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08/09/2008

De las incontables biografías con nuestro juego por testigo confieso que ninguna me ha dado mayores quebraderos de cabeza que la de John Brisker. Bucear en su vida sigue siendo tarea condenada al fracaso. De ella se sabe muy poco. Pero lo suficiente para tener la certeza de que se trata de uno de los más inescrutables deportistas profesionales de la historia, tal vez el más inquietante de todos y con seguridad el jugador más violento que el Baloncesto haya conocido jamás. 

 

Hace unos años, en la entrañable serie de la ABA, me atreví a perfilar su figura. Bien, ha pasado el tiempo suficiente para reconocer que aquel artículo es a la realidad lo que la copia de un niño que trataría de dibujar el Gernika, no más que una ingenua caricatura. Articulaban aquella pieza un ramillete de pequeños episodios. Juntos aproximaban una honrada silueta del personaje. Pero de un vaso de agua el artículo no era más que una gota.

 

De haber una lista que computara la cantidad de veces que un jugador hiciera sangrar a colegas de profesión, rivales o compañeros, la suma conjunta de los miembros que fueran del segundo al décimo puesto no alcanzaría ni de lejos el volumen total de fechorías y atentados cometidos por John Brisker. Si la lista registrara actos de violencia sin motivo aparente, Brisker se quedaría ya solo. Como atestiguaba Billy Knight: "Sin venir a cuento me dio un terrible puñetazo. Se quedó mirando, esperando a que yo hiciera algo. No hice nada". ¿Cómo hacerlo si hemos de creer a Mack Calvin? "Atemorizaba a todo el mundo. Incluso sus propios compañeros sentían miedo de él". En el caso de que lo hicieras, apostillaba Charlie Williams, "estabas muerto".

 

Lo que quiero decir es que desde un punto de vista psíquico no hay posible comparación con aquel hombre y su tozuda vida animal. Todas las demás bestias que el Baloncesto haya conocido, aun las peores que quepa imaginar, palidecen enfrentadas a su figura.

 

De los actos tan sólo conocidos, de aquellos de los que hay registro, Brisker protagonizó un sinfín de episodios que, vistos hoy día, parecen concebidos para otro mundo que no fuera el nuestro. Que acudiera a entrenar con pistola, que en ocasiones la empuñara y en una de ellas frente a su entrenador Nissalke -Is John starting tonight?-, quien había puesto precio a su cabeza un año antes; que se negara repetidamente a ser cambiado, que en caso de serlo se largara del pabellón, que no apareciera tras el descanso por estar apalizando a un compañero en el vestuario, que galopara grada arriba en busca del comisionado Jack Dolph para cobrar allí mismo la prima prometida, que atizara a varios miembros de los Stars tras un mal partido, que amenazara con matar a su GM si no le permitían emigrar a la NBA o que fuera el motivo de que toda una franquicia contratara un mercenario para contenerle, representan un breve trazo de síntomas que en conjunto figuran una personalidad abrumadoramente atroz, un carácter con seguridad atormentado, profundamente hostil a toda forma de convivencia y, más arriesgadamente, algún género de psicopatía irreversible.

 

Uno de los episodios nunca relatados en toda su extensión, por citar no más que otro ejemplo, lo protagonizó en diciembre del 71 en un partido ante los Rockets. A los dos minutos de juego fue expulsado por propinar un brutal codazo a su par, el alero blanco -Brisker era declaradamente racista- Art Becker. Cuando Earl Strom hizo sonar el silbato que decretaba su expulsión Brisker corrió de nuevo hacia Becker y logró volver a golpearle. Acto seguido ambos banquillos al completo saltaron a pista pero la intención de los Condors, de sus propios compañeros, era detener a Brisker, de quien sabían que era capaz de cometer lo peor. Consiguieron detenerle y a duras penas largarlo de allí. Pero antes de llegar a vestuarios Brisker logró zafarse de sus captores y regresó a pista logrando alcanzar de nuevo la posición de Becker, que ya se disponía a lanzar los tiros libres. La policía irrumpió de inmediato en la pista llevándose a Brisker detenido ante la perpleja mirada de los no más de millar y medio de espectadores del Civic. Se insiste. No se habían cumplido ni dos minutos de juego. En octubre ya había sido arrestado por agredir a un taxista. Dos de los tres policías que lo redujeron tuvieron que ser hospitalizados.

