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El baloncesto es hermoso. Pero lo es por cualidades que, tomadas en serio, penetran en campos mucho más complejos de lo que se estima a simple vista y que guardan una relación sustantiva con el arte y el diseño. Conceptos como pregnancia, armonía, composición, cadencia, proporción, simetría, equilibrio, simbolismo o plástica apenas suelen referirse en los escritos de nuestro juego o, de hacerlo, se arrojan aprisa al inmenso cubo de la estética.

 

En el baloncesto la física de probabilidades es mayor que en ningún otro lugar deportivo. O de otro modo, el baloncesto es el deporte donde el cuerpo goza de una mayor libertad y, en consecuencia, donde se desborda en mayor medida el repertorio de lo posible.

 

Mientras en el fútbol, por caso, el balón se traslada por percusión (golpes) en el baloncesto lo hace por retención. Y las manos no son los pies. La primera consecuencia habla, pues, en términos de creación.

 

La cuestión es mucho mayor de lo que parece. Por eso tan sólo se subraya aquí la simple noción de repertorio, de yacimiento. Un campo tan fascinante como extenso, material de volúmenes donde lo formal ocuparía de cabo a rabo el historial de la obra. Dentro de esa obra sería preciso incluir un enorme bloque dedicado al lanzamiento. Y muy dentro de ese bloque, otro todavía muy vasto pero mucho más específico destinado a explicar la corrección del lanzamiento en tiempo real, su desdoblamiento durante la ejecución; lo que el baloncesto conoce como rectificado.

 

Cuando un jugador lanza a canasta prevé una secuencia libre: decide lanzar porque puede hacerlo. Si en cambio se interpone un obstáculo en plena ejecución acude en su amparo el rectificado.

 

En sentido estricto el rectificado opera al margen de las distancias al aro. Pero ocurre que en la práctica el 90 por ciento de ellos tiene lugar en sus proximidades. La razón es sencilla: la defensa. Los obstáculos se multiplican cuanto menor es el espacio. Y a los brazos y manos se oponen otros. De ahí que rectificar sea casi por definición reducir y los rectificados suelan oler a hierro.

 

Del rectificado se cuentan por miles los capaces. Pero sólo unos pocos merecen ser referidos en justicia por sus prodigiosas facultades para una de las porciones más hermosas del juego: esa fase terminal donde el jugador, suspendido en el aire y resuelto a lanzar, multiplica sus gestos con el balón en las manos. El material más precioso para la cámara lenta.

 

Y precisamente por esa carísima cualidad el filtro para seleccionar a los más capaces no es muy generoso. Son necesarias cualidades atléticas muy avanzadas (1) y una mecánica psicomotriz a la altura de la exigencia (2).

 

(1) Hangtime.

(2) Body Control + Air Dribbling.

 

Al otro lado, el del espectador, opera la percepción visual exactamente en el mismo cuadrante del cerebro que reacciona al diseño, el arte y el color. De ahí que algunas acciones nos hechicen o deleiten más que otras; nos causen un mayor impacto. “The effect Jordan's actions could have on the human mind” (Carson Cunningham, 2009).

 

Mientras en la sabiduría popular rectificar es de sabios, en el baloncesto rectificar es de atletas. Su lenguaje consiste en movimientos y recursos, a menudo improvisados, donde la inteligencia despliega algunas de sus más misteriosas formas.

 

Gracias a ellas conocemos también el valor más crucial de los rectificados: la evolución del baloncesto es también la de estos paseos del balón en las manos para afrontar la canasta. Algo muy grande tuvo que cambiar en el progreso de la técnica y la física en los más de 60 años de tiempo que separan a Ossie Schectman y Derrick Rose.

 

De manera muy gráfica es posible poner orden a todo ese aparente caos.

 

Para empezar, y resumiendo al extremo, el rectificado en el baloncesto, lo que en su idioma madre no se conoce por un único término –air fake, pump fake o simplemente move– puede agruparse en tres grandes categorías con arreglo al trazado de su ejecución, a la trayectoria del balón en las manos y su causa principal.

