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25/02/2009
 

En el Baloncesto flaquea esa tozuda ley humana según la cual la gente no cambia. Se cuentan por demasiados los jugadores que en sus años jóvenes fueron divos y egoístas, tan solidarios consigo como hostiles al entorno. Y sin embargo, tal vez hartos de guerras a solas, de batallas sin premio, el paso del tiempo templó sus ánimos y acabó dirigiéndolos hacia la causa común. Así no pocos enfants terribles terminaron sus carreras como venerables señores de bien. Y nombres como John Brisker, Cliff Hagan o Latrell Sprewell figuran excepciones a un universal fenónemo (digno de estudio) sobre el que asomaría una doble explicación:

 

  • La experiencia ennoblece.
  • La familiaridad alimenta el aprecio.

 

 

 

 

 

 

Kobe Bryant ha cambiado. Es uno de los que lo ha hecho. No el jugador ni la persona. Sino el deportista, su imagen, eso que vemos y que nos permite un juicio real. Esa sustancia pública al alcance de todos que envilece a Garnett o dignifica a Mutombo. Además de deportistas los jugadores son actores para un público mundial sobre el que ejercen diversa influencia. Y sólo a veces, en masivas legiones enfrentadas. 

 

Kobe Bryant fue durante años un tipo engreído, soberbio y falto de empatía. Un mundo aparte. Su sonrisa era mentira y sus proezas un tipo de batalla sospechosamente personal. Bill Simmons lo resumía con su habitual lucidez: "He hasn't been the greatest teammate this decade, both on and off the court. It's been documented ad nauseam, even in books by people paid to coach him".

 

También Phil Jackson lo hizo. Pero a través de uno de sus regalos mensaje. Una novela titulada White Boy Shuffle que narra la vida de un chico negro criado entre la comunidad blanca más privilegiada, un joven presuntuoso que un buen día se dará de bruces con la realidad de los que comparten con él tan sólo el color de piel. En su autobiográfica The Last Season Jackson reconocía haber tenido que pasar por el psiquiatra porque más allá del talento no podía con el impenetrable muro narcisista de aquel muchacho crecido en la remota Italia a quien alguien hizo creer que ni Da Vinci era rival.

 

Aquellos juicios a Bryant han caducado.

 

Y por eso se insiste: Kobe ha cambiado. Y mucho. Hoy parece la más humana de las megaestrellas NBA. Pekín fue un buen ejemplo. Dialogante y cercano, cumplía a la perfección el papel de embajador en ese mundo tan extraño como pedestre para ellos. Su sonrisa es ahora refinada, generosa y sincera. Todo en él destila aristocracia y en sus declaraciones no caben sino el respeto y las buenas formas. "Es tiempo de compartir", dicta el eslógan de su tercera academia para niños. Hasta parece de repente afectado de cierta timidez y ya es hora de rendir tributo a su eterno fair play. Dicho en claro: Kobe ha desalojado de sí lo peor que arrastró durante años. Y el efecto es creíble, convincente.

 

Ahora bien, ¿cómo es esto posible? ¿Asoma únicamente el tiempo como explicación?

 

Hace ahora poco más de tres años, casualmente diez días antes del milagro 81, se publicaba un artículo de título algo extraño y contenido presuntamente descriptivo de lo que era, había sido, Kobe Bryant en el mundo hasta entonces.

 

La pieza, que no reparaba en calificarle como genio ofensivo y hasta le anticipaba como el futuro máximo anotador en la historia de la NBA, no fue bien digerida por los ultrakobistas, convencidos de que formular cuestiones críticas hacia su ídolo ni procedía ni prestaba la justicia que a su ver Kobe merecía.

 

En cualquier lugar del mundo el ultrakobismo se caracteriza, primordialmente, por nunca ver defectos deportivos en su estrella. Y aun menos, personales. Es la terrible disyuntiva que Simmons lamentaba denunciando que descifrar algún defecto en Bryant, o simplemente no rendirle ciega pleitesía, convertía automáticamente al denunciante en un Kobe Hater.

 

El pulso que sus incondicionales no aceptaron, lo que les irritó en mayor grado, fue calificarle de idiota táctico. No lo vieron como un posible trastorno o deficiencia (RAE) sino como un insulto y bajeza. Decir algo así ponía punto y final a cualquier otra interpretación, tiraba por la borda los elogios concedidos y ponía bajo sospecha al autor de la blasfemia. Más aún cuando el mismo autor no reparaba en artículos de elogio inmaculado hacia LeBron James.

 

Y sin embargo, trece años después, se hace difícil observar la carrera de Bryant de manera diferente a un tránsito de lo absolutamente individual a lo razonablemente colectivo. Más difícil negar que Kobe fue un día una incómoda batalla contra el mundo para demostrar que era el mejor y ahora, en plena madurez, con el menor número de minutos desde 1998, es el diamante perfecto para engastar un cuarto anillo. Y más difícil todavía negar que durante años Kobe Bryant fue objeto de masiva hostilidad, seguramente injusta en su intensa amplitud pero tan real como sus proezas. 

