y los golpes remiten. Jugaría contra Notre Dame.

 

 

Apenas dos semanas después, el 12 de enero, UCLA se medía a su rival de California en Berkeley. En las postrimerías del encuentro, y con todo dominado por los de Wooden, una lucha por el rebote terminaría con un dedo del alero Tom Henderson en el ojo de Alcindor, que juraría haber sido víctima de un balazo con vuelta. Otra acción fortuita. Pero esta vez parecía más seria. Lastimado de nuevo por el mismo sitio Alcindor se llevó la mano a la cara retirándose de inmediato del partido con 44 puntos a sus espaldas.

 

 

Al término el pívot no estaba para nadie. A las preguntas de cómo se encontraba, el director deportivo de UCLA, J.D. Morgan, no pudo ser más escueto: “Dice que ve borroso”.

 

 

Debía ser éste el motivo de que la siguiente velada ante Stanford la viera lisiado desde el banquillo. Un aparatoso vendaje cubierto por unas gafas de sol era la guisa de Alcindor en el primer partido ausente de su carrera universitaria.

 

 

 

 

 

 

Su ausencia, o más bien la incertidumbre sobre su estado, inquietaba a demasiada gente. El sábado 20 de enero UCLA debía medirse a la número dos del país, Houston, en el colosal Astrodome y desde tiempo atrás este enfrentamiento estaba siendo promocionado como el más grande en la historia del college. A dos días de la cita Alcindor tampoco jugaría contra Portland. Le habían dejado ingresado en la Clínica Oftalmológica Jules Stein de UCLA, donde a primera hora del lunes Wooden impartía órdenes a todo el que se cruzara. “Te vas a quedar aquí lo que haga falta”. Su visita fue un monólogo. Lew no tenía ganas de hablar. De hecho no abrió la boca. A la media hora Wooden se despedía con un último dictado: “Señorita, no le pasen ni una sola llamada”. El viejo cerró la puerta de la habitación persistiéndole pasillo adelante la grotesca imagen de unos enormes pies saliendo de la cama.

 

 

El miércoles el doctor Paul Reinhardt, a cuyo cargo quedaba el paciente, hacía público el diagnóstico: “Extremely superficial abrasion”. Reposo y poca luz. Tres días y medio después del ingreso le daban el alta y aquella misma jornada Lew empezaba a correr. Un par de sesiones suaves acompañado de Wooden para recuperar, en lo posible, el tono muscular. Nada más. El viernes a la noche, víspera del gran partido, le retiraban el vendaje.

 

 

- ¿Cómo ves?

 

- No veo.

 

- Es normal. Acuéstate, duerme y mañana estarás mejor.

 

 

El partido ante Houston, retransmitido para toda la nación, cumplió las expectativas de audiencia muy por encima incluso de lo previsto. Lo tuvo todo, y por tener, tuvo hasta sorpresa. La universidad texana ponía fin a 47 victorias de UCLA ante el delirio de casi 53 mil espectadores, cerca de 35 mil más que el mayor aforo registrado hasta entonces en un partido universitario. Dos tiros libres de Elvin Hayes a falta de 28 segundos adelantaban a Houston con el resultado que a la postre sería definitivo (71-69). Hayes hizo el partido de su vida. 39 puntos en una espléndida serie de 17 de 25. Muy al contrario Alcindor había presentado una versión sombría, pobre, casi remota. Sus 15 puntos cayeron a cuentagotas en sólo 4 aciertos de 18 intentos.

 

 

Al término la prensa le apretaría por el mismo lado y Alcindor despachó el asunto aprisa: “No, no han sido los ojos. Físicamente no estaba bien”. Y tampoco Wooden tendría mayor problema en reconocer lo ocurrido, elogiar a su rival y aclarar a todos que incluso después de lo visto: “No cambiaría a Alcindor por Hayes”.

