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No toca abundar en el Shannon Brown jugador, al que todo elogio sería actualmente poco. Es hoy aquí lugar y momento para rendirle otra cosa. Una razón muy poderosa por la que puede estar quedando completamente a solas en el panorama mundial de la canasta. Palabras mayores.

 

En los pocos meses que lleva vistiendo de amarillo, esto es, el compacto periodo en el que su carrera remonta aprisa desde cero, Shannon Brown ha protagonizado buen número de acciones de las que la NBA, el baloncesto o cualquier competición en el mundo incluida la olímpica, puede sentirse verdaderamente orgullosa de recoger. Y aun con eso, ni siquiera se trata de su inesperada condición de Highlight Machine. Se trata de algo más. Algo que difícilmente unas líneas pueden describir con justicia.

 

De un tiempo a esta parte la proliferación de acciones insólitas, especialmente las del aire, ha disminuido considerablemente aquellos masivos asombros que los años ochenta hicieron suyos como el rostro más universal de la NBA. El tiempo no pasa en balde y son hoy muchos los capaces y demasiadas las acrobacias verticales como para despertarnos la misma sorpresa.

 

Por eso vivimos hoy una era difícil. Porque a la saturación de las proezas se añade un factor bastante más peligroso. La tecnología se apresura a desbordar la pereza del ojo y no pasará una década antes de que seamos incapaces de distinguir la realidad virtual de la realidad a secas. Como si ésta empezara a agotar su repertorio formal y diera rendido paso al nuevo imperio del fake. De ahí que cada vez sea más complicado encontrar algo distinto o superior. Alguien que de repente sitúe sus dones atléticos como uno o dos grados por encima del panorama más selecto. 

 

Pues bien, afortunadamente lo hay. Y no es otro el caso que ese joven nativo de Maywood (Illinois) que no hace tanto dio un buen susto a su padre, el sargento de policía Chris Brown habituado a llamadas de fea urgencia, tras recibir una en tono muy severo:

 

-Señor, Brown. Acuda al instituto a la mayor brevedad posible.

-¿¡Qué ocurre!?

-Su hijo.

-Mi hijo... ¿¡qué!?

-Su hijo ha destrozado una de las canastas de la escuela.

 

En Proviso el presupuesto era bien escaso y reponer todo aquel aparataje habría de correr a cargo del bolsillo familiar. Es de imaginar la bronca y el premonitorio calado que ésta debió causar en el tierno alma del chico.

 

En adelante Shannon no renunciaría a los mates como prueba su concurso en el McDonald's de 2003. Pero pronto supo que ni eran suficientes ni su privilegiada genética habría de concentrarse únicamente en ellos. Hacer carrera era cosa bastante más seria. Michigan St., Cleveland, Chicago, Albuquerque, Rio Grande y Charlotte en apenas tres años en los que su potencial como jugador acusó una excesiva represión.

 

Represión que llega a su fin el pasado mes de febrero en los ahora vigentes campeones, cuando Shannon demuestra al dorado grupo de Phil Jackson que su sacrificio como humilde engranaje del Team Work merece la pena, un contrato y la permanencia en el mejor equipo del mundo. Y ahora sí, Shannon puede añadir algo más: detonar con sospechosa frecuencia el mayor de los dones de que está superdotado.

 

Y aquí llegamos al asunto en cuestión.

 

El asunto por el que otros jugadores, de clásico perfil estilizado en torno a los dos metros, consiguen una rápida celebridad de pantalla en la High Definition Era. Un terreno como de exclusiva propiedad de LeBron James, Dwight Howard, Josh Smith o Gerald Green, ejemplares instalados a placer en el objetivo de las cámaras gracias a sus deslumbrantes conquistas de las regiones más altas del hierro.

