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De la fascinante terminología del mundo del misterio maravillan los llamados ooparts (out-of-place artefacts), literalmente objetos fuera de lugar y tiempo, pruebas que no parecen pertenecer al hogar cronológico en el que fueron descubiertas. Piezas que vulneran la delicada línea evolutiva y burlan el sentido de la Historia. Un reloj suizo dentro de un sarcófago egipcio o la huella de un homínido en un estrato de unos sesenta millones de años forman parte ejemplar del universo oopart. Ampliando las miras tal vez el vuelo de Bob Beamon en México siga siendo lo más cercano a un oopart que el mundo del deporte haya conocido.

 

Para que en la arqueología del baloncesto encontrásemos ooparts tendríamos que incendiar el imaginario a extremos fantásticos: el hallazgo en un gimnasio de la YMCA de una canasta retráctil de soporte hidráulico y tablero de fibra de vidrio fechada en 1915, o un mate similar al que sirvió a Jason Richardson para hacerse con el título de 2003 atribuido en 1927 al alero de los Arcadians, Joe Wallace. Incluso no es necesaria la fantasía. Para no pocos Wilt Chamberlain bien pudo ser un oopart.

 

Se supone que el deporte vive de una sucesión de acontecimientos escritos en sentido ascendente. Lo primero que la Historia enseña es que los diversos cuadrantes tienden a ser superados en el curso del tiempo. Un tiempo que nunca es poco. Hasta llegar a la robótica precisión de Korver o Kapono fueron necesarias sacrificadas generaciones de brazos aplicados, billones de tiros y calorías y sobre todo tiempo, mucho tiempo, todo el tiempo necesario para ir derribando barreras y conquistar los territorios no sidos. 

 

Así la noción de lo prodigioso ha variado con el paso de los años. En la década de los veinte un par de aciertos seguidos de Barney Sedran desde seis o siete metros era suficiente. En los sesenta los vuelos al mate de Elgin Baylor o Cazzie Russell se creían atléticamente insuperables, como hoy pueden observarse los 13 puntos en 35 segundos de Tracy McGrady. Lo prodigioso es un listón que el tiempo no deja de elevar.

 

Sin embargo en el otoño de 1967 el pequeño Memorial Auditorium de Dallas fue testigo de un episodio que, en rigor, no pertenece a esta lógica de acontecimientos. No al lento ascender de las cosas increíbles. Uno de esos sucesos que de tan inesperados e improbables sólo pueden calificarse, con toda la fuerza original del lenguaje, de milagros. La competición en la que tuvo lugar no fue la NBA, sino la entonces recién nacida ABA, un experimento arrojado a la Historia completamente desnudo.

 

En la práctica la ABA nunca terminará de escribirse. Pero sobre el papel nació con muy pocas prendas, la más innovadora de las cuales era eso que hoy conocemos de sobra y llamamos triple.

 

La canasta de tres puntos había sido idea recurrente en pequeños sectores de vanguardia durante los años cincuenta. Un trasunto de salón del que Howard Hobson, entonces técnico de Yale, se confesaba casi en privado abiertamente devoto. Una idea que tan sólo la audacia de Abe Saperstein pudo materializar en la experimental ABL de 1961. Pero una idea que hasta la aparición de la ABA no vino para quedarse y alterar el curso del baloncesto para siempre.

 

Aquel lunes 13 de noviembre el triple contaba con un mes de vida, un tiempo demasiado corto para verle salir los dientes. Pero al menos despuntó uno, el primer triplista que pudo conocer el mundo: el pequeño base de Anaheim Les Selvage. En aquellas primeras semanas sólo él anotaría más triples (4+4+5+6) que el resto de equipos de la liga, lo que indicaría que aun en la ABA el triple no era inicialmente más que una anécdota, o como creía Gottlieb, el suicida recurso de los perdedores por la remontada.

 

Aquel día los Chaparrals de Dallas recibían a uno de los mejores equipos de la competición, Indiana Pacers. El partido respondió al habitual guión de aquella liga durante sus nueve años de vida: ataques ligeros, muchos puntos y poco público. Pero de repente, sin que terminara el partido, el guión abandonó el mundo real.

 

Todo sucedió muy rápido. En los últimos segundos y con empate a 116 atacaba el equipo de casa hasta que Johnny Beasley anotó una suspensión corta desde un lateral que puso el 118 a 116 para los Chaps. El reloj reflejaba un segundo. Pero en esos momentos que suceden al acierto decisivo a nadie parecía importar aquel residuo del crono. Un segundo no era entonces más que eso. Así que público y jugadores, en especial Cliff Hagan (capitán y entrenador de los Chaps) y Charlie Beasley, celebraban abiertamente la victoria.

 

El instinto movió entonces a Oliver Darden a capturar el balón y acudir cabizbajo a la línea de fondo para realizar un último saque que agotara el tiempo y sellara la derrota. Igual impulso movió a Jerry Harkness, casi pegado a Darden para recibir el saque de la nada. De hecho únicamente les separaba una cosa: la línea de fondo.

