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Si Johann Most hubiera conocido a su nieto no le habría perdonado un tirón de orejas. Cuando el viejo anarquista alemán volcó sus iras en La peste religiosa no imaginó que un siglo más tarde una formación deportiva al otro lado del Atlántico haría de credo para uno de sus descendientes, tal vez, eso sí, el más afín a su vena radical, a su honda visceralidad.

 

Y aunque el nieto, según dijo, no quería saber nada de anarquismos ni políticas daría toda la impresión de aprobar alguna de las muchas diatribas del abuelo, y en especial aquella que proponía “eliminar a todo opositor”. En los términos del nieto, de nombre Johnny, la figura del opositor era la de todo rival de los Celtics. Y si el abuelo Johann, allá por 1882, tuvo que salir de Europa pitando como persona non grata el nieto tampoco es que hiciera amigos más allá de los confines del viejo Garden.

 

Por eso abuelo y nieto, pese a lugar, época y circunstancia remotas, eran sangre de su sangre, almas gemelas; y en las formas del menor se encontraría todavía vivo el espíritu de aquel alemán indomable que defendía a voces el terrorismo sin matar nunca una mosca. Algo hay, mucho tal vez, del subversivo Johann Most en el inclasificable Johnny Most.

 

De este último hablamos.

 

Si pudieran reunirse sus esputos al micrófono los rivales acabarían ahogados en una piscina olímpica. Si pudieran enunciarse de seguido sus improperios y salidas de tono y recogerlas en papel, la Biblia parecería un folletín. Y si en mitad de una pieza de María Calas coláramos uno de sus febriles accesos cabría aplicarle la terrorista por las leyes de la proporción fonética. Y es que el ardiente culto que el mariscal Goehring profesaba hacia Hitler y el nazismo lo sentía en su más profundo ser Most con Auerbach y los Celtics. Si en definitiva quisiéramos trazar el perfil de Johnny Most éstas y otras metáforas, acaso no tan moderadas, harían justicia al legado, único en el mundo, del último narrador deportivo del siglo XX.

 

Nacido en la pequeña Tenafly (New Jersey) en 1923, sus padres aprontaron su traslado al Bronx al regazo de la colonia judía en los años duros. Tan duros como que su padre, también John, trataba de abrirse paso como joven dentista despidiéndose a menudo de los pacientes con una palmada en la espalda. “No te preocupes, ya me pagarás cuando puedas”. La Depresión no perdonaba a nadie. Su madre, una inmigrante rusa, cosía a destajo y entre uno y otro el pequeño Johnny agradecía un plato diario en la mesa que sin embargo no le iba a librar de su condición enclenque.

 

Por eso, como sabiéndose impedido a otras glorias, de chaval soñaba con ser algún día narrador de las series mundiales entre los Dodgers y los Yankees y contarlo desde la mesa de prensa en el viejo Ebbets Field. La culpa la tenía su padre, que se lo llevaba a todos los sitios como un puñado de centavos y a quien había visto jugar a béisbol y hasta boxear. Inflamado de aquellos humos Johnny se hacía luego en casa narrando las peleas y sus pedacillos de épica y empleaba como micro un vaso o una bombilla.

 

En edad de tocar dinero el mozo haría un poco de todo por los subterráneos de la profesión, desde poner voz a cualquier anuncio a maquillar guiones en telenovelas de tres al cuarto. Una pequeña emisora de Pennsylvania le dio sus primeros dólares, a 80 centavos la hora, una miseria por jornadas interminables que abría por la mañana y cerraba a medianoche cacareando a cada hora el boletín de resultados. El dueño era un tirano, un tipo mezquino y detestable que no sentía el menor respeto por sus empleados. A los dos meses de entrar se metió con una compañera en presencia de Johnny y éste se lió a tortazos con él antes de acabar en la calle.

 

 

 

 

 

Después de haber combatido en primera línea de fuego poco podía temer de un sinvergüenza de baja estofa. Piloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos Johnny había completado un total de 28 misiones al mando de un B-24 durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que fue condecorado hasta en siete ocasiones. Y más que dinero o éxito se trajo una tristeza inenarrable por el infierno de la guerra y los compañeros allí perdidos, lo que reflejó en íntimos y susurrantes poemas.

 

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The War Dead

 

I stood among the graves today

and swept the scene with sight

and the corps of men who lay beneath

looked up to say goodnight.

The thunder still, the battle done

the fray has passed them by

but as they rest forever more

they must be asking why.

