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¿Sabes, Josean? A veces la página en blanco te lo pone realmente difícil. Te sientes incapaz de contar lo que debes porque no quieres contar algo así. Ni siquiera sabes por dónde empezar. Pero le echaré arrestos. Y más que ir al grano, iré directamente al corazón, como una puñalada, que es precisamente lo que sentí cuando el otro día recibí tu llamada.

 

No te lo dije. Pero mientras el teléfono sonaba tuve una extraña sensación. No llamabas a las horas acostumbradas, a esas horas en que todos duermen para que tú y yo pudiéramos charlar. Eran siempre nuestras horas, como la noche que las envolvía. Pero esta vez ni era noche ni dormían ni las horas tenían magia. Y tardaste poco en darme la noticia.

 

- Este viernes el tren de Basketaldia llega a su última estación.

- ¿¡Qué!?

- Sí, amigo, Basketaldia dice adiós. Se acabó.

 

¿Sabes, Josean? No te lo había dicho, pero los minutos siguientes no te escuché. No me entiendas mal, no es que no lo hiciera. Es que no podía. De repente no supe o pude pronunciar palabra. Se me había encogido el alma y oleadas de sensaciones y recuerdos se me vinieron encima agolpada, cruel, absurdamente. Y tu voz me llegaba entonces como un zumbido. Era indescifrable. Las razones lo eran. Porque no había razones, nunca las hay, para anunciar el adiós de un ser querido. Sí, Josean, eso es lo que sentí.

 

Me aplastaron entonces nueve años, nueve de tus años, de los que yo, ya lo sabes, tan sólo he conocido la segunda mitad. Pero como si hubiese sido una décima. Porque ya Basketaldia formaba parte de mi vida. Y ni me acuerdo de cómo era todo antes, antes de ser yo también, permíteme, Basketaldia.

 

Antes de que sonara aquel maldito teléfono muchas cosas me habías contado. Demasiadas para darles aquí línea. Pero fíjate que me vino enseguida la primera. Que Basketaldia no nació así, que lo hizo con otro nombre. NBA, el programa, lo llamaste con sencilla puntería aquel 20 de octubre de 2000. Y cómo habías tenido que pelear su parto en la emisora, junto a Óscar Araujo, mano a mano, como dos pioneros allá en la pequeña Segura, en mitad de la nada entre los montes del bucólico Goierri. Pocos invitados, algún entrenador, alguna vieja gloria... y vosotros dos. "La clave del invento era la química", me repetías una y otra vez.

 

Cuántos nombres me diste, Josean. Cuántos de los que forjaron el programa. Ni tú mismo lo sabes. A todos ellos tuviste siempre la manía de llamarles amigos. Porque tú eres así. Llamas amigo al que mucho antes tendría que hacerlo contigo. Gentes que entraron y se quedaron. Otras que pasaron. Pero gentes todas del baloncesto. Gentes que nunca reclamaron su premio. Y tenías razón. Amigos todos. Amigos que prolongaron la llama de eso que una vez uno de ellos, de nosotros, el romántico Rem, refirió como "ese proyecto imposible, acaso el último desván de juegos en el panorama mediático del basket". Cuántos, dime. Tú les habías puesto nombre a todos. David Rodríguez, Iurgi Caminos, Rubén Gazapo, Asier Urteaga, Nicolás Iparragirre, Fran Herrera, Manu Moreno, Xabier Añúa, Moncho Monsalve, Bob Arrillaga, Iñigo Goñi, Joseba Sánchez, Santiago Juárez... ¿Cuántos, Josean?

 

¿Sabes? Le di muchas vueltas a qué escribir en esta maldita carta. Y me dije que debería ser honesto y hacerlo en primera persona. No suelo. Pero tampoco puedo hacerlo de otra manera. Porque no conozco experiencia más íntima que Basketaldia. O lo que yo entendía que era. 

 

Basketaldia, te lo dije muchas veces, era mi Dulcinea. El programa de radio con el que me habría gustado acostarme todas y cada una de las noches de mi vida. Porque no concibo mejor ni más dulce preludio al sueño. El baloncesto no ya tratado como merece, sino de la forma más cercana a como siempre lo comprendí yo. Una experiencia ética, estética y romántica. El juego de la inteligencia. La vida pasar entre dos aros. Siempre iguales, siempre distintos. Basketaldia era la paz. La feliz armonía de quien te escribe. Y esa ilusa quimera de que lo bueno no tendrá jamás su final. 

 

Un proyecto imposible, decía Rem. Y qué razón tenía. Cómo si no entender a cuatro locos abriendo en canal a la vetusta ABA aquella noche de abril. ¿Acaso no tuvo nadie el valor de rescatar a Xabier más que tú? Sí, Josean. Y no sólo a él. Llevábamos camino de poner voz a los más grandes. A los de verdad. A los que nadie más prestaba voz y carta blanca. Tú mismo me lo repetías con sereno orgullo. "Aquí no vienen caras, nombres o ventas. Aquí vienen los que de verdad tienen algo que decir". Y así nos juntábamos todos, como en un teatrillo de sueños.

 

Pero ¿sabes, Josean? Me has dejado ahora sin muchas cosas. Tú me conoces. Y sabes que la tertulia era mi plato favorito. Que a lento paladar adoraba saborear a Iñigo García, ese genial gruñón con el insoportable privilegio de siempre acertar. A Edgar Paz, nuestro gallego infinito que tiene por apellido su nombre. Y a Agustín, al gran Hernández Paniagua y su hospitalaria cadencia de viejo maestro de escuela.

