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Para reconocer la salud de un deporte bueno es atender al cuerpo. Pero casi mejor hacerlo a sus partes. Al interés que demuestran unas por otras.

 

Desde hace cuatro años se celebra al apagar el invierno la MIT Sloan Sports Analytics Conference, una convención que pudiera semejar un amplio gabinete de crisis sin crisis por medio. Un par de intensas jornadas donde especialistas y gestores, árbitros y autores, técnicos y periodistas estrechan la mano inteligente por el placer de la especulación y el valor de la utilidad. Una experiencia admirable que convierte al deporte en materia de Think Tank y lo hace de manera multidisciplinar, abierta y democrática con resultados tan espléndidos que las ideas salientes acaban decuplicando las temáticas inicialmente propuestas.

 

La edición de este año, quinta en lista y una vez más en el Boston Convention&Exhibition Center, ha conservado su frescura y audacia. Y ello a pesar de que los grandes campos temáticos se repiten anualmente y es en la profundidad del debate donde encontrar el interés por los matices, donde presentar renovadas ideas o superar las viejas.

 

El contenido es, en el fondo, inabarcable. Sucesivamente y sin pausa se expone más información de la que es posible digerir dado que los asuntos abren pero no cierran, dando así a la problemática la relevancia que merece y al deporte un nivel cognitivo de primera clase. Por medios y fines.

 

Y tal vez también por volumen. Como hacía notar Michael Schwartz, tan sólo los aeropuertos movilizan a más gente que el deporte en los Estados Unidos.

 

Se escoge aquí un somero repaso a unos pocos de los asuntos tratados. Asuntos que desde la panorámica del resumen saben a recurrentes porque un año más el mayor peso ha recaído en las grandes cuestiones que a todos suenan: el desarrollo del jugador, las nuevas visiones numéricas, el arbitraje, la construcción de campeones, el estudio de la propiedad y las diferentes lecturas de la ‘eficiencia’.

 

Los vientos de la actualidad trajeron también a colación una diagnosis del modelo ‘Big Three’, los parámetros del conflicto patronal, el problema de las faltas prematuras y la repercusión de la innovación estadística, campo siempre dominante y que acabó abriendo una de las más acertadas dobleces al aclararse que una estadística interesante no tiene por qué ser importante; una elegante manera de separar la teoría de la práctica.

 

Un año más la NBA se lleva la palma en Facebook: 7.6 millones de usuarios por 2.6 para el fútbol americano (NFL) y menos de 1 millón para el béisbol (MLB), tal y como presentaba Nick Grudin en su estudio Facebook and the Fan-Centric Experience.

 

Desde 2008 los recientes modelos de Boston y Miami continúan ejerciendo un gran peso en la hoja de ruta en forma de continua reevaluación de la ingeniería por el título. La presunta novedad de ambos patrones quedaba en entredicho por las palabras del copropietario Wyc Grousbeck explicando cómo había forjado la actual era de los Celtics: “Sólo tuve que echar un vistazo a los últimos 25 campeones. Y comprobé que 24 de los 25 tenían como eje el concepto Big Three: un Top-50 de la historia y dos compañeros 'all star'”.

 

En el lado opuesto se alumbró este año la llamada Mediocrity Trendmill o rutina de la mediocridad. Purgatorios entre el subsuelo y el acceso a playoffs donde parecen instaladas franquicias de temperatura fría. Casos de estudio y propuestas de solución.

 

Al hilo, la convicción de Kevin Pritchard de que la cercanía al título equivale al momentum en que los gestores deberían aumentar los riesgos de traspaso. O cómo la irrupción de Blake Griffin ataca directamente a la conciencia dormida del propietario de los Clippers Donald Sterling.

 

Al mismo tiempo la revolución estadística actual, a la que no se avista fin, presenta nuevos instrumentos cada vez más sofisticados que van del fenómeno óptico de la Holy Grail, que rozamos más abajo, a las nuevas versiones de la ‘eficiencia’ que examinan porciones del juego no investigadas con anterioridad. Una de ellas, la Dynamic Efficiency obra de Matthew Goldman, estudia el momento de posesión en que se realiza el tiro y como resultado fracciona a los jugadores en Undershooters/Overshooters.

