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03/08/2009

La literatura y el arte, la ciencia y la música, veneran a sus mitos en calidad centenaria. A su debida hora celebran aniversarios, rinden homenajes y hasta renuevan la memoria de sus figuras. El mundo del deporte debería hacer lo mismo. Y también sólo con sus más grandes nombres. Con aquellos que trazaron un camino por nadie más intuido, por nadie más recorrido. Y éste es nuestro caso de hoy. Tal vez nuestro caso de siempre.

 

En unos días se cumplen 50 años de la venida al mundo de Magic Johnson. Caerán, pues, un sinfín de cumplidos que tendrán en común el rescate de su biografía, sus anillos y conquistas, la nostalgia de una edad perdida, su huella por el mundo del baloncesto y por lo que conocemos por mundo. En resumen, el rescate de su semblanza. 

 

Aquí en cambio se pretende algo distinto. Algo menos formal y estructurado. Algo como él. Acaso una pequeña inmersión en su profundidad de significado.

 

De la innumerable colección de sobrenombres que nos ha legado la historia del deporte puede no haber ninguno más acertado y preciso, más gráfico y solidario a la figura representada que el suyo. Su origen es de sobra conocido. Con 15 años un espigado muchacho de Lansing (Michigan) paralizaba a rivales, compañeros y presentes en una anónima velada de instituto. Los 36 puntos, 18 rebotes y 16 asistencias no eran lo importante. Como tampoco lo sería el monstruoso 54-35-20 que haría poco después a unos chicos de Detroit. Lo importante era el cómo. Tan decisivo era que el entonces reportero del Lansing State Journal, Fred Stabley, fue tocado por la varita divina no para alumbrar un apelativo. Sino para bautizar a un genio para la posteridad.

 

Cinco años después, con el primero de sus cinco anillos a la ridícula edad de 20 años, la portada de L.A. Times sancionaba ya universalmente su nombre: It's Magic! Y así ha llegado hasta nosotros. Y así lo hará a perpetuidad. Porque esas cinco letras le pertenecen ya para siempre.

 

 

 

 

 

 

Curiosamente la fuerza fonética de su nombre iguala a la de otros dos de similares siglas: Michael Jordan y Michael Jackson. Y como con ellos, se precisa poner en juego demasiadas cosas para comprender la magnitud de su figura. Por fortuna el tiempo ha permitido ordenarlas y extraer una conclusión algo remota al ras del suelo. Se trataría de concentrar nuestro deporte en una pequeña bola de cristal y atender a sus puntos más brillantes. Lo que podríamos observar bien podría ser esto:

 

De la misma manera que Michael Jordan fue el galardón individual que el Baloncesto se concedió tras un siglo de vida, Magic Johnson fue la recompensa colectiva del juego durante el mismo largo trayecto. Dicho de otro modo: uno y otro completaban el círculo del todos para uno y uno para todos. Como la tendencia posterior a ambos se decantó sensiblemente a favor de replicar al primero, es posible asegurar que a nadie ha favorecido más el paso del tiempo que a Magic Johnson. Porque sigue sin haber nada como él.

 

Cierta perspectiva histórica nos permite aventurar que tal vez su figura se viera venir. El descenso de la tensión táctica en los años setenta más el rápido desarrollo del universo small ball delinearon un trayecto a representar sucesivamente por ejemplares tales como Monroe, Maravich, Archibald o Thomas. De no haber existido Johnson, tal pudiera haber sido la antología más fiel al proceso iniciado. Pero no fue así. Inesperadamente emergió a mitad de camino una figura para la que no cabía precedente. Un ejemplar de talla incluso superior a la pareja pívot titular de los Bullets campeones que se arrogó tareas históricamente ignoradas a su tamaño. Tareas que el tiempo elevó a un plano nunca sido por ningún otro director de juego.

 

Johnson no invertía el curso lógico de las cosas. Que un Sumo Creador apareciera de repente era concebible. Pero no al precio de quebrar la métrica del juego y su eterna lógica posicional, aquella curva ascendente de estaturas que tan honestamente habían ilustrado las fotografías de los Rens y hasta las viñetas de Goscinny en sus Dalton Brothers.

