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Era pretemporada y era en Detroit. Podía ser por ingenuidad o simplemente por miedo. Pero la primera vez que Randy Smith puso pie en una pista NBA tuvo una extraña sensación de ridículo. De pie en la banda Dolph Schayes se había dado media vuelta y dirigido a él. "¡Eh, Randy!". Y Randy se levantó como un resorte y del manojo de nervios que era casi chocó contra el técnico. "Coges a Jimmy Walker, ¡vamos!". Y al novato no se le ocurrió otra cosa que dirigirse a la mesa de anotadores y hacer el gesto del cambio balbuceando a los presentes: "Smith for Walker!".

 

Aunque acaso la explicación más plausible fuera que, sencillamente, Randy no se lo creía aún. 

 

Es habitual recurrir al tópico de la superación cada vez que toca retrospectiva. Sobre todo si a ésta la mueve la muerte. Pero en el caso especial de Randy Smith tal vez sea justo hablar de superación. No por ninguna tragedia en particular. Sino por la fuerza que conduce a salir de la nada.

 

Para empezar era mala señal que su nombre no apareciera en el draft de la ABA de 1970 cuando la ABA se arrojaba de cabeza a por todo bicho viviente. Y tampoco al año siguiente, fecha en la que su nombre apareció finalmente en la séptima ronda del draft de la NBA. La elección número 104 no era más que la dolorosa prueba de que Randy no tenía futuro como jugador profesional, que ningún ojeador NBA había pisado jamás la pequeña universidad de Buffalo State y que aquella nueva franquicia de expansión, Buffalo Braves, tenía reservada alguna de sus plazas marginales como mero acto de cortesía hacia alguno de los jugadores crecidos en el estado de Nueva York. En el fondo nada más había. Y cabía preguntarse por qué.

 

 

 

 

 

 

Criado en Bellport, Long Island, Randy se hizo célebre en la pequeña Buffalo State por ser tal vez el mejor jugador de soccer de todo el estado. O por convertirse en el mejor saltador de altura a edad junior en aquel mismo área. O por ser el joven más callado del mundo por temor a demostrar su tartamudez. O por ser al cabo y en el mismo centro el mejor jugador de baloncesto, deporte a cuya inclinación tuvo que ser convencido por Howie MacAdam, su técnico en la escuela de Brookhaven, cuando Randy no era más que un chiquillo. "Eso del fútbol está bien, pero aquí no tiene futuro".

 

Randy había coronado cuatro años en la universidad que le hacían soñar más a él que a su entorno. Sobre todo tras su último año, sembrado de dudas. Había pasado todo el curso anotando sus puntos a base de penetraciones olvidando fortalecer el lanzamiento, su auténtico punto débil. Hasta su año junior había jugado de alero. Pero en aquel último curso fue obligado a hacerlo de base, creyendo Randy que por su estatura, un 1.90 raspado, estaba obligado a dirigir el juego antes que a cualquier otra cosa.

 

Y ése era el problema. Ni creían en su talla ni en su tiro. Y aún peor: era un absoluto desconocido para el circuito pre-profesional.

 

Ser elegido en el draft abría una invitación automática para el training camp de julio. Pero Randy se olía su destino. Que hiciera lo que hiciera la decisión con respecto a él ya estaba tomada de antemano. Que acudiría a las pruebas más como sparring de algún otro jugador preferido que como candidato real a quedarse.

 

Por eso aceptó la única otra invitación recibida. Ahora la ABA le entreabría una puerta a través de Indiana Pacers y lo hacía un mes antes de la cita con Buffalo. Randy no lo hizo allí nada mal. De hecho lo hizo tan bien que de los 30 jugadores en liza él fue uno de los seis elegidos para integrar la pretemporada. Pero esta vez tampoco estaba satisfecho. Él quería demostrar su valía en el equipo de su estado. El que le había dedicado una elección para que su nombre apareciera en la prensa del día siguiente y la familia guardara el rotativo en algún cajón que abrir cada vez menos.