 

También presente un año más el imposible acuerdo sobre la presunta ventaja de la comisión de falta en los últimos instantes con tres arriba y posesión rival, abriéndose con ello tanto la fe en la exposición de datos como la creencia en los técnicos que decidan situarse por delante de ellos. Una resistencia que busca salvaguardar pese a todo la autoridad del entrenador jefe en términos de intuición y circunstancia.

 

En suma, ni pocas ni fáciles. Destacamos en una doble entrega no más que algunas líneas de pensamiento por sesión abordada. Con el único filtro de lo interesante, lo genérico o lo entendible por todo buen aficionado.

 

 

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La edición 2011 abría fuego con la seductora teoría del intrépido Malcolm Gladwell en su libro Outliers según la cual se precisan unas 10 mil horas de trabajo para adquirir la condición de experto en cualquier materia.

 

Era un punto de partida. Una idea general sobre la que formular una vieja cuestión, nunca resuelta, traducida en preguntas tales como: ¿Se nace o se hace? ¿Naturaleza o educación? ¿Herencia o desarrollo? Qué es, a fin de cuentas, lo más importante.

 

Ponentes y audiencia acordaban que el talento, siendo el combustible natural del éxito, precisa de un conducto que el deporte encuentra en la figura del entrenador. Que la práctica dirigida es más útil que la práctica libre –como si el baloncesto despreciara autodidactas- y que en definitiva no parece muy conveniente entregar a los jugadores su propio desarrollo, lo que equivaldría a incorporarles en la cadena educativa como hijos y no como adultos.

 

Este punto de vista salpicó incluso otras ponencias donde el peso del college como periodo de formación seguía ganando a su contrario. A lo sumo, se empleaba como coartada el tiempo de observación para que las franquicias tengan un mayor conocimiento de los jugadores a seleccionar en el draft. Como una suerte de legitimidad en el ojo de Indiana para Tyler Hansbrough y no así en Minnesota para O.J. Mayo.

 

En realidad la idea de equilibrio entre los talentos del jugador y la disciplina superior, además de no suponer mayor avance, calma una vez más la vieja conciencia paternalista en el deporte americano a pesar de que figuras como Mo Malone, Kevin Garnett, Kobe Bryant o LeBron James, casos descollantes de early entries, se sigan admitiendo como producto de una doctrina escolástica, lo que en la nación del Star System implica una poderosa paradoja de la que la NBA es abanderada.

 

Durante el debate gravitó con fuerza la ambición personal en la ética del trabajo, lo que unido al cuidado externo hizo asomar el ejemplo de dos desarrollos divergentes con igual origen: dos productos de Alabama HS y su evolución diametralmente opuesta: Jamario Moon y Gerald Wallace.

 

Aportando una arista necesaria Jeff Van Gundy abogaba por la comprensión psicológica del jugador antes que por su dimensión técnica. Levantaba el primer murete al nuevo ensayismo numérico que reduce a los jugadores a engranajes y módulos y alertaba a los directivos del vacío que suponen las transacciones que no atienden a la personalidad del jugador.

 

Fue entonces cuando el director deportivo de los Rockets, Daryl Morey, célebre por sus extravagantes ideas de recruit pero padre de estas jornadas, mencionó cualidades tales como el “entusiasmo” y la “pasión”: cuánto de su vida está dispuesto el jugador a entregar por el baloncesto. Eso que la poética americana refiere como “love of the game”.

 

En uno de sus antiguos rastreos Morey contaba que preguntando a un joven Marcus Banks “qué quieres hacer realmente con tu vida”, el jugador de Nevada Las Vegas no dudó en contestar: “Be a male fashion model”. Y con ello, la posible elección se había descartado a sí misma.

 

Animado por ello Van Gundy apuntaba a Tracy McGrady como el contraejemplo de las 10 mil horas. Alabando su talento incalculable señalaba que T-Mac habría llegado a lo sumo a las mil horas de trabajo, una gratuita donación a las ediciones digitales para controversia.

 

 

 

Van Gundy terminó con la efectista pero incierta idea de que “un jugador puede ser blando, egoísta o estúpido. Una de las tres. Pero no dos”.

 

A última hora apenas hubo discordia en aplicar la teoría de Gladwell a los entrenadores, seguramente debido a la ausencia en la sala de Mark Jackson.

 

La solución final, como un colgante siempre a la misma altura, quedó un año más fijada en el equilibrio entre talento y trabajo como el mejor atajo hacia el éxito.

