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07/05/2009

Han pasado ya unos días y qué difícil olvidar. De las miles de lecturas abiertas al término de la serie entre Boston y Chicago, bien vale la pena rescatar una muy personal que toca al grupo de jugadores eliminados. Tal vez al menos eliminado de todos.

 

En un periodo muy corto de tiempo pocas cosas tan atractivas como lo inesperado. Y sobre ello nada más fascinante que asistir al despertar, posiblemente el nacer de un jugador que de repente sugiere maneras de único y que responde al nombre de Joakim Noah.

 

Un espectador que se asomara a Noah por primera vez en esa serie estaría completamente engañado. Y también lo estaría quien le hubiese perdido de vista tras la Final Four universitaria de 2007 que coronaba un doblete para Florida. Uno y otro estarían engañados. Y mucho. Porque hasta hace nada Joakim Noah encarnaba como nadie la más peligrosa de las incertidumbres. La misma que asola a Adam Morrison y que insinúa el estigma No NBA Player.

 

Decía Jon Greenberg que el deporte profesional padece de cierta laminación que lo convierte en monótono, previsible y hasta aburrido. Que faltan protagonistas de cierto resplandor personal y genuino. Esto lo decía al quedar, como quien suscribe, completamente erotizado por el despliegue mortal de energía y baloncesto de Noah en este final de temporada. De cómo ha sido posible no importa. Únicamente importa el sido. Y mucho.

 

Primero fue la etiqueta. Noah llegó a la NBA como doble campeón universitario. Después el perfil. Lo hizo como complemento interior. Y ya por último como enigma. Porque Noah era la ecuación cuya incógnita nadie sabía resolver. Uno de esos jugadores que parecen representar, más que el baloncesto de college, la vida universitaria y su ingenua creencia de eternidad. Así no eran pocos los que anunciaban su fracaso. El vaciado de su utilidad en la jungla profesional.

 

La realidad no los desmintió. Antes de poder hablar del deportista se hacía de ese extraño joven de pelo ingobernable. Porque Noah pasó a formar prioritaria parte del malogrado grupo de jugadores que incendió un vestuario y que acabó sucesivamente con Scott Skiles y Jim Boylan. Un equipo que venía de barrer a los campeones y del que se esperaba todo. Pero que bien al contrario se precipitó a la dinámica de la derrota y terminó condenado a la autodestrucción. Unos meses de disturbios donde la imagen peor parada era la del inclasificable Noah. Fue suspendido por un calentón verbal con el asistente Ron Adams. También lo tuvo con Ben Wallace. Y cuando el vestuario votó lo hizo en su contra. Culpable. Sólo su condición de novato salió en su ayuda. Pero la temporada roja había resultado un fracaso y Noah el perfecto ejemplo de inadaptado.

 

Un amigo personal lo definió con acierto: Joakim es una anomalía social. Hijo de una díscola estrella del tenis y una mujer de pasarela su existencia está marcada por el crisol cultural del New York que lo vio nacer y la incesante itinerancia de sus progenitores. Por sus venas corre sangre francesa, sueca y camerunesa. Por su carácter, una educación de altos pagos todavía más ecléctica que une tradición europea y alegría americana, jazz y rap, libros y juego. Y sobre todo, viajes. El pasado verano Noah puso los pies en Hawai, Las Vegas, Miami, Francia y Suecia. Noah devora el mundo como quien coge el metro. Aunque tal vez se tratara de olvidar un mal curso. Y algo todavía peor. Una fiesta, un poco de alcohol, otro de marihuana y un poli que lo descubre. Él creía estar haciendo algo normal, como si aún siguiera apostado entre amigos en el césped del campus. El mundo no. Y así Noah volvía a las portadas de infamia y su futuro al borde del precipicio.