 

En aquel viejo artículo se insinuaba que "algún tipo de fuego" debía de prender en las venas de aquel hombre salvaje para no conocer en vida más que dos tipos de ánimo: el enfado y la furia, una furia sin límite que a menudo acrecía la cocaína, inyectándole los ojos en sangre y despertándole un famélico estado de agresividad que recuerda a los mismísimos zombis de 28 días. "Se lo notábamos todos -recordaba un Walter Szczerbiak que tuvo que sufrirle en los Condors del 72-. Era terrible, terrible".

 

Terminada la temporada del 75 y con múltiples dolencias físicas en su haber el propietario de los Sonics, Sam Schulman, se deshizo de Brisker mientras permanecía bien lejos del despedido. La nota que hizo pública el equipo alegaba un eufemístico "dissension". Sin haber cumplido los 29 años nada ni nadie en el Baloncesto profesional quisieron saber de él. Aún en Seattle y en alguno de los tugurios que frecuentaba -y de uno de los cuales era propietario- hizo saber que se dedicaría a los negocios de la importación y la exportación, y que Liberia sería su primer destino. De aquellos negocios no existe cuenta alguna. Antes bien varias fuentes apuntan a que las deudas le asfixiaron.

 

En la primavera de 1978 desapareció sin dejar rastro. Pero no del todo. Cuando su vida social se limitaba a un número indeterminado de amantes Brisker confió vagamente sus intenciones. Primero fue su principal pareja en Seattle, Khalilah I. Rashad, la madre de su última hija y representada después por el abogado Lem Howell en el juicio para su manutención. En abril aquella mujer recibió varias llamadas de Brisker. Fue a ella a quien confió el nombre del extraño país al que emigraba. Una noche de aquel mismo mes, el antiguo relaciones públicas de los Condors, Fred Cranwell, descubrió un mensaje en el contestador de su teléfono. Era la voz de Brisker sobre un deplorable fondo de escucha, suficiente para descifrar que Brisker pretendía luchar y que estaba dispuesto a todo con tal de hacerlo. Nada sabía el sorprendido Cranwell de una guerra civil que se libraba en algún país remoto.

 

 

 

 

Parte de las fuentes que barajó el FBI exponían un asunto extraño. Como un capricho más el dictador ugandés Idi Amin Dada habría reclamado su presencia. El corpulento Dada, de 1.93 y más de 100 kilos de peso, campeón de todos los pesos de boxeo durante diez años en su país, se decía amante de aquel juego de los aros que se practicaba en su repudiado Occidente. Brisker no lo pensó dos veces y se unió a la corte del golpista, tirano, sanguinario, genocida, analfabeto, antisemita y caníbal que se hacía llamar Su Excelencia el Presidente Vitalicio, Mariscal de Campo AlHadji Doctor Idi Amin, Señor de todas las bestias de la Tierra y de los peces del Mar y Conquistador del Imperio Británico en África y Uganda y Rey de Escocia. Brisker habría tomado un avión en dirección al aeropuerto de Entebbe y poco después realizaría las llamadas, presuntamente desde Kampala. La familia había perdido contacto con él en las navidades de 1976. Aquella fue la última comunicación que John Brisker mantuvo con el mundo de los mortales. Nada más se sabría de él.

 

Nunca.

 

Son tres las hipótesis barajadas sobre lo que pudo ocurrir con John Brisker.

 

Una de ellas sostiene que en realidad Brisker no partió a Uganda sino hacia la Guyana, entre Surinam y Venezuela, donde encontró la muerte el 18 de noviembre de 1978 en la masacre de Jonestown, en la que más de 900 personas perdieron la vida como consecuencia del mayor suicidio colectivo de que se tiene registro. Según esta teoría Brisker se habría unido aquel mismo año a la secta Templo del Pueblo, gobernada por el reverendo Jim Jones. A una posible sugestión de aquella doctrina en la atormentada alma de John Brisker se añadiría que en Jonestown había equipo de baloncesto, del que el hijo del reverendo formaba parte activa y con quien Brisker podría haber entablado relación. Sin embargo el FBI descartó esta línea de investigación cuando en 1995 se hizo pública la lista definitiva de los 918 fallecidos en Jonestown. Sujeta aún a posibles errores, el nombre de John no aparecía en el macabro listado.

