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Hace ahora un año quien suscribe firmaba un artículo descriptivo de la extraña y paradójica situación que vivía LeBron James desde su llegada a la NBA. Comenzaba con una evidencia casi pueril: "LeBron James no puede ir contra la Historia. (...) Todos y cada uno de los mejores estiletes ofensivos que ha dado este juego fracasaron en sus intentos de alcanzar la cima a solas". La cosa fue entendida a medias. Porque lo  que parecía una acusación era en realidad una denuncia.

 

El espíritu de aquella pieza, escrita al término del séptimo partido en Boston pero inspirada a lo largo de todo un año, era dolorosamente simple. Oponía dos realidades. De un lado, LeBron James, uno de esos rarísimos factores de Historia; de otro, su entorno y circunstancia, algo más que cuestionable.

 

Ha pasado un año y la distancia abierta entre el nivel de uno y el fundamento real del resto, como proyecto y producto, puede ser la más grande que haya conocido jamás un superjugador en la historia de la Liga. Ha pasado un año y el fantasma de esta fractura ha vuelto a quedar completamente en evidencia cuando, tal vez, menos se esperaba.

 

Un año transcurre tan rápido que es posible radiografiar todo lo ocurrido en unos pocos trazos. ¿Qué se hizo de entonces acá? ¿Fue suficiente?

 

La llegada de Mo Williams despertó inicialmente dudas razonables sobre si era eso lo que precisaban los Cavs. ¿Un nuevo base? ¿Un director de juego junto a James? ¿No necesitaban un segundo anotador? En principio así era. Pero entrado el curso las dudas iniciaron un rápido desalojo. De repente Mo Williams se convirtió en ese ansiado estilete y el mundo conoció al mejor Delonte West. Los interiores se sumaron a la fiesta y el bloque exhibió sus fortalezas defensivas de siempre con el sorprendente añadido de atacar la canasta rival con una solvencia ignorada en la Era James. Hasta corrían.

 

Todo ello permitió por fin liberar a LeBron de su parte de juego más arriesgada: el tiro exterior. Los lanzamientos se repartieron eficazmente entre un backcourt menos definido pero más extenso mientras los interiores accedieron con regularidad al balón antes de apurar la posesión. El ataque dejó de estar fragmentado y las asistencias de ser tan sólo cosa de uno. Y así los Cavaliers devoraban el año como líderes.

 

Las derrotas ante equipos que adivinaban presencia en la fase terminal del año (Los Angeles, Boston, Orlando) no fueron tomadas como excesivamente relevantes y el curso prosiguió su rápido avance devolviendo el juego y moral del equipo a los cauces normales. Cauces que hablaban de la primera posición de la liga (66 victorias), el futuro MVP del año y hasta el mejor entrenador de la temporada. Cauces que aumentaron drásticamente su caudal con el arranque de los playoffs, unos playoffs que venían más de cara que nunca sin Kevin Garnett ni la esperada revancha ante los vigentes campeones Celtics. El 8-0 para plantarse en las ECF parecía responder a un divino guión que hubiese sido escrito en las oficinas del Quicken.

 

Y en éstas llegó Orlando, un equipo que había derrotado a los Cavs en siete de sus últimos diez enfrentamientos. Un equipo de muchas más letras que fue creciendo en el transcurso del mes de mayo hasta alcanzar una cota seguramente ignorada en sus veinte años de historia.

 

En el primero el susto entró en el cuerpo. LeBron se fue hasta los 49 puntos y el equipo no ganó. Cabía preguntarse por qué razón LeBron se había tenido que ir hasta los 49 pero no se hizo. Parecía un tropiezo del que salir más espabilados. Pero tampoco ocurrió en el segundo, donde otra vez asomó sin pudor la batalla de un jugador contra ocho al extremo de evitar la muerte prematura del equipo con una acción más propia de la Play Station que del mundo real.

 

Tras esos dos choques LeBron había anotado 80 puntos. Sus compañeros, 118. El primero lo hizo con un 60 por ciento de acierto. Los segundos, con un 41. Algo muy grande pero familiar estaba fallando.

 

En el tercero el producto resultante de Ilgauskas, Williams, West, Varejao, Smith, Gibson y Pavlovic fue de un espléndido 14 de 48 (29 %). LeBron no estuvo fino en el tiro. Pero anotó casi la mitad del total del equipo. Una vez más.

 

En el cuarto un abrasado Mo Williams aparentó resucitar anotando 18 puntos hasta sumergirse por completo en el cuarto periodo y la prórroga, en los que intentó únicamente dos tiros. Brown había sentado a James en el segundo cuarto y Orlando respondió con un 14-6. Tras el descanso sus compañeros hicieron un 11 de 27 sin que James encontrase manera de que sus reiterados pases al lado débil fueran respondidos con acierto. A esas alturas John Schuhmann podía ser el más rezagado de la prensa americana al insinuar que tal vez LeBron pudiera estar "empezando a perder fe en sus compañeros".