 

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Su primer empleo decente vendría de otra emisora, la WNOC de Connecticut, donde volvía a vocear los resultados pero ahora se estrenaba narrando los partidos de baloncesto de la pequeña Norwich Free Academy. Gracias a ello, y con intención de volver a casa, pudo permitirse entrar en la WVOS neoyorquina, donde le encomendaron radiar al equipo de instituto de Liberty.

 

Una tarde, en el bucólico club de campo Grossinger, uno de los huéspedes bebía despreocupado en la barra del bar mientras la voz de Johnny salía del transistor inflamada por las evoluciones del equipo del pueblo. Aquel tipo era nada menos que Marty Glickman, la voz deportiva de la Gran Manzana, la música de Giants y Knicks. Glickman se vio atraído por el vivo entusiasmo que desprendía la radio.

Oye -inquirió al camarero-, ese muchacho es realmente bueno. ¿Tienes idea de dónde es? ¿Si puedo verlo por aquí?

Claro, es Johnny. Es cliente habitual.

Déjale un recado de mi parte ¿quieres? Dile que me gustaría verle.

 

Cuando al día siguiente Johnny apareció por allí no tuvo tiempo de pedir nada. “Mueve el culo y llama a este tipo. Quiere verte”. Al descubrir el mensaje del papelito Johnny entendió que el cielo tenía apellido.

¿Glickman? ¿¡Glickman!?

 

Y Glickman le dio así su primer trabajo en condiciones. Era 1948 y Johnny tendría por cometido narrar a Giants y Dodgers fuera de casa.

 

Andando el lustro siguiente Johnny recibió la oportuna llamada de un amigo. Le avisaba que Curt Gowdy, el locutor radiofónico de los Celtics, dejaba el cargo. “Oye, ¿no conocías tú al Auerbach ese?”. En realidad poco, lo que el mundillo deportivo al noreste hacía presumir. Pero tal vez lo suficiente como para atreverse a hacer la llamada. “Estaría encantado, amigo –le confió Auerbach–. Pero es algo que no depende de mí. Depende de Walter”.

 

Walter Brown, el dueño, había acordado realizar con Red una prueba de audición a varios candidatos, entre los que se encontraba Johnny, que tuvo la inmensa fortuna de hacer un Celtics-Knicks para ellos y firmar la mejor prueba de todas, por lo que Red Auerbach animaría a su jefe a decidirse por él no sin antes solventar un pequeño problema.

Si lo sé, Red. Es el mejor. Pero…

Pero qué.

No sé si nuestra audiencia aceptará a un neoyorquino.

Eh, Walter, mírame. ¿Y qué es lo que yo soy, eh? ¿Qué hago entonces aquí? –replicó con ganas el judío de Brooklyn.

 

Y Brown, que era hombre intuitivo, estampó su firma en un contrato a nombre de Johnny Most. Caía el año 1953. Ninguno de los dos hombres tenía entonces ni idea de que la voz algo retorcida de aquel tipo enjuto de 30 años haría de eco a las innumerables glorias que estaban por venir. Porque se olvida a menudo, incluso entre el seguidor más acérrimo, que los Celtics no fueron siempre una monarquía. Que de hecho en los primeros cincuenta padecieron muy serios problemas financieros que nada parecía poder resolver y que amenazaban disolución. Que sin títulos que llevarse a la boca el Garden apenas alcanzaba los tres mil espectadores por velada. Que Brown llegó a avalar la franquicia con su propia casa y que más de una vez pidió a los jugadores paciencia porque no había fondos para pagarles.

 

Y un buen día llegó Bill Russell. Y en torno a él una manada de hombres que sin frenos, a golpe de calendario, edificarían la más prolongada dinastía que el deporte americano iba a conocer. Johnny no anotaría una sola canasta. A veces ni pisaba la pista. Johnny tenía su rincón allá en lo alto de la balconada, “high above courtside” como gustaba de presentar; y desde su asiento, a sus ojillos de mochuelo, el baloncesto quedaba entonces reducido a un batallón verde, como si él mismo lo fuera, en una suerte de trayecto que entraba por los ojos, dirigíase al corazón y era a su través que la batalla salía por la boca, se hacía voz, viva voz rasgada, apelotonada, cavernosa y como prematuramente gastada.

 

Most sería el explosivo resultado de habituar una pasión desmedida a un espíritu incandescente. En 16 años el empacho fue tal que para 1969, cuando Russell se quita del medio, Most había vivido como narrador dos o tres vidas. Sus partidos se contaban por miles, las gestas por centenares. Y de cada uno de los títulos sentíase un pedacito.