 

 

Al día siguiente saldrían a colación desde la misma clínica de UCLA algunas secuelas que al parecer no habían sido del todo publicitadas. El ojo izquierdo de Alcindor presentaba una irritación severa que le provocaba visión doble y distorsión de la profundidad. “No es una excusa –declaraba anónimamente un miembro del cuerpo médico–. Pero es obvio que en el partido ante Houston no medía bien sus tiros”.

 

 

Aquella misma semana sería examinado otras dos ocasiones dado que viernes y sábado tocaba doble velada en Nueva York ante Holy Cross y Boston College. Lew rompió su silencio para expresar su deseo de jugar ambos partidos en su urbe natal, ante su gente. “John, quiero jugar. Como sea pero no quiero faltar a la cita”. De hecho medirse a Holy Cross, a la que entrenaba Jack Donahue, su técnico en el instituto, tenía para él un añadido muy personal. Wooden consultó al doctor Reinhardt y éste dio el visto bueno. “Está bien, contamos contigo”.

 

 

Y Lew pudo así cumplir sus deseos. Volvió para superar a Boston College sumando 28 puntos, 17 rebotes y 5 asistencias. El Madison también se llenaría el sábado para verle hacer 33 puntos a Holy Cross. Wooden aseguraba tras el partido que su jugador principal estaba “fuera de forma”. Y no faltaba a la verdad. Alcindor apenas había entrenado desde la lesión. Pero al 60 o 70 por ciento seguía siendo el jugador más desequilibrante del país. Y sanado el ojo sanada la forma.

 

 

Antes de arrancar la primavera de 1968 Alcindor se alzaba con su segundo título nacional. Al año siguiente la misma historia. Era como si con él fuera imposible perder.

 

 

Para entonces el mayor cambio de todos pertenecía a su vida interior. Había abrazado la religión islámica. Pero no sería hasta tres años después, cumplido el lento trámite legal, que su nombre cambiaría del todo. Conquistó su primer título de la NBA en 1971 como Lew Alcindor. Arrancaría la temporada siguiente como Kareem Abdul-Jabbar. Generoso. Sirviente de Alá. Poderoso. “Ese es mi nombre y así quiero que me llaméis”. Ese era su nombre y así quería que le llamaran. Era la exigencia de un hombre cuyas apariciones públicas tenían algo de profunda y vital reclamación. Donde la sola presencia, portando el féretro de Martin Luther King o renunciando a los Juegos de México, subrayaba el acto por el acto, esa protesta pacífica y silenciosa que de Cristo a Gandhi admitía el genuino lenguaje de la dignidad.

 

 

 

 

 

 

Incluso su mirada había cambiado. Acaso más contraída, incluso apagada. Pero más firme y grave, como esos días de nubes bajas sin lluvia. Era como si en apenas dos o tres años su vida mental hubiera avanzado diez o doce, consecuencia de vivir un compromiso. Personal, social y político. Eran tiempos difíciles. De cruzar la línea aun ganándose la aversión. “Traidor”, pudo leer en medio de un contexto, agitado y cruel, al cabo del cual el deportista, como figura pública, había enfriado hasta convertirse –ya para siempre– en un tipo necesariamente ártico.

 

 

Así la templanza de Abdul-Jabbar sería una de las cosas más difíciles de quebrar dentro de la misma NBA. Y si alguna vez lo hacía hasta podía percibirse el motivo. Una de aquellas raras ocasiones tendría lugar en el interminable sexto partido de las Finales de 1974, resuelto luego de dos prórrogas con un sky hook que igualaba la serie camino de un séptimo y definitivo en Milwaukee. Boston y su tonelaje de raza blanca eran motivo suficiente para estallar de rabia y así lo hizo. Breve. Muy breve. Porque los Celtics rematarían el título a domicilio. Y no mucho después Oscar Robertson abandonaba. Pronto perderían además a Lucius Allen camino de Los Angeles. El equipo se deshacía a pedazos. Más motivos para no sonreír.

