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"Right now, I am preliminary putting my name in the 2010 dunk contest Saturday night".

 

Estas palabras, no supimos entonces de su poco fuste, fueron pronunciadas por LeBron James en la noche del 14 de febrero de 2009 durante el Slam Dunk Contest de Phoenix. Esta especie de promesa al mundo acabó siendo más relevante que el propio concurso, necesitado un año más de algo grande sin que la NBA, en este caso no, siga mostrando algún interés en hallarlo.

 

No era una entrevista. Era una de tantas improvisadas declaraciones que Cheryl Miller desenrosca a pie de pista. Pero tampoco una encerrona. Sólo que la viva animación del momento, lo que el público parecía querer escuchar y el claro objetivo del micrófono, hicieron el resto: que LeBron más o menos insinuara su presencia, como esa soñada sola vez, en la gala de los mates de 2010.

 

Así no habría más que esperar a una nueva edición del All Star Game para conocer la respuesta.

 

A medida que éste se acercaba, en medio de ese habitual revuelo promocional del evento, la posible presencia de LeBron en el Slam Dunk fue salpicando algunos artículos en la prensa, animando ciertos círculos de opinión y moviendo a preguntas a terceros. Pero todo ello sin la fuerza suficiente como para que el protagonista sintiera la menor presión.

 

Preguntado él directamente antes del partido en Utah de mitad de enero, su respuesta no variaba demasiado de aquel primer anuncio: "I'm still 50/50".

 

Algunas -pocas- personalidades del mundo NBA tampoco ayudaron en sus declaraciones, como si el asunto careciera de relevancia pero moviera a la unanimidad, uno de esos estrictos sentires que dan la espalda al gran público y que resumió a la perfección Phil Jackson: "No veo que tenga ninguna necesidad de hacer algo así". Como ratificando esa gélida teoría de lo mucho que LeBron tendría que perder y lo poco que ganar en una prueba de la que, por lo visto, no podría salir perdiendo. De poco servirían entonces deseos en sentido opuesto, el principal de los cuales salió del admirablemente pueril Dominique Wilkins: "Me encantaría poder verlo ahí".

 

Templando algo el frío de sus declaraciones Jackson añadía como ejemplo la cita de 1988, que vio la presencia conjunta de Jordan, Wilkins, Drexler y Webb, justificando que "entonces el concurso tenía más lustre que ahora". Olvidaba el viejo maestro que el lustre lo brindan precisamente los nombres a concursar. Que ellos son la causa del brillo y no al revés.

 

En realidad nada de esto importa ahora. Porque finalmente nada ha habido y aquellas bobas palabras se las llevó el mismo viento que las trajo.

 

Y sin embargo todo esto obliga a una pequeña reflexión.

 

Datando el NBA Slam Dunk del hoy lejano 1984 el completo de su trayectoria ha visto el concurso de varias generaciones que van de Julius Erving a Dwight Howard pasando por Michael Jordan, Dominique Wilkins, Clyde Drexler, Kobe Bryant o Vince Carter. Quiere esto decir que, a pesar los altibajos y al margen de juicios de calidad, las llamadas estrellas de la NBA que exhibían además fabulosas cualidades para el mate acabaron acudiendo al concurso. Una cita que contempló con sentido placer el paso de todas ellas.

 

La NBA se aboca a perder su primera gran batalla en este sentido.

 

Uno de sus jugadores emblema, el más perfecto ejemplo hoy día de ese matrimonio entre Star System y Human Highlight, empieza a mostrar todos los síntomas de que el Concurso de Mates nunca contará con su presencia. Con la participación de un ejemplar como nacido para ese visual escaparate.

 

Seguramente nada de esto tenga importancia. Por lo que parece, es la propia liga la primera indiferente a esa ausencia. Un paso más en un proceso por el que hace tiempo que el cuidado de esa última cita del sábado noche dejó de importar a quienes precisamente la exportaron al mundo con el mayor éxito imaginable.

 

Son demasiadas las pruebas que fortalecen esta renuncia. Sucesiva y principalmente la NBA:

 

  • No supo reaccionar a la desbandada posterior a 2001.

 

  • Parcheó torpemente el nuevo escenario con la norma Rising Stars, una inexplicable represión candidata que prohibía la presencia de matadores más allá de su año sophomore (norma que acabó quebrantando Ricky Davis).