 

Con esa fuerza que admiten los episodios más célebres, como epítome de una época casi irreal, el capítulo que más engordará la historia de aquel vasto entonces no pertenecía a una de las incontables Finales, ni siquiera a un duelo ante los Lakers. La escena elegida por el destino sería aquel robo de Havlicek en los últimos segundos de las Finales del Este de 1965 en su séptimo partido, cuando Philly, con Chamberlain en pista, disponía del balón con uno abajo.

 

La simbiosis que había formado con Boston era de tal armonía que pasaba por creíble imaginar al Leprechaun vivo. Y apoyado en el bastón era un micro y no un balón lo que llevarse a la mano. Johnny había erigido una fortaleza que nadie podría horadar en adelante, circunstancia que más de un inocente pudo sufrir sin saberlo.

 

En 1970 le fue ofrecido a Jim Karvellas, entonces voz de los Bullets, el cargo de narrador de televisión para los Celtics. Karvellas, como hubiera hecho cualquier otro, se vio atraído por la oportunidad. Pero fue lo bastante prudente antes de dar el paso. Decidió camuflarse en el anonimato y tomar el pulso a los aficionados directamente en Boston, a pie de calle. Como resultado lo único que extrajo en limpio fue que una gran mayoría bajaba el volumen del televisor para escuchar a Most. Y desconcertado, acudió a Wyn Baker, el director de la emisora que le había ofrecido el cargo:

- Wyn, es imposible hacer algo en esta ciudad junto a Johnny Most. Es como desaparecer, como jugar a perder.

 

Hasta entonces Baker ignoraba aquel problema. Si los anunciantes terminaban enterándose de que los espectadores no les oían los ingresos por publicidad corrían peligro de fugarse en tropel a pelear por su pedacito de radio. Baker dio vueltas al asunto buscando consejo.

Lo que tienes que hacer es sincronizar el audio de las dos señales –le repetían–. Mete la voz de Johnny en tu cadena.

¿Cómo? ¿Sin nadie en el estudio? Ni hablar.

Al diablo el maldito estudio. ¿No quieres espectadores de verdad?

 

Pero el director rechazaba la idea. La WBZ acababa de adquirir los derechos para emitir a los Celtics y Baker era uno de esos nuevos ejecutivos que llegaban pisando fuerte. En lugar de aliarse con la realidad quiso adelantarse a ella. Most no era cosa de los nuevos tiempos. Además, le resultaba feo, chillón y mal encarado, un tipo desagradable. De manera que Baker no movió ficha alguna.

 

No hasta que tres años más tarde la cadena decidió como solución intermedia llevar a Most a la pantalla y unirlo a Len Berman, un figurín impecable, de una corrección de manual.

 

El resultado, como cabía esperar, no pudo ser peor. Habituado a las aventuras en solitario, a interpretar la escena con escorzos y una mímica histérica Johnny aparecía junto a un muñeco de traje, perfectamente apuesto, junto al que debía además mirar a cámara. Johnny era monologuista. Y ni sabía ni quería ni podía dejar el aire pertinente a su acompañante, al que ignoraba por completo y cuya pulcritud convertía a la pareja en una grotesca contradicción. Al momento de darle paso, y no sin algún oportuno pisotón a escondidas, concedía a Berman cinco segundos y gracias. Johnny no sentía deber el menor peaje a imparcialidades y otras memeces.

 

- Vaya, es alucinante la brutalidad con que esos tipos se están empleando bajo los tableros.

- Bueno, John -matizaba suavemente Berman con una sonrisa-, ahora mismo el equipo está con un parcial reboteador favorable de 15 a 6.

- ¡Bah, lo único que eso demuestra es la garra de los Celtics!

 

Una sola temporada duró el estropicio.

 

El credo de Johnny Most era integrista. Y no había en su fe el menor disimulo. “En su mundo de color verde –recogería William Taaffe– todo jugador de los Celtics fue concebido sin culpa. En cambio todos los demás –árbitros, rivales y dueños, y en Philadelphia especialmente– lo hicieron corruptos".

 

Philadelphia, que Johnny vivió en sus dos grandes épocas, le era un escenario muy hostil. Con ningún otro locutor se las tuvo nunca tan tiesas como con Dave Zinkoff. Se ponía de los nervios cuando Zinkoff, a unos metros, se lanzaba a celebrar cada canasta de los Sixers. Johnny sentía que Zinkoff lo hacía para interferir en su narración, motivo por el que no reparaba en dardos en plena locución. “Ahí está otra vez el histérico, ¡encantado de escuchar su propia voz!”, elevaba Most para que el otro le oyera.

