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Se empeñaba un buen amigo en convencerme de que no había registro más inalcanzable para un jugador hoy día que el célebre triple-doble de Oscar Robertson en la temporada del 62. La historia le asiste de razón. Es uno de esos peajes nunca repetidos. Me parece aquélla una de las gestas individuales más solidarias con su autor. Robertson materializó con aquellas cifras el ideal de jugador total. Pero me sorprende que siga siendo tan oculto al público el contexto en el que aquella gesta de produce. La prensa americana lo ha explicado en incontables ocasiones. Así que no haré más que trasladar esa explicación aquí.

 

Con o sin reloj de posesión no ha habido jamás un repunte estadístico como el que conoció el periodo comprendido entre 1960 y 1963. El mismo año que incorpora los 24 segundos de posesión el Baloncesto NBA incrementa sus cifras de creación dramáticamente. Cada equipo lanza once tiros más a canasta (más de veintidós en total), el número de rebotes aumenta así como el de asistencias, y la anotación pasa de 79.5 a nada menos que 93.1 por velada. Ese crecimiento se ve acentuado en los años siguientes a 1954 hasta alcanzar en el periodo 1960-63 su máximo apogeo.

 

En la temporada de 1962 cada equipo lanza a canasta un total de 107.7 veces. Ello provoca que el número de rebotes supere los 71 y las asistencias merodeen las 24. La anotación de un equipo cualquiera superaba los 118 puntos por partido. Para hacernos una idea del brutal incremento del ritmo de juego que aquello supone, en 2004 cada equipo lanzaba a canasta un total de 79.8 veces, el número de rebotes estaba en torno a 42 y el de pases en 21. Dicho de un modo más gráfico:

 

        

 

1962

2004

Lanzamientos

107.7

79.8

Rebotes

71.4

42.2

Asistencias

23.9

21.3

Puntos

118.8

93.4

 

Luego la gesta sigue intacta, por supuesto. Pero es preciso relativizarla en su justa medida. Robertson fue el jugador que mayor rendimiento extrajo al repunte numérico que experimentó aquel periodo por razones entre las que destacar el propio papel del playmaker de los Royals, tan distinto al muy posterior de los Bucks como el Horry de los Rockets lo era de su perfil actual en los Spurs.

 

En casi medio siglo los números se han encarecido al ritmo que lo ha hecho el petróleo. Casi podrían enfrentarse ambas épocas con este único punto sobre la mesa: las cifras de creación (producto del ritmo de juego). En 1962 rara era la ocasión en que una posesión consumía más de 18 segundos. No digamos ya agotar los 24. Fue aquella una fase necesaria de crecimiento ofensivo, un periodo de transición hasta templarse nuevamente los ánimos gracias al correlativo incremento de las potencias defensivas. La entropía numérica, el equilibrio de fuerzas, representa el más importante motor de la historia que no observará cierta paridad hasta nada menos que los años noventa. 

 

 

No sólo Robertson. Revisar los números de algunos jugadores de la época equivale a representar la colosal opulencia de que todos participaron, especialmente los interiores, cuatro de los cuales (Pettit, Bellamy, Russell y Chamberlain) cerraron el año por encima de los 18 rebotes por velada. El número de rebotes es la prueba más explícita de que las oportunidades de rebote eran un 70 por ciento mayores de las que caben hoy día. ¡¡Un 70 por ciento!! Los Suns o los Warriors actuales, inoculados en aquella liga de tan sólo 9 equipos, pasarían por baloncestos de tempo lento. Lejos de ser ociosa, la comparación es oportuna.

 

En aquel quinteto formado por Oscar, Bockhorn, Twyman, Embry y Boozer, el técnico Charles Wolf practicaba una sencilla táctica ofensiva en la que Embry y Boozer, como interiores alternos, salían al bloqueo para los lanzamientos de Oscar y Twyman, antes de remontar a la carga del rebote. El pequeño Bockhorn aliviaba de bote y tiro a Robertson, que hacía -y pocas veces con tanta claridad- las de hombre libre para deslizarse por todos los espacios posibles, lanzar a canasta y prodigar el pick&roll más meridiano de la época. Robertson pisaba la pista más de 44 minutos por noche. Sus cifras, pues, son esclarecedoras de dos cosas esencialmente:

 

1) El extraordinario jugador que era como motor de producción.

2) La riqueza productiva del Baloncesto de la época, sin parangón con ninguna otra.

 

No son tan necesarias las cuentas para comprender de qué hablamos. No se trata, pues, de igualar la gesta de Robertson, como se empeñaba mi amigo. Un jugador que promediara un triple-doble a lo largo de una temporada hoy día triplicaría el valor de lo conseguido por el genial jugador de Charlotte en 1962. Un triple-doble en un partido cualquiera de nuestro tiempo adquiere un valor muy superior porque sencillamente se produce en un contexto en el que los puntos, rebotes y asistencias -los valores hegemónicos de nuestro juego- se han encarecido a su tope histórico. Me cuido de hablar del juego. Tan sólo lo hago con los registros totales que cada box score revela cada noche en nuestro Baloncesto de hoy. 

 

De todo ello no se desprende ningún demérito de Robertson. Es lo último que busca este texto. Tal vez elevar el valor de esos jugadores que, como Kidd o James, parecen abonados a ciertos valores de producción que prosiguen la línea generacional abierta por Magic Johnson, Larry Bird o el ocasional Fat Lever.

 

Nadie ha repetido la gesta de Robertson. Tan sólo dos jugadores a lo largo de la historia han logrado promediar más de 27 puntos, 7 rebotes y 7 asistencias durante tres temporadas consecutivas. James va por la cuarta. 

 

Nos hemos dotado de una óptica en la que el triple-doble es un símbolo. Harvey Pollack, su creador, puede descansar tranquilo. Pero como tal símbolo, vive de un espejismo; del estúpido erotismo histórico del doble dígito y esa fina línea que tanto parece separar al número 10 de todas sus cifras precedentes, del 9.9 hacia atrás.