Danny Whelan era un sabueso del dolor. Veinticuatro años de profesión habían deformado su olfato. Tal vez por eso giró la cabeza antes de que Willis apareciera. El capitán regresaba de un suave paseo. Antes de alcanzar la puerta giratoria Whelan hizo un gesto con la cabeza y todos miraron a la salida.
- Pero... ¿qué hace?
Holzman parecía el menos contrariado.
- ¿No lo ves? -repuso con algo de hastío, como si conociera de sobra aquella conducta.
Willis cojeaba ostensiblemente. Y cuando camino del ascensor vio de reojo que le observaban trató de disimular alterando su paso. Con torpeza.
Pasó de largo.
Los Knicks perdieron aquel partido en Los Angeles. La serie empataba a dos.
Antes de cumplir los treinta años Willis Reed ya era un cristo. Un cristo negro y grande. El problema de sus rodillas era irresoluble. Un día una, otro día otra, al siguiente las dos. Era algo crónico, como una parte más de la plantilla. Por forzosa prudencia le libraron de entrenar antes del quinto partido. En el primero estuvo cerca de romperse el hombro. Informado de todos los detalles sobre el estado de su cuerpo Holzman lo tuvo fácil: "Oye, ¿hay algo en él que esté sano?".
Tres días después, de vuelta en Nueva York, restaban tan sólo unos minutos a la primera parte. El vestuario estaba vacío. Pero no la sala contigua, la de los preparadores. Allá adentro clamaba la rabia. La rabia del impedido que ha sido descubierto.
Willis se incorporó en la camilla sin llegar a posar los pies.
- Déjame volver.
- ¿Estás loco?
Whelan se secó la frente. Sudaba. Amagó con contenerle sin que fuera necesario. No podría tenerse en pie.
- A ver, levanta la pierna.
Willis lo intentó en vano. A la segunda vez se estremeció de dolor. Callaba, como siempre. Pero unos ojos fuera de las órbitas delataban el tormento.
En ese instante entraron los doctores Patterson y Parkes.
Al descanso no hacía falta preguntar. Entrar en el vestuario y no ver al capitán no era buena señal. Hosket, Bowman y Warren, los más rezagados, habían escuchado salir de algún sitio la moscosa voz de Cosell. "¡Los Knicks 13 abajo!". Poco para cómo habían empezado los Lakers, anotando 12 de sus 15 primeras posesiones.
En un abrir y cerrar de ojos la vida se desparramó por las taquillas. Algunos cayeron a plomo, como en señal de cansancio, lo último que Holzman quería ver. Un sordo silencio inundó la sala, uno de esos silencios de presagio, de que algo no está en orden. El viejo no ocupaba además el centro de la estancia como era costumbre. Había entrado a la otra sala, junto a Willis y los médicos. La repentina tos de Barnett impedía oír nada. Bowman y Hosket estaban tiesos, como asustados. Era el precio de marcar a Chamberlain.
Adentro, tendido en una camilla, Willis se tapaba el rostro con la mano. "¿Aquí?". El doctor James Parkes apretaba los dedos contra su pierna derecha, a la altura del muslo. Whelan sostenía una toalla que Willis había rechazado. Una toalla no calma el dolor. Holzman sólo hizo una pregunta. "¿La rodilla?". Whelan negó con la cabeza antes de que Parkes añadiera lo que nadie quería oír: "No va a poder".
Era difícil de creer. Porque no parecía haber ocurrido nada esta vez. A los ocho minutos de partido, con diez abajo, Willis había recibido el balón junto a Chamberlain en la frontal del aro. Giró a su lado bueno y de pronto, sin que nadie le tocara, cayó al suelo, derrumbado, abatido como por un disparo de bala allá donde se echaba mano, en su pierna derecha, en algún otro resorte sublevado.

Ya eran muchas las heridas. Todos lo sabían. Willis llevaba años aguantándolo todo y nadie a esas alturas creía que no fuera indestructible. Pero nadie contaba con que fuera a romperse precisamente ahora, a dos pasos del final. Pensándolo bien parecía mentira que hubiese llegado hasta allí. Pero mucho más que algo pudiera con él.