 

Entretanto Randy había decidido trabajar su lanzamiento a diario. Y hacerlo hasta que sus brazos no pudieran levantar el balón.

 

El chico tenía razón. Comenzado el campus de verano el cuerpo técnico de los Braves le tenía reservado el papel de sparring ante Fred Hilton, la segunda elección del equipo. Pasados unos días el juego de papeles se había invertido. Hilton no podía con Smith. En realidad nadie podía con él. El desconocido era rapidísimo, contaba con un bote diestro infranqueable y con un tiro en movimiento en estado de gracia. Siempre estaba abierto y hasta machacaba sobradamente a dos manos. Había impresionado a todos pero especialmente al trainer Jerry McCann. Era de largo el mejor atleta de los presentes.

 

Schayes lo tuvo claro. Randy formaría parte de la plantilla. No así el técnico, despedido tras el primer partido del curso. Su sustituto, Johnny McCarthy, concedió la primera titularidad a Randy en su tercera noche, en casa ante los poderosos Lakers y con la tarea de marcar a una leyenda viva como Elgin Baylor. Randy flotaba. Fue el momento en que por fin supo dónde estaba.

 

Dos semanas después llegó su momento. Su primer momento como profesional. El 5 de noviembre los Braves visitaban Atlanta y entre los presentes el cronista del Courier Express, Jim Baker, a quien un periodista local, sorprendido de aquel titular desconocido, preguntó quién era exactamente ese tal Smith. Dos horas después el propio jugador se había encargado de responderle. Randy anotaría 15 de sus 21 lanzamientos a canasta, destrozado a la defensa de Atlanta con 35 puntos y sumado ocho en la prórroga para salir de allí con victoria por 117 a 122.

 

Había comenzado la carrera del extraño futbolista negro de Buffalo. Y con él, la de los Braves en su década de vida. Porque como ellos, o como Maravich o Van Lier, Randy Smith fue un hijo de los setenta. Con todo lo que ello supone de apelativo. Nadie lo definió mejor que el técnico llegado al equipo el verano del 72, Jack Ramsay, el hombre que mejor comprendió su perfil. Además de un hijo Randy fue para él un absoluto ballplayer, un alma de balón y cesto. Uno de aquellos pequeños y rebeldes revolucionarios del juego que dotaron de identidad a la década como originaria del small ball.

 

Tal era así que cuando Ramsay percibió que Smith abusaba de su mano derecha (nunca dejó de hacerlo) le obligó a integrar también su mano izquierda para hacer de él un ejemplar más versátil. Crecido tras el trabajo Randy suplicó al técnico que le dejara correr y liderar el contraataque. Y Ramsay se negó en redondo. Buffalo había destinado su primera elección del 1973 al base de Providence Ernie DiGregorio, un auténtico visor de juego, y el técnico expuso la cuestión a Smith de la siguiente manera: "Imagina que tú eres yo. Dime, ¿qué preferirías? ¿Que Randy condujera el contraataque y se encontrara a Ernie en el ala o al revés? Sinceramente nadie como tú en este equipo sabe culminar el juego rápido". Y Randy, con su brevedad acostumbrada, respondió: "You're right, coach".

 

Y la tenía. Ramsay consiguió hacer de los Braves uno de los mejores equipos de la NBA en el ecuador de la década. Había sellado un quinteto formado por Ernie DiGregorio, Randy Smith, Jim McMillian, Gar Heard y Bob McAdoo. Un quinteto a fuego que en los tres años siguientes sólo vio el ingreso de Jack Marin en lugar del lesionado DiGregorio y el de John Shumate por el enviado a Phoenix Gar Heard. Con Randy Smith como segundo estilete del equipo tras el inalcanzable McAdoo los Braves pasaron del fondo de la liga a disputar con los Celtics la cabeza de la Atlantic. Y sobre todo, a ser uno de los grandes animadores de la postemporada entre 1974 y 1976, trienio en el que cayeron sucesivamente ante el campeón de la NBA (Boston) en seis partidos, el subcampeón (Washington) en siete y otra vez el campeón (Boston) en seis.  

