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No se puede decir que Kupchak lo haya hecho mal. No esta vez. Cuando un cuerpo técnico ha decidido que sobra un jugador de la rotación tiene dos opciones: banquillo o traspaso. Cuando ese jugador es caro y sus prestaciones se estiman irrecuperables o superadas por otros, únicamente queda el traspaso. Y eso es lo que ha ocurrido. No es que Radmanovic no vaya a jugar más con los Lakers. Es que ya no estaba.

 

 

 

 

A veces el mercado es más transparente de lo que parece. El único equipo capaz de derrotar en los últimos diez partidos a los Lakers -su derrota más sorprendente de la temporada-  fueron los Bobcats. Una semana después Kupchak establecía contacto con su homólogo Rod Higgins. A nadie escapaba la frágil situación de Adam Morrison, un jugador falsamente rescatado por Larry Brown. El jueves se aclaraban los términos y el viernes se llegaba al acuerdo, anunciado al día siguiente. Se añadía además al intercambio un jugador que en la velada del Staples gustó a los técnicos angelinos, especialmente a Hamblen y Cleamons. El pequeño Shannon Brown podría aportar desde el banquillo un ingrediente defensivo, de marcaje y asfixia a exteriores, de mayor velocidad incluso que el que Jackson había precisado en su día de Tyronne Lue. Y de no funcionar de aquí a final de curso, queda libre sin coste alguno.

 

El caso de Morrison es mucho más interesante. Para empezar arranca en tragedia. El máximo anotador universitario de 2006, el chaval que se descompuso al cerrarle UCLA las puertas a la Final Four, llenó de razón a quienes adivinaban un hundimiento inmediato como profesional por su absoluta fragilidad defensiva. No sólo eso. Sus principales fortalezas, basadas en el tiro y la circulación de rehogado táctico, se vinieron abajo en un sistema cuyo equipo titular Bickerstaff modificó hasta en 28 ocasiones para permitirle, principalmente, explotar. Todo fue en vano.

 

A la siguiente oportunidad no hubo ni estreno. La rodilla izquierda de Morrison se hizo trizas y para cuando volvió a aparecer tras una durísima recuperación Larry Brown fue el siguiente muro. El peor de todos. Que hiciera pública burla de las pintas desaliñadas que se gastaba el chaval no significaba más que, con él como entrenador jefe, o se ponía las pilas en defensa o no jugaría. Casi fue peor eso que la lesión. Porque Morrison había empleado el verano en rescatar su lanzamiento y, sobre todo, trabajar codo con codo junto a Dennis Williams, Steve Stricker y LaSalle Thompson (el cuerpo de fisios de Charlotte) con el fin de mejorar su fuerza y aplicarla a los desplazamientos laterales y el balance defensivo. Iniciado el curso todo quedó en nada. Ni él se sentía cómodo con Brown ni Brown con él. Y para colmo el técnico estaba ganando en razones. Las cinco titularidades de Morrison se habían saldado con derrota.

 

Sólo la lesión de Wallace le había abierto un minutaje algo mayor en los últimos partidos sin que ello le brindara salir de la marginalidad. Y Michael Jordan no iba a salir en su ayuda.

 

Los Lakers sí.

 

Y se abre una novísima etapa para él. Una oportunidad como no había imaginado. Un regalo que de no retribuir como debiera podría poner un triste punto y final a la carrera de un jugador que simplemente no ha comenzado. Con buen sentido Kupchak restaba importancia al hecho de que los recién llegados ignoraran por completo el Triángulo. Jackson goza de tiempo con ellos.

 

Al margen de la cuadratura económica, muy favorable a los californianos, Mike Trudell explicaba la ecuación en los siguientes términos: nos deshacemos de un jugador que al no jugar podría intoxicar la química del vestuario y acomodamos a otro verdaderamente sediento de juego. Es evidente que no va a resultar tan sencillo. Al margen de Odom, sigue habiendo tres aleros. En esa carrera por los minutos Walton y Ariza habían desplazado a Radmanovic hasta la muerte. No se supone que Morrison vaya a entrar en la puja. Tan sólo se precisa de él una aportación paralela a la calidad del ofrecimiento:

 

  • Una situación favorable de menor presión.
  • Una tarea que no va a liberarle de requerimientos defensivos pero no tan específicos como con Brown.
  • Una plantilla que va a ayudarle.
  • Un sistema que le va a brindar espacio.
  • Un cuerpo técnico que no espera un rendimiento inmediato de los recién llegados.

 

Desde sus días en Gonzaga se atribuye a Morrison una inteligencia nada despreciable, un buen entendimiento del juego y una sumisión a los deberes. Una forma de ser que contraviene su aparente rebeldía ideológica fuera del baloncesto y que remite al carácter de Jackson en sus lejanos días de jugador. No debiera haber problema entre ambos sino todo lo contrario. Se suma un nuevo Walton al equipo.

 

Sin embargo Jackson se mostraba críptico en sus primeras declaraciones. Prometía otras pero adelantaba que él no había hablado con Jordan para traer a Morrison. Hábilmente se quitaba de en medio de esta operación.

 

Hace unos días destacábamos el crucial papel que toca a Jackson sin Andrew Bynum. Menos de una semana después toca una nueva misión. En apariencia mucho más sencilla que restar a Bynum. Se trata de integrar a dos jugadores que en teoría vienen a sumar no sólo aquello que Radmanovic ya no aportaba, sino incluso más. Pero curiosamente ese añadido diferencial con el serbio no corresponde a Morrison sino a la parte menos importante del traspaso, Shannon Brown.

 

Por eso todas las ópticas angelinas, incluso las más pesimistas, coinciden en el fondo en la mayor evidencia de todas: Morrison necesita a los Lakers muchísimo más que los Lakers a él.

 

Salvo sorpresa.