De entre las muchas impresiones que asediaban la cabeza de Holzman la más molesta insistía en haber abusado de él. Willis acumulaba 191 minutos en cuatro partidos, la mayoría contra el deportista más indefendible del mundo. Pero no había otro remedio.
Tal vez le había creído demasiado. El hombro, la rodilla, los tobillos, la cadera. Daba igual. Su respuesta nunca variaba. "No me pasa nada". Las señales no decían lo mismo. A medida que avanzaron las series su rodilla izquierda se le había ido inflamando. Más y más. "Estoy bien, déjame". Sin embargo todos fueron testigos de su reacción en el vestuario de Los Angeles al término del cuarto partido. "¡Ni la toques!". Un periodista simplemente había señalado con el dedo su rodilla, hinchada como una pelota.
El cuerpo médico hacía su trabajo. Pero Willis era tozudo como una mula. Era entonces cuando revelaba de verdad sus raíces en las granjas de Louisiana. Holzman había dejado de creerle aunque no le llevara la contraria. Porque salía ahí afuera y jugaba. Por alguna extraña razón ajena al resto de los mortales lo hacía. Sin que ninguna herida de guerra lo impidiera.
A veces daba la impresión de que se tomaba su cargo de capitán muy a pecho. Nada había cambiado desde que ocupara su posición natural de cinco a la salida de Bellamy del equipo. Sólo que ahora Willis Reed parecía sentirse el capitán de toda la liga, de la que fue nombrado su jugador más valioso aquel año 1970.
Holzman dio media vuelta y ocupó el centro del vestuario. Pero tardó en hablar, como si estuviera pensando qué decir después de dar la noticia.
- Bien -y miró a su alrededor para que todos lo supieran-, Willis no va a estar con nosotros.
Los que estaban quietos se mantuvieron quietos. Los que secaban su sudor también. Frazier y Barnett alzaron la mirada. Pero nadie dijo nada. El viejo continuó y sus primeras palabras sonaron como un zumbido en los oídos de todos. Incluso en él mismo pudieron sonar así. Porque aludir al espíritu colectivo, al sacrificio que ahora era más necesario que nunca, era algo con lo que hacía ya demasiado que todos contaban. Porque eso eran los Knicks. Una democracia perfecta. A la que hasta entonces nada había asestado un golpe mortal.
Bradley tomó la palabra. Solía hacerlo cuando las ideas goteaban. Salir de Princeton era hacerlo con la cabeza bien llena.
- ¿Por qué no les cazamos con una 1-3-1? Si no está Willis nos veremos más sueltos para poder hacerlo. Se trata de que no puedan salir fácilmente, de molestarles en lo posible.
Se levantó como para dar más fuerza a sus palabras. No era un gesto baldío. Señalaba a uno y a otro, espoleaba los ánimos y desvanecía las dificultades. Sonaba como de costumbre convincente.
Holzman tomó el testigo. Los siguientes minutos volaron a ras de suelo. No se escuchó más que su voz, salpicada por ademanes firmes que encargaban a cada cual su tarea. Una tarea de todos.
Dos vigorosas palmas pusieron en pie el vestuario. Ya no había tiempo para más. Tan sólo para un detalle del jefe, como un amuleto. "Podéis pasar a verle". Acto seguido entraron en tromba y formaron un corro en torno a Willis, sentado sin camiseta sobre la camilla, cabizbajo y con su colgante de oro a un palmo del pecho. No tenía nada que decir. Tal vez los demás tampoco. No hasta que Frazier bromeó. "Eh, señorita, ya no eres más nuestro capitán, ¿sabes?". La amistosa mano de Bradley se posó sobre aquel titánico hombro ahora inútil. "Sólo lo serás si vuelves". Willis levantó la mirada hacia ellos. DeBusschere tenía pegada al rostro su habitual mueca de payaso triste. Willis esbozó una agria sonrisa. "¡Vamos!", ordenaban al fondo. Todos salieron corriendo.