 

 

 

 

La segunda hipótesis es la más aceptada por los investigadores. Según ella Brisker habría viajado a Uganda en calidad de mercenario. Durante los meses que precedieron a la deposición en 1979 del gobierno militar de Idi Amin, Brisker habría sido ajusticiado en alguna remota zona del país por uno de los escuadrones revolucionarios de oposición al gobierno o de fuerzas procedentes de Tanzania.

 

La tercera línea, acaso la más peregrina de todas pero recurrente en este tipo de historias, sugeriría la apasionante posibilidad de que Brisker siguiera aún con vida, bajo una nueva identidad, oculto del mundo en algún rincón del país africano o bien emigrado a un país árabe, convertido al Islam y en ignotas circunstancias. Movido por esta fascinante posibilidad el cronista del Seattle Post-Intelligencer, Robert Jamieson, viajó a principios de 2004 a Uganda. Durante ocho semanas Jamieson dio en diferentes ciudades y poblaciones, adentrándose incluso en las remotas áreas selváticas del país africano. Jamieson encontraría allí dos tipos de respuesta: el silencio y el imaginable "seguramente lo mataron". Todo ello encendía el imaginario a tales extremos que la expedición sugería la concebida por Ruggero Deodato en su delirante Holocausto Caníbal. Más aún, el cronista Tom Keegan insinuaba en el Lawrence Journal que Brisker podría haber sido asesinado por el mismísimo Idi Amin y devorado después por su verdugo. Son numerosas las fuentes que apuntan a que el tirano hacía suyo el ritual de devorar el corazón de sus infieles más próximos. Un altercado entre ambos monstruos habría dado con ese fatal desenlace. En verdad algo digno, tal y como sobre ello escribía Pete Jackson, de una "adventurer-narrative of a lost soul journeying to a lost land".

 

Sin rastro desde su desaparición, en 1985 el Censo de Población (Tribunal Forense) del estado de Washington le dio por fallecido a la edad que hubiese tenido entonces: 38 años. Hacía siete que no se sabía nada de él, pero aun sin cuerpo presente era momento de sellar oficialmente la defunción de un alma errante y en pena que respondía al nombre de Jonathan Brisker.

 

El año pasado quien escribe tuvo el inmenso placer de formar parte del pequeño auditorio al que se dirigió Bill Russell en la gala de la FIBA. Fue al término cuando un cierto revuelo sobre el mito condujo a los organizadores a improvisar en la salita de la Fundación Ferrándiz un encuentro con los pocos periodistas allí presentes. Hubo varios turnos de preguntas. Todas ellas, por qué no decirlo, anodinos lugares de común autocomplacencia que concernían a Gasol y Calderón, los extranjeros en la NBA y el nivel del baloncesto FIBA. A día de hoy sigo maldiciendo mi cobardía. Porque durante aquella media hora mantuve viva en la punta de la lengua la pregunta que tanto añoraba formular. Brisker fue su discípulo en los Sonics (1973-75) y con seguridad uno de los motivos por los que Russell terminaría por alejarse eternamente de los banquillos. Las preguntas se sucedían mientras yo aguardaba inseguro mi turno. Pero de pronto, con fortuna o sin ella, me invadió la sensación de que irrumpir en medio de aquella ola uniforme con una demanda del tipo "Mr. Russell, ¿recuerda usted a Jonathan Brisker?" podría haber resultado al ponente algo tan imprevisto, tan remoto e incómodo, tan extraño y violento, que finalmente decliné el intento. La intuición de un rostro congelado y un silencio cortante me pesaron demasiado.

 

Era como si la figura de Brisker siguiera despertando miedo tanto tiempo después.