Desde su origen la NBA había seguido una línea sucesoria por la que explicar también su historia a través del ejemplar dominio de sus mejores pívots. Como si la cadena biológica hubiese trazado ininterrumpidamente una secuencia a seguir por George Mikan, Bill Russell, Wilt Chamberlain y Abdul-Jabbar. En esas cuatro largas décadas los hubo más. Pero no mejores.
Al nacer los años noventa aquella monárquica sucesión se abría de pronto en tres figuras: Pat Ewing, Hakeem Olajuwon y el recién llegado David Robinson. El escenario tenía su interés. Porque encerraba también una bonita carrera por tomar ventaja uno de los tres. Por conquistar como un aparente trono vacío.
Siendo los mejores pívots del momento aquella aparente igualdad no lo era del todo. Orbitaban sobre los tres nombres distintas variables que permitían delinear un podio. Como si a falta de un claro dominio la jerarquía entre ellos se diera por otros motivos.
Robinson era un juguete muy deseado. Todo lo que se había hecho esperar aumentaba la expectativa que su año de novato no hizo sino acentuar. A su irrupción los Spurs pasaron de 61 derrotas a 56 victorias y una segunda ronda. Por ello y su fresca condición de novedad gravitaba sobre el Almirante una ambición que le convertía en el más mimado de los tres, como The Next Big Thing.
Ewing aún no sufría desgaste. Seguía representando la figura más codiciada en salir del draft desde Alcindor y su hogar era el mercado más grande del país. Una fortaleza que el jamaicano debía reinscribir en la historia. No era otro su cometido. Se le seguía disculpando por la presunta torpeza en su gestión desde el banquillo. Como si se aguardase de una vez la venida de una autoridad que pusiera a los Knicks en orden y a Ewing en la órbita que al parecer le correspondía.
Aunque ligera, abrían ambos una ventaja relativa sobre Olajuwon. Como un índice algo mayor de popularidad, una velada preferencia en que ejercieran su dominio de una vez. Una ecuación que rezagaba al nigeriano como el más subestimado de los tres.
En la nación del libre mercado esto se traducía, como siempre, en números. En valor y dinero. Sobre otras consideraciones no había más fiable medida del reconocimiento. De aquella cada vez menos sutil diferencia.
New York y San Antonio estaban dispuestos a todo por sus dos mástiles. En noviembre del 91 los Knicks le habían ofrecido a Ewing su extensión soñada: más de 33 millones de dólares por seis años. Una suma que le convertía en el deportista mejor pagado del país. Entretanto Robinson era todavía el novato de 26 millones por ocho años. Ni siquiera habían pasado dos de su debut y ya se estaba renegociando lo suyo. Una presión a la que San Antonio no opondría resistencia.
Ewing y Robinson eran, pues, la punta de lanza de la nueva era. Una era iniciada abruptamente con la rotura del dique salarial por Atlanta y el extraño caso Koncak.
Los años de bonanza anticipaban excesos que la liga interpretaba como el ascenso a un nuevo nivel. Y en aquellos pasos iniciales por pelear cada estrella su pedazo del pastel el reparto no llegaba a todos por igual. O no al menos en deportiva armonía.
Olajuwon sintió esto con mucha fuerza. Contempló su contrato desfasado, su final muy próximo (1993) y la indiferencia de la organización a la que se debía. En suma, un agravio comparativo con sus otros dos alter egos.
De ahí que entrada la temporada del 92 estuviese convencido de que era el momento de abrir la boca. Sentía además la conciencia tranquila. Como si hasta entonces no hubiera hecho valer para sí mismo la magnífica relación que guardaba con el dueño del equipo, Charlie Thomas, una de las amistades más estrechas de toda la liga.
Dueño y jugador cenaban a menudo juntos. Y tan común era la presencia de Hakeem en los cumpleaños de los niños como en las más privadas y selectas reuniones de negocios que Thomas celebraba en su mansión californiana, donde más de un verano pasó allí semanas. No eran pocas las veces que el dueño acudía a verle en su avión privado si la gestión de la plantilla estaba en juego. Olajuwon era como uno más de la familia.
