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La noción del futuro neuroscouting hacía de preludio a una de las conferencias más sugerentes de la edición al viajar todavía más adelante en el tiempo. Y de hacerlo tal vez menos lejos de lo que el encabezado de la charla hacía presumir.

 

El informe central partía del trabajo firmado por Tarek Kamil bajo el seductor titular 2061: A Sports Odyssey - How Technology Will Redefine Competition in Sports o cómo los ordenadores acabarán siendo incorporados a la operativa real de los partidos y asumirán una importancia que acaso hoy sólo acertamos a imaginar. Y de lograrlo, es en el campo acertado: la toma de decisiones tácticas.

 

 

 

 

En palabras de Beckley Mason, cuando el baloncesto de pizarra esté ya en condiciones de incorporar la inteligencia artificial a la manera de los grandes programas de ajedrez que con el total de variables en juego resuelvan la opción más favorable, los entrenadores pasarán a ocupar el papel de motivadores y líderes de grupo.

 

En un escenario que aún hoy sabe a ciencia ficción la tecnología sería la encargada del factor estratégico resolviendo instantáneamente ecuaciones de diseño operativo. Una optimización de las decisiones a tomar. Que sea la tecnología y no el hombre el autor de la propuesta.

 

En esa gráfica última jugada con pocos segundos en el reloj el programa atendería a factores tales como los cambios, la fatiga, la debilidad del rival, la intervención de desajustes, la posición de la salida del balón, fortaleza potencial, tiempo material y cuantas variables imaginables puedan ser computadas para un asalto eficaz.

 

Poniéndonos en situación y una vez hecha la solicitud al programa, el cuerpo técnico debería durante el tiempo muerto 1) descifrar el resultado que vuelca la pantalla y 2) explicarlo a los jugadores.

 

No deja de sorprender una situación en la que ambos banquillos dispongan de igual tecnología. Una igualdad que incluso tranquiliza. Dado que en la práctica seguiríamos contando con la intervención humana y el baloncesto con su principio de incertidumbre. Con ello, la irónica apreciación de que “en la pizarra todas las jugadas salen bien” seguiría teniendo la misma validez.

 

Las consecuencias más radicales de ese escenario futuro nos permiten evocar un panorama donde los técnicos cubrieran la parte humana del equipo que el programa informático no alcanza a cubrir y la táctica inmediata hubiera desaparecido de su mando.

 

Esta última es, sin duda, la consecuencia más difícil de concebir.

 

No por la enorme sustracción de poder que ello supone, sino mucho antes por la regresión del cargo de entrenador a su sentido original: el desarrollo de los jugadores y su integración en equipo. Es esa regresión la que el ideario actual se resiste a concebir por lo drástico del cambio. Que los llamados entrenadores de élite volvieran a ser entrenadores de formación, maestros donde la dimensión psicológica y enseñanza técnica ocuparía nuevamente el doble pilar de su cargo.

 

Es muy probable que nunca veamos una sustracción de esa índole en la profesión técnica. Que con seguridad la decisión última siga corriendo a cargo de los técnicos jefe. Pero ello no impide el desarrollo del nuevo fenómeno que la actual generación acabará conociendo: la implantación de programas informáticos de táctica inmediata para su aplicación real. La herramienta, he ahí el gran cambio, más importante en los banquillos.

 

De momento esa hipotética batalla corresponde a los programadores. A los primeros capaces de crear un Big Blue del baloncesto.

 

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Dejar en manos de Mark Cuban la ponencia central sobre el arbitraje era asegurar un chorro de combustible que al cabo resultó menos desaforado de lo previsto pero sí la materia central del debate.

 

A través de la referencia a la obra del cronista de Sports Illustrated Jon Wertheim que lleva por nombre Scorecasting: The Hidden Influences Behind How Sports Are Played and Games are Won se ilustraba, como más tarde resumió Kevin Arnovitz, uno de esos códigos no escritos que nunca aceptará como cierto el estamento arbitral:

 

Game steps up

Refs step down

 

Lo que vendría a decir que cuando el partido aprieta los árbitros desaparecen.

 

Esta oscura costumbre de cuya existencia Cuban sigue tan convencido, era el motivo central de su alocución. La encendida crítica del propietario de los Mavericks se resume de manera simple en sus exigencias:

 

1) Uniformidad en el arbitraje durante los 48 minutos de partido, sin crestas ni depresiones.

2) Indiferencia a todo contexto de presión.

3) Objetividad en la aplicación de las normas.

4) Igualdad para todos, sin discriminación entre las estrellas y el común de los jugadores.

 

Expuesta de corrido movía a la impresión que Cuban hacía de portavoz de un comunicado firmado por el mismísimo David Stern. Luego el problema no residía en la redacción de la carta, en el espíritu del reglamento, sino en las diferentes realidades de aplicación, esto es, en la percepción de las mismas.

