ACBBlogs

El sensacional triple de Juan Carlos Navarro en la semifinal del Europeo ante Macedonia encierra una lectura distinta a la mera épica del marcador (68-60) y la sentencia del cuarto (+8 / 1:26). Su factura, un lanzamiento exterior batido a una sola pierna, trae a colación una de las acciones menos frecuentes aun en la sobreabundancia del baloncesto moderno.

 

El tiro [exterior] en carrera sigue siendo hoy día una probabilidad más bien remota. Una estimación ligera hablaría de uno por cada centenar de tiros de media y larga distancia. Lo sorprendente es que durante la primera mitad del siglo pasado esa proporción era de uno a tres. E incluso menos.

 

Desde un punto de vista histórico el molde original de este género de acción equivale a un fósil que en los últimos cuarenta años han rescatado –sin la frecuencia suficiente para el valor de recurso técnico– no más de una docena de jugadores en la mejor liga del mundo.

 

Es posible interpretar la historia del baloncesto desde un sinfín de grandes y pequeñas evoluciones, algunas incluso aparentes minucias de una crucial importancia. A este último grupo pertenece ese gesto que hoy traemos a examen. Porque vale también para ello y no carece de interés advertir el hallazgo de una analogía formal entre Juan Carlos Navarro y Slater Martin a pesar de una infranqueable distancia de 60 años.

 

Sobre la muestra del ejemplo inicial lo que un espectador percibe a simple vista es que la ejecución del lanzamiento acontece “a una sola pierna”. Y aquí cabe establecer el primer corte. Mientras las entradas a canasta tienen lugar en carrera y baten, por definición, a una pierna tras el primer o segundo paso no ocurre lo mismo con el lanzamiento exterior, batido académica, naturalmente sobre los dos pies.

 

Esta automática evidencia condujo hace unos meses al cronista Bill Pennington a preguntarse si, viendo el baloncesto actual en cualquier parte del mundo, no parecía mentira que alguien tuviera que inventar el lanzamiento exterior en suspensión. Se urgía así a recordar que baloncesto y jump shot no nacieron juntos. Que este último es de hecho una herencia sorprendentemente tardía. Y que de los 120 años de vida del juego cerca de la mitad no conocieron el salto al momento de lanzar.

 

Con el fin de acertar el balón en la red a unos metros del aro la mecánica de los jugadores experimentó tres grandes fases hasta nuestros días. Basándose exclusivamente en los apoyos, en la relación de los pies con el suelo, esa historia emplea tres capítulos:

 

1. Dos pies.

2. Un pie.

3. Salto a dos pies o jump shot.

 

Las dos primeras fases pervivieron juntas hasta bien entrados los años cincuenta, cuando el jump shot vino a quedarse, como la electricidad o la rueda, para siempre.

 

Mientras los historiadores acuerdan la imposibilidad de establecer un origen concreto al nacimiento del tiro en suspensión se acepta en cambio el periodo de gestación en torno a los años treinta y en la escena universitaria como laboratorio de ensayo.

 

A finales de los años noventa un autor vino a romper con esta indefensión teórica en la publicación de la obra The Origins of Jump Shot: Eight Men Who Shook the World of Basketball (John Christgau, 1999), algunas de cuyas aristas no fueron aceptadas por el total de investigadores por la presunta flaqueza en la metodología empleada. Con todo, la tesis central hacía gala de gran fortaleza al rescatar de las profundidades al ramillete de jugadores cuyo influjo fue erosionando la técnica en el lanzamiento de media y larga distancia que hasta entonces imperaba hegemónica.

 

Para la crítica el problema residía en la audacia desmedida de Christgau al conceder el origen del jump shot a un único jugador. John Miller Cooper figuraba así como el inventor durante un partido de su equipo, la Universidad de Missouri, en 1931. Cooper, fallecido en 2010 a la edad de 98 años, no faltó a la ocasión de dotar al momento de la debida épica –“My feet left the hardcourt surface, and it felt good. It was free and natural, and I knew I had discovered something”– y a la honestidad de reconocer que se inspiró en un jugador de la Universidad de Chicago a quien vio entrenar el gesto en la clandestinidad de un pabellón de instituto.

 

A diferencia de Christgau el Basketball Hall of Fame de Springfield otorga la condición de pionero a Kenny Sailors, cuya trayectoria evidencia un mayor número de pruebas al darse hasta 1951 en el baloncesto profesional.

 

Valga uno u otro, es de común y valiosa aceptación el grupo de ocho pioneros a partir de Cooper enunciado en el ensayo: Kenny Sailors, Belus Van Smawley, Bud Palmer, John Gonzalez, Whitey Skoog, Dave Minor, Johnny Adams y Joe Fulks, siendo este último el más célebre dada su pionera condición –sancionada por su sobrenombre de ‘Jumpin’– como el primer gran anotador que la NBA conoció.