Pero curiosamente, mientras el jugador sentía no haberse aprovechado de aquella relación, tampoco había callado públicamente sus críticas.
Desde tiempo atrás eran de sobra conocidas sus demandas a la directiva para mejorar el equipo. Demandas que no pocas veces se producían de manera directa o sin el menor protocolo. Eliminados por los Mavericks en primera ronda de 1988, el pívot no tendría reparos en acusar a Sleepy Floyd de egoísta y a Joe Barry Carroll de falta de sangre. Toda una invitación a una nueva limpieza.
La convicción del líder permitía alzarse en la jerarquía obligándose a la vez a la exigencia de mejoras. Olajuwon había pedido para todos. Ahora sentía que nunca lo había hecho para él. Era, pues, el momento de marcarse un objetivo: renegociar su contrato.
Sobre todo porque se sentía feliz en Houston. No deseaba jugar para ningún otro equipo que no fueran los Rockets. Más claramente: era el sitio exacto donde quería estar.
Hacía tiempo que se había largado aquel maestro del miedo llamado Bill Fitch. "No sé cómo tengo que deciros que me da igual a quién le guste y a quién no. Aquí mando yo". Y también quedaba atrás el extremo opuesto, Don Chaney, obsesionado por ser amigo de todos. Olajuwon había conocido así, antes que a dos entrenadores, a dos individuos remotos en la escala del carácter.
Que Rudy Tomjanovich asumiera el cargo le satisfacía plenamente. Ocupaba el perfecto medio. "No voy a imponeros un estilo. Vais a ser vosotros quienes lo hagáis. Éste va a ser vuestro equipo". Aquella libertad ordenada gustaba mucho al nigeriano.
Así al llegar el mes de marzo Hakeem se sintió muy seguro y obró al margen de su agente. Se valió de aquella confianza presuntamente familiar y decidió actuar a solas. Aprovechó un encuentro casual con Thomas para abordarlo con la coartada de alguna charla anterior.
- Bueno, Charlie, ¿qué hay de tu promesa? Es hora de cumplirla.
- ¿Qué promesa?
- Ya sabes a lo que me refiero.
- Ehhh... ah, sí -improvisó sin mucha convicción-, mira, mejor llámame a la oficina y lo hablamos.
Hakeem no haría otra cosa. Como buen yoruba creía a ciegas en la palabra de un hombre.
Llamó una vez. No hubo respuesta. Llamó otra vez y tampoco. A la tercera ocasión dejaría un mensaje muy claro a su secretaria. "Hágale saber que le he llamado. Que se ponga en contacto conmigo cuanto antes, por favor. Es urgente".
Esta vez el dueño devolvió la llamada. Un mensaje muy breve. Tanto que en realidad le estaban enviando a otra ventanilla. "Mira, Hakeem, habla con Steve. Él está al corriente de todo. Algo haremos".
Steve Patterson contaba entonces con 33 años. Era el mánager general más joven de toda la NBA. Había heredado directamente de Ray Patterson, su padre, el cargo que había ocupado desde 1972. La juventud del directivo actuaba en él a modo de barrera. Como si tuviera que defenderse de su edad reclamando respeto a golpe de negativas. En muchos jóvenes la idea de heredar un imperio congela el carácter como si el refrigerante fuera el mejor combustible del ascenso. Más en claro, Steve Patterson era la peor puerta a la que llamar para pedir un aumento de sueldo. Aunque se tratara del mejor empleado.
Así el encuentro entre ambos se saldó con un rotundo fracaso. Y aun peor, en términos más que de tensión, de riesgo:
- Vamos a ver, estás ganando más que ningún otro aquí. Eres el mejor pagado del equipo.
- ¿Y?
La pausa se hizo eterna.
- Que no hay más que hablar.
Un portazo era lo último que esperaba el jugador, tremendamente desconcertado por el desplante y porque al mirar al otro lado no encontraba a Charlie Thomas, desaparecido de repente.
