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Esta última semana ocupaba marginalmente la información NBA una fugaz reseña que recordaba el trigésimo aniversario de un episodio curioso, extraño, único. Un episodio seguramente observado hoy con esa testimonial morbosidad de lo anecdótico, lo efímero y como carente de cuerpo. Y sin embargo puede valer al entramado teórico de aquel capítulo una vigencia eterna. Eterna mientras haya deporte en el mundo y lo practiquen hombres y mujeres.

 

Tuve la fortuna de conocer en persona a Ann Meyers en septiembre de 2007 durante la Gala del Salón de la Fama FIBA. Reconozco que presté una especial atención a aquella mujer, de seguro la mayor atención de los muchos presentes en la inmensa sala, infinitamente más perplejos con Bill Russell, Dean Smith, Drazen Dalipagic, Sergei Belov o Nikos Galis. De principio a fin de la velada, como si antes que gesto fuera su auténtico rostro, Meyers no dejó de esgrimir una enorme sonrisa, incluso frente a los que antes que acudir a saludarla simplemente tropezaban con ella, tal era su condición de anónima entre la multitud. Esta circunstancia me terminó por convencer de que cualquier batalla que aquella mujer hubiera librado en la vida estaba coronada por la victoria. Y aquella cálida sonrisa levantada al vacío, plenamente justificada.

 

Me prometí entonces que su memoria merecía extraer cierto asunto de las estúpidas líneas de Trivial. Es el lugar y momento.

 

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De entrada la cosa se explica a velocidad de titular: el 5 de septiembre de 1979 los Pacers de Indiana anunciaban el fichaje de Ann Meyers. Una mujer.

 

En las semanas siguientes su nombre ocuparía infinidad de páginas a lo largo y ancho de la nación. Páginas que ninguna de sus proezas anteriores le habían procurado.

 

Contrariamente a lo ocurrido en 1968 con la tierna Penny Ann Early, un año después con la elección en el draft de una adolescente Denise Long por Golden State, o de Lusia Harris por los Jazz en la primavera de 1977, daba la impresión de que el caso de Ann Meyers iba completamente en serio. Una multitudinaria rueda de prensa en el lujoso Century Plaza de Los Angeles, la firma de un contrato por un año a razón de 50 mil dólares más la exhibición de su camiseta con el número 15, flanqueada por propietario y entrenador, verificaban el espíritu de aquella operación.

 

Espíritu porque en lo sustancial ocurrió cosa bien distinta.

 

 

 

 

Ann Meyers era una jovencita de 24 años a salvo de trazos románticos. Una atleta excepcional, de las que un país gigantesco puede permitirse a dedo en una o dos décadas. Se había graduado en UCLA el invierno anterior después de elevar al equipo al trono de la nación. Desde su posición de base Meyers jugaba al baloncesto con una clarividencia suprema. Era mucho más rápida y hábil que sus coetáneas y obligaba a escudriñar el pasado para encontrar algo cercano a su completísima resolución en pista. Había formado con la selección nacional cuando aún era alumna de instituto. Cuatro años después, a poco de conquistar el título universitario, se convirtió en la única jugadora de la historia capaz de firmar un cuádruple doble en la máxima categoría universitaria.

 

Deportivamente Meyers era una figura impecable. Pero su género no era masculino.

 

Es posible relatar lo ocurrido en aquellas dos semanas de septiembre dentro de siete grandes categorías:

 

 

De tipo publicitario:

 

La explicación más aceptada y seguramente la más plausible de todas. Aquella historia carecía en realidad de trama y pasado.

 

Ese mismo verano el multimillonario californiano Sam Nassi se había hecho con la franquicia a golpe de talonario y otorgado todos los poderes a su entrenador y también director deportivo Bobby Leonard. Todos salvo aquel improvisado capricho.

 

A nadie escapaba en Indianapolis la gradual decadencia del equipo. La edad dorada de los Pacers ABA se había esfumado hacía ya demasiado tiempo. En un año el aforo del pabellón había visto más de tres mil asientos vacíos por noche, no se había llenado ni una sola vez y los Pacers, que aún no conocían la postemporada en la NBA, ocupaban el puesto 18 de 23 en asistencia de público.

 

Qué mejor respuesta que una operación de marketing y un motivo de visibilidad nacional: la integración de una mujer en la plantilla y, al órdago, en una liga de hombres.

 

Es sencillo advertir los pilares de esta explicación. Que antes de ser sometida a prueba Nassi resolviera un contrato para ella, que tomara la decisión sin consulta técnica y que todo el operativo, incluida una rueda de prensa de las de bombo y platillo, fuera organizado desde su domicilio de Los Angeles, a casi tres mil kilómetros de la sede del equipo, ratifican poderosamente la opción publicitaria.