 

Los años de zozobra teórica arrojaron igualmente un nutrido anecdotario, decisivo para iluminar algunas áreas de penumbra e incorporar curiosas correcciones, una de las cuales tiraba por la borda el papel, monumentalmente admitido hasta entonces, de Hank Luisetti como socio fundador de la suspensión clásica. “I never had a jump shot –aclaraba el italoamericano–; it was a running one-hander kind of near the basket” (“In Search Of The First Jump Shot”, Bill Pennington, TNYT, 2/IV/11). Luisetti se declaraba así más próximo a un gesto sumamente extendido en el segundo cuarto de siglo, de formal encaje en lo que hoy conocemos en Navarro como bomba y cuyo origen, desde el escrúpulo técnico, es posible referir como bandeja frontal inversa* (*la posición de la mano bajo el balón es la opuesta a la lay up).

 

En realidad el papel inicialmente atribuido a Luisetti corresponde en justicia a Paul Arizin (1950-1962), el principal culpable de la vertiginosa divulgación del jump shot en la NBA camino de la modernidad en los años sesenta. Arizin triplicaba la importancia de Fulks en la extensión de aquella técnica. E incluso sin saberlo acabaría dando origen a lo que la nomenclatura refirió en adelante como leaning jumper, un pequeño molde de la suspensión –opuesto al fadeaway– que consistía en despegar el salto hacia delante dejando atrás al par defensivo. La técnica de Arizin nació sin esa intención ofensiva, de manera que su ejecución persistía similar aun lanzando a solas.

 

Por encima de la controversia y el rápido sucederse los cambios el verdadero legado del ensayo de Christgau residía en alumbrar el proceso histórico, dotarlo de sociología –la ruptura juvenil con la estricta cultura rural– y perpetuar al grupo responsable de la larga y difícil transición, entre el ecuador de los años treinta y cincuenta, hacia lo que el baloncesto universal conocerá para siempre como jump shot.

 

Hasta entonces, durante cerca de 60 largos años, el lanzamiento exterior había vivido estancado en dos formatos complementarios: uno, con los pies plantados en el suelo, y dos, con uno solo. Únicamente en este último, y de manera residual, intervenía el salto.

 

 

Hª del lanzamiento exterior: Fig. 1. Formación parada / 2. Alzada / 3. Suspensión

 

La primera de las técnicas es fácilmente asumible en un baloncesto que aún no había conocido la suspensión. El jugador resuelto a lanzar consumía unas décimas para cuadrarse al aro descargando toda la fuerza en los brazos sin necesidad de levantar el cuerpo del suelo (fig. 1). Una rudimentaria pericia que llevaba congelada desde finales del XIX y algunos de cuyos más brillantes resultados, como en el caso de Barney Sedran, sorprenderían incluso hoy.

 

La segunda técnica, alzando un pie, encierra en cambio otra explicación de doble motivo. Aquella suerte de lanzamiento que incorporaba ligeramente una pierna, como escenificando un caballito (fig. 2), era el resultado de proyectar hacia el exterior el método de la bandeja y las entradas a canasta. De hecho tenía su origen en el aprendizaje de la relación cruzada (brazo de tiro-pierna de batida) que la técnica preceptiva imponía bajo el aro. Técnica que durante los entrenamientos los jugadores repetían hasta interiorizarla de manera natural. El jugador replicaba la misma secuencia del cuerpo a medida que el tiro ganaba distancia.

 

A ello se añadió un segundo factor: los jugadores pequeños, una demografía mayoritaria por debajo del 1.95, encontraban acomodo en una técnica que favorecía la necesidad de imprimir fuerza a la parábola. Hallaban así una mayor soltura en el lanzamiento lejano. Y ello incluía no sólo a los jugadores más menudos. El gesto era tan automático que no era extraño ver a Clyde Lovellette ejecutarlo en sus escasos intentos a distancia.

 

Lo curioso de la técnica de alzado residía en su empleo por igual tanto en carrera como en estático. Una tradición que superó generosamente el ecuador de siglo. Así por ejemplo en la NBA de 1953 jugadores como Joe Fulks, Slater Martin, Ed Macauley, Whitey Skoog, Dick McGuire o Carl Braun exhibían el alzado en lanzamientos exteriores sin desplazamiento, esto es, totalmente parados.

 

La otra interpretación, compartida también por ellos, hablaba en términos de velocidad. Lanzamientos exteriores ejecutados en carrera y, como tal, mediante la técnica de alzado interiorizada desde tiempos pretéritos en las entradas a canasta.