 

No obstante la talla de Johnson era un accidente. Suficiente, hoy lo sabemos, para abrir brecha con pares tan distantes en el tiempo como Cousy o Nash. Pero no lo verdaderamente crucial. Muy por encima de su estatura orbitaban su quehacer y pensar: su interpretación del Baloncesto como un ajedrez a cámara rápida. Un ajedrez donde las piezas, antes que detenidas, bullían agitadas en incesante danza. Un riesgo tan grande que nadie perdería más balones que él en toda la década de los ochenta. Un peaje irrisorio para quien no supo más que crear juego.

 

Johnson había crecido erotizado por la obra de tres nombres. Prendado por la ágil resolución de Dave Bing, el hechizo técnico de Earl Monroe y la orgía creadora de Marques Haynes, tanto bebió de los tres que para cuando se hizo hombre la mezcla representaba una centésima parte de su talento. Genuino, abrumador y promiscuo, era mil veces más grande que sus fuentes de inspiración.

 

De su insobornable relación con el balón son varias y comunes las pruebas que se manejan, la más recurrente de las cuales refiere sus trayectos de niño al mercado para hacer la compra con la bolsa en una mano y el balón en la otra. Dominado hasta convertirlo en el sexto dedo, que el cuerpo creciera hasta los 2.05 no sería un problema. Antes bien una ventaja sin parangón. 

 

Su vida es de cabo a rabo una victoria. Primero en el instituto de blancos (Everett) que presagiaban su fracaso, seguido en la Universidad de Michigan State e inmediatamente después en los Lakers, a quienes devolvería a la gloria a su primera ocasión (1980). En adelante entre él y el horizonte tan sólo se interpondría un obstáculo; el único serio problema a que Johnson tuvo que hacer frente exactamente diez años antes de su inesperado final. Superados Westhead y su paradójica idea del juego estático -de la que más tarde huirá como endemoniado-, Pat Riley asumiría las riendas de unos Lakers que jamás tendrían su firma. Porque a Johnson nadie podía adelantarse. Nunca sería posible un equipo que no fuera hecho a su alrededor, que no tuviera en él su máxima identidad. "Yo no sé seguir a nadie". Y Riley, en la decisión más inteligente de su vida, no pudo más que asentir: "Es hora de que los Lakers se conviertan en tu equipo".

 

Y así fue. Magic Johnson tardó nada en irradiar su modelo y hacer de ello el patrón de juego más personal nunca conocido. Pero no únicamente en los Lakers. La misma década de los ochenta quedaría inundada por la basketball party que Magic Johnson había decidido derramar por toda la liga. Al hombre más tarde referido como el director "of the most entertaining basketball symphony of all time" le restaban así otras ocho finales, cuatro anillos y una orgía de juego y victorias que parecía no tener fin. Porque su baloncesto, mil veces menos físico que mental, estaba a salvo del tiempo.

 

Más allá de los Lakers y aquella brillante economía del juego conocida como Showtime, Johnson contribuye como nadie a explicar el concepto de espectáculo y su diversa interpretación en los quince años en que la historia se aceleró como nunca antes. Lo que Julius Erving había perfilado con tanta insistencia se materializó finalmente en la figura de Jordan, su homólogo Wilkins y una legión de herederos. Eran años en que el concepto de espectáculo parecía derivar exclusivamente del aire y sus monstruosos embates al hierro. La rápida saturación de aquel desahogo del juego más el adiós de sus mejores representantes abrirían una nueva versión de lo espectacular. Una versión más sobria que remitía a cierta nostalgia en la precisión de Bird y los valores tácticos y que no tardaría en verse alentada por el nuevo esnobismo europeo y su entronización del baloncesto ario. Entre medias nada ni nadie lograron oponerse a un sentido del espectáculo inmortalizado en la figura de Magic Johnson. Su obra sigue intacta. No ha sufrido la menor erosión. Antes bien se ha dilatado. Y hasta erigido en ideal.

 

Nombrar a Magic Johnson en cualquier paraje del baloncesto despierta automáticamente una imagen mental entregada al concepto de equipo, a la lírica del juego y a la alquimia del pase. Y sin embargo, siendo todo eso cierto, no es suficiente. Son demasiados los jugadores que comparten esa descripción.