El capitán quedó a solas, abriendo así una frontera insalvable entre dos mundos. Un par de puertas y pasillos más allá se libraba una batalla todavía sin nombre. Adentro se libraba otra en silencio. Pero Whelan tuvo el certero gesto de abrir la megafonía interna para que llegara a Willis la narración de Johnny Condon, su voz confortable y austera. El gigante sabría así cómo iban las cosas.
En aquella segunda parte los Knicks obraron el milagro. Pudieron disputar los mejores 24 minutos de su historia. Forzaron a los Lakers a perder 19 balones. Ahogaron a Jerry West y Wilt Chamberlain a un pozo desconocido. Entre los dos pudieron lanzar únicamente cinco veces, diecisiete menos que los Lakers en conjunto. Fue tal vez la mayor demostración defensiva vista hasta entonces.
El suelo del vestuario tembló cuando después de 41 minutos y 19 segundos un tiro de Bradley desde la esquina puso a los Knicks por delante por primera vez. El Madison rugía. Y desde allá adentro parecía hacerlo a lo lejos, como en otro lugar. Willis perdió por momentos la sensación de estar allí. Le parecía estar soñando. Y sólo los nervios finales le hicieron ver que efectivamente estaba allí. "It's gonna be all over! Frazier steals again! Frazier's shot is good!". La emoción hacía desaparecer el dolor.
Los Knicks se adelantaban 3 a 2 en la serie.
Cuando el bramido de la multitud se colaba por todos los rincones una manada de prendas blancas se abría paso a golpes. Entraron en tropel dando saltos de júbilo, electrizados, extasiados. Poco antes Willis se había incorporado y dado unos pasos hasta su taquilla. Quería recibirlos en pie, como merecían. Apoyaba su mano izquierda en la pared cuando la puerta se abrió de golpe. En un segundo el vestuario estaba lleno y al siguiente se le echaron encima. "¡Qué grande!". Le empujaban. "Yeeeeesss!". Gritaban y le zarandeaban. Willis sonreía. Parecía un abuelo gozoso por el revoloteo de los nietos a su alrededor. "Ha sido increíble". Por poco le tiran. Cazzie Russell le agarró por las sienes y le estampó un sonoro beso en la mejilla. "We did it for you, big fella!". ‘Caz' tenía motivos de alegría. Su ayuda había sido inestimable. Veinte puntos desde el banquillo, seis de ellos seguidos para abrir brecha en los últimos minutos.
En un rincón Holzman no olvidaría jamás aquella escena, la más importante en su carrera como entrenador. Y nada de lo que viniera después cambiaría su elección.
Pero cuando todo pasó el problema seguía estando ahí.
El viaje a Los Angeles se hizo muy largo. Nadie sabía si Willis podría jugar. Tan sólo que viajaría con los demás. Porque Holzman no quería dejarle a solas en Nueva York. De haber estado en cama se lo habría llevado a cuestas.
Nada más aterrizar Parkes y Willis tomaron un taxi aparte. El doctor había previsto la visita a una clínica. Que el capitán pasara allí todo el tiempo necesario. Ultrasonidos, hidromasaje, calor y baños de hielo. Lo que fuese. Pero no hubo nada que hacer. "No va a poder jugar".
Jerry West y Wilt Chamberlain se desquitaron con 78 puntos. El base, al que una lesión en el pulgar izquierdo no había disuadido de jugar, se fue hasta los 33. El pívot, hasta los 45 fallando tan sólo siete de sus veintisiete lanzamientos. El agujero era muy grande. Y los Lakers lo acababan de recordar a gritos.
Habría un séptimo. Y tan sólo jugarlo en casa asomaba tiernamente como ventaja.
Nada más terminar el partido Willis y Whelan salieron disparados hacia el aeropuerto. Volarían solos. No había tiempo que perder. Aterrizaron en el Kennedy a las siete menos cuarto de la mañana. Cerca de las siete y media un taxi les dejaba en la 33, junto al Garden. A esa misma hora, a casi cuatro mil kilómetros de allí, partía desde Los Angeles el resto de la expedición neoyorquina.
Si el viaje de ida fue largo el de vuelta se hizo eterno. La situación no era nada sencilla de digerir. Unos días antes todos habían acariciado la oportunidad que tenían delante. Ahora no podían verla. Había en medio un muro demasiado grande.