 

 

El rectificado quebrado

 

Su forma más elemental, el primer género en nacer por una simple reacción del instinto. El primer jugador que intuyó su lanzamiento taponado efectivamente lo fue, el segundo cometió dobles pero un tercero alteró la dirección de sus manos abriendo un espacio para el balón. Con éxito o sin él, pudo lanzar antes de caer al suelo. Nacía así el rectificado quebrado, una formación accidentada del tiro.

 

Décadas después su evolución como recurso técnico permite describirlo en toda su extensión: el quebrado despedaza el lanzamiento en fragmentos lineales, de trayectoria corta y recta. Ante la oposición los brazos reaccionan con un bandazo del balón en una dirección estable que puede recular hacia el punto inicial proyectando así un dibujo en el aire de ida y vuelta (Show-Down-Up). Al fragmentarse en dos golpes muy visibles la nomenclatura anglosajona lo refirió vulgarmente como double pump, como un repentino impulso que añade un segundo tiro al molde original.

 

De tan básico es el más numeroso y donde mayor cantidad de jugadores blancos se prodigaron. Incluso algunos, como Maravich, Galis, Koudelin, Marciulionis o Ginobili, con esa magistral frecuencia del recurso natural.

 

 

El rectificado curvo o circular

 

El más reconocible y propiamente moderno. Mientras el quebrado escarpa el tiro el rectificado circular dibuja de principio a fin y en muy diversa magnitud formas circulares en el aire o curvas de continuidad.

 

Este género de rectificado es más creativo que corrector. Mientras la ejecución del quebrado se ve a menudo forzada, como una respuesta obligada, el rectificado circular busca sortear la defensa incluso antes del salto, con toda la habilidad del recurso premeditado.

 

En los casos más extremos el género curvo responde a un voluntario recreo del autor, consciente de la belleza de la acción.

 

Su yacimiento es demasiado grande. De Connie Hawkins a Vince Carter pasando por Tiny Archibald o el primer Stacey Augmon son innumerables los jugadores que han contribuido a su extensión; a que de los años 60 a nuestros días sea uno de los recursos que presenta una mayor presencia y evolución.

 

Permanecen intactas la suavidad en las formas y una concentradísima abundancia en toda suerte de bandejas. Una de ellas vive casi por definición del recurso circular: es el aro pasado o reverse layup, para cuya ejecución se precisa un rectificado curvo (una parábola convexa).

 

 

El rectificado de resistencia

 

Podría explicarse tan sólo como un abuso de la suspensión. El tirador bate a duelo al rival a, simplemente, aguantar en el aire.

 

Presenta esta denominación porque los brazos se resisten a lanzar sin apenas alterar la fase terminal del tiro.

 

A diferencia de los dos anteriores géneros, la resistencia no añade al balón un trazado espacial. Sino temporal. Es un rectificado de tiempo. No de espacio. Por eso el jump shot pasa a ser hangtime shot. Es la acusada diferencia que abre una suspensión clásica de Alain Gilles o José Biriukov con Michael Jordan o Kobe Bryant.

 

Cuando llegaban a Europa combinados americanos, especialmente en los años 80 por la presencia de la TV, el aficionado medio podía comprobar la superioridad atlética de la raza negra a través de acciones de salto, fuerza o velocidad. Pero desde un punto de vista técnico se daba un especial asombro en ciertos tipos de lanzamiento donde la suspensión parecía diferirse, retrasarse como más de lo normal. Suspensiones donde los defensores tocaban suelo y los tiradores prolongaban la ejecución del tiro sin vulnerarlo.

 

Aquel retraso decimal en la formación del tiro, como una suspensión diferida o tardía, es la base del rectificado de resistencia, una manipulación temporal del tiro. Un recurso milimétrico que explica una de las más visibles diferencias durante décadas de los jugadores americanos con el resto del mundo.