 

Su temeridad no tenía límites. Por eso no se arrugaba ante los espectadores rivales con los que no era raro verle engancharse. Tapaba entonces el micro y respondía desafiante. Y en los hogares de Boston, ante aquellos habituales vacíos que el transistor repiqueteaba, los oyentes no podían evitar la sonrisa sabiendo que Johnny se las estaba teniendo tiesas en plena grada, a solas, representándoles a todos ellos.

 

Most se hacía impensable en otras latitudes y culturas, donde habría concentrado en sus huesos las iras públicas. En cambio su figura despertaba esa entrañable benevolencia de los personajes auténticos, del verdadero motivo por el que Sports Illustrated lo calificó como “el locutor más exagerado del mundo”, descripción que ni el mismísimo Auerbach era capaz de objetar. “Every time we got fouled, we were killed. En términos artísticos Most era la viva representación de la comedia y la burla más absoluta a la coherencia.

 

Que un jugador fuera el auténtico demonio o un ángel de la justicia dependía de portar o no la camiseta verde. Los ejemplos son todo lo incontables que una prolongadísima carrera cabe suponer. Mientras Paul Silas no jugó para los Celtics era el carnicero, mientras Dennis Johnson no fue verde era el sucio, papel que pasó a representar Rick Robey en cuanto ambos fueron objeto de intercambio. Dennis sería ya por siempre D.J., que Most pronunciaba apretando los dientes. Cuando Jim Loscutoff repartía a diestro y siniestro era Jungle Jim. Pero cuando Mahorn y Ruland lo harían en los Bullets a mitad de escala que aquél eran McFilthy (guarro) y McNasty (asqueroso). Preguntado por estas salvajes incoherencias Johnny se defendía: “Bueno, es la angelical influencia que ejercemos en algunos”, en referencia a los villanos que un buen día decidían convertirse.

 

Most no soportaba a ningún rival por el mero hecho de interponerse entre la victoria y los Celtics. Si ese rival, en su objetivo, se propasaba de veras Most no reparaba en descargar toda su artillería. Tras la pelea con Jerry Sichting se refirió a Sampson como un “cobarde que elige pelear contra pequeñitos”. Lo mismo que a Moses Malone cuando engatilló algún puñetazo a un Bird aprisionado por su pelea con Julius Erving en el centro del Garden. Con Sampson y Moses incluso pudo mostrarse suave en comparación a Wilt Chamberlain, uno de sus enemigos más encarnizados al representar, primero, la hostilidad de Philadelphia, y después, de Los Angeles. Con Chamberlain, tal vez el momento más cruel, como elegido además para la cita, tuvo lugar tras consumarse la victoria verde en el séptimo partido de 1969, cuando el dueño de los Lakers, Jack Kent Cooke, había preparado desde horas antes la celebración para la victoria final con la banda de música, globos y demás confeti en cada butaca del Forum. Al término un Most desatado se relamía a placer: “Pinchamos sus globos, la orquesta de USC está recogiendo sus bártulos y el champán se ha quedado sin gas. Y luego ahí está el pobre Wilt, que probablemente esté poniendo hielo en su pupita mientras esconde su llorera con una toalla”.

 

 

 

 

Con Johnny tampoco había tabúes. Nadie le era intocable. A Magic Johnson le llamaba Crybaby, como lo había hecho antes con Rick Barry. Y si era Kareem quien estaba en juego repetía sarcástico “cuidado con tocarle, si le tocas es falta”. Johnny frecuentaba ficticios diálogos con algunas de sus dianas favoritas. “Tripucka es un quejica sin remedio. ¡Anda y llora, Kelly, llora!”. Y es que los Pistons, cuando el viejo Most acumulaba ya más de tres décadas largas a sus espaldas, pudieron representar su cloaca favorita, con quienes el odio se hacía psicosomático (“Me han llamado el idiota de la semana (…). Bueno, no sería como ellos ni por todo el dinero del mundo”). Así Laimbeer fue el jugador a quien más perlas endilgó hasta hartarse de llamarle farsante o llanamente “sucia basura”. Con Isiah Thomas elevaba su desprecio a nivel literario al referirle como Little Lord Fauntleroy, con toda aquella carga homosexual que la cultura popular atribuía al personaje de la novela de 1885.