 

Este último género de lanzamiento, el tiro en carrera, fue el principal afectado por el advenimiento del jump shot. Al extremo de hacerlo desaparecer en pocos años culminando con ello el mayor genocidio de un recurso técnico conocido hasta entonces.

 

Cuando quedó claro que la suspensión exterior servía para sortear la defensa a la vez que favorecía la eficacia –del 29.3 de acierto en 1948 a un 43.7 en 1968 (NCAA) / 34.0 en 1950 a 44.6 en 1968 (NBA)– el tiro en carrera adquirió automáticamente la condición de maldito, y muy en especial para los entrenadores, que lo contemplaban como una licencia innecesaria y un riesgo a evitar.

 

Si ya en 1931 el técnico de Missouri, George Edwards, condenó a Miller Cooper al banquillo por su jump shot bajo la amenaza “No lo vuelvas a hacer” la percepción negativa hacia su precedente en carrera persiste [universal] hasta nuestros días. “Los entrenadores mirábamos para otro lado cuando algunos de nuestros jugadores, casi siempre con resultado lamentable, lo intentaban” (Sergio Scariolo, Diario Marca, 7/IX/07).

 

Para finales de los años sesenta el tiro en carrera prácticamente había desaparecido. Todo residuo técnico en su ejecución fue liquidado y de su molde original es posible encontrar hoy recursos como el running hook shot –donde abundaron Magic Johnson y Scottie Pippen– o el floater. Pero mientras ambos finalizan por definición a una sola mano el tiro en carrera lo hace a dos. Mientras aquéllos pertenecen al género entrada éste lo hizo siempre a los márgenes del lanzamiento exterior.

 

Llegados a este punto crucial urge definir qué fue exactamente lo que desapareció.

 

El tiro en carrera constituye una suerte de lanzamiento en desplazamiento que consiste, y aquí reside su misterio, en preservar académicamente la mecánica de brazos pero no así de los pies, que siguen una secuencia propia de las entradas a canasta liberando los pasos reglamentarios sin bote (técnica de alzado). Por eso el tiro en carrera no se define por la velocidad de entrada previa al lanzamiento. Si así fuera, serían tiro en carrera las magistrales paradas a dos pies en transición de ejemplares como Drazen Petrovic, Lafayette Lever o Ferdinando Gentile.

 

Gráficamente se trata de todo aquel lanzamiento en suspensión que preserva intacta la mecánica superior de los brazos batiendo a una sola pierna (el ejemplo inicial de Navarro acude como arquetipo). De manera que un jugador detenido puede descargar uno o dos pasos tras bote sorteando a su par y lanzar, y su acción seguirá siendo considerada un tiro en carrera.

 

Este particular gesto técnico favorece notablemente la fuerza de impulso en el lanzamiento al aprovechar la cinética del cuerpo. Pero al mismo tiempo vulnera el equilibrio que conviene a la parábola del tiro. De manera que la vivacidad de su ventaja asume el riesgo de la imprecisión. Y esta doble característica, especialmente la primera, provoca una relación mayoritaria de esos lanzamientos con las inmediaciones de la bocina –a final de tiempo– y una masiva presencia de la tabla a causa del excedente de impulso. He aquí el espacio del juego donde mayor número de tiros en carrera encontrar, una predilección técnica en el primer Michael Jordan y algunos de sus aciertos desde medio campo. Aun al final de sus días aquella primeriza querencia (1:32), adquirida como un automatismo, le permitía expresarlo con asombrosa facilidad.

 

Con todo, es el margen cotidiano del juego donde mayor pérdida se experimentó. Tras el descenso casi a cero que sufre el tiro en carrera en la década de los setenta, donde apenas despunta Walt Frazier, jugadores como Isiah Thomas y Larry Bird salpican los años ochenta con ocasionales muestras que en el caso del jugador de Boston alcanzaron apogeos hoy en día sepultados en la memoria dormida.

 

El 26 de febrero de 1983 Bird sentenciaba una agónica victoria en Phoenix (101-103) con un alzado a media vuelta (1:30) en el Veterans de Phoenix y cinco años después, esta vez en el Capital de Washington durante el segundo partido de Boston en Regular, el alero sellaba un increíble final con tres canastas consecutivas las dos últimas de las cuales eran un triple en carrera y un calco del buzzer en Phoenix.