 

Llevada al extremo esta diferencia se veía acentuada en correctores compulsivos de todo lanzamiento, como fue el caso del norteamericano Larry Spriggs en el Real Madrid.

 

Este tipo de rectificado es el que menos atiende a distancia. Puede hacerlo en las afueras del aro y de hecho acostumbra a hacerlo allí.

 

A pesar de su endiablada velocidad el legendario The Shot (Michael Jordan, 1989) sigue siendo uno de los ejemplos más diáfanos de lo que supone un rectificado de resistencia (con desplazamiento lateral del cuerpo).

 

 

The Shot (1989) como la perfecta armonía entre frontal de impulso, rectificado de resistencia y desplazamiento lateral en el salto

 

Bien por el empleo de uno de estos tres géneros bien por el refinamiento exclusivo en uno de ellos estos son, en una selección elitista hasta el extremo, los cinco mejores correctores del lanzamiento en el aire en la historia de la NBA, los cinco principales manipuladores del balón en el salto a canasta.

 

 

Elgin Baylor

 

Pionero genuinamente natural de los flashy moves en el aire. Hay un gran consenso histórico en estimar a Baylor como el primer jugador propiamente moderno en el curso de la NBA por diversas razones la principal de las cuales hablaría en términos de versatilidad. Pero fue en la apariencia de sus técnicas de anotación donde Baylor abrió camino como el más fiel sucesor de algunas evoluciones expresivas en los viejos Rens y Globetrotters.

 

Su aportación en este sentido es tan incuestionable que la propia reseña biográfica de la liga, tan poco dada a eludir oficialismos, lo expresaba de manera cristalina:

 

“Had Elgin Baylor been born 25 years later, his acrobatic moves would have been captured on video, his name emblazoned on sneakers, and his face plastered on cereal boxes. (…) Baylor played the game with midair body control, employing his ability to change the position of the ball and the direction of his move while floating toward the basket”.

 

Esta segunda oración valdría en realidad para describir a cualquiera de los miembros de esta escueta lista, que abre Baylor al ser el primer jugador en tecnificar –dotar de utilidad técnica, convertir en recurso– la expresiveness en las embestidas al hierro.

 

Donde otros jugadores, en todo ese gran espectro conocido como layup o bandeja, concedían al balón toda la carga de fortuna para sortear los brazos defensivos, Baylor empleaba el uso de los brazos para recular, amagar y dotar de movimiento al balón aún atrapado en las manos. Se valía para ello de su cualidad más dominante, una suspensión hasta entonces desconocida que Bob Cousy metafóricamente describió “como si se quedara quince segundos colgado en el aire”.

 

 

 

 

 

Baylor fue también uno de los primeros jugadores en vulnerar un canon según el cual todo lanzamiento debía producirse de cara al aro. A partir de él también era posible lanzar sin que necesariamente la vista apuntara directamente al hierro –el primer preludio de Michael Jordan–. Y ello abría un enorme abanico de posibilidades al cuerpo, donde el off balance o desequilibrio no impedía el tiro.

 

En este arte del rectificado ejemplares futuros como Vince Carter o Dwayne Wade resultan infinitamente más avanzados. Pero es inevitable la mención al pionero no sólo por iniciar el camino sino por abrir una fractura formal tan enorme con sus contemporáneos.

 

 

Julius Erving

 

El más refinado maestro en la técnica del rectificado circular, que amplió hasta límites aún no igualados en su querencia por el dominio del balón a una sola mano.

 

Como ejemplares arquetipo de lo formal, dotados de una superlativa capacidad para la expresión individual del juego, Julius Erving perdura hegemónico, como si el tiempo no hubiera erosionado ni su legado ni su modernidad. Conceptos tan sólo empleados por aquellos analistas más próximos a lo literario refieren en Doctor J la máxima expresión de lo que se conoce por graceful o finesse. En el arte de la continuidad en la ejecución Erving ocupa igualmente un trono absoluto.