 

Ocurre sin embargo que este género de conquistas mayores, como inventario registrado, flaquea por el lado oficial y su reconocimiento se pierde en la masiva memoria de los aficionados. Ahora que el atletismo y sus registros se calibran en millonésimas de láser, en el baloncesto, por su infinita riqueza, todo se sigue entregando al contraste visual. Cuando el ojo asiste al increíble rebote ofensivo de Jamario Moon en San Antonio, sabe muy bien del calibre de la acción pero ignora a qué o a quién exactamente enfrentarla. 

 

 

 

 

Por eso da la impresión de que determinado material, a la desaforada velocidad a la que discurre la competición diaria, pasa desoladoramente inadvertido. O al contrario, no todo lo advertido que debiera.

 

Shannon Brown roza el 1.90 descalzo. En estos meses de amarillo ha prodigado innumerables episodios de mate o tapón que recoger prioritariamente cualquier Top Ten de temporada. Pero ni siquiera eso es suficiente.

 

Lo que verdaderamente le encumbra a lo sobrenatural pertenece a un pequeñísimo ramillete de acciones donde ha conseguido disparar en torno al 95 por ciento de su portentosa capacidad de salto vertical. En esta particular métrica, cuando Brown ha contado con todo a su favor incluida la ausencia del balón en las manos, ha demostrado poder alcanzar los 112-114 centímetros de batida en estático. O lo que es lo mismo, situarse a la altura de los mayores prodigios que ha dado este deporte.

 

Lo insólito de su capacidad movió incluso a la prensa a sondear al cuerpo de fisios angelino por si Brown seguía algún tipo de programa específico en su tronco inferior. La negativa de su director, Chip Schaefer, fue rotunda: el único misterio pertenece a su genética natural.

 

Pero todo esto mejor se comprueba a través de tres acciones que ratifican esa condición verdaderamente única en Shannon Brown. Por la magnitud de cada acción su orden desfila de menor a mayor.

 

 

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6 de mayo de 2009 / L.A. Lakers - Houston Rockets

 

Segundo partido de aquella serie de segunda ronda. El desenlace de un salto entre dos da con el balón a la carrera de Kyle Lowry. Shannon actúa como de costumbre. Reacciona al balance defensivo con mayor empeño que nadie.

 

Tiene suficiente espacio para la batida en carrera y lo demuestra con un ejercicio salvaje de un solo impulso al aire, como acostumbraba en la longitud el soviético Robert Emmiyan. Shannon no llega a tocar el balón porque su codo derecho impacta de lleno con la frontal del hierro, cosa que recoge perfectamente el micro del aro y su posterior ademán de dolor cuando Bill Spooner anula la jugada.

 

 

 

 

 

Parece mentira observando cada una de las repeticiones. Pero el salto en carrera, contrariamente a LeBron James o el primer Robert Pack, no es el fuerte de Shannon Brown, que en una décima de segundo reacciona bajando la cabeza para no golpearse contra el cristal.

 

 

 

30 de octubre de 2009 / L.A. Lakers - Dallas Mavericks

 

La más reciente y el oportuno motivo de esta pieza.

 

La jugada consiste en un rechace a dos manos donde la colosal batida a dos piernas de Shannon encuentra su sentido más pleno.

 

 

 

 

En la frenética secuencia se aprecia tanta diferencia de estatura con su compañero Josh Powell (15 cm) como de pura stamina. Al extremo que Powell sale despedido al violento contacto con Brown. En el primer frame de la imagen sorprende la increíble distancia a la que se encuentra el balón cuando Shannon ha decidido acudir a por él. En el central, momento de máxima altura, las rodillas de Shannon superan la cintura de un Powell (2.06) que está como a 20 cm del suelo. En el último instante del video, cuando el matador desprende todo su peso al hierro, se observa con precisión -la ocasión lo merece- la tecnología de los ultramodernos Total Spring-Loaded Rims, basculantes en toda su circunferencia y no sólo en la frontal como en los anteriores modelos.

 

Para encontrar un rechace de esta naturaleza, de culminación a dos manos a una altura semejante, es necesario remontar hasta 1993 cuando Stacey Augmon resolvió corregir un lanzamiento libre de Kevin Willis en Milwaukee.