Si la directiva quería dar largas lo tenía bien fácil. La temporada se encontraba en su punto culminante y el equipo se estaba jugando entrar en playoffs. Lo delicado del momento y el trepidante ritmo de partidos eran la excusa perfecta para eludir aquella molesta reclamación que de pronto hizo sentir a Hakeem como un chiquillo.
De las muchas cosas que podían ocurrir nadie esperaba la que efectivamente ocurrió.
En la noche del 17 de marzo los Rockets recibían en casa a los Clippers. El partido salía de cara para los texanos cuando en el último cuarto Hakeem se dirigió al preparador físico, Ray Melciorre: "Algo le pasa a mi pierna izquierda. Me duele y no sé si voy a poder". Por lo visto algo había sucedido. Algo que nadie vio.
No parecía importante porque Hakeem terminó el partido sin aparente novedad. Y además ganaron. Era su octava victoria seguida en casa, lo que les situaba en séptima posición del Oeste con ventaja sobre Lakers y Clippers y dejando que ambos rivalizaran juntos por ser octavos. La situación era, pues, saludable.
Pero al parecer no para Hakeem. Al término del partido insistió en que sentía una fuerte molestia en la parte trasera de su muslo izquierdo, como una sobrecarga que le causaba dolor. Dos días después recibían a Seattle y el jugador tenía que estar listo. El primer examen médico no detectó nada raro. Pero Hakeem aseguró que en esas condiciones no podía jugar. Y no lo haría.
Los Rockets perdieron.
Al día siguiente había entrenamiento. Steve Patterson no sabía lo que era pisar uno. Ni tampoco el vestuario. Pero aquella mañana allí estaba, erecto y con semblante poco amistoso. Sin importarle interrumpir nada. "¿Dónde está?". Tomjanovich apuntó a la sala de fisios, donde Patterson abrió la puerta y la boca sin miramientos para sorpresa de Olajuwon, sentado sobre la camilla, y su preparador. "Ray, haz el favor, déjanos solos". Melciorre salió fuera y el directivo no dio lugar a la réplica. "¿Qué es lo que pasa aquí? ¿De qué va todo esto?".
A continuación alzó su dedo índice a la altura de la cara y advirtió:
- Mira, Hakeem, más vale que termines con esta historia ahora mismo.
- ¿Perdona?
- Que acabes con todo esto ya.
- ¿De qué estás hablando?
Patterson era muy seguro de sí. Pero templó ligeramente cuando el jugador se incorporó de repente.
- Sé lo que intentas y ya te advierto que no va a funcionar. He hablado con Charlie y me ha dicho que si depones tu actitud y juegas resolveremos el problema de tu contrato en verano. Tienes su palabra y la mía. Si quieres lo haremos por escrito.
Olajuwon sacudió la cabeza incrédulo.
- Pero... cómo puedes estar diciendo algo así. No puedes estar hablando en serio. ¿O sea que creéis que me estoy inventando una lesión como medida de fuerza para renegociar mi contrato?
- No somos chiquillos.
- ¡Pero qué estás diciendo! -interpuso a un volumen que excedía lo conveniente- Sabes dónde me dejo la piel para eso. Sabes lo que me corresponde y no lo estás cumpliendo. Estoy lesionado de una pierna y tú... ¿me vienes con esas? ¿¡Me estás acusando de mentir!?
Patterson resopló. Iba a decir su última palabra.
- Muy bien, tú lo has querido. Saldrá en los periódicos. Vamos a hacer público todo esto -amenazó.
Patterson dio media vuelta y se largó. Haría bien. Hakeem estaba furioso y el diálogo había iniciado una peligrosa escalada.
El pívot fue sometido a una resonancia magnética a cargo de Charles Baker, el médico del equipo. No le fue sencillo exponer el resultado. "Mira, Hakeem, te voy a ser honesto. No veo nada. No hay nada que me permita darte la baja. Y lo tengo que comunicar". De entrada algo así obligaba al jugador a vestir el chándal ante Sacramento.
De nada sirvió. Hakeem lo haría de calle. No jugaría. Y los Rockets volvieron a perder. La mesa de anotadores rescató una rarísima posibilidad -"Refused To Suit Up"- que registrar en el acta oficial del partido.