 

 

De tipo emocional:

 

Derivada de la anterior, imposible omitirla.

 

Ann Meyers tenía la absoluta convicción de que su presencia allí era estrictamente profesional. Su natural entusiasmo, acaso la ingenuidad de los 24 años, le hacían sentir a salvo de creerse un objeto empleado por un interés no propiamente deportivo. Un serio riesgo para la estima de una mujer que en el fondo creía legítima aquella prueba. Que era su capacidad y no su singularidad el motivo por el que estaba allí, rodeada de hombres en una batalla de la que sentía poder salir viva, feliz, orgullosa y pionera. En resumen, de ser Historia conquistando la última frontera y alejándose hasta lo remoto de la floritura cheerleader o del afectado lirismo del caso Penny Ann.

 

Meyers no sólo estaba convencida. Aspiraba a demostrar que, siendo también mujer, no era una de ellas.

 

 

Penny Ann Early momentos antes de ingresar en el Colonels-Stars. 

 

 

Las Floridians y su célebre estética nudie, el extremo ornamental de la mujer en la historia del baloncesto profesional americano.

 

 

 

Una persona muy cercana, su hermano Dave, a punto de emprender su quinto curso como profesional en los Bucks tras un año en blanco por la traición de la espalda, no ocultó su disgusto al recibir la noticia, un asunto que la prensa deportiva abordó a dentelladas.

 

Aconsejada por su entorno más familiar Ann se prohibió prensa, radio y televisión mientras durasen las pruebas. Algo comprensible avistando el panorama.

 

El dueño de los Knicks, Sonny Werblin, calificó la noticia de "vergonzosa parodia que la NBA no debería permitir". Su homólogo en los Sonics, Sam Schulman, tildó el asunto de "montaje y chifladura" llegando a comparar la operación con el fichaje del enano Eddie Gaedel por los Browns de St. Louis en la liga mayor de béisbol en 1951 (Gaedel medía 1.09 y pesaba 29 kilos).

 

 

 

 

Barry Lieberman, presidente de la WBL femenina, despachó aquel affaire como "burla al espíritu de competición" añadiendo que él jamás tendría la desfachatez de fichar a un hombre. Desde las oficinas de los Stars neoyorquinos (WBL) se arremetía contra la NBA acusándola de dar un paso más "para socavar nuestra liga". Especialmente duras pudieron sonar las palabras del portavoz de UCLA, Mike Sondheimer, quien había compartido centro con Meyers, reconociendo que la joven ni siquiera habría integrado con éxito el equipo masculino de la universidad.

 

Incluso desde los propios Pacers por cuya adhesión Meyers se prometió luchar las cosas no fueron mejores. El alero Mike Bantom resumía el ánimo que podía haber calado en el seno de la plantilla: "Si tengo que competir con ella por mi trabajo, lo siento, no va a recibir de mí ningún trato preferente. Voy a ser lo más duro que pueda con ella. Lo peor es que todo esto le puede hacer daño. (...) Esto se ha decidido desde Los Angeles. No entiendo cómo puede ayudarnos algo así. Si de lo que se trata es de construir un proyecto ganador no sé cómo es posible convencer a nuestra afición de que vamos en serio".

 

Por lógica no sería ella quien manifestara algún temor. Fue su hermano el encargado de hacerlo: "Me preocupan sus emociones para abordar una situación como ésta y cuál será su reacción ante lo que se le viene encima. Tan sólo deseo que no salga herida". Algo todavía más difícil cuando su mismo entrenador estaba tratando de convencerla de que tirase la toalla.

 

Ella se negó.

 

 

De tipo político:

 

Por alguna extraña razón sobrevivió a los años una explicación del asunto que dejaba en un feo lugar a la liga. Al parecer los Pacers habrían recibido del alto mando NBA una advertencia en voz baja. La liga no permitiría alinear a una mujer en un partido oficial. Una teoría atractiva pero infundada.

 

En una sociedad abierta como la americana, ávida por el debate, una prohibición de ese tipo habría suscitado una controversia que emplear como munición acusatoria contra la liga. Incluso un riesgo discriminatorio que terminar en los tribunales para regocijo de papel y pantalla.

 

Y no era momento de cometer errores. Corrían tiempos de cambio en la NBA desde arriba. La preocupación en los despachos se manifestaba a través de interminables reuniones siendo la problemática de fondo muy superior a lo que la inclusión en pocas semanas de la línea de tres puntos hacía presumir.

 

En medio de tanta reserva el caso Meyers podía resultar incluso molesto. Había que solventarlo aprisa de cara a los medios. Así la NBA se adelantó a disipar cualquier sospecha, primero, a través de las declaraciones del portavoz de la liga, Ed Falk, aclarando que la competición no iba a interferir en aquel asunto. Y más tarde mediante una segunda aclaración, ésta a cargo de un joven David Stern, asegurando que no había una sola línea en el código interno NBA que prohibiera aquella operación.

