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Cada vez que un jugador acude al tiro libre el Baloncesto se convierte, de repente, en un juego de mesa. Pero ojo, sólo para el apostante” (Psicobasket, LVI).

Chuck Hayes es la prueba más rotunda de que algunos jugadores lo pasan muy mal en la línea de tiros libres. Al principio natural de inseguridad sucede el enorme peso que ejerce la soledad vigilada. Erigirse de repente en diana de miríadas de ojos en nada ayuda a que el balón obedezca. Para el mal tirador de libres se trata de un círculo vicioso que encuentra su explicación en la psique y que adquiere, en algún caso, tintes de tortura.

Preguntarnos por los peores lanzadores de libres de la historia invita a agrupar un pequeño ramillete de nombres. Bastaría revisar el archivo histórico de porcentajes para encontrar casos verdaderamente asombrosos. Se cuentan por decenas los jugadores que abandonaron la NBA con un 0 por ciento de acierto habiendo lanzado, al menos, una vez. Es un grupo poco reseñable formado por jugadores de carrera esporádica que no alcanza a la decena de partidos. A la cabeza de este grupo vale recordar el desdichado caso del pequeño Ralph Wells que, jugando para los Zephrys de 1963, únicamente para ellos, lanzó siete veces desde la línea para no anotar ni una sola. No volvió a jugar. El verano de 1968 falleció ahogado a la tierna edad de 27 años. Vaya, pues, para él nuestro recuerdo.

Cierto que por recurrentes nos acuden enseguida nombres como O’Neal, Rodman o Wallace. El último Chamberlain, harto de probaturas, terminó por tirarlos desde cinco metros sin mucho éxito. Pero los hubo peores. Bien peores. Uno de ellos fue el pívot blanco Kim Hughes, pieza clave en el título de la ABA de 1976 un año después de hacer podio en Italia con el Innocenti Milano del inolvidable Renzo Bariviera. Su problema con los libres se hizo tan evidente que acabaron por condicionar su juego. Los evitaba a toda costa con mucho juego sin balón o devolviéndolo aprisa y eludiendo ser la última opción. Así solía tirar libre de marca. Eso le hizo ser un tipo muy seguro de cara al aro (por encima siempre del 50 por ciento). Pero cuando tocaba la línea, adiós. Para verle lanzar dos tiros libres eran necesarios dos partidos, algo raro para un pívot de 2.11 y minutaje real. En el caso de Hughes los números lo dicen todo. Entre 1975 y 1981 dio en el patíbulo un total de 395 veces. En tan sólo un 33 por ciento de ellas el balón terminaba dentro.

Más que reseñables son también los casos de Eric Montross (25.8% en 2001) y Chris Dudley. Era un dolor verles tirar. El tacto de ambos flaqueaba a tal extremo que a un air ball podía suceder perfectamente un sangrante tablazo mediando entre ambos tiros no más de diez segundos. Dudley tocó fondo en New Jersey el 14 de abril de 1990. Aquella noche, ante Indiana, visitó la línea un total de 18 veces. Anotó uno. Pero es que en el último cuarto falló los 13 intentos de que dispuso.

Sin embargo es más que posible que el peor lanzador de tiros libres en la historia de la NBA responda al nombre de Garfield Smith. Hablamos de un interior que prometía en Eastern Kentucky (33 rebotes ante Marshall), más de lo que apuntó su tercera ronda y como a la altura de su elección para el combinado americano que se pegó el trastazo en el Mundial de Ljubljana de 1970. Elegido por los Celtics en el draft del 68 no hubo nunca jugador al que la línea infligiera iguales disgustos. En Smith los tiros libres no eran un premio. Eran una condena. Aquí también valdrían los números. ¿6 de 31 en toda una temporada? ¿50 de 149 en dos? ¿56 de 180 en tres? Pues sí, todos ciertos.



Pero en este caso, tal vez sólo en este caso, los números no bastan. Es necesario ir más allá para comprender la enorme deficiencia de sus brazos. Smith fue protagonista de uno de los episodios más humillantes que un profesional haya tenido que soportar en la pista de juego. Ocurrió el 17 de noviembre de 1971, cómo no, en el templo donde todo ocurría, el viejo Boston Garden, visitado aquella noche por Phoenix Suns. En un momento de partido Smith recibió una falta de tiro. En aquel entonces prevalecía la regla del 3x2, por la que un jugador que fallara uno de los dos primeros tiros tenía opción a un tercero. Smith erró el primero. Pero no fue un fallo cualquiera. El balón escoró por la izquierda como a medio metro del aro. Para el segundo Smith aguardó más tiempo como si fuera el tiempo de preparación la clave del acierto. El resultado fue el mismo. Tampoco esta vez el balón tocó hierro. Invadido entonces por un temblor ingobernable, como queriendo huir de allí cuanto antes, el tercero fue el peor ensayo de todos. El balón quedó más lejos del aro, red y tablero que los dos anteriores. En suma, Smith había lanzado tres tiros libres seguidos... ¡¡sin tocar aro!! Y no fue nada grato escuchar la reacción de la grada. De tu grada.

Los Celtics cortaron a Smith aquella misma temporada. Ningún equipo de la NBA ofreció nada por él y el jugador hubo de emigrar al otro lado del país, nada menos que a San Diego, en la hermanastra ABA. Allí jugó cinco veces más que en los Celtics –como solían los emigrados–, pero tan sólo por un año. Después no volvió a saberse.

No hasta veinte años después.

¿Recuerdan la ceremonia de despedida a Larry Bird en el Garden de 1993? De entre los innumerables invitados a la cita se contaban tres tipos que no fue sencillo encontrar. La organización se había empeñado en reunir aquella noche a cuantos jugadores de los Celtics hubiesen portado el 33 como dorsal. Finalmente se logró, no sin algunos problemas otra vez con Smith como protagonista. Y hubieron de salir a escena Ben Clyde, Steve Kuberski y nuestro amigo Garfield Smith, quien al fin y al cabo se asemejaba a Bird en dos cosas: el dorsal y no tocar hierro en los tiros libres. Tal vez la atronadora ovación que resonó en el pabellón compensó las muchas veces de sordo sufrimiento padecido en silencio cuando uno era joven y vestía de corto, y sabía a jugar a esto pero no apostar en soledad, en la insoportable soledad del patíbulo.