 

 

Con todo, pasado el verano los Bucks eran los vigentes subcampeones y seguían contando con el mejor jugador del mundo, como probaba además su tercer galardón en cinco años. Pero sin más avances, corrían el riesgo de una excesiva confianza.

 

 

A principios de octubre un partido de pretemporada medía en el Dayton Arena de Ohio a Portland y Milwaukee, lo que básicamente equivalía a hacerlo con Bill Walton y Kareem Abdul-Jabbar, las dos últimas grandes estrellas de UCLA. De hecho no era otro el reclamo.

 

 

El promotor de aquel encuentro era Don Nelson, que sacaba con estas exhibiciones algún pellizco que sumar al contrato con los Celtics. Como cualquier otro promotor Nelson pretendía una rueda de prensa de los dos grandes para airear el evento en condiciones. Con Walton, más disperso que difícil, no habría mucho problema. Con Kareem, en cambio, era distinto. Su entorno sabía bien de lo complicado que a veces resultaba sacarle de la habitación del hotel en las giras. Nelson buscó entonces la ayuda del director deportivo de los Bucks, Wayne Embry, para obtener así el permiso del jugador y poder, simplemente, hablar con él. El problema era que Nelson no podía personarse en Dayton dado que los Celtics, también en pretemporada, viajaban a Toronto para medirse a Buffalo. Finalmente el teléfono acudiría en su ayuda. Una de esas charlas que con Kareem tenían siempre algo de soliloquio pero a cuyo final Nelson se ganó el acuerdo del pívot, no sin antes aclarar sus cosas como en él era habitual.

 

 

- Está bien. Pero a condición de que estén todos sentados cuando yo entre y todos los micrófonos listos donde yo me siente.

 

 

Nelson asintió –“Claro, claro”– como un acto reflejo. Devolvería aquella petición a Wayne Embry, que bien la conocía, trasladándola éste al portavoz de Dayton, Joe Mitch, para cumplir el deseado protocolo. El programa proclamaba deslumbrante: “University of Dayton Arena: First Historic Meeting: Jabbar Vs. Walton”. Uno de aquellos focos que tan poca gracia hacían al gigante.

 

 

Apenas tres días después Nelson tendría ocasión de agradecer personalmente todo aquello a Kareem. Celtics y Bucks se medían la noche del sábado 5 de octubre en el Auditorium de Buffalo. Era el enfrentamiento de las últimas Finales. Pero entrado el juego saltaba a la vista ser un partido más de pretemporada, donde rodar a los titulares y dar lastre a los banquillos sin que la intensidad ocupara en ningún momento el primer plano.

 

 

A mitad del último cuarto Kareem, aún en pista, llevaba 24 puntos y la victoria corría sencilla cuando en la lucha por un rebote recibió un codazo fortuito de Don Nelson. Exactamente, en la cuenca de su ojo izquierdo, como una pedrada. El gigante cayó al suelo con la mano en la cara y acto seguido, dolorido y furioso por no escuchar siquiera el silbato como prueba del delito, se incorporó, avanzó un par de pasos y descargó su ira con un puñetazo al soporte de la canasta, tan flaco de protección que el golpe resonó seco en todo el pabellón. Fue lo peor que pudo hacer. Aterido de dolor su mano izquierda seguía pegada al rostro y su derecha bajo la otra axila. Se acababa de romper la mano.

 

 

En unos minutos una ambulancia trasladaba al jugador al hospital Millard Fillmore de Buffalo. Durante el trayecto no dejó de maldecirse. “¡Mierda! ¡Mierda! ¡Cómo coño he podido ser tan estúpido!”. Un primer diagnóstico confirmaba la lesión: “Right Hand: 4th Metacarpal Bone – Fracture”. El preparador del equipo, Bill Bates, anunciaba allí mismo una desagradable previsión: “Kareem estará fuera del equipo de tres a seis semanas”. Era la noche del día cinco. La temporada arrancaba el quince.