 

Tras el verano Vinny Del Negro era la nueva oportunidad de relanzar el equipo. Y sobre todo un explosivo novato número uno del draft llamado Derrick Rose. La temporada rodó con otros aires y todo calmó notablemente a pesar de ciertos altibajos. Sólo que en enero un último episodio, esta vez en Cleveland y con una acción de lo más cotidiana terminó con un salvaje "¡Qué cojones dices!" a cargo del Txapu Nocioni que resonó en todo el Quickens y que tenía por destino al propio Noah, otra vez suspendido. Era como si una vez más el joven alero estuviera en el disparadero de los males de vestuario. Como si el respeto de los suyos le eludiera una vez más poniéndole de nuevo bajo sospecha.

 

 

 

 

Una sospecha que por fin comenzaría a disipar la silenciosa y creciente solidez de su juego. Un papel como más definido que terminó de encontrar barra libre en el traspaso del argentino a Sacramento y la llegada a Illinois de Brad Miller y John Salmons.

 

En las ultimísimas semanas de regular, cuando Chicago enfilaba 12 victorias de 16 posibles, Noah ya venía avisando. 11 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias a Charlotte; 11 puntos y 13 rebotes a Detroit y, sobre todo, un increíble 20 de 26 en tiros de campo. Al poco reconocía sentirse cómodo en un sistema de juego que parecía por fin entenderle. Todo encajaba.

 

Pero tal vez nadie esperaba una orgía ni remotamente similar a su estallido ante los vigentes campeones en siete partidos que no olvidar jamás. De repente Noah se incendió como jugador, encarnó el alma más visible de la batalla roja e incluso parecía suspirar por la presencia de Powe y Garnett. Pese a promediar por momentos más de un rebote por minuto su producción de juego quedaba fuera de la estadística que no terminara reflejada en el marcador del pabellón. Noah protagonizó planos de gloriosa emoción, instantes de superlativa épica y coronando todo ello la jugada de la serie. A tal extremo alcanzó su influjo que el segundo cuarto del partido decisivo fue una súplica desesperada del perímetro de Chicago por enviarle balones que no le correspondían camino de su hábitat ideal, los aledaños del aro.

 

Fue como si en pocas semanas Noah hubiese alcanzado un nivel por el que tanto tiempo luchó Varejao. Un rendimiento extraordinario. Un grado diez sobre diez y un nivel que de mantener -señalaba Bob Horse- haría del desgarbado francófono uno de los diez mejores defensores de pintura del mundo. Incluso el siempre controvertido Sam Smith se sumaba a la fiesta sorprendido de que sus Bulls hubiesen resucitado una figura que renovara el recuerdo de Tom Boerwinkle, Clifford Ray o Nate Thurmond.

 

No es que la prensa se rindiera por fin a Noah. Es que Noah ha rendido a todos a la evidencia que él mismo ha disparado más allá de todo límite previsto.

 

Chicago entonces está de enhorabuena. Y Noah aparece como uno de los principales motivos. Un motivo todavía enigmático porque de tan extraordinario el nivel cabe preguntarse cuál será su continuidad en los Bulls de 2010 y siguientes.

 

Decía el mismo Greenberg que ver jugar a Noah era como lamentar las torpes carreras detrás de un balón de un aprendiz de futbolista. Y es que Noah, en su carácter como involuntariamente rebelde, huye de principio a fin de cánones estéticos. Su aspecto no es hermoso. Su baloncesto tampoco. Y sin embargo nada más hermoso que un jugador absolutamente genuino a quien Derrick Rose definió con genial sinceridad: "That's Jo. All energy, giving his all".

 

Porque con Noah tiene uno la sospechosa impresión de no caber término medio. Y que sólo le valdría el elogio mayúsculo sobre el precepto 'giving his all'.

 

Por eso lo que ahora cuenta no es lo que Noah ha sido. Lo que cuenta es lo que por fin parece que quiere ser. Ese es el jugador que acaba de nacer. El espíritu libre y genuino que Greenberg añoraba. Un ejemplar único en su especie.