Patterson cumplió su amenaza. Y por partida doble. El día 23 Hakeem sería suspendido de empleo y sueldo. Y fue inútil que acudiera por su propio pie a una clínica privada donde recibió un diagnóstico favorable: una lesión muscular que afectaba al área femoral de su pierna izquierda.
Prescindir del mejor jugador un equipo en lucha directa por una plaza de playoffs era un riesgo demasiado grande. Por lo que la suspensión se limitó a tres partidos, a razón de casi 47 mil dólares de pérdida para el nigeriano por cada uno de ellos.
Pero muy por encima de la suspensión o el dinero, nada peor que la publicidad del asunto por los términos expuestos. Thomas fue implacable. "Si un cuerpo de médicos le observa y nos comunican que no le encuentran nada, que está completamente sano, y todo esto justo después de que él amenazara con no jugar porque quiere un contrato nuevo, señores, no es difícil llegar a una conclusión", declaró abiertamente a la prensa después de revisar de nuevo el partido ante los Clippers, esta vez con lupa, sin ver nada que le hiciera cambiar de opinión.
El jugador no daba crédito. Ahora sí, era un escenario de guerra.

Visiblemente afectado Olajuwon buscó amparo en Leonard Armato, su agente. "Lenny, esto no puede ser legal. Necesito que hables con la Asociación". El convenio establecía que para que un jugador fuera suspendido de empleo y sueldo debía preceder a la medida alguna base jurídica. "No me van a quitar ni un solo centavo. ¿Me has oído? Ni uno". Armato elevó una protesta formal a la liga a través de la Asociación de Jugadores.
Y Hakeem decidió responder a su manera. Tampoco él se quedaría callado. Haría exactamente lo mismo que Patterson aprovechando la megafonía de la prensa. No sólo debía aclarar su postura. Mucho antes defender su imagen, nunca antes tan ofendida. "Es un embustero. Cuestionar mi integridad como profesional está lejos de lo que es tener clase. No me van a llevar a su terreno. Nadie quiere jugar más que yo. Pero no voy a salir ahí fuera a arriesgar mi carrera si no estoy sano. Y no lo estoy. Aquí quieren que juegues estando lesionado. Cuando esté listo jugaré. No antes".
Olajuwon calificó de "estúpida" la gestión de Patterson, al que acusó de no estar capacitado para ejercer el cargo.
En realidad no sería el único. La liga entera recibía con sorpresa lo sucedido. Que un director deportivo acusara públicamente a su estrella de fingir una lesión era muy grave. Los Rockets parecían así estar actuando contra sus propios intereses. Como estrategia era un desastre que el resto de equipos no pasaría por alto en el caso de ruptura.
En defensa del pívot salieron sin temor alguno sus compañeros Kenny Smith y Othis Thorpe. "Si él pudiera jugar -manifestó el primero- lo haría como siempre ha hecho. Es impensable que esté tratando de aprovecharse de algo así en perjuicio de todos nosotros". A lo que añadía un revelador matiz. "Mi relación con él es más cercana que con la otra parte".
No todas las acusaciones del nigeriano tenían el mismo destinatario. Hakeem no tuvo reparos en acusar de "cobarde" al propietario por haberse ocultado tras la cortina de Patterson, a quien parecía haber encargado el trabajo sucio. La decepción hacia quien estimaba como amigo era muy grande.
En suma todo estaba dicho.
Sin Hakeem el equipo se desangraba. Lo perdía todo. En el momento más delicado de la temporada encadenaron seis derrotas consecutivas.
Pagarían muy caro lo ocurrido. Los Rockets quedaron fuera de los playoffs por primera vez en ocho años. Lo harían en favor de los Lakers en la última jornada de liga. O más bien antes: perdiendo cuatro de los cinco últimos partidos.
La imagen del equipo texano quedó muy dañada y la prensa percutió sin piedad.