 

 

De urgente regreso a Milwaukee y apartado de toda preparación Kareem quedaba en manos del doctor George Korkos. Pero recién ingresado en el Hospital Elmbrook el cuerpo médico cambió su veredicto. El problema más serio no estaba en la mano. “No veo. O sí. Veo muy mal… y me duele”. Sentía haber interpretado antes aquella misma escena. Repetir hasta el mismo balbuceo al techo. “Me duele… mucho”. Korkos acudió al especialista en oftalmología Thomas Aaberg y poco después un nuevo diagnóstico se imponía al primero. “Severe Corneal Abrasion”. Otra vez los ojos.

 

 

Sabido esto Embry se encargaría de lo público. “Les transmito lo que indican los médicos. La mano puede sanar. Pero el ojo podría ser algo más”. Preocupaba al directivo el estado de Kareem. Pero aún más saber imposible la tarea de suplirlo. El pívot reserva Dick Cunningham, que apenas había jugado el año anterior por problemas de tobillos, estaba ahora tocado en la espalda. De modo que el alero Cornell Warner debería jugar de pívot temporalmente.

 

 

Al arrancar la temporada el desastre era total. Cunningham no podía. Se rompió tras dos partidos. Embry su sumergió de cabeza en el mercado de restos a hacerse con Bob Rule, alternando hasta mitad de diciembre a Warner y el novato Kevin Restani como pívots. El resultado era igualmente desolador. Sin Kareem no había equipo. No había nada. Se hundieron en un terrible comienzo de 1 victoria y 13 derrotas, once de ellas seguidas. Hasta les abucheaban en casa. “¿Oyes eso, coach?”, ironizaba Dandridge. “Así estamos. No tenemos pívot. ¿Qué se supone que vamos a hacer?”. Y Costello se rascaba la barbilla.

 

 

Semanas atrás y fuera de las luces de temporada la soledad tenía en Kareem, por primera vez en su carrera, un sabor distinto. Sentía temor de volver a pista. Tan sólo por sus ojos. Por volver a ser golpeado. Hasta tenía pesadillas. En la habitación del hospital, a solas con Embry, sentado a su lado, era momento de pedir algo. La cadencia de sus palabras, casi susurros, anticipaba algo grave que decir.

 

- Había pensado en hablar con el doctor…

 

- ¿A qué te refieres?

 

- No sé, lo he pensado mucho. ¿No puedo jugar con unas gafas o algo que me proteja?

 

Automáticamente Embry restó importancia a la solicitud, como si no fuera más que fruto del miedo.

 

- Sé que parece mucha casualidad. Yo también he sufrido esos golpes. No sé, no creo que sea…

 

- Wayne, no sabes, no te puedes hacer una idea de cómo pegan ahora ahí abajo.

 

- Bueno, lo sé. Pero… ¿unas gafas? –añadía algo incrédulo.

 

- Sí, unas gafas.

 

- ¿Y crees que verás mejor con ellas?

 

- No quiero más golpes –repuso en seco–. Quiero seguir jugando pero no quiero perder la vista. Es lo único que tengo claro ahora mismo.

 

Luego de una larga pausa Embry se incorporó para despedirse.

 

- Bueno, déjame ver qué puedo hacer.

 

 

Días después la solución llegaba a las oficinas de los Bucks desde una factoría dedicada a la fabricación de material de protección. Wisconsin, tipo industrial, modelo de serie, plexiglás de resistencia obrera, como probaba además su peso. “¿Pero con esto se puede jugar?”. Embry y Bates fueron testigos de la primera prueba. Las gafas apenas le entraban por la cabeza.

 

- ¿Ves bien?

 

- Por los lados nada.

 

- ¿Seguro?

 

- Nada.

 

- Hay que cambiarlas.