Holzman era hombre curtido en mil batallas. Antes pragmático que optimista. No creía en la mala suerte. Había formado el equipo perfecto. Lo demostraba aquella dentellada a la liga de 23 victorias y 1 derrota de inicio. Y una racha de 18 alegrías, la más prolongada que había conocido el campeonato para un total de 60. Pero entrado el curso irrumpieron otras señales menos gratas. En marzo Eddie Donovan, el arquitecto de lo que tenía entre manos, había abandonado el cargo para aceptar dirigir el proyecto de Buffalo. Red Holzman se hizo cargo de todo. Ned Irish aceptó. El dueño confiaba demasiado en Holzman como para no hacerlo.
Unas semanas antes la muerte de Kazuo Yanagisawa, el veterano trainer de Knicks y Rangers, había cogido a todos por sorpresa. El verdadero sentido de Yana, como todos le conocían, equivalía al del santero en la tribu. Era el único al que se permitía fumar en el vestuario cuando un jugador precisaba su atención y cuidado. Porque parecía entrar en trance. Su tacto detectaba y sanaba. Era el hombre con rayos x en las manos que había sanado la rodilla de Hosket y preservado intacta la fuerza de Russell. Pero que se fue antes de hacerlo con la espalda de Phil Jackson. La mañana del funeral Tom Hoover, Nate Bowman y Dave Stallworth fueron detenidos por la policía porque el coche prestado a Hoover por un amigo había sido robado once meses atrás. Un abandono, un funeral, una comisaría, algunos heridos y ahora Willis. El destino interponía obstáculos absurdos, como con malvada intención de minar una construcción muy delicada.
Holzman hacía recuento y nada era comparable a jugar sin Willis.
Dick McGuire era a los Knicks lo que Auerbach a los Celtics. Dos años atrás, cuando Holzman dirigía el despacho y McGuire el banquillo éste le propuso un cambio de roles. Holzman aceptó y ahí estaban ahora los dos, cruzando el país a una altura que nunca imaginaron tan grande.
McGuire gozaba siempre de buen ánimo. Nunca le faltaba una sonrisa. Una confianza ciega que ejercía gran ayuda en Holzman. Tal vez por eso tardó horas de vuelo en dejar caer la cuestión más importante, en hacerlo con prudente suavidad.
- Qué vas a hacer.
El técnico giró hacia él la cabeza antes de bajar la mirada.
- No lo sé.
- ¿Le vas a forzar?
- ¿Yo? -ironizó- En caso de obligarle a algo será a que no juegue. Ya sabes cómo es.
- Pero ¿y si no puede?
- ¿Cómo?
- ¿Y si no puede jugar?
Holzman se giró de cuerpo entero. Ahora todo en él desprendía severidad.
- Dick, no puede jugar. Y más vale que nos hagamos a la idea.
- Pero...
- Escúchame bien -cortó en seco-. No voy a mover un dedo si no puede jugar. Aunque fuese la última oportunidad que tuviera delante. No quiero ponerle en riesgo. No me importa el campeonato. No si eso supone acabar con su carrera. No voy a ser un verdugo.
Los masajes no lograban ningún efecto. El desgarro muscular era muy serio. Y el dolor, que afectaba a pierna y cadera, no remitía. "Vete a casa y descansa. Que sea lo que Dios quiera", fue lo último que escuchó Willis del especialista. La víspera había volado y con ella la esperanza.
A primera hora de la mañana del viernes, día de partido, el país entero respiraba un aire tenso. La presión popular asediaba a Richard Nixon días después de que cuatro estudiantes de Kent State fallecieran por disparos de la Guardia Nacional en medio de las protestas generalizadas por la invasión de Camboya. Entretanto, en un cuadrante mucho más pequeño de la realidad otro ánimo de combate se traducía en palabras durante una consulta, la última de la temporada.
Parkes observaba aquella pierna con cruda resignación. Hasta un médico llega a creer que las horas de sueño pudieran obrar un milagro. "Estoy bien, podré jugar". Si no fuera por Willis parecían palabras pronunciadas por un loco. Whelan se había sumado a la cita y seguía masajeando la zona.