 

La noción de elegancia en el baloncesto, rara vez explicada en breve, podría definirse como la sublimación de la técnica a velocidades aparentemente despaciosas. Como si el jugador elegante cumpliera de cabo a rabo un guión previsto, premeditado, aunque no culminara en acierto, lo que permite separar en el baloncesto –y a un altísimo grado– belleza y evoluciones del marcador; elegancia de eficacia.

 

Ocurre sin embargo que el control de la antología visual de los jugadores, el legado de imágenes que consume el gran público, en manos de la NBAE como principal yacimiento de exportación al mundo, escapa a menudo a la apreciación de la justicia estética en favor de la épica. De manera que una acción acaecida en unas Finales se repetirá hasta la extenuación hasta hacer de ella un icono, un arquetipo. Este proceder conduce a errores tan grandes como olvidar acciones mucho más superlativas de la figura en cuestión.

 

Ello explica por qué The Move (Michael Jordan, 1991) o The Shot (Julius Erving, 1980) gozan de infinita mayor exposición que obras en justicia mejores, como fue el caso de una de las bandejas más circulares de la historia en una velada de Regular de 1977 (seg. 0:18) donde las artes más nobles de Julius Erving quedan exactamente definidas.

 

 

 

 

 

Hay un forzoso nexo de unión, incluso contemporáneo, entre Elgin Baylor, Julius Erving y Connie Hawkins. Y en menor medida George Gervin, Larry Kenon, George McGinnis, Darnell Hillman y David Thompson, lo que ratifica la condición atlética de los más grandes correctores del tiro en el aire.

 

 

Kobe Bryant

 

Una obra que pretendiera abordar en rigor una de sus mayores aportaciones al juego podría llevar por título Geometría espacial en Kobe Bryant. O cómo es posible incorporar el orden más preciso a toda suerte de rectificado.

 

Dentro de su inmensa perfección formal, viciada en el exceso, la estrella angelina, desde su nacimiento como jugador, no podía dejar vacío el menor espacio de su juego ofensivo. De manera que hay un paralelismo natural entre todo su arte de pies y manos con su despliegue dinámico en las fases terminales de sus entradas a canasta.

 

En términos no tan figurados Kobe Bryant ha sido el único jugador capaz de dotar de pleno sentido a la técnica formal lejos del suelo. De ahí que sus rectificados no parezcan improvisados –técnica de orden– sino perfectamente calculados incluso antes de batir. Ello explica la limpieza y geometría de sus trazados. Y sorprendentemente desde su primer día de profesional. El rectificado en Bryant es un aspecto de su juego, un cuadrante enorme, que no ha mermado con el tiempo.

 

De los tres géneros de air fake Bryant mostró un especial empeño en eludir los circulares, como encontrándose mucho más cómodo en los otros dos –quebrados y de resistencia– y haciéndolos uno solo, como una simetría perfecta.

 

Su antología en este sentido es prácticamente infinita. Pero un ejemplo impecable de rectificado quebrado, de tal dominio en el aire como si pisara suelo, tuvo lugar en el quinto partido de las Finales de 2009. Una obra maestra genuinamente Bryant que combinaba un ball fake lineal (quebrado puro) y el desplazamiento del cuerpo, de manera que el balón, el tiro final, aleje la defensa mucho más de lo que un espacio tan reducido hace presumir posible.

 

 

 

 

 

Derrick Rose

 

A lo largo del tiempo ese trono de costumbre referido como “el mejor penetrador del mundo” ha ido dando sucesivos nombres. En el baloncesto moderno, especialmente en los últimos quince años, el ritmo al que esos reyes se iban sucediendo ha sido, por lógica, mucho más rápido que en eras precedentes. De Allen Iverson a Tony Parker, de Tony Parker a Dwayne Wade, de Dwayne Wade a LeBron James, y de LeBron James al mejor penetrador actualmente del planeta: Derrick Rose.