 

 

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Hace dos años Sandy Weil presentó una seductora ponencia bajo el título El mito de la mano caliente. Sus trabajos han proseguido la línea de derribar ciertas creencias, más visuales que ciertas, y que culminaron con la presentación en sociedad de la Data Holy Grail, muy gráficamente, un delicado software de información óptica que vectoriza la posición y movimiento de los jugadores en pista y descifra el producto resultante. Tres cámaras recogen desde diferentes posiciones la película de cada partido y los ‘bytes’ superan lo humanamente calculable.

 

El principal problema de una herramienta tan aparentemente avanzada, propiedad de Stats, LLC., se encuentra en el colosal volumen de información inútil. Un instrumento que computa la distancia entre los jugadores desprecia al mismo tiempo la posesión del balón, el sentido de los pases intermedios y el defensor principal al tiro.

 

Por ello la mayoría de datos salientes guardaba relación con rangos porcentuales y distancias entre todos los elementos de juego. Weil presentó así tres aportes principales:

 

1) Una buena defensa puede descender el acierto rival una media de un 12%.

2) Se gana un punto porcentual de acierto por cada 45 centímetros de acercamiento al aro.

3) Y conclusiones más favorables al acierto del jugador que recibe y tira –catch&shoot- del que difiere su lanzamiento, lo que dejaría en muy buen lugar a Ray Allen en detrimento de Dwayne Wade.

 

La DHG, como una de las principales novedades de análisis estadístico, aguarda a fin de cuentas ostensibles mejoras en su programación.

 

 

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Lejos de dar la espalda a la actualidad la Convención, a propuesta de Marc Stein, recayó en el morboso modelo de Miami Heat y su sospechoso 2-12 ante equipos de registro positivo y marcadores no superiores a los 5 puntos. Mientras que el hipernumérico John Hollinger tildó de arbitrario el corte de los 5 puntos en nombre de casuísticas que a él en particular interesaban, otros abrieron distintas líneas de tratamiento.

 

Sorprendió Mark Cuban resumiendo la problemática Heat de modo gráfico y sencillo:

 

1) Se convierten en sumamente previsibles cuando marcador y reloj aprietan.

2) Presentan un flagrante desequilibrio de talento en una misma plantilla. Y en consecuencia:

3) Si los tiradores de relleno no suponen mayor amenaza la defensa rival puede cargarlo todo sobre cualquiera de las tres estrellas principales, lo que repercute nuevamente en el primer punto.

 

Cuban dejaba sin embargo una puerta abierta al escenario de los playoffs donde, recordaba, todo es esencialmente distinto.

 

Kevin Pritchard echaba también una mano a los Heat en contraposición a Lakers y Celtics donde el mucho tiempo juntos, cosidos, favorece la memoria táctica en toda situación del juego, incluidos finales apretados.

 

Stein cerraba el asunto con el oportuno ejemplo de Miami en 2006, equipo que había caído repetidamente ante rivales de entidad en Regular incluyendo un 2-0 y 49 puntos de diferencia a favor de los Mavs, a quienes acabaron doblegando en las Finales hasta cuatro veces seguidas.

 

Días después de la Convención Phil Jackson, en su año más desinhibido, su año final, culpaba al propio Cuban del tratamiento arbitral recibido en aquellas series.

 

 

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Precisamente otro de los apartados dedicaba su motivo a la relación de los propietarios con su unidad de negocio o franquicia. No desde un punto de vista económico sino personal.

 

Se dio un acuerdo bastante generalizado sobre que la NBA necesita propietarios de estilo Cuban (Mavericks) en detrimento de otros estilo Shinn (Hornets).

 

Dado que el ramillete de dueños son tipos 1) Muy ricos que 2) han adquirido su riqueza fuera del deporte, 3) se expresaba un deseo razonable de que para estos billonarios la propiedad de una franquicia NBA resulte más un hobby que un negocio sensu stricto y que su tratamiento se asemeje más al cuidado del coleccionista por una de sus piezas predilectas que a los rigores financieros del cargo.

 

En palabras del propio Grousbeck: “The whole reason to buy the team was Celtic pride”. Y que esa personal pasión, como un capricho de rico, sea compatible con el beneficio de una gestión digna.

 

Dados los desagradables sucesos en torno a la propiedad de New Orleans Hornets el tiempo ha relajado enormemente la visión que durante años tuvo David Stern hacia el dueño de los Mavericks. Como si en virtud de la seguridad del negocio, fueran preferibles los riesgos del alborotador a los del advenedizo.