Sports Illustrated recogió de manera anónima las declaraciones de un directivo que cargaba contra los Rockets rozando la calumnia, o de otro modo, que nada distinto se podía esperar de ellos. "Estos son los mismos que en 1984 perdieron partidos deliberadamente para poder elegir al número uno del draft". Precisamente el que dio con Olajuwon allí.
Así otros se sumaron a la línea conspiratoria insinuando que Hakeem y los Rockets estaban interpretando un sainete para quedarse fuera de los playoffs y ganar prioridad en el draft. Una teoría sin mucho crédito dadas las no pocas veces que el jugador había cuestionado la política de la directiva en los últimos años. Y sobre todo, que la intensidad del conflicto abierto era esta vez desconocida.
Llegada la noche del draft los Rockets elegirían en la undécima posición a un alero atlético de Alabama de nombre Robert Horry. Pese al buen aspecto, no dejaba de ser una incógnita.
A Olajuwon el draft le dio exactamente igual. Ya había tomado una decisión. La más drástica de su vida deportiva. "No quiero jugar aquí más. ¿Lo haríais vosotros después de esto? Muchos otros se fueron antes. Adoro la ciudad, los aficionados y mis compañeros. Pero no siento lo mismo hacia los que dirigen esto. El daño ya está hecho. Prefiero empezar de nuevo en otro sitio".
En las semanas siguientes no hubo nada relacionado con los Rockets que no disparase escenarios de traspaso. A los Clippers por Manning y Charles Smith, a Miami por Seikaly, Steve Smith y Harold Miner. Knicks y Magic se sumarían a un intercambio a tres bandas que llegaría a incluir al número uno del draft, Shaquille O'Neal. Y sobre todo, un intercambio de cartas marcadas: Hakeem Olajuwon por Charles Barkley. El alero de Philadelphia había roto definitivamente con el equipo de toda su vida a la espera de destino.
Justo antes de arrancar el verano las últimas palabras de Hakeem a su directiva subrayaban su última voluntad: "Sólo quiero que me llaméis para decirme dónde jugaré el año que viene. Quiero irme".
No había vuelta atrás. Estaba completamente seguro de que no volvería a vestir esa camiseta.
Hizo las maletas con una sola intención. Salir del país durante el tiempo necesario para desconectar por completo. Necesitaba un largo viaje. El camino hacia la meditación que tanto añoraba. Su deseo, la oración y el recogimiento. Y su destino, la Meca.
Durante las primeras horas de vuelo era inevitable revisar aquel sórdido panorama. Se preguntaba cómo era posible haber llegado a una situación así. Desde su llegada a Estados Unidos no había conocido otro hogar que no fuera Houston. Y como profesional eran incontables las veces que se había prometido conquistar el título para una ciudad que sentía como suya.
De cuanto le contrariaba dos episodios martilleaban con especial intensidad su cabeza. En enero del año anterior un codazo de Bill Cartwright le había fracturado la cavidad ósea que aloja los ojos dejándole fuera de juego durante dos meses. Volvio con gafas y la ilusión renovada por remontar la posición del equipo.
Y a principios de esa última maldita campaña le fueron detectados síntomas de arritmia que le tuvieron hospitalizado durante semanas sin comprender a qué se debía algo que podía ser muy serio.
Estos dos episodios le acudían por una razón: si él hubiese sido el tipo de persona que la directiva denunció que era, perfectamente podía haberse tomado los dos años libres. Había poderosas razones médicas que habrían avalado esa decisión. Y sin embargo no lo hizo. No pasaba por su cabeza algo así.
Cuando despertó ya estaba en otro mundo. Allá donde recobrar la paz deseada. Tan sólo un molesto incidente en una mezquita, donde un tipo abusó del tiempo de oración destinado a los fieles venidos de todas partes del mundo que hacían cola tras él, logró ponerle nervioso de nuevo. Cuando no estaba permitido interrumpir al orador en tiempo de oración Hakeem acabó cogiendo a aquel tipo por los hombros largándole de allí. Como un último residuo de furia.
El verano volaba y antes de darse cuenta estaba en Los Angeles para pasar unas semanas con su hija Abisola, fruto del matrimonio frustrado con su primera esposa.