 

Muy resumidamente la pública acusación se valió de cuatro pilares, todos matizables y alguno inmerecido, pero todos juntos pruebas de un proceso abierto contra él:

 

1. Los años de idiocia táctica o, ¡cuidado!, de incómoda relación con el colectivo. Una colisión con un sistema que, según él, no permitía expresar su talento en libertad. Un sistema de juego que estimaba angosto y aburrido, no diseñado para él. Y en consecuencia, una imagen pública definida por la megalomanía. Cuesta afirmar esto cuando la realidad acumuló tres anillos y un rendimiento suyo auténticamente estelar. Pero al mismo tiempo la prematura gloria del joven Kobe fortaleció sus delirios de grandeza hasta convencerse de que la gloria era posible con él como único trono. 

 

2. La ruptura de la pareja. Nunca será rigurosamente cierto que Kobe fuera el culpable de la ruptura con Shaq. Pero como tampoco opuso la más mínima resistencia al traspaso aun consciente de lo que se venía encima, la película de la historia ha concedido a Kobe el papel de verdugo y a Shaq el de víctima. Una simplificación evitable que buena parte de la opinión pública observó en términos de tiranía y vanidad, del cumplimiento de su más expreso deseo: (again) ser el único líder del equipo.

 

3. La presunta violación. Lo que arrancó como un delito de consumo público terminó en un asunto privado de matrimonio que fue utilizado por muchos como la prueba definitiva de su condición de villano. Al caso siguieron los peores días del icono Kobe. Y como suele ocurrir el acusado terminó expiando culpas que ni siquiera le correspondían. Asunto resuelto y felizmente olvidado.

 

4. Trade me! Un culebrón exprimido hasta sus últimas consecuencias que comprometió la fortaleza angelina a extremos no recordados desde la guerra abierta entre Magic Johnson y Paul Westhead. El conflicto planteado en términos de poder no dejaba en buen lugar a Kobe Bryant, a quien el tiempo ha dado relativamente la razón. El órdago apresuró los cambios que han hecho de los Lakers una franquicia aspirante durante un periodo difícilmente inferior a cinco años.

 

En el fondo puede que el episodio de mayor erosión a su figura fuera el adiós de Shaq de los Lakers. El gigante aparecía como el principal responsable de los tres anillos consecutivos y el contraste posterior entre el sorprendente título de Miami (con Shaq) y la difícil situación angelina (sin postemporada más dos campañas grises de primera ronda) comprometía el papel elegido por Bryant en la historia. Un personalísimo papel tan cortado a su medida que hizo inevitables dos conclusiones:

 

  • Kobe pretendía demostrar que: a) era mejor y más importante que Shaquille O'Neal. Y b) que las proezas anotadoras de Jordan estaban a su alcance. De lo primero cabe todavía controversia. De lo segundo no.

 

  • Kobe no encontraría la paz hasta hacer sonar la más personal de sus sinfonías. 40 puntos o más en nueve partidos consecutivos. 50 o más en cuatro noches seguidas. 12 triples en un partido y los 81 puntos. Cifras al alcance de nadie. Su plena demostración deportiva (ya sin Shaq) y ser muy consciente de la incómoda hostilidad pública que despertaba moderaron a la larga su egotismo hasta hacerlo desaparecer. No había mejor solución para una inteligencia como la suya.

 

Kobe ha cambiado. Y vale preguntarse por qué.

 

No es que cuando los detractores cesaran su ofensiva Kobe se hiciera humano. Es que Kobe sabía, lo supo siempre, que única y exclusivamente por medio de sus proezas de pista, trasladadas por fin a un equipo en absoluto bienestar, podía alcanzar la paz que ahora exhibe a placer. Sólo cuando las circunstancias que él había imaginado le han sido finalmente favorables la sonrisa de Kobe es plena y cierta. Sólo entonces ha liquidado su disfraz de demonio.

 

Trece años de carrera dan para mucho. Kobe Bryant es uno de los tres mejores anotadores en la historia del baloncesto, y como producto ataque-defensa queda a solas junto a Jordan y Chamberlain. Pero sigue pareciendo increíble que tres anillos le supieran a poco. A tan poco que dicta su conciecia que no los tiene. Por eso sigue atormentando su figura un problema histórico no resuelto: un anillo con él como máximo responsable.

 

Esta segunda kobeopatía no excluye a la primera. Se matiza y amplía. Y no se descarta una tercera y última, el momento definitivo de echar la vista atrás y preguntarse si la kobeopatía era suya como afección personal o del público como afección de masas.

 

De momento estamos en el ecuador del trienio que juzgará a Bryant para siempre. Y él lo sabe.