 

 

 

 

 

Con la extraña solidaridad de algunas destrezas de camarilla, su compañero Danny Ainge fue uno de los jugadores con mayor número de tiros en carrera durante sus años en activo. Como icono de aquella particular habilidad acude el aplastante final del primer cuarto en el Memorial Day Massacre (1985 NBA Finals / Game 1). Ainge certificaba el 38-24 para Boston. Era su punto número 15 y el séptimo acierto de nueve intentos (7/9). Este particular episodio (2:20) añade un factor clave que remite al caso Navarro ante Macedonia: la confianza del tirador hermana la licencia y la eficacia a esos extraños grados del acierto.

 

En el baloncesto contemporáneo la rara presencia del tiro en carrera es, más allá de la destreza, indisoluble de la vívida suficiencia que en esos momentos atraviesan sus protagonistas.

 

En una proporción algo menor a Ainge, Rex Chapman mostró igualmente cierta soltura en esta suerte del juego, grabando para la historia su buzzer a los Sonics en la primera ronda de 1997. Y seis años después los Suns sorprendían a San Antonio en el estreno de la serie con otro ejemplo muy gráfico, esta vez obra de Stephon Marbury que recuerda el frecuente factor fuerza traducido en el balón a tabla.

 

En los últimos quince años los casos más recurrentes se siguen contando por muy pocos. En diferente grado, Dana Barros, Michael Jordan, Allen Iverson, Tracy McGrady, Kobe BryantJason Williams, Dwayne Wade o Manu Ginobili son dignos de mención por ofrecer en suma el mayor número de ejemplos. Y tal vez por encima de todos ellos, Steve Nash, especialmente dotado para el tiro en carrera cualquiera que sea el ritmo de posesión, al igual que el brasileño Marcelinho Huertas.

 

Finalmente, reduciendo toda velocidad y por ello inscrito en la atávica suerte del alzado, en ese lanzamiento que bate a una sola pierna sin intervención de la carrera, sin apenas desplazamiento, predomina actualmente un monarca mundial que, vulnerando toda relación anterior con los jugadores de backcourt, ya ha instalado su figura en la hegemonía histórica de esta rara especialidad, como la más vanguardista versión de una reliquia. El alemán Dirk Nowitzki supera en órbitas un viejo recurso empleado por Adrian Dantley en los años ochenta –deadly step back– consistente en abrir espacio para el lanzamiento a través del alzado de una pierna y la amplitud del ángulo de tiro, burlando así hasta lo insultante la preceptiva conveniencia del equilibrio. Lo que arrancó en Nowitzki como una alternativa ocasional ha terminado en tal afectación que figura así como una de sus principales señas de identidad. Al extremo de poder traducir su one-legged shot, donde legged refuerza al extremo su condición adjetiva, como [lanzamiento] unípedo o monoapiernado. Un recurso que el alemán ha elevado a la cuota maestra.

 

 

 

 

 

 

Ésta es pues, a muy grandes rasgos, la accidentada trayectoria del tiro en carrera y su formación alzada. Un recurso que fue durante cerca de seis décadas fisonomía predominante hasta la aparición del jump shot y su posterior desaparición sin terminar de hacerlo nunca del todo. Porque no es posible e incluso su estado latente permite especular sobre su presente y futuro.

 

El presente se empeña en demostrar que una derivación corta como el floater, a medio camino entre la entrada y el mid-range shot, tomó el mando de su espectral herencia. El floater es el recurso ofensivo que ha experimentado un mayor crecimiento en el último lustro. Se trata del tiempo de reacción al ajuste reglamentario que condujo a principios de los dos mil a la supresión de la no lay-up rule y el restablecimiento defensivo ante toda una nueva horda de penetradores a los que gradualmente se va impidiendo entrar hasta la cocina.

 

Actualmente el floater está ganando distancia y altura. Por lo que no es descartable que, de proseguir este doble incremento, sea necesario en un futuro no muy lejano fortalecer la precisión del lanzamiento con el término de tiro a dos manos, esto es, con la mecánica tradicional del jumper, al modo de Navarro ante Macedonia.

 

Desde un punto de vista estrictamente técnico y pese a ser una reliquia el tiro en carrera es uno de los recursos más modernos del baloncesto. Ejecutado en un pequeño espacio su apariencia de restallido ofensivo por altura y velocidad le conceden una ventaja surgida del athletic talent, precisamente el factor de mayor desarrollo en la selección genética del baloncesto contemporáneo.

 

Ese jugador que dote de instrumento técnico cotidiano al tiro en carrera está por llegar. Y mientras siga adelante el histórico proceso de contagio de los jugadores ejemplares al resto, tal vez estemos, propiamente, ante un recurso del futuro que hoy no alcanzamos a ver, de la misma manera que Naismith no imaginó a Bill Bradley (fig. 3) ni éste a Ray Allen.