 

Se trata de que nadie ha conseguido replicar el estadio superior en el que el pase se producía en manos del genio. Un estadio donde el movimiento del juego y la transición del balón, la comunicación del uno para todos, alcanzaban la mayor expresión de inteligencia.

 

Con Magic Johnson el baloncesto disolvía sus barrotes. Despertaba continuamente la sensación de que un nuevo límite estaba por derribar. Johnson hacía del juego una radical liberación. En sus manos la táctica se desvanecía y vaciaba de todo su peso y sentido. No parecía suceder nada que no saliera de sus manos, adornando lo que en otras parecía serio fruto del trabajo. Tal vez no haya mayor diferencia que ésa. En la escala lúdica del juego Magic Johnson ocupa un trono absoluto. Gracias a él sabemos cómo sería el Baloncesto en estado ebrio.

 

 

 

 

 

 

En lo particular nadie ha interpretado el no look pass con igual precisión y profundidad. En Johnson la renuncia a observar directamente al receptor no era un gesto de galería. Era exactamente el mismo impulso natural que mueve al volador a desatar la plástica refleja. "Todos debían estar preparados... aun cuando yo mirara en una dirección totalmente distinta". La cantidad de envíos directamente al rostro de sus compañeros no era más que la prueba de que Johnson anticipaba cosas a una velocidad como mil veces superior al resto. Todo ello sobre su más sagrado principio: "Que las jugadas no fueran predecibles". Un instinto de creación muy superior al lenguaje de la técnica que hacía del Baloncesto un alegre ritual de comunión, una fiesta interminable y en última instancia una forma de arte.

 

No se explica de otro modo que las Finales de 1980 fueran diferidas a la madrugada y en apenas cinco años su rivalidad con Larry Bird alcanzara en el mismo lugar audiencias sin precedentes. Más allá de Lakers y Celtics, por encima incluso de la escena deportiva, la rivalidad entre Johnson y Bird parecía encarnar, como las dos costas extremas del país, la sima entre dos Américas: la negra y la blanca, la urbe y la colonia, la magia y la ciencia.

 

Igual que no es posible entender la figura de Magic Johnson sin la sombra de Larry Bird -Walton aseguraba que eran el mismo jugador-, tampoco sin los dos compañeros que mayor brillo y sentido procuraron a su carrera. Abdul Jabbar lo tituló como My Liberation. Porque no hubo jugador que mejor supiera descifrar su misterio. "Nadie podía entrar en su mundo -reconocía el genio-. No me fue fácil, pero creo que logré hacerle ver que el baloncesto puede ser divertido y que él podía jugar con un poco más de alegría". [Al margen del dinero perdido] no fue otra la razón de que Kareem prolongara su carrera más allá de lo previsto.

 

El segundo no era un compañero. Era un apéndice. James Worthy fue la herramienta más primordial en la vida deportiva de Magic Johnson. Su proyección espacial. No cabe imaginar una fusión más perfecta entre la mano y el martillo. No el uno sin el otro. Al punto de que todavía hoy cabría debate sobre quién de los dos fue más importante para el otro. De aquel matrimonio valía extraer un principio hegemónico en toda Biblia del juego: que la velocidad, mucho antes que de las piernas, deriva del balón.

 

De entre su infinito yacimiento de pases tal vez ninguno más brillante y genuino que el picado en todas sus versiones imaginables. Algunos de ellos forman parte de lo más hermoso que ha legado la historia del deporte. En sus manos el balón carecía de gravedad.

 

En The NBA's 100 Greatest Plays Larry Weitzman concede un envío de Johnson a Byron Scott en Phoenix (1985) como la mejor acción de pase de la historia. Un trono que en realidad no hacía más que rendir un simbólico tributo a su figura. Porque elegir una de sus más de diez mil asistencias tal vez no sea ni procedente. Varios centenares de ellas bien podrían engrosar un robusto volumen.

 

Pero a juicio de quien suscribe, de seleccionar una que recogiera todo lo que Magic Johnson era, una de esas acciones de factura vedada al resto de los mortales, bien podría ser una acontecida en el Forum ante los Warriors el 13 de abril de 1990, en medio de ese aparente desorden donde el genio alcanzaba su mayor sentido.