 

No se trata del cambio de nombres. Se trata de que cada generación de misiles supera a la anterior en la amplitud de las destrezas. Como si puestos a prueba en un escenario hipotético que concitara a todos los grandes de esa especialidad, el último en el tiempo fuese el mejor. Una evolución inapelable.

 

Y sin embargo no son sus facultades balísticas las que traen a Rose a esta lista. Lo son los rectificados más celéricos de la historia. Con tan sólo tres años de experiencia Derrick Rose ya es, con el balón en las manos, el mayor velocista que haya dado nunca el baloncesto.

 

Contrariamente a Bryant la velocidad de Rose es símbolo de una improvisación que multiplica la dirección del balón en cualesquiera maneras para conceder finalmente luz al tiro. Ello implica orbitar el balón a cambios de ritmo y dirección impensables en otro tiempo. Por eso desde un punto de vista no tan fabulado sus rectificados equivalen a la misteriosa balística de la presumible tecnología OVNI, a su maniobrabilidad fuera de cauces aparentemente normales.

 

 

 

 

 

Rose es por ello uno de los ejemplares más modernos del baloncesto mundial y pese a lo cotidiano de su estatura, un genuino embrión del siglo XXI.

 

Bastaría remontar a las evoluciones en torno al aro de figuras anteriores como Pete Maravich, Freddie Lewis, Tiny Archibald, W.B. Free o Isiah Thomas para comprobar el colosal salto dado en el centrifugado del balón en apenas unos años, donde también es posible situar al primer Dwayne Wade. Su versión más explosiva no palidece ante Rose.

 

 

Michael Jordan

 

Sin posible discusión Michael Jordan es el corrector de tiro en movimiento más versátil de la historia. El mayor grado de maniobrabilidad conocido. Su material formal es tan inmenso como una enciclopedia varios capítulos de la cual irían exclusivamente destinados al espacio, casi mágico, entre despegue y canasta, el predicado de su simbología universal: AIR.

 

Lo formal informal en Michael Jordan está íntimamente relacionado con la llamada técnica de caos –a diferencia de la técnica de orden en Kobe Bryant. Desde un punto de vista teórico la dinámica de Jordan en el aire, como material de estudio, es sencillamente inaprehensible. No puede ser enseñada y como tal sigue despertando un gran misterio por su condición salvaje, como una incesante secuencia de actos reflejos que en conjunto –y aquí Jordan predomina en la historia del deporte– conquistan un sentido plástico sin parangón. Donde la percepción se retira al dominio de la sensación.

 

Mientras en Bryant es posible descifrar los motivos de un trazado concreto resulta imposible hacerlo en Jordan, habiéndolos grotescos y absurdos, esto es, inverosímiles.

 

Su completa desinhibición para afrontar riesgos en el aire le condujo a un extraño, casi exclusivo dominio, de facetas tan impracticables al común como la bandeja de espaldas o la querencia por resolver el último latigazo de la mano no en base a voluntad propia sino al desplazamiento por contacto ajeno. Ello le concede la cima más absoluta en el número de improvisaciones con éxito que haya dado la NBA hasta el día de hoy.

 

Se han cumplido recientemente veinte años de The Move (1991), una de las tres acciones más repetidas de su carrera, cuando en realidad aquella espectral corrección del tiro -“Creí que Perkins saldría a taponarme”- no debería ocupar, en un rango riguroso, ni un listado de 100 rectificados en su vida deportiva, donde tal vez sea justo despuntar su prodigio ante los Nets, el air dribbling más abundante y dilatado nunca visto.

 

 

 

 

En suma, el arte de la maniobrabilidad terminal en Michael Jordan sólo tuvo la medida del tiempo pese a que, con lógica, fue mermando en volumen a partir de 1992. Aquellos primeros ocho años fueron sobrada prueba de que talento y cuerpo, inteligencia y materia atlética, pueden ser, contrariamente a lo que se cree, una misma realidad.