No contestaron. Poco después el preparador se detuvo.
- Muy bien, ponte de pie y sal ahí fuera a ver qué tal.
Quería verle caminar, si es que podía hacerlo. "Cuidado". Los primeros pasos estaban cargados de patetismo. Su inmenso cuerpo daba pequeños empellones, como si aprendiera a andar.
- ¿Puedes?
Le siguieron hasta la pista, a cuya entrada se hizo con un balón. Con él en las manos caminar era más engañoso. Fingía mejor la cojera. Calentó los brazos con unos cuantos lanzamientos y empezó a repetir consignas que sonaban a órdenes.
- Puedo jugar.
Willis hablaba solo. Su voz se perdía entre la inmensa resonancia de un Madison todavía dormido.
- Mira, vamos a ponernos en lo peor. ¿Qué es lo peor que me puede pasar? ¿Lesionarme? -era la lógica de un chiquillo-. He jugado otras muchas veces con dolor.
- ¿Puedes doblarla?
Afligía hasta la compasión ver su pierna derecha completamente rígida, como un bastón, evitando cualquier movimiento que diera al traste con lo que él, tan sólo él, había decidido.
- Voy a jugar.
Al poco James Parkes puso fin a aquella farsa.
- Willis, vete a casa, come y descansa. A la tarde estaré por aquí.
El capitán desapareció penosamente por el túnel. Parkes y Whelan se quedaron a solas en la banda.
- ¿Sabes, Jimmy? Haría lo que fuese por cumplir su deseo.
El doctor se había quedado mirando el vacío dejado por el capitán. Como embobado -"¿Jimmy?"- y con aire enigmático.
- Él también -murmuró finalmente.
Tenía que hacer una llamada.
- ¿Estás completamente seguro?
Holzman era hombre de palabra.
- No quiero ponerle en peligro -añadió-. No quiero ningún riesgo, ¿de acuerdo?
Cerca de dos horas antes de comenzar aquel séptimo y definitivo partido de las Finales de 1970 los alrededores del Madison ofrecían la agitación habitual. Acaso más temprana por el número de gente congregada. Adentro, todavía a puerta cerrada, Willis, en chándal, practicaba tiros libres. Viéndole no parecía lesionado. Porque no se movía. Soltaba los brazos, metía los tiros, calentaba a gusto. Era como si estuviese sano. Y lo estaba si no se movía de allí.
Cuando los Lakers salieron por primera vez a pista se sorprendieron al verlo. "¿Pero no estaba lesionado?". Joe Mullaney, su técnico, no le quitó ojo hasta respirar aliviado. "Y lo está, ¿o no lo ves?". Tenía que ser alguna treta. Saltaba a la vista que Reed estaba demasiado dañado para poder jugar.
El tiempo volaba. Las gradas se fueron llenando y de Willis ya no quedó ni rastro.
El reloj marcaba las siete y veinticinco de la tarde cuando Holzman daba las últimas instrucciones. Instrucciones a puerta cerrada. Willis tenía puesto el chándal. Apoyaba pesadamente su cuerpo contra el marco que separaba las dos salas. Las palabras del viejo eran perfectamente las mismas de mil veces atrás. Pero esta vez sonaban distintas. Asestaban golpes certeros, encendían el alma de los allí presentes. Tenían algo de manifiesto, de religiosa fuerza. Durante un instante la cabeza de Willis remontó muchos años atrás, cuando aquel simple asistente de instituto, Duke Fields se llamaba, grabó en su memoria una cita -"In the game of life, you should always try"- que ahora tenía ocasión de hacer realidad.
Holzman reiteraba una y otra vez el trabajo atrás. Lo hizo muy por encima del ataque. Como si de atacar ya supieran todos demasiado. Bradley acudió a calmar a Stallworth, al borde del derrumbe. Todos no llevaban los nervios igual. "¿Y Willis?", preguntó Frazier antes de que se levantaran. "Salid fuera. ¡Vamos!". Era la última orden y acto seguido todos formaron una sagrada fila que abriría la batalla de sus vidas.