 

Al momento de recibir el balón Magic se encuentra en la diagonal derecha del triple. Se interponen Rod Higgins y Chris Welp con el aro. Hasta allí acaba de penetrar Worthy. Un pase recto de pecho se antoja inútil. Y levantar el balón concedería tiempo a la defensa para ahogar al receptor. La solución elegida por 99 de cada 100 jugadores sería esperar. Pero Johnson acaba de abrir una de sus puertas y avista un picado imposible. En una décima de segundo, sin siquiera mirar su objetivo, anticipa espacio entre las piernas del gigante Welp, que dista de él no menos de cuatro metros. Johnson envenena el gesto de las manos a tal extremo que cuando el balón cruza los pies de Welp, éste incluso cae en un engaño excedente levantando su pie derecho y cediendo aún más espacio al balón. La acción escapa al ojo humano. Tal vez alguno pudiera haberlo visto. Pero sólo Dios consumado con éxito. No es el balón lo que llega a Worthy finalmente. Es, como en cada uno de sus pases, Magic Johnson al completo. Y aquél sólo tiene que culminar la acción con un mate a dos manos.

 

El sentido de algo así es mucho mayor de lo que parece. Hoy en día se sobredimensiona la técnica. Como si ésta fuera un fin en sí mismo y los jugadores tuvieran que mostrarnos todo un barroco discurso para consumar un acierto. En cambio Magic Johnson enseñó al mundo que hay un plano muy superior a la técnica. Un plano que se vale de ella. Pero que al mismo tiempo la oculta. Se trata de un terreno vedado a la mayoría de jugadores. Un plano de ejecución al alcance exclusivo de la condición del genio.

 

Cuando en 1996 la NBA tenía ya listo su más perfecto producto audiovisual, el NBA at 50, Magic Johnson no se propuso ser el centro de atención ni ocupar el trono de las múltiples entrevistas realizadas. Y sin embargo lo fue. En su tramo final reconocía que los años de rivalidad ante los Celtics concentran la cima épica de nuestro deporte. Y con un éxtasis contagioso manifestaba el deseo de que todo jugador de baloncesto debería haber podido estar allí para comprender "WHAT-BAS-KET-BALL-REALLY-IS". Y al pronunciar con sobrehumana fuerza estas palabras no pudo contener la emoción. Y difícilmente la del espectador.

 

Porque más allá de la pista Magic Johnson fue, sigue siendo, uno de los deportistas mejor dotados para la comunicación. No debería extrañar. El genio ratifica su condición en otras muchas esferas de la vida. Y la expresión fue siempre el mayor de sus dominios. Por eso rescatar las Finales de 1988, tal vez el último y más completo despliegue de su poder, equivale a presenciar en pantalla a una figura majestuosa -las últimas horas de su reconocible perilla- extremadamente adorada por la incipiente Super Slow Motion. La querencia de aquella cámara no sólo valía para los voladores. También para deleitarse con la sublime escenificación de miradas, palabras y gestos del Johnson maduro iniciando una nueva transición, anticipando una nueva canasta para otras manos.

 

El mundo fue muy afortunado de que su genio cayera en manos del Baloncesto. Pocas veces se puede concebir igual grado de armonía entre el autor y su obra. Como si hubiera nacido exactamente para hacer lo que hizo y dar lo que dio. Él mismo ratificaba la extremada suerte de su destino cuando el destino se oscureció. "Si muriera mañana no os preocupéis por mí. He tenido la vida más maravillosa que ser humano pueda imaginar".

 

El legado de Magic Johnson es demasiado grande. Tanto como que no deja de aumentar. De ahí que su figura persista viva en toda controversia sobre quién haya podido ser el mejor jugador de la historia. Tal vez sea el único que poder enfrentar al más recurrente y hegemónico nombre en ese eterno debate. El único de verdad.

 

Sólo son 50 años de vida. Pero incluso se antoja posible que dentro de otros 50 estas líneas sigan teniendo el mismo valor.

 

 

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"Por esta cosa tonta de ganar y como que la vida vaya en ello, qué a menudo se olvida el Baloncesto como juego, como desenfreno y diversión, como altruismo y como arte, como alegría y primavera de la vida, como la felicidad al sencillo alcance de la mano.

 

 

Deberíamos haber conseguido el modo de hacer a Magic Johnson verdaderamente inmortal".

 

(Psicobasket, XII)