 

En nuestros días Most se habría puesto las botas con los llamados floppers, muy reales también en aquel entonces con Jerry Sloan a la cabeza de su lista y cuyas actuaciones describía como “hacer un Stanislavski” en referencia al método del artista.

 

En At The Buzzer firmaría Bryan Burwell, el hombre que describió su voz “como un puñado de gravilla resonando en una taza”, que Johnny Most nunca disculpó su devoción por los Celtics. A diferencia de su homólogo amarillo, Chick Hearn, que no tenía el menor reparo en criticar a los Lakers si lo estimaba justo, Most rara vez lo hacía con los Celtics igual que un hijo rehúsa hacerlo con sus padres entre extraños. “Oye, viajo con ellos, como con ellos, he compartido habitación con ellos, estoy con ellos constantemente y son mis amigos. ¿Cómo coño voy a ser objetivo? Pretender que me importe un bledo que ganen o pierdan es tomarme por un farsante y mira, eso es algo que no soy”, se despachaba el tipo a quien el baloncesto debe, entre otras decenas, la expresión “from dowtown”, que bautizó admirando los lanzamientos a distancia de Dolph Schayes.

 

Bajo sus lentes gruesas pero limpias Johnny ignoraba lo que los años ochenta le tenían preparado. De aspecto veinte años mayor de lo que su partida de nacimiento dictaba Most se sumergiría en la última gran era del equipo con el peor estado de voz imaginable. Será de hecho la voz que pase a la historia como un fósil que rechazara salir del culo de la garganta. Por desgracia su voz era el termómetro real de su salud.

 

[En apenas dos minutos que recogen el periodo 1969-1986 se observa el gradual deterioro de su voz hasta parecer hacerla brotar del mismísimo averno]

 

Desde hacía ni se sabe Johnny venía fumándose dos cajetillas diarias. “Llevo muerto desde 1955”, repetía. Y no bromeaba. Poco antes de morir confesó que podía fumar unos 80 cigarros al día, nada menos que cuatro cajetillas. El tabaco le birló la dentadura tan prematuramente que en 1959, durante uno de sus accesos en un partido de playoffs ante Syracuse, se le salió de la boca, anécdota que siempre recordaría “cogiendo la pieza al vuelo, antes de caer balcón abajo”. Un infarto le paralizó la mano derecha en 1983. Aquel fue el primer achaque serio.

 

 

 

 

No importaba. Most, que nunca supo lo que era bajar la guardia, se iba a dar tan por entero en aquella década, la de su último gran banquete, que acabaría haciendo de sí mismo un viejo duende, una parodia, un paroxismo. Son muchos, tal vez demasiados los episodios rabiosamente instalados en la épica del deporte que llevan la insalubre impronta de su voz quebrada.

 

Así Johnny pondría especial intensidad a los últimos segundos de las Finales del Este de 1981, que consumaban la remontada (1-3/4-3) ante Philadelphia; el robo de Gerald Henderson a James Worthy que forzaría la prórroga y el empate en las Finales (1-1) de 1984, la canasta decisiva de Bird en el cuarto, su increíble buzzer a los Blazers en 1985 o el más célebre robo de balón en la historia moderna de la NBA dos años después. Pero acaso sus más desgarradoras series fueron precisamente las de 1986, como quien apura la última copa de vino, como si en lo más hondo de su ser supiera que era la última gloria que llevarse a la boca. El rebote de Walton al error de Dennis Johnson en el quinto de aquellas Finales coincidiría, para colmo, con una distorsión radiofónica que retorció su voz hasta lo grotesco.

 

En la profundidad de aquella cálida década es donde mejor situar a la tradición de colmar los bares y hogares de Boston la extrema acidez de la prosodia Johnny Most. En los últimos minutos de aquella última gloria Most pondría voz, cómo no, a la cima más alta en la carrera de Larry Bird. “Pandemonium”, repetía entonces en su enésimo trance desgarrado.

 

Aquella perfecta simbiosis prolongada en una década inigualable condujo a Mark Brenden a describir a Most como el pintor sonoro de las grandes obras de Bird. Del mismo modo que nadie imprimió mayor fuerza fonética a su apellido.

 

Transcurrida aquella última edad dorada el gran público había absorbido a Most como la cultura popular a los grandes cómicos. El personaje era necesariamente entrañable. Para entonces bastaba escuchar las innumerables promos y resúmenes en que su voz, como salida del infierno, hacía sufrir a los televisores. El público sabía reconocer la reliquia, el personaje de otro tiempo, el arquetipo del micro americano que el cine había parodiado hasta la extenuación. Y sin embargo Most era completamente real.