 

A riesgo de que las palabras se las llevara el viento y de que la oleada mediática amenazara con banderas de esmalte feminista dada la perfecta fragilidad de la chica, la liga se vio obligada a pronunciarse oficialmente, por escrito.

 

En la mañana del 6 de septiembre, menos de 24 horas después de las palabras de Falk y Stern, la NBA hacía pública una misiva con la firma del comisionado Larry O'Brien y probablemente redactada por el brillante abogado Stern y mano derecha de aquél. El pasaje no dejaba lugar a la duda:

 

"The NBA does not discriminate against athletes on any basis, including sex. If and when a contract from Ms. Meyers is filed with the league office by Indiana, it will be reviewed in the ordinary course and approved if it meets NBA requirements. I wish Ms. Meyers luck in her attempt to play in the NBA".

 

Pero también subyacía a ese paso una oscura lógica. El fuero interno de O'Brien sabía perfectamente del poderoso estímulo que supondría el concurso de una mujer en la liga. 

 

 

De tipo deportivo:

 

El único que en rigor importa.

 

Tras el anuncio del fichaje, Ann Meyers (1.75 m / 61 kg) se incorporó al campus de novatos y agentes libres de Indiana Pacers. Lo hizo junto a otros nueve jugadores de muy diverso pelaje entre los que se encontraban Dudley Bradley y Tony Zeno -los preferentes draft del equipo-, James Lee, Neil Traub y el base de tercer año John Kuester. Este último fue el par elegido para marcar a Meyers. De estatura algo pareja Kuester ya pesaba en torno a 23 kilos más que ella.

 

El primer día de pruebas se concitaron en el pequeño pabellón Hinkle de la Universidad Butler hasta diez cámaras de televisión. Lo recogido por ellas no engañaba. Al menor contacto Meyers salía despedida y esta circunstancia fue motivo de continua atención por parte del técnico Leonard, excesivamente preocupado por que la chica pudiera salir lastimada.

 

Un par de sesiones después ella misma se mostraba admirablemente sincera: "Soy un pelín más lenta que ellos. Son mucho más poderosos físicamente que todas las jugadoras contra las que me he enfrentado. Y muchas de las cosas que hacía contra ellas no puedo hacerlas ahora. (...) Tal vez no sea lo bastante buena, pero voy a dar lo mejor de mí. Eso sí, va a ser más duro de lo que había previsto".

 

Meyers demostró estar a la altura en atención, velocidad de reacción, lectura del juego e incluso manejo técnico. Pero al mismo tiempo era incuestionable su derrota física en todas y cada una de las batallas individuales, como si estuviera dos o tres grados por debajo del resto.

 

La californiana ya sabía lo que era disputar partidos entre hombres. Lo había hecho anteriormente en Los Angeles y Las Vegas ante ejemplares como Wilt Chamberlain, Julius Erving o Calvin Murphy. Pero aquello eran veladas de exhibición y nadie rivalizaba por un contrato.

 

En lo sucesivo nada hizo variar lo ocurrido en el estreno. Tan sólo seis días después los Pacers calificaban la operación de fallida y dejaban a Meyers fuera de juego. No había sitio para ella. Como seguramente no lo había antes ni para ocupar el undécimo puesto de una plantilla NBA, abundante en jugadores a cuyo nombre en los Box sucedía un DNP. De 1967 a nuestros días únicamente tres jugadores fueron active roster en los Pacers -Scott English (1975-76), Damon Bailey (1994-95) y Mate Skelin (1999)- sin disputar ni un solo minuto de juego. Ann Meyers no merecía ni eso.

 

Conocido el desenlace arreció la tinta. Uno de los artículos más explícitos fue el firmado por Wayne Lockwood en el Daily News bajo un título lapidario: "El sitio de una mujer está en el banquillo". Lockwood desdramatizaba aquella historia mandando al carajo toda posible especulación esgrimiendo como único argumento válido que la NBA no era sitio para una jugadora, ni siquiera la mejor del mundo. Algo más suave se mostró la revista TIME preguntándose qué pintaba en realidad una jovencita, por muy andrógina que pareciese, en un lugar como aquel. Excusánsola, Wrong League y no Wrong Girl fue el titular que concluía que "el territorio que anida bajo los tableros es uno de los más violentos de la escena deportiva". Ni siquiera el incisivo Times, que había tenido el tacto de cubrir el asunto con dos profesionales de distinto sexo (Jim Naughton y Sharon Johnson), se veía con fuerza para arremeter contra aquel absurdo.

