ACBBlogs
07/12/2009
Me vais a perdonar. No hay deporte en esta entrada ni esa habitual tercera persona del periodismo neutro. Muy al contrario soy yo, Gonzalo, quien escribe esta vez. Son días demasiado delicados como para que una sola palabra escape a la personalísima profundidad de esta increíble experiencia. Nada de lo que haya vivido anteriormente guarda la menor relación con esta dimensión en la que, todavía no sé muy bien cómo, me he sumergido. Parece mentira que sólo haya pasado una semana.

 

Era noche cerrada cuando a través de la ventanilla del avión se abrió de repente un inmenso océano de luces. Del tropel de sensaciones una era la dominante: un minúsculo granito de arena estaba a punto de caer sobre ese infinito Sáhara de cemento y destellos al que llaman, sigo sin creerlo, Nueva York.  

 

En el JFK los taxistas no ven a nadie. Tan sólo esperan recibir una voz a su espalda y un puñado de dólares. El mío, un negro cerrado fundido al asiento, al ver que yo no pronunciaba palabra en los primeros segundos balbuceó algo en un inglés indescifrable, por lo que decidí que el papelito hablara por mí aguardando un pequeño ademán de aquel hombre con la esperanza de que comprendiera mi dirección.

 

Hubo suerte. En media hora llegué a mi primer destino, un pequeño albergue situado al norte del Adam Clayton Powell Boulevard, en los confines de Harlem. Allí se hospedan a diario jóvenes del mundo noble, la mayoría nórdicos y algún brasileño de aspecto escandinavo. El albergue era una especie de frontera entre un pequeño enjambre de occidentales acomodados y la cruda realidad cotidiana de Harlem, al que cada fin de jornada me entregué con una fascinación que no puedo en justicia describir.  

 

Porque Harlem es tal y como lo había imaginado. Sus paredes y gentes son indisolubles. Y sólo el frío reinante impide que los centenares de negros que salpican las aceras se arracimen en esos peldaños adocenados que presiden cada portal. Digamos que mi primera experiencia allí se limita al área comprendida entre la 116 y la 120 y sus eternas avenidas de raza negra: la Lenox, la Frederick Douglass y la Malcolm X.

 

 

 

 

 

Sí, Harlem sigue siendo negro. Completamente negro. Y ni siquiera la abundante presencia de hispanos consigue vulnerar un color que en esencia le pertenece. Miles de fotos de Obama empapelan cada escaparate y rincón. "Vote for hope", rezan. 

 

Una noche, al salir de una cafetería de la 116 por cuya decoración habría matado cualquier garito chic en Madrid, comprobé que yo era el único blanco en demasiados metros de calle, sospechosamente atestada a esas horas. Un resorte muy profundo, podridamente cultural, me hizo acelerar el paso. Las sombras se dirigían a mí. Y pronto supe por qué. Iba fumando un cigarrillo (Marlboro a 9.75 $) y de haber correspondido a todas las peticiones habría vaciado la cajetilla en tres calles. Conmueve la gratitud que los homeless muestran a quien les da un cigarrillo y rechaza las monedas que ofrecen a cambio. "Me something?". No, hombre, no, qué coño voy a pedirte si en una mano llevas una manta y en la otra un carro de supermercado con toda tu vida dentro.

 

Sorprende lo mucho que puede llegar a reconfortar el resplandor de una dentadura en mitad de la noche. Es como si Harlem, mi tan soñado Harlem, no fuera agresivo conmigo. Antes bien supiera todo cuanto de corazón le dediqué.

 

Por eso la 155 me espera. Sé que enjuagaré los ojos cuando pise el Rucker Park. Porque fue hacerlo con el Marcus Garvey y no pude contener la emoción.

 

Un tipo de emoción muy distinto me despertó Queens. Las calles son allí cicatrices, como rajas en mitad de la ciudad. Queens y el Bronx hablan castellano o algo que se le acerca. Acudí hasta la 48 del distrito a visitar una de las miles de habitaciones que se ofrecen en NY. Pero la experiencia terminó siendo surreal. Me aguardaba Marcos, un brasileño de avanzada edad y de aspecto juro que similar al zombi de Tourneur. Su abismática voz resonaba como si proviniera del mismísimo centro de algo muy antiguo y sagrado. "Gonsalo, tengo algo muy desagradable que contarte. Siéntate acá conmigo que paso a explicarte con detalle tan lamentable insidente". Era un magnífico orador como correspondía al arte que decía dominar -"siensias esotéricas"- y el caso merecía para mi credibilidad de aquella larga media hora de alocucion en una minúscula cocina en penumbra. Un italiano despechado le había reventado la cerradura de la habitación a que yo aspiraba y el hombre no podía enseñarme el motivo por el que yo había cruzado toda la ciudad. Para entrar en la habitación había que salir a las escaleras del bloque, como si después de ducharte tuvieras que cruzarte con los vecinos camino de ella. "No te preocupes, mañana un buen amigo que deserraja...". Me apenó aquel hombre, la verdad. Porque parecía valorar la palabra ajena y yo no tenía tiempo ni ganas para volver allí.