 

 

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A través de un riguroso estudio a cargo de Arup Sen y J.B. Rice, del Departamento de Economía de la Universidad de Boston, que medía el rendimiento de los jugadores con arreglo a la resolución de contratos se dejaba caer sobre la mesa, para tranquilidad de muchos, que la estadística no tiene por qué estar reñida con algunas de las percepciones más instaladas en el imaginario popular. El trabajo hacía precisamente referencia al incremento productivo de los jugadores cuando la extensión o renovación de sus contratos estaba en juego.

 

Como hacía ver Rob Mahoney los analistas numéricos no tienen a menudo por qué demostrar que sus trabajos vulneran algunas de las convenciones más arraigadas. Y que la estadística avanzada no tiene por qué ser contraria a lo que pensamos.

 

El problema parece, pues, residir en que la repercusión aumenta exponencialmente en el sentido opuesto. De manera que cuanto más audaces y contrarias a la creencia común mayor es la controversia generada porque mayor será su presencia en los medios. Y como prueba, el reciente cuestionamiento de Kobe Bryant como ‘clutch’.

 

Así la estadística comportaría además un atractivo material de venta.

 

 

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Otra de las exposiciones, en torno a un copioso estudio obra de Philip Z. Maymin, Allan Maymin y Eugene Shen, aludía a la inclinación de los técnicos a sacar de pista a los titulares que entran en problemas de faltas. Tal vez, por lo gráfico de su definición, valga mencionar al menos la fórmula más sencilla de lo que, individualmente, se conoce como Foul Trouble:

 

Q + 1

 

Donde Q equivale a cuarto. Esto es, se estimaría foul trouble el momento en que el jugador suma una falta más que el cuarto en que la comete.

 

 

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La prospección del talento es ya fenómeno global.

 

De igual modo que la ciencia numérica tiende a una mayor complejidad, el scouting sobre el potencial de jugadores jóvenes propende al empleo de herramientas de mucha mayor precisión. Y lo que hoy conocemos por resultados psicotécnicos, aún de corto alcance, podría en no mucho tiempo sufrir una honda complejización y emplearse con uso real para la valoración de jugadores y su adquisición en cualquier nivel.

 

Para abordar este punto entraron en juego los neurólogos Brian Miller y Wesley Clapp, quienes a través de la FMRI o Functional Magnetic Resonance Imaging trataban de mostrar cómo algunos sujetos son capaces de una coordinación psicomotriz muy superior en la resolución de problemas complejos de naturaleza atlética mientras que otros, simplemente, parecen incapaces de mostrar progresos.

 

Nada de esto es nuevo. Pero los doctores acudieron al mapeo cerebral de zonas calientes y frías y a través de un discurso propiamente científico complicaron seriamente la toma de notas. Un punto de encuentro fue la noción de ‘intangibles' como factores que incluso hoy quedan fuera de la geografía del cerebro.

 

Se supone que el aprendizaje basa su existencia en la rutina y la natural destreza en combinar nuevos recursos para la resolución de problemas. Sobre el primer punto Kevin Pritchard exponía un perfecto ejemplo de que la rutina puede resultar insuficiente ante situaciones de grave presión.

 

Su hipótesis era tan sencilla como demoledora. Según él, podía tomar a cualquier jugador y pedirle que anotara seis tiros libres de diez intentos. 6 de 10. Muchos serían capaces de ello. Pero si en lugar de una petición inofensiva la amenaza real fuera perder la vida de no lograrlo, la situación se altera a tal extremo que muy posiblemente los porcentajes se verían drásticamente alterados, incluso en los maestros de la rutina mecánica.

 

Y soportar la presión sí era materia propiamente cerebral. Y materia sin resolver.

 

 

 

 

Sobre el segundo punto, la adaptabilidad, los ejemplos aludieron a directores de juego que en formación actuaron como escoltas o aleros y en la NBA deben hacerlo como bases. Esa adaptabilidad, exigida por igual a ejemplares como Russell Westbrook, Derrick Rose o Jared Bayless, es la que finalmente marca, en los casos de éxito, la neuroflexibilidad a que los doctores acudieron como prueba de inteligencia superior.

 

Dicho de otro modo: cómo afrontan unos y otros las situaciones de incertidumbre.

 

(mañana jueves, segunda y última entrega)