Walt Frazier, Bill Bradley, Dave DeBusschere, Dick Barnett, Cazzie Russell, Dave Stallworth, Mike Riordan y Nate Bowman salieron a recibir al invitado y sus fauces de monstruo. No había más que ver a Wilt Chamberlain, Jerry West y Elgin Baylor. Sabían mucho más de estar allí que cualquiera de ellos. Tan sólo Dick Barnett lo sabía. Había visitado con los Lakers las Finales de 1963 y 1965, un lugar que los Knicks no alcanzaban desde diecisiete años atrás.
Abarrotado y con sus mejores galas el Madison daba perfecta cuenta del momento. Pero Willis no estaba allí.
En un rincón del pabellón, mucho más al fondo de lo que la realidad hacía presumir, se vivía una escena de muy distinto signo. La seguridad vigilaba estrechamente la entrada. Tampoco nadie lo hubiera intentado. Porque todo estaba ya listo. Todo a punto de comenzar. Pero parecían proteger algún recóndito secreto, un misterioso acto que encerrase algo de prohibido, que consumar a espaldas de toda luz.
- No te muevas. Será un momento.
Willis estaba en pie. Vio salir la aguja del maletín con un repentino malestar. Era la más grande que había visto nunca. "Pero eso es... para un caballo". La miró por última vez. Brillaba en silencio. Desprendía un misterioso brillo afilado. Parkes, de rodillas, apuntó con ella al techo muy cerca de sus ojos asegurándose de que una gota asomaba en su filo. Cuando acercó la espada al muslo Willis giró la cabeza. Sintió el pinchazo. Apretó los dientes y entornó la mirada. Sobre la camilla, junto al maletín, un pequeño bolso a medio abrir dejaba a la vista unos botecitos con nombres extraños -Xylocaine, Carbocaine, Cortisone- y de siniestra fuerza -Decadron. Él sabía lo que cualquier otro mortal. Absolutamente nada de corticosteroides. Parkes le había dicho que eso le ayudaría. Pero por qué tardaba tanto, se preguntó mientras vaciaba la mirada en el techo. Fueron dos pinchazos. Del segundo ya ni supo.
- Listo.
Willis no sintió nada más que el alivio de verse libre.
- Anda -ordenó el doctor con aire bíblico.
Holzman lo sabía todo. Aguardaba afuera impaciente. Pero tan sólo por verlo aparecer. Había hablado con él. Fue el último en salir antes de los pinchazos. "No quiero que corras, no quiero que saltes. Sólo quiero que molestes a Chamberlain todo cuanto puedas. Eres el único que puede hacerlo". Y no había aclarado nada a Cosell ante las cámaras de la ABC. "Cuando haya tiros libres no te pongas al rebote. Los demás ya lo saben. Vete al otro lado y espera allí". El viejo, como el resto del grupo, sabía que en aquella situación un Willis cojo era más valioso que cualquier otro de sus jugadores.
- ¿Sientes algo?
- No sé, como un pequeño cosquilleo.
- ¡Sal, vamos!
No había tiempo para más y Willis enfiló hacia la puerta, donde dio media vuelta antes de pronunciar un último grito de guerra: "There's no tomorrow!".
Eran las siete y media cuando un brutal restallido concentró la atención de la multitud hacia el túnel. "Here comes Willis!", se apresuró Marv Albert desde su posición poco antes de que él mismo dejara de oírse.
Durante su avance a pista Willis sintió un peso inconcebible echársele encima. Y una brizna de locura como el último golpe de unos segundos que sabían a sueño. El Madison se había dado la vuelta. Y no redujo la ovación hasta los acordes del órgano. Durante la presentación Willis pareció realizar una reverencia al público. No lo era. Estaba saboreando aquel extraño brebaje circular por su pierna, que levantó un par de veces palmeándola para reconocer que era suya. Los doscientos cincuenta miligramos de carbocaína empezaban a obrar su cometido.