Completamente renovado ocuparía sus siguientes jornadas en entrenar de la manera más dura que hubiese conocido. Contrató a un reputado preparador físico que lo primero que hizo fue inyectarle sesiones intensivas en el célebre Gold's Gym angelino, atestado de culturistas de ambos sexos que impresionaron al recién llegado. En pocos días Hakeem manejó fuerzas y pesos que nunca había conquistado. Y por las tardes carrera continua por la arena de la playa.
Dentro de aquellas enormes instalaciones una pequeña pista de juego le dejaría a solas para practicar con balón. Armato acudió a verle y a los pocos días ya tenía a un grupo de jugadores de instituto jugando y reboteando para su representado. El agente se vio sorprendido por el estado de forma que presentaba Hakeem. Y decidió aprovechar la ocasión de la mejor manera posible. "Te voy a traer algo. Te sorprenderá".
El Gold's Gym tenía música por todas partes. Sus gestores sabían del perfecto matrimonio que une la música con la motivación gimnástica. Hakeem no acostumbraba a entrenar con ella.
Pero una mañana, embriagado por la cadencia, sintió que sus piernas se movían solas, al ritmo de seductoras melodías del Hollywood más superfluo. Le gustaba. Le fascinaba. Se sentía cómodo y descubrió que se podía jugar bailando. O bailar jugando. Se fintaba a sí mismo, se deslizaba en mitad de un estribillo y culminaba a golpe de percusión. Descubrió un sentido delicioso del ritmo. Hasta entonces, y esto le causó una fuerte impresión, no había advertido la facilidad de sus pies para descifrar movimientos no sidos. No desde que siendo un chaval en Lagos abandonaba la portería para salir driblando a quienes le salían al paso.
Hakeem sintió verdadero entusiasmo en profundizar aquella experiencia. De sobra conocía su medio gancho y su tiro tras reverso, un repertorio a partir del que cocinar sus variantes de juego ofensivo. Lo que descubrió entonces, y en un tiempo récord, era que podía improvisar muchas más cosas. Y repetirlas hasta que perdieran parte de su improvisación.
Y aún faltaba el mejor regalo. "Lo prometido, Hakeem. Te presento a Shaquille O'Neal". Aquella joven presencia le resultó de entrada impresionante. Armato se había agenciado a la perla más valiosa imaginable. Y qué mejor manera de empezar que confiarles juntos aquel espacio cerrado, como un valioso secreto. Juntos trabajaron muchas horas en jornadas interminables. Un periodo increíblemente edificante para ambos. Hakeem probó con el joven sus nuevas armas. Contrariamente no todo valía para detener a aquella fuerza. "Te voy a decir lo que muchas veces me decía a mí Moses Malone. Aquí adentro, simplemente, ¡Be a Man!". Y Shaq asentía, como imaginando en su cabeza lo mucho que esas pocas letras significaban.
Fueron días maravillosos. En fuerte contraste con el regreso a Houston.
No le habían llamado. Ni una sola vez. La razón le fue expuesta a las claras. "Mira, Hakeem, lo hemos intentado. Pero a cambio no hemos obtenido lo que queríamos". Patterson estaba diciendo la verdad. Los demás equipos se habían cobrado el grave error cometido por el directivo. Pretendían aprovecharse de una situación crítica en términos nada ventajosos para el futuro texano.
Y con el jugador de vuelta, el gerente supo aprovechar la ocasión en su interés. Como si no haberle traspasado fuera una prueba de reconocimiento hacia él.
Sólo que Hakeem seguía deseando ese reconocimiento en forma de nuevo contrato. Y no pudieron empezar peor las cosas. La pretemporada fue un absoluto desastre. Y eso incluía el vacío de las gradas y los abucheos de los pocos presentes. No se avistaba luz para el nuevo curso.
El fuero interno del jugador seguía teniéndolo claro. No quería jugar en los Rockets. Y no detendría su cruzada hasta conseguirlo. "Lenny, haz lo que sea. Quiero irme de aquí", reclamó por última vez a su agente.