 

Ramsay se largó a Portland para el milagro del 77 y el equipo se diluyó en meses. McAdoo ya no estaba y Randy Smith se convirtió de repente en la estrella de una galaxia oscura, el jugador más destacado de una franquicia que moriría de inanición en apenas dos años. Entre 1975 y 1979 Randy nunca descendió de los 20 puntos por noche. Incluso había alcanzado el All Star de 1976 cuando ingresó en el segundo equipo ideal de la liga. Con el equipo destrozado regresaría a la fiesta en 1978 para convertirse, por una noche, en el mejor jugador del mundo. Más allá de sus 27 puntos, 7 rebotes y 6 asistencias, o su increíble 11 de 14, legó dos canastas para la historia al cierre del primer y segundo cuartos. Y como recordando viejos tiempos, había salido desde el banquillo.

 

 

 

 

 

Para entonces su posición en la liga era sobradamente conocida. "Odio jugar contra este tipo", había declarado Walt Frazier. "Es el mejor defensor contra el que he jugado en mi vida", reconocería Wolrd B. Free. "Nunca vi a alguien tan rápido como él", añadiría McAdoo. Le habían apodado Iron Man por una sencilla razón: entre 1972 y 1983 Randy había llegado a disputar 906 partidos de manera consecutiva. 906 partidos sobre 906 posibles. Proeza que el cronista del Buffalo News, Bob DiCesare, resumió en términos más humanos que deportivos: "Smith never stopped repaying his debt of gratitude".

 

El verano de 1978 la franquicia de Buffalo toca a su fin y con ella Randy Smith. En adelante su figura se difumina en medio de la cruda batalla de renovación de los equipos en los que irá tocando en desgracia. Cleveland, New York, San Diego (heredero de Buffalo) antes de una última parada en Atlanta para colgar las botas al término de la temporada de 1983.

 

Treinta años después de salir de los Clippers Randy sigue siendo el líder histórico de la franquicia en nada menos que diez categorías del juego, incluyendo puntos, partidos, asistencias y robos. Tal vez por ello Tim Wendel, autor de la obra Buffalo, Home of the Braves, elevó a su portada a la figura más representativa en la historia de aquel equipo que los Clippers parecen haber desterrado de su memoria.

 

Durante los playoffs de 2006, cuando los Clippers batallaban frente a Phoenix por las WCF, el cronista del Washington Post, David Neiman, encontró a Randy Smith apostado en el Staples como un espectador más. De hecho era un habitual de los Clippers desde hacía años. Los mismos en que ningún miembro de la franquicia se había dirigido a él. Neiman preguntó por ello al técnico de la casa, Mike Dunleavy, y éste respondió que los Clippers "carecían realmente de historia". El periodista no se detuvo en el técnico y al cabo firmaría en su artículo lo siguiente: "A Clippers spokesman declined when asked to comment about whether the team had made any effort to connect with the past players".

 

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La pasada semana Randy Smith fue encontrado muerto en su casa de Connecticut. Hacía carrera sobre una cinta cuando su corazón dijo basta. Tenía 60 años. Hacía mucho, tal vez demasiado, que su nombre se había separado del baloncesto. Pero mejor sería decir que el baloncesto NBA le había dado la espalda exactamente a como lo hizo en la primavera de 1971. Y tal vez el tiempo no debería pasar para el mejor jugador en la historia de una franquicia, conocida hoy como L.A. Clippers, que sigue sin tener un número retirado, ni siquiera el de McAdoo.

 

Y a la muerte de Randy Smith uno también se pregunta por qué. Descanse en paz.