 

 

Ni un minuto después de fuertes tirones al pelo las correas, de goma muy arisca, se le habían tatuado momentáneamente al rostro.

 

 

Dos días más tarde llegaban otras, tres pulgadas más anchas y de cristales igualmente duros. Irrompibles, decía el prospecto. Tendrían que hundirle el cráneo para quebrarlos.

 

- ¿Qué tal ahora?

 

- Mucho mejor.

 

- ¿Ves bien?

 

- Veo.

 

Y sacudía la cabeza a ambos lados como aguardando la amenaza.

 

- Fantástico.

 

 

Sanado el ojo y escudado el problema ya sólo restaba adelantar su vuelta. El jueves 21 de noviembre era un día perfecto. Dos partidos fuera de casa, uno en Kansas City el siguiente en Nueva York. Por primera vez desde aquel fatídico día de octubre, más de mes y medio después, Kareem volaría con el resto del equipo. Se unía por fin a la expedición.

 

 

Nadie imaginaba entonces que en el vestuario del Kemper Arena aguardaría aún otra sorpresa. Tan desagradable que los compañeros lo supieron en cuanto Kareem arrojó con ira su bolsa al suelo. “Fuck, the goggles!”. Se las había dejado en casa. Durante unos segundos los demás le miraron algo perplejos. Y sin él salieron a pista.

 

 

Se sentía un imbécil informando de su torpeza al cuerpo técnico. “Pero… ¿te has dado cuenta ahora?”. El problema no era pequeño. Se podía correr el riesgo de hacer jugar a Kareem sin gafas, como había hecho el resto de su vida. “¿Estás seguro? ¿Has mirado bien en tus cosas?”. El problema era que sin ellas el riesgo sería el mismo para el partido de Nueva York. Y tal y como estaban las cosas los Bucks no se podían permitir más ausencias del pívot. “¡Ni una más!”, había gritado Costello la misma víspera. Ahora también era él quien tomaría la decisión. “Bill, corre, busca un teléfono”. No podían perder tiempo.

 

 

El publicista del equipo, John Steinmiller, pasaba la tarde en casa cuando recibió una llamada desde el pabellón. Al otro lado, Bill Bates, el preparador.

 

- John, coge el coche y ve corriendo a casa de Kareem. Necesitamos sus gafas cuanto antes.

 

- ¿Las gafas? Pero…

 

- No hay tiempo que perder. Cuéntale a Habiba lo que ocurre y buscadlas entre los dos. Lo mismo ella sabe dónde están. Él dice que las gafas están allí.

 

Steinmiller no daba crédito.

 

- Dadme un teléfono donde poder llamaros.

 

- Aguarda a que me den uno del pabellón. Te vuelvo a llamar en un rato.

 

- ¡Espera! –urgió el publicista– ¿Y si ella no está? ¿Sabes si Kareem tiene perros en casa? No quiero sustos.

 

Bates colgó.

 

 

Informado de todas las líneas del pabellón el trainer de los Bucks supo al cabo que el teléfono más a mano para un asunto como aquél era el de la mesa de anotadores.

 

- Disculpen, tenemos que usar el teléfono.

 

- ¿Para qué? –preguntó algo suspicaz un oficial.

 

- Para…

 

Bates no supo muy bien qué decir.

 

 

Entretanto los equipos calentaban y todo estaba a punto. Kareem, en chándal y con la equipación al completo, también lo hacía con el resto. Hasta que Costello le reclamó al fondo de un banquillo vacío, donde el pívot se dejó caer con una de aquellas levísimas muecas que indicaban preocupación. El técnico, que bien le conocía, lo entendió a su manera. “No. Sin las gafas no vas a jugar”. No habría réplicas.

 

 

Cuando Steinmiller llegó al apartamento se dejó el dedo en el timbre. Habiba, la esposa de Kareem, no estaba en casa. Luego de presentarse y relatar la incidencia, el portero, un anciano que se movía a cámara lenta, le abrió la puerta. El hombre no sabía por dónde empezar. Y luego de un rápido vistazo por el interior sin éxito pasó a revolverlo todo.