Pero el calendario se echaba encima. Como parte del programa internacional de la NBA, Rockets y Sonics tenían previsto disputar sus dos primeros partidos de temporada en la localidad nipona de Yokohama. Eran catorce horas de vuelo que horrorizaban al jugador.
Hakeem tomó asiento en el avión dejando vacía a su izquierda la ventanilla. Por el pasillo fue pasando la expedicion texana al completo y entre los gigantes dos chiquillos en torno a diez años que le saludaron efusivamente. Eran los hijos del dueño, a quienes conocía y adoraba por igual. Los seguía su madre. "Hola, Hakeem, cómo estás", exclamó sonriente la mujer. "Qué tal, Kittsie, me alegro de verte".
Era una situación incómoda. Pero aún más lo sería cuando al fondo venía acercándose a paso ligero el cabeza de familia, Charlie Thomas. A ojos de Hakeem, el principal responsable de su calvario. "¿Hay alguien sentado ahí?", preguntó señalando a su lado. Era imposible ocultarse en un avión. "No".
Para bien o mal iban a compartir vuelo. Y ninguno de los dos rompería el silencio hasta bien entrada la velocidad de crucero. Con más torpeza que tino lo haría finalmente el propietario.
- Mira, creo que todo esto se nos ha ido de las manos. Pero piénsalo bien. Ha sido más culpa de los medios que nuestra...
- Déjalo, Charlie -le interrumpió-. Es demasiado tarde. No vamos a solucionar nada. Ya sabes lo que quiero. Irme. Punto.
- ¿Acaso crees que no lo he intentado? Y no porque yo quiera sino porque tú...
Así empezó todo mientras cruzaban el cielo del globo. Las intenciones de Thomas eran sinceras. Tan sólo había que aprovechar el declarado amor de Hakeem al equipo para el que llevaba jugando ocho años. Se trataba de tomar ambos la frágil cuerda en común que aún podía unirles.
Horas después tomaron aquel cabo suelto. El dueño posó su mano sobre la de su acompañante en un gesto que iba mucho más allá de la confidencia.
- Hakeem, tienes mi palabra. Somos amigos. No me gustaría perderte.
Catorce horas daban para mucho. Tal vez demasiado. Muchas batallas habían firmado la rendición en minutos.
- Dile a Leonard que me llame -prosiguió-. Vamos a cerrar esto por escrito.
A mediados de marzo de 1993, exactamente un año después del comienzo de todo, la directiva de los Rockets cumplió la promesa de llegar a un acuerdo con el jugador firmándole una extensión hasta 1999 que le reportaría entre 26 y 30 millones de dólares facilitándole incluso la salida al mercado sin restricciones al término de la temporada de 1997.
Y por fin Hakeem respiró tranquilo.
Curiosamente para cuando fue firmado aquel nuevo contrato Charlie Thomas tenía ya firmado otro. La venta del equipo a un millonario procedente de Wall Street, un tal Leslie Alexander. De manera que de cualquier modificación en las cuentas de los Rockets se debería hacer cargo el recién llegado. Y de su bolsillo saldría hasta el último centavo a cobrar por el jugador nigeriano.
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El inicio del curso siguiente algo muy poderoso había cambiado. Los Rockets ganaron sus 15 primeros partidos del año, lo que suponía el mejor inicio de la historia. Y aquello terminaría como empezó. Formando un equipo incontestable, Houston se alzaría en dos años con dos títulos de la NBA, estableciendo un corte justo y dorado en una década dominada por Chicago Bulls. Una década de color rojo.
A título individual Olajuwon se desharía sucesivamente de Pat Ewing, David Robinson y Shaquille O'Neal, triturando aquel panorama inicial de aparente igualdad entre los tres grandes pívots de la época. De hecho lo haría para siempre. Zanjando la discusión eternamente a su favor.
Durante sus dos años de gloria, que tan cerca estuvieron de no existir, la música seguía además sonando en su cabeza cuando vestía de corto. Como si su juego, antes que técnico, fuera musical y terminara bailando a sus pares.
Cosa que no aparecía en ningún contrato.
