ACBBlogs
22/06/2009

- Usted ha sido campeón olímpico, usted de Euroliga y usted de la NBA. Pasen, pasen... ¿Y usted? ¿Ganó algún título?

- No, pero yo...

- Entonces apártese y deje pasar.

 

............................................................

 

 

Esta ridícula viñeta no lo es tanto. De hecho así funciona la lógica mayor del espectador universal. Una lógica simple y poderosa que ejerce de convicción y se impone cada vez con mayor fuerza y rudeza. Basta comprobar esos listados de jugadores que de vez en cuando instituciones y medios sacan a colación y la encendida controversia que despiertan. No habrá pasado un minuto de debate antes de que asome sin pudor una de las preguntas más recurrentes y estúpidas que el presunto aficionado, nunca sin vivo desprecio, puede formular: "Y éste, ¿qué fue lo que ganó?"

 

Dicta la costumbre que no hay conquistas más elevadas en el baloncesto que esas cimas periódicas que llevan la etiqueta de títulos. Anualmente hay en juego uno nacional y otro continental de clubes. Cada dos, otro continental de naciones. Y cada cuatro uno mundial y otro olímpico. Entretanto se ofrecen títulos de rango menor pero títulos a fin de cuentas. Por haber, hay hasta títulos por edades. Y entre unos y otros, entre trofeos y torneos, hay en suma títulos a porrillo.

 

Los títulos son cosa de equipos. Pero los equipos, lo son de jugadores. Y cuando esta delirante carrera por conquistar algún título llega a su fin, cuando el jugador ha cubierto su vida deportiva, no es otro su triste final que desaparecer. Y a nadie importa si pasa a ser ciudadano o padre. En adelante su nombre importará, quedará con mayor o menor fuerza y prestigio grabado a la memoria colectiva, en tanto haya sido acto y parte de títulos. A tal extremo que en algunos casos el nombre de un jugador suele automáticamente ir ligado a un número. Tal jugador, tres anillos. Tal otro, dos copas y dos Euroligas.

 

A ese gigantesco cementerio donde se agolpan nombres y números en lápidas vacías y todo lo que verdaderamente importa ha desaparecido lo llaman palmarés. Y al parecer nada más grande y deseable que inscribirse allí para el resto de los tiempos.

 

De ese voluminoso palmarés, el de la exclusiva gloria ganadora, forman parte, y esto sí es seguro, los mejores equipos habidos. Pero ocurre que del registro histórico, el más superficial pero también el más visible, quedan ausentes infinidad de jugadores. A bote pronto, de cuarenta años para acá, emergen nombres en la NBA tales como Walt Bellamy, Gus Johnson, Nate Thurmond, Lou Hudson, Bob Lanier, Dave Bing, Pete Maravich, David Thompson, George Gervin, Walter Davis, Alex English, Bernard King, Adrian Dantley, Dominique Wilkins, John Stockton, Charles Barkley, Chris Mullin, Karl Malone, Pat Ewing, Kevin Johnson, Mark Price, Reggie Miller, Chris Webber, Allen Iverson, Jason Kidd o Steve Nash. Une a todos ellos un denominador común: No Rings.

 

De no haber existido quienes les privaron de la gloria final, bastaría su producto conjunto para firmar un fabuloso capítulo en la Historia del Baloncesto de igual calibre al de sus peores enemigos. Sin embargo no preside el titular de sus biografías ningún aspecto formal del juego, por muy brillante que pueda ser. Mucho antes lo hará, como una condena eterna, la ausencia de anillo.

 

Los ejemplos a ras de suelo resultan mucho más gráficos.

 

Rajon Rondo obtuvo a los 22 años aquello que en 19, casi toda la vida de aquel, nunca pudo alcanzar John Stockton. La más necia de las conclusiones establecería que acaso contara el joven con virtudes que en el otro brillaban por su ausencia. El sentido común dictaría que Rondo disfrutó de equipo y circunstancia más favorables que Stockton. Pero nunca faltarán quienes observando a ambos en uno de esos listados, con uno por encima del otro, crean que la distancia abierta resida en justicia en el anillo.

 

 

 

 

 

 

Tras catorce años de carrera, catorce años de trabajo a la altura de los más grandes, Mitch Richmond salió a pista en los últimos minutos del cuarto partido de las Finales de 2002, justo en el momento en que los Lakers tenían ya sellado su 14º anillo. El rostro de aquel veterano de guerra lo decía todo. Ni necesitaba aquella maldita limosna ni ese anillo espectral merecía más que todo lo batallado en su vida profesional anterior. Viene a colación el caso del más infeliz de los ganadores, como acude el de Steve Smith en San Antonio o las lágrimas de Dennis Hopson en los Bulls de 1991, no por la alegría del título sino por todo lo contrario: su nula contribución a la conquista.