 

 

Cuando sonó por primera vez el teléfono de la mesa el partido llevaba ya un buen rato en juego. El gesto de aviso de un oficial al banquillo de Milwaukee dio enseguida con Bates al auricular y no muy buenas noticias.

 

- Me estoy volviendo loco. Aquí no veo nada.

 

Desde allí Bates sacudió la cabeza a Costello en señal negativa. Un ademán del técnico bastó.

 

- Aguarda un segundo. No cuelgues.

 

 

El trainer corrió la banda trasera en busca de Kareem, sentado al fondo. Cuando se incorporó daba toda la impresión de que iba a saltar a pista, como alentaba además el murmullo general. Pero no era así. Con el partido en marcha y los oficiales peligrosamente distraídos el pívot se acercó hasta la mesa, cogió el teléfono y antes de que empezara a dar instrucciones escuchó perfectamente la voz de uno de aquellos hombres sentados. “Oye, ¿esto es una broma?”. Visiblemente incómodo Kareem siguió a lo suyo no sin antes cubrir con su enorme mano la conversación.

 

- Dime, rápido, dónde has mirado.

 

- En toda la casa.

 

- ¿Has mirado en la mesa de la cocina? ¿Y en la sala? ¿Encima del sofá? ¿En el baño? ¿En la cama? ¿Encima de…?

 

A cada pregunta Bates asentía.

 

- Aquí no hay nada te digo. ¡He abierto hasta los cajones de tu dormitorio!

 

 

Kareem no sabía qué decir. Agotándosele las sospechas siguió con la mirada una bandeja de su compañero Mickey Davis que abría a diez la ventaja de Milwaukee. Bates aguardaba a su lado el término de la conversación. Todo aquello resultaba algo embarazoso. Entre uno y otro llevaban casi el tercer cuarto entero al teléfono y, como algo avergonzado, el preparador consultó a la mesa:

 

- Oigan, ¿necesitan ustedes el teléfono?

 

Recibió una sorna por respuesta.

 

- Como no llamen para desalojar el pabellón...

 

- ¡Espera! –cortó Kareem– Vete al coche, coge antes las llaves. Están…

 

 

En la guantera del Mercedes negro propiedad del jugador, Steinmiller encontró un paquete cerrado que contenía las gafas. Había que volver a llamar al pabellón.

 

- ¿Y ahora qué hago?

 

Bates había corrido a informar a Costello. El plan era sencillo.

 

- Llévatelas a casa. Wayne pasará a por ellas.

 

 

Wayne Embry se encargaría de llevarlas consigo a Nueva York. Había tiempo. El partido en Kansas que estaba a punto de finalizar daría con la victoria de los Bucks. Era jueves. El siguiente ante los Knicks, el sábado.

 

 

Otra vez Nueva York y su enorme carga de simbolismo en Abdul-Jabbar.

 

 

Para cuando Milwaukee se presentó en la Gran Manzana Kareem se había perdido un total de veinte partidos. Apenas había entrenado y su estado de forma era una incógnita. Pero ya no se podía esperar más. Y aún entonces Costello fue muy prudente. “No tengo intención de ponerte de inicio. Seguramente tampoco en el primer cuarto. Si te digo la verdad, con que juegues unos minutos en la segunda parte me es suficiente”. En realidad el límite que se había impuesto Costello hacía mucho que quedaba atrás. Los vigentes subcampeones registraban 3 victorias y 13 derrotas. El retraso era ya muy grande. “Pero tampoco quiero perder aquí. ¿De acuerdo?”. Kareem asintió y ocupó un asiento en el banquillo bajo el que dejaría una bolsita y su extraño contenido. Todo estaba listo en el grandioso Madison Square Garden.

