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05/12/2007
Pasadas las siete no cabía un alfiler en el parque de la 155. El peso de la multitud hacía peligrar el graderío que daba a la escuela, en cuya azotea se contaban hasta cuatro filas de chiquillos. A media altura, los más atrevidos retorcían las ramas a que se habían encaramado. Las bocinas de los coches que se agolpaban en dirección al puente no dejaban de sonar y la alambrada que circundaba la pista había desaparecido bajo el gentío, que agitaba la cabeza al menor indicio de llegada. No era necesario. Como de costumbre el claxon de Jouie daría la señal, sólo que aquella tarde su estridente melodía de feria corría el riesgo de pasar desapercibida. Era como si todo el distrito se hubiera dado cita en el parque y aledaños, cubiertos por un manto de cabezas que los gorriones avistaban desde el cielo como un lunar negro en medio de la ciudad.

Entretanto los cinco tipos procedentes del West Side calentaban en silencio a un lado de la pista el más generoso de los hierros, del que aún pendían tres cuartas de red. Del otro sorprendía ver una malla nueva, una de las que de vez en cuando, tan sólo para las grandes citas, los chicos se traían de las pistas de Mosholu Park, unas manzanas al norte. El alboroto hacía difícil escuchar el vivo bote del balón, una pieza de cuero ajado que se resistía a borrar del todo una pintada que decía: No Blacks in Vietnam. El calor allá adentro era insoportable. Pero no parecía hacer mella en la multitud, que estalló de júbilo cuando Jouie hizo sonar el claxon. Todos se pusieron en pie. Lo hicieron en dirección al Drive West. Habían llegado. Con media hora de retraso, como gustaban de rogar, pero allí entraban, desfilando a paso ligero, despreocupado y condenadamente altivo. Kirkland recogió sin mirar el balón que le fue lanzado desde la grada. Parecía una broma que el único que acudió a saludar a los foráneos fuera Joe Lewis, a quien faltaba su mano derecha. “Eh, Julius, no vayáis a jodernos. Están aquí por nosotros” –dijo estrechándole el muñón, un protocolo sagrado que, aseguraban, atraía el infortunio a quien lo tocaba. “Haremos lo nuestro y después nos largamos, ¿vale? –contestó Julius-. No queremos jaleo”. Lewis levantó el labio en un grotesco esfuerzo por sonreír, dejando a la vista una deplorable hilera de dientes que rivalizaba con el color de su piel. “Hammond y Pee vienen algo nerviosos... como siempre... –balbuceaba– pero... no habrá problemas”. Julius no movió la boca y dedicó una fría mirada a los tipos que tenía enfrente. Eran un hatajo de salvajes. Pero en los últimos tres veranos no había formación más imbatible en toda la ciudad. Con seguridad no la había en ningún sitio.

¡Eh, Kirkland, dinos dónde hacernos con unas! Jajaja...” –rieron desde la grada. Pee Wee Kirkland, el camello más presumido de todo Harlem, era el único de los diez que no calzaba unas viejas Chuck Taylor del color del asfalto. Sus pies concentraban la atención de la chiquillería. La ABC llevaba semanas anunciando las Blazer, unas zapatillas al alcance de unos pocos universitarios blancos. Aún no estaban en venta y Kirkland ya las llevaba encima. Por lo demás Urban League coincidía en la indumentaria. Cortos generosamente claros, medias bajas, y camisetas de manga de color indescifrable. O eso parecía hasta que despojándose de ellas descubrieron otras de reluciente tirante que Hammond habría dejado fiadas para desconsuelo de Honey, el sastre de la 92. Por eso tan sólo la suya conservaba intacta la costura de las cinco letras que formaban el nombre del equipo. Lewis, Hammond, Kirkland y Knowings buscaban balón para calentar aro. No así Manigault, que lo hacía con sus piernas, saltando una y otra vez sobre el mismo punto. “Eh, Goat, hoy llevamos un fajo para ti”. Pero Goat, como en trance, seguía a lo suyo.

El árbitro del choque, Litty, un negro bajo y retorcido que gustaba de mascar el silbato donde había esculpido la dentadura, hizo un gesto con las manos como queriendo silenciar al público justo antes de lanzar una moneda que cayó a favor de los nativos. Cuando la batalla dio comienzo se hizo un sepulcral silencio que en adelante profanarían la glotona percusión de un balón en julio, el rechinar de las zapatillas y el subterráneo bramido de la ciudad. Westsiders tardó dos ataques en tomar el mando, sustentado como de costumbre en orden y tiro. Lewis había dicho la verdad. Hammond y Kirkland no estaban en las mejores condiciones. Congelaba el rostro de ambos una sospechosa mueca de perros mientras se deshacían en sudor corriendo de un lado para otro, precipitando pases al lado equivocado. Un miembro de Urban League jamás miraba a la derecha de Lewis y, sin embargo, Kirkland sumaba hasta tres obuses perdidos con destino al manco. El fornido Knowings no veía un rebote y Goat llegaba tarde a paliarlo. Riordan y Paultz, los dos únicos blancos de toda la escena, sellaban su tablero de metal reticulado, sacando una y otra vez el cuero a la carrera de Julius, que desató con acierto un desfile de bandejas como no se recordaba desde los tiempos de Tiny. Para cuando llegó la primera cesta de Hammond, no sin antes brindar a Cobb un sonoro codazo, Westsiders contaba su ventaja por quince, a lo que sus rivales respondieron con una impenitente retahíla de reproches de la que únicamente Goat no dio cuenta. La grada estaba a punto de empezar a celebrar las acciones de Westsiders cuando de los calzones de Kirkland, por un violento choque con Taylor, salió disparado un Colt que recorrió media pista con su gemido metálico. Nadie hizo ademán de seguir hasta que Pee recogió el arma y la devolvió a su sitio. Cada tarde que Jouie, al otro lado de la valla, hacía sonar la bocina, indicaba que la pasma había llegado. Y Kirkland acostumbraba a llevar lo suyo consigo.