 

En un terreno mucho más práctico Cuban se mostró partidario del empleo de la Instant Replay. Pero con un matiz decisivo: que sea posible el rearbitraje. Y el ejemplo era muy gráfico: si durante una revisión arbitral que decide para qué equipo será la posesión por un fuera de banda se observa una falta cometida que no había sido señalada, urge posibilitar la inmediata sanción de la misma. Que se castigue olvidando el fuera de banda.

 

La corrección de las faltas queda actualmente excluida de la operativa Instant Replay, por lo que el cambio afectaría a toda su política de empleo. Pasaría, de hecho, a ocupar su primer nivel de importancia.

 

Bill Simmons, "owner of himself" como fue presentado, aprovechaba el calor del discurso para poner sobre la mesa el componente humano de los árbitros como un mal necesario. Lo hacía sobre dos puntos que estimaba incuestionables: 1) El poder de represalia. Y 2) El deterioro por edad.

 

Para exponer los riesgos de la primera se valía de un ejemplo: la forma en que Antoine Walker solía dirigirse a los árbitros, con un irreverente "tú", tenía que provocar necesariamente consecuencias adversas sobre el jugador y su equipo.

 

Sorprendía la concreción de un ejemplo para exponer una situación tan vieja como la propia NBA. Un uso no tan extraño ni oculto en que los árbitros, muy de vez en cuando, y desde siempre además, hicieron velado empleo de personales decisiones que resarcían conductas en pista. Una escala lo suficientemente amplia y sibilina que precede al grueso de la expulsión.

 

La antología de amenazas recogidas por micrófonos y cámaras, anecdotario de libros, es tan extensa que si bien no es una prueba concluyente invita a pensar en simples y mordaces abusos de autoridad. Sin mayores escándalos.

 

Precisamente esta semana emergía a los titulares de prensa la demanda interpuesta por el colegiado Bill Spooner contra el periodista Jon Krawczynski, quien a través de Twitter recogía una presunta amenaza de represalia hacia el técnico Kurt Rambis. Se corre el riesgo de creer que la noticia está en la invocación de la represalia captada por un periodista cuando en realidad lo verdaderamente novedoso, traído a la escena de hoy, se resume en dos elementos: Twitter y la demanda.

 

 

 

 

Sobre el segundo punto de Simmons, los riesgos de la edad, no sólo no hubo acuerdo sino que abrió una de las más fuertes discordias, especialmente por parte del colegiado de la NFL Mike Carey.

 

De un lado se hacía ver el natural deterioro de la edad y se dejaba caer a la NBA un máximo de permanencia. De otro, en sentido contrario, se elogiaba como sagrado el valor de la experiencia.

 

Se evitaron nombres por lógica discreción. Aquí no se tiene ese reparo y se sostiene que mientras algunos fallos flagrantes en Joe Crawford parecen naturalmente debidos a falta de reflejos y pérdida de visión periférica, otros como los veteranísimos Earl Strom o Darel Garretson se retiraron maestros. Lo que invita a considerar que igual que las cualidades innatas separan a los jugadores también lo hacen en los árbitros. Que los hay correctos y discutibles. Pero sobre todo debe admitirse a estas alturas la inevitabilidad de los errores en márgenes razonables.

 

Cuban terminó alabando la llegada de árbitros jóvenes a la NBA al tiempo que acusaba de nepotismo al proceso de reclutamiento por el que la mayoría proviene del Northeast.

 

La última postulación se basaba en la diferente percepción de los árbitros ante acciones similares. Y ésta en particular sigue siendo una de las batallas dentro del propio comité arbitral. Allá donde la propia NBA incide más año tras año.

 

En definitiva una edición más la problemática del silbato lamentaba la cantinela del “humano, demasiado humano”. Y como apuntaba Kevin Arnovitz mientras el arbitraje sea 'humano' el conflicto generado por ello es ya de por sí apasionante. Como un deporte dentro del deporte. Un subjuego. Puede, he ahí el peligro, que el más importante de todos.

 

 

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El viernes, en la sala 207, habilitada para las temáticas en torno a la “Evolución del Deporte”, Henry Abbott presentaba una interesante ponencia bajo el sello Bad Decisions in Sports Skew Macho.

 

Abbott, autor del más controvertido artículo de la temporada NBA al cuestionar a Kobe Bryant como ‘clutch player’, acudía un poco más lejos integrando su caso y figura en un fenómeno mucho más generalizado y emblemático de la cultura deportiva norteamericana: lo que refería como Macho Decissions.

 

Esto es: la monarquía absoluta del último tiro.

 

Este asunto en particular excede con creces la mera tozudez en repetir este tipo de acciones. Su cuestionamiento ataca directamente al ideario más enquistado del Star System cuando éste no deja aire para más; cuando no permite más opciones.

 

No hay costumbre más propiamente NBA, escena más arquetípica de esta liga, que la del balón a la estrella para resolver la jugada de partido. La caricatura expuesta en su día por Bob Batchelor en referencia a Michael Jordan –Hit the [fucking] game winner- no dista tanto de la realidad.