 

 

El técnico no tenía intención de vulnerar su plan inicial. Pero a decir verdad peor no se podía empezar. Cuando el escuálido John Gianelli anotó cinco puntos seguidos sobre un Warner incapaz Costello reclamó a gritos la presencia del gigante. Kareem se incorporó no sin antes desenvolver la bolsa. “Sal ahí fuera y haz lo que puedas. Siéntete cómodo. Los demás volverán a estarlo contigo”. Mientras decía esto el pívot agarraba con sumo cuidado su protección y pasaba a anudarla en la cabeza. Eran grandes, aparatosas y de un solo cristal. A falta de 7:37 Kareem entraba en pista entre una generosa ovación trufada por un murmullo de sorpresa ante aquella extraña guisa. “¡Eh, lleva unas gafas! ¿Son de aviador?”, exclamaba un espectador. “Son de buzo”, reponía otro. “¿Y por qué? ¿No ve bien?”. Nada de aquello quebraría un solo músculo en la expresión del gigante, fría como el hielo.

 

 

 

 

 Madison Square Garden, New York (23/XI/1974)

 

Entró con 9-2 en el marcador. Desde el primer momento los Knicks emplearon dos y hasta tres hombres con él. Todo ello en vano. Kareem se bastaba solo para invertir por completo el signo del partido. A mitad del último cuarto, y con el encuentro resuelto, Costello le retiró de pista, ahora sí, entre una atronadora ovación. Al pasar a su lado el técnico le dio las gracias. Kareem llevaba las gafas en la mano, suspendidas entre sus dedos al caer a plomo en el banquillo. Costello le había dado 29 minutos de cancha. Sin haber jugado uno solo en los últimos 48 días se fue con 17 puntos, 10 rebotes y 4 tapones. Los Bucks conquistaban la victoria (72-90) y, sobre todo, volvían a saborear el lujo que era jugar a su lado.

 

 

Tardó una eternidad en salir de la sala de fisios. Sabía lo que le aguardaba y no lo había echado de menos. En cuanto salió una nube de prensa se le echó encima. De cuantas preguntas le cayeron una rápida secuencia de dos llamaba lo resumía todo.

 

- Bueno, ¿cómo te has encontrado?

 

- He jugado con miedo. Sólo quería terminar sin sufrir ninguna incidencia.

 

(…)

 

- Kareem, ¿vas a jugar algún partido más con esas… gafas?

 

El gigante giró la cabeza hacia su pequeño interlocutor.

 

- Durante el resto de mi carrera.

 

 

A continuar en Los Angeles desde el verano siguiente.

 

 

 

Aquel temor tardaría mucho en remitir. De hecho nunca lo haría del todo. Y menos cuando tiempo después sintió que había más motivos que nunca. Abdul-Jabbar fue uno de los jugadores que cargaría con mayor fuerza contra una epidemia que asolaría la competición a finales de década. Una alarma que Sports Illustrated reflejó a secas como “escalada de violencia” y contra la que el monarca de los interiores rompería finalmente su silencio. “Mientras este juego se interprete como un deporte de contactos, una filosofía que a mi juicio es altamente cuestionable, las faltas violentas seguirán campando a sus anchas. (…) Y esto no va a cambiar mientras los árbitros lo permitan y se siga despreciando el riesgo de las reacciones violentas”. La peor de sus amenazas consistía en aprontar su retirada si no cambiaban las cosas.

 

 

De una de aquellas reacciones violentas sería precisamente él protagonista. Y de una manera como ni siquiera habría concebido posible. Los Lakers abrían la temporada de 1978 en el terreno que tan bien conocía Kareem, Milwaukee. No se llevaban ni dos minutos de partido, de temporada, cuando Abdul-Jabbar respondió al codazo en el estómago de su par, Kent Benson, con un derechazo directo a su rostro. Noqueado el novato cayó al suelo.