 

 

 

 

La estatura de Augmon es once centímetros superior a la de Brown.

 

 

17 de febrero de 2009 / L.A. Lakers - Atlanta Hawks

 

Era la noche de su debut con los Lakers, fecha que el calendario asocia anualmente con el nacimiento de Michael Jordan. Para los locales fue una cómoda velada en el Staples, dando Jackson al recién llegado una generosa entrada en el último cuarto de un partido resuelto.

 

En medio de ese agitado desorden típico del garbage time un mal pase de Farmar permite a Mario West escapar a canasta con la automática persecución del pequeño Shannon, consciente de que aquellos minutos iniciales eran demasiado importantes como para no entregarse en cuerpo y alma. A la viva carrera ambos detonan el salto simultáneamente.

 

 

 

 

Lo siguiente escapa a toda descripción. Uno de esos sagrados momentos para la retina donde el fragor de un instante aleja hasta lo remoto a dos contendientes por mera selección natural.

 

La diferencia del salto es tan grande que en el cénit de ambos la cabeza de uno está a la altura del ombligo del otro. De forma que el tapón, y aquí tapón significa bien poco, forma un brutal colapso entre el balón, el antebrazo derecho de Brown y el tablero.

 

 

 

 

 

VIDEO.

 

El embate es tan brutal y acontece a tal velocidad que Bill Kennedy comete el error de señalar falta. Como si lo ocurrido no fuera humanamente posible o quedara al margen de la legalidad.

 

El Staples reacciona. Y su rugido mezcla la perplejidad de lo que acaba de ver y la certeza de que, en efecto, no hubo falta.

 

Especialmente en la tercera repetición se adivina una insólita ascensión, como un extraño double pump en pleno vuelo hacia una altura cuyo final tan sólo parece determinar el violento choque contra el tablero.

 

La acción es absolutamente monstruosa, de las que no agota su repetida visualización.

 

Hace cosa de dos años un equipo de especialistas del programa Sport Science llevó a cabo un interesante estudio, curiosamente con Jordan Farmar como modelo de pruebas, en el que se llegaba a la conclusión que por muy gigantesco que fuera un salto de un jugador de baloncesto jamás una suspensión podría alcanzar a durar 100 centésimas. A vuelapluma el hang time de Shannon Brown aquella noche supera con creces las 80.

 

Con la insalvable diferencia de la estatura el momento remite a un brutal rebote ofensivo de Dominique Wilkins en el Forum de Los Angeles en 1986 -irónicamente mismos rivales en la misma ciudad- donde el alero excedió su salto al extremo de ocultar bajo su entrepierna la cabeza de Magic Johnson (2.05) y detener con su brazo derecho el seguro golpe de la cabeza con el tablero.

 

 

 

 

 

Sin tener la menor idea de ello, el pequeño debutante acababa de protagonizar, en pleno año 2009, uno de los saltos de mayor dimensión en bruto en la historia de la NBA.

 

Y aquí reside precisamente su mayor fortaleza. Porque contrariamente a todo lo dicho Shannon Brown no cuenta con una destreza especial para los atributos del mate. No incorpora a sus saltos creatividad o plástica alguna. Se trata de la misma legendaria facultad en bruto que la intrahistoria atribuye a mitos como Knowings o Manigault. Brown es un matador de partido. Aprovecha la menor circunstancia favorable para hacer estallar el volumen del salto a niveles incluso superiores a los de Fontenette

 

Así el próximo mes de febrero en Dallas valdrá más la presencia de un DeRozan que de un Brown sin que ello suponga el menor perjuicio para el jugador que, a día de hoy, está consiguiendo reclamar una mayor atención gráfica a la espera de que produzca otro milagro.

 

Por eso se insiste. Hay algo sobrenatural en Shannon Brown. Una perfecta invitación a resucitar el asombro.