Al descanso todos saciaron su sed de las tres garrafas que con gran esfuerzo el pequeño Koo Koo cargaba a cuestas desde Macombs. Dos corrillos separaban la pista. La herida que presidía el pómulo de Kirkland, seguramente recuerdo del penal de Lewisburg, sólo enrojecía cuando la ira le dominaba. Y ahora tiraba de la camiseta de Goat como quien suplica desesperado la ayuda.

El gentío daba calor a las hazañas de Manigault


Al poco de reanudarse el rito algo había cambiado. Las venas de Goat parecían querer estallar luego de un tapón sobre Julius que dio con el balón a media pista contraria. No vino solo. Las cuatro primeras jugadas foráneas terminaron de la misma manera y el manto negro comenzó a estirar las rodillas. Goat había resuelto no pasar el balón. El trance comenzó a cumplir su cometido al tercer mate consecutivo. En el último, un embate de espaldas que había dejado al tótem temblando, el balón había rebotado en el suelo con tal fuerza que salió del parque. Una voz se alzó entonces sobre todas las demás. “¡Eh, Goat!”. Era Buddy, dueño de los ultramarinos que llevaban su nombre en la 151. “Si consigues veinte como ése estos 60 dólares son tuyos”. Todos pudieron oírlo. Hammond miró a su compañero antes de volverse hacia aquel tipo, que abanicaba el cielo con el fajo de billetes. “Ah, ¿sí? ¡Pues empieza a contar!”. 60 dólares. Cuántas veces había estado a punto de romper sus rodillas por billetes de diez. Cuántas por centavos allá en el canto del tablero.
 
No parecía posible y, sin embargo, el manto negro avanzó dos pasos sobre el cerco de la pista, haciendo más invisibles las líneas a medida que caía la tarde. Urban hizo de su territorio una trinchera inabordable. El balón quemaba en las manos de Taylor y Cobb, al tiempo que los blancos comenzaron a ser castigados por una vorágine de caricias en defensa que Julius no podía hacer nada por evitar. Mientras, el silbato callaba. Y cuando Goat llegó a los diez mates, el manto dejó que el último sol de la tarde secara el roble de la grada. “Explode it!”, gritaba Kirkland cada vez que uno de los suyos hacía llegar a Goat el balón. Le caían encima. Se plantaban bajo el hierro a dos filas. Pero todo esfuerzo era en vano. Goat sorteaba cada una de ellas antes de alzarse al cielo con un poder del que ningún otro mortal, todos lo sabían, hubiera sido dotado. Cuando llegó el número quince, el trance alcanzaba ya a la tribu entera. Y pasaron a corear el número que hacía el siguiente milagro. “Fuck it!”, bramaba Hammond ahora. La comunión tocó a su cénit al número veinte, obrado con tal saña que el tiempo pareció detenerse mientras Goat, aún en el aire, desafió con la mirada a quien en la grada su poder había reclamado. Sus piernas no podían estar hechas de carne y hueso. Alguna remota promesa al diablo permitía a Goat despegarse del suelo con tal fuerza que ninguno de los presentes podía asegurar su regreso. Julius y los suyos habían desaparecido. Y sin embargo no palidecían. Parecían formar parte del rito. Eran el rito. La macabra obscenidad del que hacía el mate número 30, obrado a una altura tal que los ojos miraban por encima al hierro incandescente, complicó de veras el final del partido. Koo Koo y los démás habían entrado en escena fruto de los 36 orgasmos que aquella escuálida divinidad les había proporcionado. Y la tribu enardecía de pura felicidad. Pues no les cabía en el mundo lugar distinto para ella.

Nadie escuchó el silbato. No era posible. Sólo los aspavientos del pequeño Litty hicieron ver que era momento de tocar a Dios con las manos. Así el manto negro cubrió la pista y los gorriones siguieron sin comprender el porqué de aquel lunar en el seno de la inmensa urbe que proseguía su curso como a toda gloria ajena. El sol se despedía más allá de Manhattan. 


Pasada la medianoche los 60 dólares de Buddy ahogaban las venas de Goat, que yacía sobre la baldosa en la misma posición en que tocaba el cielo cada tarde en el parque. En el apartamento de Kirkland, el baño apenas daba para estirarse.