 

 

De nuevo a causa de un puñetazo, de una reacción a ciegas, Kareem volvió a fracturarse la mano. El mismo hueso que entonces. Pero esta vez, y sin mediar el azar, acababa de devolver lo que él había sufrido antes. Se perdería los siguientes 20 partidos.

 

 

 

 

 

 

En Los Angeles le confeccionarían unas gafas a medida, mucho más ligeras y de una visión periférica completamente limpia, incluso a prueba de vaho. Hasta no sentir llevarlas. Con el paso del tiempo el pívot neoyorquino, gafas hacia afuera, ojos hacia dentro, granjearía con ellas una imagen arquetípica, como un tótem de la competición.

 

 

Y sin prever nada, terminando la temporada de 1979, Kareem no respondería esta vez negativamente a un olvido. Al contrario repitió la experiencia y se permitió jugar sin ellas aquellos playoffs. Seguidamente la llegada de Magic Johnson cambiaría tantas cosas en el equipo como en la vida personal del gigante, que decidía tras un lustro romper con las gafas olvidándolas, pretendía entonces, para siempre.

 

 

Bien entrada la temporada los cronistas hacían notar una gran transformación en su juego y carácter. Se le veía distinto por jugar como un “chiquillo, con vitalidad y emoción –escribía John Papanek–, liderando los contraataques, machacando con autoridad, chocando las manos con sus compañeros y hasta sonriendo”. Y como si hubiera alguna relación se añadía haber dejado de portar aquellas “infernales gafas”. Sin ellas Kareem conquistaba su sexto galardón de jugador más valioso y el título de la NBA nueve años después del primero.

 

 

Daba entonces la impresión de que las gafas habían pasado a vivir sólo en fotografías. Y de hecho sin ellas se presentó Kareem la noche del estreno de la siguiente temporada en Seattle, noche de viernes. El domingo los Lakers se estrenaban en casa frente a los Rockets. Al poco de arrancar el tercer cuarto Kareem intentaba taponar un lanzamiento de Rudy Tomjanovich. Estaba escrito. El dedo del alero terminó clavándose en el ojo izquierdo de Abdul-Jabbar. Corriendo a vestuarios. Otra vez el dolor. Otra vez un vendaje. Más partidos ausente. Un diagnóstico familiar: "Corneal Abrasion". Y por todo ello las gafas, y esta vez sí, para siempre.

 

 

Cuando regresó con ellas ante Golden State anotaba la canasta número 10 mil de su carrera. Cuatro años después rompería la barrera anotadora de la historia, esta vez en Utah, con un gancho del cielo. Johnny Kerr, en la televisión de los Bulls, y tras presenciar otra exhibición, suave y asesina, aseguraba que no había manera de hacerle frente. Que lo único que se le ocurría era “pegarse a él y echarle el aliento a las gafas hasta empañarlas del todo”.

 

 

Con la extraña solidaridad de algunos fenómenos el destino iba a decidir no mucho después que uno de sus compañeros, de los más importantes en su interminable carrera, sufriera en sus carnes el episodio que Kareem tan bien conocía. En marzo de 1985, con los Lakers jugando en Utah, una entrada a canasta de James Worthy en el primer minuto del tercer cuarto terminó frustrada por un codazo en el ojo de Rich Kelley. No hizo falta más. “Quiero unas como las tuyas”. Worthy llevaría también para siempre las mismas gafas que Abdul-Jabbar.

 

 

Los Lakers se convertían así en un equipo de gafas. Todas de muy diferente significado. Las de Rambis simbolizaban la rudeza, las de Worthy la velocidad y las de Kareem, la finesse, el sky hook o todo aquel baloncesto en voz baja que le acompañaría, como las gafas, hasta la última noche de carrera.

 

 

Más allá la eternidad de un símbolo indisociable del recuerdo. Como si objeto y sujeto fueran para siempre la misma cosa.

 

 

 

"Y una mirada escarpada... que abría al recién llegado un territorio como infranqueable"