 

  • Perdió la hegemonía mundial frente a las nuevas generaciones de matadores amateur, cuya posible invitación al NBA Slam Dunk proporcionaría, además de contar con los mejores dunkers del mundo, un escenario de apasionante rivalidad que ofrecer la noche del sábado al mundo entero. Esta última se explica a través de lo que universalmente se conoce como Copyright, esto es, nada que no pertenezca a nuestra marca.

 

  • Conformándose con invitaciones de rango débil. Sin mayores incentivos que una publicidad juvenil que en su día favoreció a jugadores como Dee Brown o Harold Miner y que incluso estos días confirmaba Phil Jackson sobre Shannon Brown. Una máxima algo vil según la cual "el concurso te hará célebre".

 

Por todo ello nada importa, de momento, a instancias oficiales. Nada relacionado con el incentivo de un honesto evento que tan grandes momentos brindó.

 

Nada de esto supone novedad y hasta diríase que relevancia. Pero la tiene. Y aquí es donde reside la verdadera cuestión y motivo del presente texto que bien podría llevar por título un recordatorio en modo denuncia:

 

Lo mejor que ha dado el mundo del Deporte lo dieron siempre sus mejores.

 

 

En el baloncesto hay, como en todos los demás deportes, terrenos por lo general inalcanzables que rara vez fueron conquistados. Están ahí y dormitan en silencio. Son límites, barreras invisibles. Y como tal, hicieron alguna vez acto de presencia quedando entonces poderosamente grabados en la retina.

 

Y la retina no sabe de registros.

 

Una de estas fronteras se expresa en el baloncesto al hipnótico momento en que la cabeza de un jugador alcanza la altura del aro.

 

Un acto exactamente definido como prodigio atlético que todavía hoy sigue siendo objeto de rarísimo dominio y, por ello, de asombro.

 

Un asombro que permanece intacto al margen incluso de la estatura del protagonista. Como si esa extraña imagen resultante tanto moviera a la perplejidad en el mate de Ralph Sampson que abría el All Star de 1985 como en alguno de los extraordinarios follow up's de Shannon Brown.

 

Es como si la costumbre visual del juego hubiera habituado al ojo a establecer una frontera que los cauces normales no pueden todavía rebasar.

 

Y sin embargo esa frontera, rara y huidiza incluso a las diferentes tomas de cámara (motivo que enciende además su atractivo), ese cielo que parece delimitar la línea del hierro, se ha alcanzado un buen número de veces en la NBA. De Lew Alcindor a Gerald Green son ya muchos en acumulado. Pero muy pocos en proporción histórica. No es otra la razón de que el milagro Chambers no haya perdido un ápice de fuerza.

 

De esos pocos se cuentan con los dedos de una mano los que fueron capaces de incluso rebasarlo.

 

Es casi seguro que a día de hoy la mayor altura alcanzada por un jugador de baloncesto en la historia de la NBA siga perteneciendo a Larry Nance en la irrepetible noche del 28 de enero de 1984.

 

Desde entonces, más de un cuarto de siglo después, y a pesar de la rápida evolución de las genéticas NBA, no se ha dado tal vez un biotipo tan ideal como el de Nance (2.08) no ya para contravenir las leyes de la gravedad, sino para situar ese techo (3.12 con la cabeza / 3.80 con su mano) por encima suyo.

 

No hasta ese prodigio sobrehumano conocido como LeBron James.

 

Pruebas de esa capacidad las ha exhibido en numerosas ocasiones en los últimos tres años. Ni las mayores de esas pruebas parecían sin embargo suficientes para validar esa teoría de romper un récord que, en rigor, tenemos que calificar de invisible.

 

Sin embargo no parece haber año en que la plenitud atlética de LeBron James parezca haber llegado a su tope. Al contrario, por si ya parecía imposible, su velocidad y fuerza siguen aumentando hasta extremos que en particular el baloncesto no había conocido.

 

Después de todo lo dicho, y relacionarlo estrechamente porque nada de ello va separado, toca entonces pasar a la acción.

 

El brevísimo video final, con todo ese encanto de lo inexplorado, lo explica todo. Pero procede antes una descripción. Merecida en este caso por la insólita naturaleza de la imagen, acaecida el pasado 11 de enero en el Rose Garden de Portland.

 

A 10:50 del final de partido, acumulando LeBron cerca de 30 minutos de juego (más de 1500 de temporada), Mo Williams disponía del balón en la esquina izquierda del ataque cuando vio cortar al proyectil desde la diagonal opuesta del triple.