 

Estremece imaginar el día que alguno de sus nietos dirija su dedo a la vitrina y señale: "Abuelo, tú ganaste un anillo. Cuéntame cómo fue". Y el abuelo no tendrá nada que contar o, por el contrario, tendrá que contar todo aquello que el anillo no fue. Ellos son el perfecto ejemplo del absoluto vacío que puede suponer un anillo en los dedos, el mismo que abrumaría a un montañero que coronó el Everest alzado en un ataúd por el resto de la expedición.

 

El ejemplo de los jugadores vale con igual crueldad para los técnicos. Phil Jackson cuenta con diez anillos en su haber por ninguno Jerry Sloan. La lógica selectiva podría asegurar entonces que entre Jackson y Sloan hay una diferencia equivalente a la de un rascacielos y una chabola. Como si las facultades de uno ridiculizaran por completo a las del otro. Y sin embargo todos lo sabemos. Nada más lejos de la realidad.

 

De una realidad que acumula cada vez más adeptos en la corriente que desestima la idea de fortuna en la incesante película del Deporte. Como si todo su argumento no fuera más que selección natural quedando el azar para la fabulación de los lunáticos.

 

Por eso a los propietarios de manos vacías asola siempre el mismo peligro. A la hora de enfrentarlos a los titulados no se les suele aplicar la atenuante sino la eximente de gloria. Ello significa que si mañana muriera LeBron James, al tiempo que se le convierte en mito por la no menos estúpida necrofilia social, se le privará de la gloria mayor bajo un epílogo cruel que siempre estará dispuesto a asomar: "Nunca ganó nada. No pertenece, pues, a la estirpe de los elegidos".

 

No debería restarse la menor importancia a la selecta especie de los ganadores, con seguridad la principal de todas. Pero entre ellos y el resto no es tanta la diferencia como se acostumbra a creer. De hecho la diferencia vive de dos pulsos: o es grande y justa, o no responderá más que a los caprichos de la propiedad asociativa. Propiedad de la que tantos ejemplares de segunda fila disfrutaron muy por encima de muchos de los mejores. Propiedad que reparte cuatro anillos a John Salley y ninguno a Karl Malone.

 

Es como si la Historia del Deporte, con la Victoria como único eje, atendiera entonces a dos visiones raramente compatibles: la épica, prioritaria hasta la tiranía, laminadora hasta consecuencias darwinistas -el derrotado merece la derrota-; y la estética, aquella que abriría capítulos de tono formal, técnico, personal o historiográfico. La que permite entrar al detalle y denunciar, llegado el caso, ejemplos de humano azar, como el que concede a Mark Aguirre un anillo en detrimento de Adrian Dantley. O a Dikoudis un Europeo en perjuicio de Nowitzki, de quien el palmarés lo callará todo.

 

Contra esta cruel memoria ciega urge incorporar al imaginario colectivo una concepción menos agresiva y aristocrática de la justicia deportiva. No se trata de aprobar aquel ingenuo sueño de Borges de inventar un juego en el que nadie ganara. Se trata de trascender de una vez la titulación como único dogma de fe y hacer algo más compatibles victoria y derrota en la memoria histórica. Comprender que el ganador no será únicamente quien finalmente lo sea, sino también quien lo dio todo por la victoria, tanto o más que aquel.

 

Contra la totalitaria condición del palmarés debiera alzarse orgulloso el cementerio feliz de los derrotados. Acaso los mejores que la historia conoció.

 

En realidad la demanda no es más que una quimera. El problema es mucho mayor. En un orden social esencialmente depredador no es que el éxito se abra paso. Es que parece hacerlo únicamente a través de los cadáveres que deja a su paso. Y a mayor genocidio, mayor gloria. "Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo", reclamaba el sabio. Pero el palmarés, el gran tótem a que rendir culto, no sabe de sabios ni puntos de apoyo. Tan sólo precisa un nombre que inscribir en la placa y salir corriendo.

 

La mentalidad que desde aquí se invoca sí debiera, en cambio, saber algo. Saber del camino y sus transeúntes. Del largo camino y la inagotable belleza que precede a su final. Y si así fuera esos ridículos listados verían incluidos a Champions y Contributors en igual medida. Y no sólo a los primeros.