 

En un partido contra los Bucks de 1988 le ocurrió lo que podía haberle ocurrido muchas veces antes. Junto a sus vasitos de café, se agenciaba siempre un pequeño cenicero al que, entrado el ardor del juego, no hacía el menor caso. Con la ciega inercia del fumador empedernido que tira la ceniza sin saber dónde le acabó cayendo un pedacito de lumbre sobre el pantalón, del que empezó a salir un fino hilo de humo. Fue Glenn Ordway, a su lado, quien oliendo a quemado descubrió que el regazo de John estaba ardiendo avisándole de inmediato, momento en que los oyentes pudieron disfrutar de lo lindo:

 

Most: “OOOOOOHHHHH MY!!!!!”.

 

Ordway: “This is a first [risas]... Johnny has [risas]... lit [más risas]... his pants are on fire!!!! [carcajada]".

 

Mientras Ordway trataba de contenerse Most resoplaba abofeteando su pierna, al descubierto por la abertura encendida del pantalón, del tamaño, según confesó, “de una pelota de béisbol”.

 

Una de las más recordadas anécdotas de Most tuvo lugar durante el Open McDonald’s de Madrid en 1988. Los Celtics abrían fuego ante Yugoslavia y Johnny tenía el eterno defecto de no prepararse en absoluto los partidos. Se conocía la NBA al dedillo y los novatos se los descifraba la planilla que con un poco de suerte despachaba un Smith, un Brown o un Williams. Un equipo no americano, balcánico para más señas, le era la más absoluta oscuridad. De manera que tras el salto inicial el resultado fue el que cabía esperar:

 

“On the right, quickly it goes to... uh... I'm going to have a little trouble with the names at first”.

 

(…)

 

“Now the rebound is picked up by one of the big guys. This one... is... uh... Divatch [sic] underneath. He lost the ball but he gets it back outside to one of the little guards. And the shot is no good. The rebound by... uh...".

 

(…)

 

“Now quickly to a big guy and now to lefty. And he lost the ball. And now the little feller. Oh boy, I'm having trouble with the names”.

 

Apagando la década y los Celtics también lo haría él. Comenzó a padecer problemas de oído y, aun peor, de corazón. Sufrió un infarto y un triple bypass tras intervención a corazón abierto en septiembre de 1989. Tenía previsto volver a su asiento en noviembre, con el arranque de temporada, pero una recaída le previno de hacerlo hasta el partido número 29 del año. Aquel 4 de enero ante Washington el viejo Garden le recibió con una cerrada ovación y el viejo rompió a llorar. Se llevo la mano a una cara ferozmente arrugada. Era un anciano doblado, un pulmón consumido entre un puñado de kilos. Su energía vital se había disipado hasta el susurro.

 

Sería su última campaña en activo. Quiso volver en octubre, en la pretemporada como había hecho siempre. Pero su voz no tenía ya fuerza. Johnny quería. Pero no podía más y hasta costaba descifrar sus palabras.

 

Así en aquel mes de octubre de 1990, treinta y siete años después de la primera vez, en torno a tres mil partidos, cinco emisoras y 16 títulos narrados, la prescripción médica le apartó del micrófono, cuya retirada aprontaron con diligencia los Celtics el 3 de diciembre. Allí en lo alto del pabellón reposa, junto a las demás, una bandera en su nombre.

 

 

 

 

 

Y sin voz, que era todo lo que Johnny era, desapareció de la escena como una de sus bocanadas de humo. Por eso lo demás tendría lugar, como es infame costumbre occidental en los ancianos retirados, a espaldas del mundo. A principios de 1992 tuvieron que amputarle las dos piernas bajo las rodillas. Había contraído una terrible infección vascular. Meses después fallecía completamente mudo. Empleaba así su misma vida para protagonizar su mil veces repetido “It’s all over”. Se fue. Como si sus ojillos rechazaran asistir al desastre de los 90. Por primera dejaba a solas a Red Auerbach, que quedaba entonces como el único hombre vivo en formar parte de los Celtics durante sus 16 títulos.

 

Se había marchado un ejemplar único en el mundo, el último narrador deportivo del siglo XX. Hasta su muerte la gloriosa historia de los Celtics fue también la de un disco rayado de Johnny Most.

 

 

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“The only thing worse than having heard Johnny Most

is never having heard him”

(Bob Ryan)