 

La exposición de Abbott no cargaba concretamente sobre Bryant pero se valía de su ejemplo para exponer que lanzamientos sobre dos o tres defensores no eran, no podían ser, la mejor decisión que el baloncesto pueda proporcionar.

 

Abbott se preguntaba lo siguiente: Si en lugar del tiro más difícil Kobe hubiese doblado el balón con casi paralela frecuencia ¿sería su currículo tan impresionante como es?

 

A partir del acuerdo en que la indiscutible calidad de una estrella facilita este tipo de decisiones, se abría el debate. Pero forzosamente caía en la America Sports Culture.

 

Desde un punto de vista psicológico el ego del macho impide las llamadas concesiones. Una de ellas hacía referencia a la explícita renuncia de Shaq a los tiros libres a cuchara cuando en los entrenos había registrado así sus mejores porcentajes. Asimismo, a Bryant por no permitir otras opciones que no fueran su lanzamiento final al igual que con otras muchas estrellas.

 

Porque no es cosa de Kobe.

 

De hecho, no hay código más dominante que el del macho dominante decidiendo a solas el final del partido.

 

La casuística es tan voluminosa que su origen se pierde en el tiempo. Pero pocas veces asomó con tal cruel claridad como la conducta en 1994 de Scottie Pippen a la consigna de su entrenador de que fuera otro jugador (Kukoc) el encargado de jugarse la última bola.

 

La condición de mejor jugador parece llevar implícita la resolución (individual) de esos conflictos. Como apuntaba Zach Harper, “es la forma de demostrar que efectivamente eres el mejor”. Y en caso de eludir esta [forzosa] responsabilidad sobreviene el peor etiquetado posible. Un mes de malos finales de partido ha conducido a LeBron James a recordar el peaje público a pagar. Y eso a pesar de que desde 2003 ha anotado más canastas en los últimos 30 segundos que permitieran a su equipo igualar o adelantar al rival en el marcador (29/107) que el mismísimo Kobe Bryant (22/63), posiblemente el jugador mejor diseñado del mundo para el buzzer beater.

 

 

 

 

En la previa del Heat-Lakers del pasado día 10 decía Kenny Smith que cuando el balón pasa por demasiadas manos en los últimos instantes el equipo termina confuso. Y en un sentido muy próximo se reconocía Kevin Pritchard al señalar que la unión de tres machos en el mismo grupo termina por incomodar las nuevas resoluciones finales en la ausencia del espacio de que antaño gozaban libres. Como si la isolation no lo fuera del todo.

 

Abbott y su visión cada vez más humanista de las cosas sostenía que sacrificar en ocasiones determinados parámetros machistas favorecía también la consecución del éxito. Se valía del ejemplo de Chris Paul o la amenaza múltiple en el modelo San Antonio como pruebas de que proseguir la propuesta ofensiva inicial al término de los partidos no sólo es posible sino que directamente cuestiona la existencia del clutch player.

 

Lo que de paso se cuestionaba con gravedad es que ese bello principio del sacrificio por el equipo tenga forzosamente que sufrir una sintomática suspensión al final de los partidos. “El macho puede ser muy importante. Pero no lo es todo”, finalizaba a modo lapidario.

 

A partir de Michael Jordan, especialmente de Michael Jordan, sabemos que cuanto mayor la magnitud de la estrella mayor el peso de la exigencia de resolver a solas.

 

El concepto de killer va asociado a la quintaesencia del macho. Es la parte del baloncesto que toca el cine negro. De manera que uno puede ser silencioso, ermitaño, oscuro y reservado, sin faltar a las dotes del macho alfa.

 

Esta mitología, como en su día tildaba Mike Bianchi, está tan instalada en el imaginario deportivo que Otis Smith pidió a Dwight Howard reducir a cero sus sonrisas en pista para honrar ese código de caballeros que reza “frown on your face, fire in your heart”. Y recientemente Phil Jackson, sobre lo sucedido en el vestuario de Miami, se despachaba en ese mismo sentido alertando: “Los hombres no lloran. Vete al baño donde no te vean”. Este año también hemos visto que merced a Chris Bosh el vulgarismo fake tough guy ha vuelto a cobrar fuerza.

 

La política de David Stern ha ido erosionando gradualmente las mostrencas exhibiciones del macho con el propósito de reprimir a nivel cero las explosiones de violencia. Por lo que la condición del ‘alfa’ ha debido sofisticarse hacia formas más finas pero igualmente tangibles que van de no tender la mano al rival en el suelo a las reacciones al acierto y su teatralidad aún permitida.

 

Sin embargo el baloncesto NBA difícilmente extirpará algún día la morbosa soledad del clutch, aunque ésta sólo persista como prueba última de selección natural. Como prueba de que el macho está, sigue ahí y es dominante por algo.