 

Fueron apenas cuatro metros de carrera. Una distancia suficiente para que alguien, por si no lo estuviera ya, escapara a nuestro mundo durante unas décimas de segundo.

 

Sorprende cómo actúa la mente en el baloncesto. Hay tantos tipos de salto, de magnitudes y direcciones, como las inmediatas circunstancias obligan al cerebro a poner en juego. En ésta LeBron intuye que la distancia del pase, que ya ha formado Mo en modo alley oop es demasiado grande como para no ganar una diferencia de altura en relación a la defensa. Como para no arriesgar a un salto mayor de lo habitual, a un despegue superlativo.

 

Esto le conduce a disparar sus condiciones físicas por encima -he aquí lo increíble del resultado- del 90 por ciento. Que a día de hoy LeBron James emplee su naturaleza por encima de ese nivel es el equivalente a poner al rojo una prensa hidráulica o pisar a fondo un Fórmula 1.

 

Una vez LeBron resolvió que la fuerza a emplear en el salto fuera de grado máximo todos sus resortes actuarían al unísono, como un mecanismo articulado de perfecta sincronía.

 

La secuencia de lo que apenas dura un segundo puede explicarse tal que así:

 

1. Va a batir en carrera (no en estático), su terreno ideal. 

 

2. Al momento de la batida James resuelve magistralmente las sinergias de toda su energía cinética. Libre del balón se encuentra en condiciones ideales para ello, como el saltador de altura.

 

3. Brazos y pierna derecha, más la fuerza del tronco, constituyen una masa suficiente para levantar el resto del cuerpo, al que suma, y aquí la fuerza principal, la pierna de batida, su izquierda, en poderosa torsión de alzado. El completo de su cuerpo constituye entonces una poderosa pértiga.  

 

4. Tiene lugar entonces EL SALTO.

 

5. En una décima de segundo LeBron James sitúa su cuerpo a una altura no razonable en los vectores del deporte actual. Su centro de gravedad supera entonces los 2.50. El centro de gravedad de un supercuerpo de 2.03 de estatura de más de 120 kilos de peso. 

 

6. La altura de su cabeza supera la horizontal del aro en seis o siete centímetros, situándola sin estar el cuello completamente estirado, en torno a los 3.11 o 3.12.

 

7. Los ojos de Martell Webster (2.01), que también ha saltado con él, quedan incluso por debajo del ombligo de James. Los de Brandon Roy (1.98) apenas si superan sus rodillas. 

 

El momento no pasó desapercibido -no era posible- al revisado habitual de imágenes a cargo del NBAE.

 

LeBron James legaba así una imagen completamente monstruosa. Una escena fuera de los márgenes físicos que nuestro tiempo conoce.

 

Por encima entonces de ver a LeBron James en el Concurso de Mates, se trata muy especialmente de que una de las anatomías más prodigiosas del planeta pudiera hallar el más exacto lugar donde verse y sentirse liberada, encendida al rojo y destinada a alcanzar su cénit absoluto a los 25 años de edad.

 

 

 

 

 

 

Se trata más concretamente de que en los cinco eternos factores del mate artístico (altura, volumen, trazado, atributos y plástica) se pudiera materializar como nunca esa vieja quimera de ver dos dieces (10) absolutos en los dos primeros.

 

La experiencia indica que LeBron no parece mentalmente diseñado para enriquecer sus ejercicios de grandes atributos. Estando sobradamente dotado para ello, conoce el cross a la vez que se le ignoran ejemplos de un simple windmill en estático. No parece, pues, destinado al ornamento milimétrico de ejemplares como Terence Stansbury o Jason Richardson.

 

Su terreno es bien otro. El de las magnitudes brutas. Como Tyson en pegada o Bolt en velocidad. Así de proponérselo, tan sólo de proponérselo, James conquistaría muy seguramente la mayor altura registrada por un jugador de baloncesto en 120 años de Historia. Y hacerlo además ante cámaras de altísima resolución que exprimir el momento hasta sus últimas consecuencias.

 

Algo de lo que acaso tan sólo fue testigo Jay Carty en privado hace ya demasiado tiempo. Algo que seguirá destinado a la vieja leyenda o entregado a la especulación del futuro, uno de cuyos hijos está aquí ahora.

 

Eso es lo que la ausencia de LeBron en un concurso de mates supone.

 

Eso es lo que el mundo se pierde. La más poderosa prueba actual contra esa mentira que dice "We've seen it all".