 

Entretanto había removido la conciencia americana la eterna pregunta de qué nivel podría alcanzar una mujer en el baloncesto masculino. Se trata de una formulación muerta. Porque el imaginario público la responde en silente intimidad. Poco. Tal vez nada. Y ello es debido única y exclusivamente a que las condiciones de hombre y mujer, lejos de aproximarse en los deportes de equipo y contacto, resultan simplemente remotas y hasta la ciencia establece su ecuador bajo el vocablo genética.

 

La opinión pública ponía así fin a su propia aventura.

 

 

De tipo protocolario:

 

En su ambición por adornarse Nassi equivocó el perímetro formal de su propuesta. Como queriendo anticiparse a la crítica garantizó a Meyers la vigencia del contrato a toda costa. Esto es: si no era elegida para integrar la plantilla sí lo sería para la empresa. Como relaciones públicas o comentarista local se le aseguraba un despacho, un empleo cuya apariencia de limosna Ann Meyers no había reclamado de aquel hombre. Con esa deplorable petulancia del poderoso, Nassi creía poder cumplir su cometido y hacer al mismo tiempo un favor a la chica. Tropezaba así en una flagrante paradoja: premiar a una atleta por su condición de mujer. Olvidar que el único objetivo de aquella joven de 24 años era desplegar su profesión plenamente y no acogerse a una protección que en ningún caso había solicitado.

 

No es de extrañar que tan pronto Meyers fue descartada ocupó de inmediato sus planes en encontrar otro equipo, cosa que logró enseguida con los Gems de New Jersey de la WBL femenina. 

 

Antes el propietario había cometido otra torpeza. Contrariamente al bombo de su anuncio Nassi no hizo pública la negativa del equipo a quedarse con ella. Fue un fotógrafo el encargado de filtrarlo a la prensa mientras Leonard se lo comunicaba a Meyers en un aparte del pabellón, con el sudor todavía vivo por las últimas carreras y golpes.

 

El entrenador no tuvo entonces reparos en reconocer que jamás había visto jugar a la chica antes de que se la plantaran allí y que no había recibido presiones para quedarse con ella.

 

Un desastre que remite nuevamente al plano emocional de la protagonista.

 

 

De tipo masculino:

 

No se trata de valorar si nuestro mundo es o no esencialmente masculino (un término mucho más justo que machista). Sino de observar la reacción del grupo de hombres a quienes tocó la insólita experiencia de pelear su puesto con un no igual.

 

Tal vez las palabras no sean suficientes para profundizar en una realidad -el simple jugar en pista con ella- simplemente fascinante. Tanto como que cualquier lector puede proponerse el ejercicio de situarse allí con ellos. La postura es fundamentalmente incómoda y así lo resumía ella: "Para mis compañeros era algo desafortunado. ¡Taponaste su tiro! Menuda hazaña taponar el lanzamiento de una chica. ¿Y si yo robaba un balón? ¡Te ha robado el balón una tía! La verdad, tenía que ser duro para ellos".

 

Lo fascinante es que con seguridad este género anímico, propiamente masculino, habría prevalecido en cualquier liga del mundo a la que Meyers se hubiera incorporado.

 

Siete años después la débil USBL, que en algunas operaciones remitía al viejo circo ABA, derribó esa última frontera sexual al permitir a los Springfield Fame de Henry Bibby integrar en su plantilla a Nancy Lieberman (ver foto inferior), harta de ser más conocida como preparadora física de Martina Navratilova que como jugadora de baloncesto. El cronista Franz Lidz, enviado por Sports Illustrated para cubrir su estreno, no omitía en su escrito la sospechosa defensa del equipo rival, Staten Island, ante las penetraciones de Lieberman. Como los probables abucheos del público al autor de un tapón sobre ella.

 

 

 

 

El caso Lieberman llegó incluso al cine en el subproducto Perfect Profile (Jim C. Harris, 1989). Su argumento era sencillo: un atrevido propietario buscaba al jugador perfecto a través de una aplicación computerizada dando como resultado Teri Williams, una mujer. A ella tocaba ahora travestirse para ocultar su identidad al ofertante.

 

En el caso de Meyers, de haber logrado la hazaña, incluso mueve a la curiosidad preguntarse cómo habría gestionado la liga su vestuario. No tanto una sencilla estructura de ducha personal como su púdica marginación del grupo un total de 164 veces en liga regular. Dos por cada partido. Una al desverstirse y otra a las duchas. O quizá sólo en las últimas.

 

 

De tipo literario:

 

Con unos cuantos moratones de más Ann Meyers recogió sus cosas y se marchó sin hacer ruido.

 

Tal vez nadie coronara de manera más gráfica toda esta morbosa historia que el entonces asistente de Leonard en el banquillo de los Pacers, Jack McCloskey: "Me dio un besito en la mejilla y un abrazo. Menuda sorpresa. Nunca he recibido un beso de un jugador despedido".

 

Mujer hasta las últimas consecuencias.