 

Queens tiene algo de marginal. Una familia mexicana que regentaba una pequeña cafetería sintió tanta curiosidad por mi entrada como yo por su insistencia en rellenarme el café en cuanto la taza quedaba a medias. "Así que viene usted de Madrid. ¿Pues no fue allá que trataron mal al vasco Aguirre en ese equipo de chingosos?". Había que tener mucha hambre para animarse a pedir algo de allí. Las estanterías presentaban sin pudor lo que parecía comida disecada.

 

Una semana es tiempo más que suficiente para entender el poco valor que tiene aquí el ritual que nosotros entendemos como la hora de la comida. A cada esquina el olor a frito seduce la boca tanto como traiciona el estómago. Tuve que tirar cinco piezas de pollo porque aquella salsa roja portorriqueña me hizo arder la boca como mil guindillas juntas.

 

La gente come además en cualquier sitio. Vi gente comer corriendo, en una cabina de teléfonos, sobre un coche o junto a un escaparate. El colmo lo vi en el metro. Una joven de rasgos indios sacó de su bolso un huevo duro y allí sentada lo peló antes de tragarlo en tres bocados. El huevo tenía pinta de haberse cocido la noche anterior.

 

El metro de Nueva York es una ratonera humana. Un interminable subterráneo vivo. Acaso la primera prueba de que Wells acabará teniendo razón y la especie se escindirá entre seres bajo tierra y hombres de superficie. Allá abajo malviven ya los primeros morlocks. Uno de ellos era una mujer de aspecto torturado que hincó sus rodillas en uno de los vagones pidiendo a gritos una limosna y lo único que recibió fue una respuesta que jamás olvidaré: "Lo siento pero sólo llevo tarjetas de crédito". Es difícil no estremecerse ante escenas así. No para un alma todavía no inmune.

 

Harlem, Queens, el Bronx. Nada que ver con lo que me aguardaba poco después. El universal Nueva York de las postales.

 

Cuando me vi en Times Square tuve la increíble sensación de haber sido transportado al futuro. El escenario es sencillamente indescriptible. Caída la noche hay gigantescas porciones de asfalto más iluminadas que a pleno sol. La nota dominante es allí la confusión. Era tal el número de viandantes, vehículos (la mayoría tanques a cuatro ruedas), policía, comercios, pantallas gigantes y megafonía, todo ello en plenitud de actividad y aprisionado por rascacielos sin fin, que es imposible que un hombre normal pueda razonar. Todo ataca principalmente a tres sentidos: la vista, el oído y el olfato.

 

No había espacio circundante que no estuviera absolutamente dominado por el dólar. Allá donde posara uno la vista tenía lugar algún tipo de transacción. Quedaba prohibida la inactividad, aparentar quietud o no estar camino de alguna compra o venta.

 

Esto era la Roma del siglo XXI.

 

 

 

 

 

En cualquier dirección se veía uno envuelto en algo grande, imparable y poderoso. Sin yo saberlo me fui a enredar en medio de una multitud frente al Rockefeller Center porque tenía lugar el encendido del árbol de Navidad. Un coro de gospel que no necesitaba altavoces sobre una grada instalada en la pista de patinaje y todo ello frente a la catedral de St. Patricio inundaron el momento de irrealidad. Un completo absurdo de un resplandor demasiado convincente.

 

Algo abrumado di con mis pasos en un museo de oddities y agradecí aquella paz instantánea. Una joven se dirigió a mí con una sonrisa. Era Nadia, marroquí residente en New Jersey que en pocos minutos acabó dándome su teléfono. Sus rasgos respondían a la genética de su geografía. Pero su cultura iba mil millas por delante de su país de origen. Había estudiado empresariales y vivido en varios países. Su expresión revelaba que estar en aquel mostrador expendiendo entradas a chiquillos con ganas de risas no era exactamente lo que esperaba de la vida. A mí sólo se me ocurrió preguntarle: "¿Vendrás conmigo al Izod?". Precisamente el Daily News había dedicado una doble página ese día a los derrumbados Nets. Y ella asintió.