La primera acción de partido resumió a la perfección lo que estaba ocurriendo. El primer tiro de Baylor no alcanzó el aro. Bradley salió disparado hacia delante como un proyectil. Hizo llegar el balón a Frazier que aguardó un segundo la entrega a Willis. Sin mediar palabra el capitán lanzó a canasta y puso en llamas el recinto. Jack Twyman tuvo que elevar la voz al micrófono. "He's not running!". Willis aguantó al rebote el primer tiro libre de Bradley por primera y última vez. La siguiente canasta en juego también fue suya. Todo lo era. Su mensaje había sido inscrito en el aire. Y ni un solo renglón iba a torcerse en adelante.
Aguantó en pie poco más de veinte minutos. Veinte veces más de lo que un hombre normal hubiera soportado.

El marcador no daba explicaciones. 69 a 42 para los Knicks.
Al descanso el caos se apoderó del vestuario. Willis ocupaba otra vez su otro lado, recostado sobre la camilla. Combatía el dolor un poco fuera de sí. "Os lo dije, os lo dije". Parkes y Whelan le miraban sorprendidos. Como si la droga le hubiera subido también a la cabeza. Repetía frases de manera inconexa. Palabras inflamadas y que mezclaba con gruñidos de furia. Whelan le estrechó la mano en señal de calma. "¿¡Me habéis oído!?". Holzman irrumpió en la sala. "Red, estoy listo". El viejo asintió con la cabeza. No dijo nada porque en realidad ya había planeado la segunda mitad sin él.
Pero Willis tenía otros planes.
- Ponme otro.
- ¿Qué?
- Que me pongas otro. No tengo ningún miedo. Pínchame otra vez.
La escena tenía algo de grotesca.
- Vamos.
Una mirada de Holzman convenció a Parkes al instante.
- No, Willis, ya es suficiente.
Todos salieron afuera. Todos salvo el capitán, una vez más a solas. Del maletín no había ni rastro. No tenía sentido seguir allí. Parkes no supo qué hacer -"Adelante"- porque ya no había que hacer nada.
Hasta la posición de comentarista que ocupaban Jack Twyman y Chris Schenkel llegó una información equivocada. O tal vez la que era preferible hacer correr, tal y como probaba la reacción de Twyman a micro cerrado: "No me sorprende. Odia las agujas".
Holzman puso de salida a Bowman, que había estrechado ya la mano de Chamberlain aguardando el salto. Pero de repente el pabellón se vino abajo otra vez. Willis Reed volvía a encender el recinto saliendo en el último momento del túnel de vestuarios. "Maldito liante". Cualquier otro entrenador rival habría pensado lo mismo. Aquella parafernalia hedía a trama psicológica, a cartas marcadas, a encerrona.
Con todo listo Holzman reclamó la atención de Mendy Rudolph, el árbitro principal. Quería a Willis adentro. Rudolph accedió. Desde el centro Chamberlain reaccionó a disgusto. Aplastaba a los Lakers una opresiva atmósfera de preciso y hasta malvado control. Y poco podían ellos hacer.
Willis aguantó vivo otros seis minutos. Abandonó la pista como un viejo rey con 78 a 52 a favor. "Métele el codo en la espalda", confió a Bowman antes de caer rendido al banquillo. Había algo de sobrehumano en sus últimos pasos, de heroica tragedia de final feliz, de historia mayúscula que los segundos devoraban con prisa. En su fuero interno Holzman sentía alivio de verlo a ratos en pie y no allí sentado, como si alejara así la aterradora imagen de una silla de ruedas.
Ahora el viejo podía hacerles correr a gusto. Y todos lo hicieron. Y la segunda parte fue coser y cantar. Una fiesta que espera el comienzo de otra.

Cuando todo terminó una alegría desbordante lo inundó todo. Una de esas alegrías vírgenes que se saborean mejor la primera vez. Por eso en el vestuario se vivieron momentos que llevarse como tesoros a la tumba. Y todos quisieron tocar al capitán. Los hombres también lloran. Era el final del camino. De un camino trazado antes por alguna mano invisible.
Aquella noche Nueva York resplandecía. Desde entonces todos los viernes lo hace. A eso de las diez puede verse un brillo afilado y fugaz en la punta de algún rascacielos.