 

Harkness ocupaba entonces una posición intermedia entre la línea y el tablero, que el jugador observaba a su izquierda. De manera que, más que pasar el balón, lo que hizo Darden fue entregárselo en mano. En el mismo instante en que lo hizo, Harkness giró sobre sí mismo y con su brazo derecho describió una parábola al modo de los lanzadores de disco arrojando el balón hacia el otro lado del pabellón con anárquica rabia y toda la fuerza de que fue capaz. Mientras el balón no había alcanzado su máxima altura el clamor de la bocina invadió el recinto, un recinto todavía presidido por un objeto volante de órbita imprevista.

 

Una órbita que parecía escrita en el aire. Porque mil años después aquel balón acabó golpeando el tablero rival y colándose en la canasta con increíble violencia.

 

Era imposible. Pero el lanzamiento de Harkness había entrado.

 

Los apenas dos mil espectadores del oscuro Auditorium formaron un silencio repentino, como si algo extraño, ajeno al mundo conocido, hubiese descendido de los cielos.

 

Acto seguido, la confusión.

 

 

 

 

 

 

El árbitro principal del encuentro, Joe Belmont, a caballo entre la formalidad y el instinto, acudió a la mesa de anotadores consciente de que él era el único juez de lo que todos acababan de contemplar. Cabía a todos ellos la pasiva perplejidad. A él en cambio el incómodo turno de la decisión. Al cabo dio media vuelta y de cara a los jugadores hizo un gesto de validez acompañado por un simple: "It's over". Su camino a la mesa había servido al menos para que alguien informara de la sentencia a todos los presentes. Lo hizo el speaker del pabellón en unos términos hoy en día impensables: "The basket is good. Because it was from behind the three-point line, it counts as three points. Pacers win, 119-118".

 

Los ecos recogidos en la prensa en los días siguientes remitían con increíble precisión a las informaciones UFO, nunca portadas ni abriendo página. Sino en reseñas que hallar a vistazo, con titular de cuerpo medio y a doble columna corta. Era como si sólo faltaran aquellas grotescas ilustraciones de la Marvel que exhibían a los ciudadanos dirigiendo asustados sus brazos al cielo. 

 

 

 

 

 

 

 

THE SHOT WHICH TRAVELLED THE LENGTH OF THE EARTH / HE'LL NEVER MAKE A LONGER ONE / UNBELIEVABLY IT WAS ON TARGET / THE LONGEST FIELD GOAL IN HISTORY

 

 

Ninguno de los presentes olvidaría jamás lo ocurrido. Era imposible salir del pabellón, acostarse o despertar sin hablar de ello. Hasta el punto de que poco después del milagro alguien tuvo la idea de trazar con pintura acrílica azul una pequeña línea en el suelo, en el punto desde el que había sido disparado el misil.

 

Sólo que no era exacto. Cuando los Pacers regresaron al Auditorium fue el propio Harkness quien denunció que había un error. No era aquél el lugar. Sino cuatro pies atrás. Uno de los testigos de la hazaña, el hoy editor de la NBA Jan Hubbard, entonces un jovenzuelo de 19 años, ocupaba uno de los asientos del fondo desde el que partió el lanzamiento. Y desde entonces su testimonio, además del de otros presentes, ha servido para perpetuar la veracidad del milagro.

 

En una competición que ha visto el mayor número de long shots o bombs away en la historia del baloncesto debería sorprender hasta la parálisis que la mayor de todos los tiempos y para colmo decisiva en términos de victoria tuviera lugar en el primer mes de nacimiento del triple.

 

Hoy, más de cuarenta años después, el baloncesto profesional en la era de la imagen sigue sin ser testigo de nada igual. Porque nunca nadie igualó la magnitud de aquel prodigio. No sería hasta finales de los setenta que la liga universitaria comenzó a ver meteoritos de un calibre aproximado. No hasta 1986 que Herb Williams se acercaría a aquella distancia en la poderosa NBA.

 

Jerry Harkness, el pequeño negro nacido en el Bronx, el héroe de Loyola de 1963 y fallido proyecto de los Knicks, fue incluso condecorado por la Marina de los Estados Unidos con la Sharpshooter's Medal. Como Beamon, Harkness había completado el juego sin pretenderlo en su primera partida. Y como Beamon jamás repitió algo parecido. Dos años después su carrera terminó. En 1969 fue contratado como comentarista en el área de Indianápolis antes de dedicar todo su tiempo como miembro de dos fundaciones a defender los derechos civiles de los negros. Había sido invadido por una corazonada que él entendió como mensaje providencial.

 

Llámenlo oopart o como quieran. La NBA tiene su Roswell particular en aquel lanzamiento que, ante pocos testigos, cayó del cielo. Y desde entonces aquel remoto capítulo tiene su vitrina especial en el Hall of Fame bajo la inscripción: "Jerry Harkness hits a 92-FOOTER".

 

Casi sobra añadir que nunca ha sido superado. Porque para serlo deberían incluso ampliarse las dimensiones del campo, de 94 pies para ser exactos.