 

Me dejas sin el acogedor verbo de Sergio Azurmendi y el simpático contraste que rato después me brindaba frente a él nuestro agitado Salva Navarro. Me dejas sin la eterna sonrisa de Alfredo de la Fuente, y hasta sin el indomable Natxo Mendaza. Me dejas sin la lucidez histórica de José Manuel García, el mejor y único heredero de nuestro Santiago Juárez, por ti conocido como El Viajero. Y me dejas sin la envidiable bohemia de un artista de la vida como Enrique Zaldua. 

 

Me dejas también sin la dulzura femenina de Naia Fernández, sin la joven perspicacia de Matías Castañón y Fran Guillén, sin la nostalgia soviética de Iñigo Goñi, sin la serena claridad de Fernando Ruiz y sin los esporádicos fogonazos de Javi Gancedo o Pablo Malo. Me pierdo a mi hermano del aire Igor Murillo y hasta a mi tierno Iker Sagasti. Me dejas sin tantas cosas como tenías, Josean. Porque por tener, hasta versos en el poeta Iñaki Apalategi.

 

¿Sabes, Josean? Hace ya muchos años, tal vez demasiados, había un programa en la televisión cuando la televisión era algo importante. Lo llamaban A Fondo. Y la cosa era sencilla. Un hombre, y cuando digo hombre pronuncio todas las letras, era entrevistado hasta sus últimas consecuencias. No había prisa. Ni vacío. Todo era saber. Todo placer. Y por allí pasaron Borges, Cortázar o Dalí. Te lo cuento, amigo mío, porque acaso sin darte cuenta rescataste aquella butaca en otra de tus nuevas ideas. Tú lo llamaste Segundos Fuera. Y así pudimos, en unas pocas entregas, disfrutar del baloncesto en la práctica totalidad de su sabia extensión. Eran también hombres, ¿recuerdas? José Luis Rubio, Franco Pinotti, Xabier Añúa, Jordi Robirosa, Santxon, Mario Pesquera, Antonio Rodríguez, Jordi Román, Ramón Trecet (a éste lo tuve entero para mí y cumplía con ello un viejo sueño de juventud). Del torrencial saber al torrencial vivir. Y entre todos ellos el sagrado juego del baloncesto. La vida del juego y el juego de la vida. Conservo esos diálogos y conmigo permanecerán para siempre. Pero dime, cuántos otros hombres nos quedaban por conocer.

 

Uno de ellos formaba feliz parte de la familia. Incluso tal vez era el más basketáldico de todos. Su nombre lo decía todo: Remember. He de decir, por si no lo sabías, que Juan Carlos Garnica comparte conmigo la incurable enfermedad del pretérito. Del inveterado sabor a lo añejo, del amor por lo romántico y el baloncesto en blanco y negro. Rem hacía de la nostalgia virtud y de la belleza razón de ser. Cuando toca desnudar a un jugador como hombre, hacerlo de arriba abajo, con su vida en un puño y el alma en el otro, créeme, nadie como él. Magee, Roberts, Sugar Ray o Spencer Haywood colmaron de lúcido sentido esa vieja estación en el camino eterno que el propio Rem bautizó como Calle Melancolía.

 

¿Sabes, Josean? Alguna vez pude disfrutar de lo que tú mismo llamabas El Tercer Tiempo. Cerrabas el programa pero mantenías las líneas abiertas para que los que allí todavía estuviéramos pudiéramos gracias a ti proseguir la conversación. Qué ingenuos éramos. Porque teníamos pegado el auricular cuando ni siquiera hacía falta, de lo cercanos, casi pegados, que estábamos siempre todos a tu alrededor.

 

Qué ironía el momento del adiós. O es que acaso sea muy grande tu destino. ¿No te das cuenta? Es como si Gasol decidiera ahora mismo dejarlo.

 

Supongo también, amigo mío, que ahora tendré que decírtelo.

 

En el mismísimo centro de todos nosotros, como un cálido Sol alrededor del que siempre girar, estabas tú. Sé que no quieres leer esto. Nunca quisiste para ti el menor elogio. Pero ¿sabes, Josean? Sin ti estas líneas no tendrían sentido. Nada lo tendría. Porque Basketaldia eras tú. Su corazón y latido. Todos lo sabíamos pero nunca te lo dijimos. Esa dulce y profunda parsimonia fonética, esa vaga letanía de voz, era el fuego lento del programa y su divina burla del tiempo.

 

¿Te lo dije alguna vez? Durante todos estos años has orquestado la sinfonía de radio con el baloncesto por coartada más perfecta y hermosa que uno pueda imaginar. Si te digo la verdad Basketaldia puso voz como experiencia a ese atávico sueño mío de alumbrar, algún día, Le Cahiers Du Basket.

 

Josean, ahora lo entiendo todo. Cada viernes había aquelarre. Basketaldia era la noche. Tú la hoguera. Y los demás, su abrazo.

 

Por eso no estoy triste. Porque no, amigo, por mucho que te empeñes esa hoguera, aunque hoy decida dormir, no se apagará nunca.

 

En el nombre de todos, Josean, me toca darte las gracias. No puedo decir más.

 

Gracias, Basketaldia.

 

Su hechizo, espíritu y memoria permanecerán con nosotros para siempre.