 

Pero el mencionado no hizo el menor caso y salió a la siguiente redoblando sus esfuerzos por implicar a los suyos, como había hecho siempre, en el juego colectivo. Porque precisamente en el juego colectivo los estaban matando. Y los titulares de prensa repetían por doquier la misma consigna: HELP WANTED.

 

Tras la reanudación del quinto los Cavs estaban muertos. Habían dilapidado una ventaja de 23 puntos y la temperatura del equipo rozaba el cero absoluto. Y así fue hasta que James volvió a decir basta e ingresar en ese estado que Zach McCann refirió en el Orlando Daily como "no perteneciente a este mundo". Al margen del triple doble, o partiendo de ello, fue el mejor jugador del partido en puntos, rebotes, asistencias y rebotes ofensivos. Cuando una vez más el entorno abismó por sí solo y con ello todo ese grupo llamado Cavaliers, momento situado en torno al final del tercer cuarto, LeBron resolvió que su ingenua empresa de involucrar a todos y cada uno en la acción colectiva no tenía solución. No la había tenido nunca. Y ya no es que a partir de ese entonces anotara 17 puntos. Es que el total de 32 siguientes o cayeron por sus propias manos o fueron fruto de sus pases. Finalizado el éxtasis, a 1:07 del término, la ventaja de los suyos fue de 11 y el equipo seguía vivo.

 

Hasta hubo que aplaudir la noticia: por primera vez la eliminatoria había visto a un compañero de James alcanzar los 20 puntos (Mo se fue a los 24).

 

El sexto y último, cruelmente la peor noche de James, sirvió para hacer justicia y premiar al equipo que había ejercido como tal en la serie. Porque el Baloncesto, como ingenuamente se consignaba más arriba, no premia jugadores. Sigue y seguirá premiando equipos. 

 

Y el de LeBron James no lo es.

 

 

 

 

Lo que él ha firmado en esta serie queda para los libros de estadística. Para sus páginas de oro. Porque en 62 años de historia nadie había alcanzado esas cifras. Nadie. Y busquen el nombre que quieran. Pero esas cifras sirven precisamente para recordar que ha pasado un año de aquel artículo denuncia y sin embargo nada parece haber cambiado desde entonces. De hecho nada ha cambiado y era mentira todo lo ocurrido después.

 

Y lo que es peor. Han pasado ya seis desde su llegada a la NBA y siguen valiendo como puñaladas preguntas de este calibre:

 

¿Dónde está Pippen? ¿Dónde Grant?

¿Dónde están Pippen, Rodman y Kukoc?

¿Dónde los Worthy, Scott y Abdul Jabbar de LeBron James?

¿Dónde los McHale y Parish? ¿Dónde los Walton y Archibald?

¿Dónde los Odom y Gasol? ¿Dónde está el Shaq de LeBron?

¿Dónde está ese compañero -uno solo- cuya presencia junto a James le encumbre a ese cielo que el tiempo suele llamar HOF?

 

Son preguntas retóricas. Desgraciadamente baldías. Su sentido ni siquiera reside en la ayuda general de que dotar a un jugador de las características de LeBron James. Su riqueza y miseria sigue instalada en los mismos flancos de siempre.

 

Riqueza por una cuestión a estas alturas demasiado evidente. LeBron James es el jugador no gigante más desequilibrante en la Historia de la NBA con menos de 25 años. Por sí solo lo es. Basta saber que ha engañado al mundo haciendo creer que este equipo estaba maduro para el anillo.

 

Pero su terrible miseria es como diez veces mayor. Todo lo que ingenuamente se creyó haber ganado tras el verano de 2008 -una incorporación relevante y una temporada regular de ensueño- se han venido abajo en el momento decisivo. Es como si de repente hubiese quedado demostrado que ese grupo, compacto y alegre, practicó un juego ventajoso cuando las ventajas vinieron de cara. Que todos se subieron a un carro del que bajarse en el momento de la verdad. Porque la realidad escupe con sospechosa crueldad que en cuanto el grupo se ha topado con un equipo de elevadísima democracia de juego la miseria ha vuelto a quedar literalmente en cueros. Nadie lo explicó mejor que Matt Moore hace unos días.

 

La miseria reside en haber convertido a ese semental de 24 años en una especie de Santo al que exigir a cada minuto un nuevo milagro. Como si los milagros le fuesen una obligación cuando en realidad no son más que la dolorosa prueba de que nació, creció y sigue muriendo completamente solo.

 

O alguien hace algo con la carrera de este chico o habrá que empezar a escribir su biografía como la triste suma de todo aquello que hubiera sido evitable. 

 

No es momento de especular sobre si LeBron James es peor jugador que Michael Jordan o Kobe Bryant. No digamos ya Magic Johnson o Larry Bird. Es simplemente momento de denunciar con fuerza que, por ahora, ha contado con infinita menos fortuna que todos ellos. Una fortuna que en el mundo del Deporte se conoce con el preciso nombre de equipo.