 

Es de hacer notar la incuestionable cortesía con la que me he encontrado. No hay una sola persona que se acerque a medio metro de uno sin excusarse o directamente pedir perdón. Es un tipo de educación tan común en un Deli del Bronx como en el Tiffany's de Wall Street. Dicen por aquí que todo hombre es una posible venta. Aunque Gustavo, un mexicano que conocí en una bolera de la 42, sugiere otra cosa: "Aquí todos quieren ser ‘celebrities'. Por eso funsionan cada minuto como ‘public relations'". Gustavo se excedió conmigo. Me invitó a quedar cuando quisiera y, de paso, conseguirme un trabajo si me hiciera falta. "Si tú nesesitas yo llamo a mis contactos. Acá siempre dólares hasen falta".

 

Otra de las impresiones que rápidamente acuden es que los inmigrados hispanos aprenden tan rápido el inglés como olvidan su lengua materna. "Hablan muy mal. Pero no sólo ellos. Yo una vez abandoné un taxi porque el muy sinverguenza no abría la boca para dirigirse a mí, no vocalizaba. No lo habría entendido ni su madre y yo soy una señora". La señora en cuestión es Paulina, una veterana exiliada chilena de la que ahora soy vecino. Porque ahora toca lo bueno, lo que sigo sin asimilar del todo, lo que el destino me tenía deparado como entrada a este otro mundo.

 

Seré rápido. La noche del jueves recibí una llamada de vuelta. Una de las decenas que yo había enviado a fotógrafos, bohemios y usureros en mi desesperada búsqueda de nido. Era cerca de la medianoche cuando al otro lado del teléfono una mujer se dirigía a mí en ese castellano herido por demasiados años aquí. "Si quieres puedes venir a verlo ahora. Es la única hora que puedo enseñarlo. Apunta la dirección: Central Park West / 108th Street". Salí del albergue de cabeza y tomé un taxi. En pocos minutos estaba allí hablando con una mujer de aspecto jovial y nacionalidad chilena que trabajaba en una ONG internacional. Según me dijo pasaba meses fuera embarcada en grandes proyectos en África, Sudamérica y la India. El precio que pedía no era normal. No allí. Digamos que se ajustaba entonces a ese tipo de persona que parecía representar.

 

La habitación era amplia y sencilla. Una cama y un armario. "Pero... ¿si digo que me gusta y que me quedaría aquí?". No podía creer que me estuviera ofreciendo quedarme. Imaginaba a cientos por delante de mí. "Entonces es tuya". De vuelta al albergue sabía que no pegaría ojo. Lo había conseguido.

 

En la noche del domingo me instalé. Es de hecho el primer momento en que me detengo un par de horas, horas que por fin he empleado en contar algo y volver a sentirme el que todavía creo ser. Todavía no consigo creerlo. Me lo repito una y mil veces sin éxito. Vivo en Manhattan. Joder. ¡Vivo en Manhattan!

 

 

 

 

 

Además de Mónica, la dueña, comparto piso con una hermosa joven taiwanesa de formas hipnóticas que enseña mandarín a altos cargos de Wall Street. "Slowly, Li-Lei, slowly", le digo cada vez que me avasalla con su perfecto inglés. Más quisiera decírselo en otras circunstancias. Porque he dicho hermosa y bien que lo es. Como hermosas me resultan el ochenta por ciento de las mujeres de piel café. Tiene que ser algo seguramente relacionado también con mi enfermedad. Como si viera en ellas una especie de sexual enebeá.

 

Debo reconocerlo. El destino me ha sido de momento muy grato.

 

Si subo la 108 camino de Amsterdam Avenue dejo a mi izquierda el Booker T. Washington Junior High School, donde el rechinar de las zapatillas sobre el parqué llega hasta la calle. Un poco más al norte me esperan la universidad de Columbia y el City College of New York. Y a tiro de piedra Broadway y el Hudson.

 

Pero lo más increíble, mucho más que estar a pocos metros de Central Park, que abre su inmenso verde bajo mi ventana, es que el C Train, cuya estación queda a 30 metros del portal, me lleva directamente y en menos de 20 minutos a la 34 de Penn Station, esto es, al Madison Square Garden.

 

Y aquí es exactamente donde empieza mi nueva vida, el únivo y verdadero motivo por el que estoy aquí. Porque para mí Nueva York no es la capital del mundo. Para mí Nueva York es exactamente el corazón de lo que Pete Axthelm definió como The City Game. Y juro que ya lo huelo desde aquí.

 

Así que vamos a ello. Me aguarda una soledad astronómica. Pero cueste lo que cueste, allá vamos.

 

Porque esta minúscula unidad invisible que soy aquí y ahora tiene ante sí una colosal batalla que comenzar a librar. Dios me asista.