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De haber seguido la trayectoria de las dos anteriores esta tercera entrega debería haber sido escrita a la eliminación de los Cavaliers a manos de los Celtics el pasado mes de mayo. Pero la derrota no ofrecía nada nuevo. Era exactamente la misma película. Una película que a cada sucesiva entrega reforzaba más el título de la saga: No Rings For LeBron.

 

Un año más. Y hacían siete.

 

Lo que ha venido después ha resultado, mejor que interesante, mucho más acorde al sentido y material de que se viene nutriendo esta serie de carácter anual y cierto aire de tragedia. Por ello se elude esta vez el aspecto deportivo para recaer, si cabe, en un territorio de difícil tránsito: eso que el genial autor austríaco refirió como psicología de las masas.  

 

Para empezar todo podría resumirse de modo sencillo. Tan sólo bastaría una gigantesca cabecera: el verano de 2010.

 

En términos moderados, la casual coincidencia en el tiempo del ramillete más importante de agentes libres que nunca vio la NBA. Una simple cresta en el mercado. Pero la más alta. Y por ello, en términos de discurso deportivo, el fenómeno más recurrente en los medios de comunicación en los dos últimos años. Un monstruo de proporciones colosales venerado por quienes durante todo ese tiempo procuraron que no le faltara alimento.

 

De manera que la idea 2010 se instalara en el imaginario público con la misma intensidad que el 2012 en términos milenaristas.

 

Dicho de otro modo, o al modo en que fue anunciado el terremoto, se darían o podrían dar transacciones que hacer tambalear el escenario NBA en sus mismos cimientos y aventurar a la competición al inicio de una Nueva Era. Se añadía así una inconcebible dosis de suspense que haría contar los días, horas y minutos en llegar a la hora cero.

 

Sobre ese panorama predominaba una figura hegemónica: LeBron James. De hecho nada hubo más unánime que esto. LeBron sería el epicentro. Podía abandonar su equipo de siempre y la NBA al completo inclinaría sus poderes allá donde recalara el Elegido. Todo estaba preparado para algo así. Y hasta su abrupta caída en Boston anticipaba como nunca esa posibilidad.

 

Y la fecha llegó. El 1 de julio se abría la caza mayor y las piezas se avistaban con mucha claridad. Se lanzaron los cebos y en una semana LeBron puso fin a la fiesta. Una semana. Destino Miami. Junto a Dwayne Wade y Chris Bosh.

 

Un destino que como el resto de equipos reforzados habrá hora de abordar.

 

Aquí procede valorar, más que la decisión, la más general de sus consecuencias: el rechazo. Se abría una vez más la fractura que parece separar a LeBron del mundo. No valen sorpresas. El escenario no era otro: LeBron James ha cometido, al parecer, algo terrible. Un crimen que excede todo crimen anterior.

 

Tal vez mejor sea enunciar la premisa de la que parte todo: LeBron James no puede hacer nada que no sea motivo de universal reproche.

 

Cabe aquí señalar la primera y más grande incoherencia: durante años este jugador ya podía estar desatando el mejor baloncesto del mundo que sus críticos más feroces aguardaban cada final de temporada a esgrimir una cínica sonrisa en la tranquilidad que les procuraba su fracaso. Uno más.

 

Durante años los argumentos contra él se han multiplicado a todos los extremos concebibles. Con el paso del tiempo ya sólo restaba el mayor y principal de todos. En rigor el único y último: el anillo.

 

Y sin anillo LeBron no tenía ningún sentido. Ninguno salvo enfrentarlo con la consiguiente humillación a los anillados pretéritos. A todos. Cualquiera valía para ello.

 

Esa presión de tonelaje mundial llegaba a LeBron personalmente. "Él solo desea el título más que todos nosotros juntos" (A. Varejao). Había dominado los apartados estadísticos como nadie desde Oscar Robertson, Wilt Chamberlain o Earvin Johnson. Había también liderado a su equipo a dos títulos de la Regular. Pero el objetivo final del campeonato era la barrera que año a año se resistía. La de este último especialmente dolorosa, dado que por fin parecía contar con algo más.

 

James era muy consciente de ese presumible fracaso que llevarse a la tumba. A él se le atribuye sin atenuante. Sin anillo no hay gloria.

 

Llegado a este punto el deportista decide, pues, que su mayor urgencia histórica es precisamente la que le exigen: el título.

 

Y así decide obrar. Incluso en perjuicio de su imagen de referente absoluto y esa ficticia leyenda de que haría campeón a un equipo sin un Pippen, un Worthy, un Gasol o un Ginobili. Se aduce incluso una distancia definitiva con Kobe Bryant, como si los tres primeros títulos de éste se debieran a él como el líder de aquella plantilla angelina.

 

De modo que, dispuesta siempre a renovarse, la oposición acusa ahora con abrumador acuerdo: LeBron James es un cobarde que, por extensión, ha cometido crímenes contra la humanidad de Cleveland.

 

Gracias a él se conocen ahora los terribles problemas económicos que atraviesa el condado del Cuyahoga (Ohio), del vacío dejado en New York por un sueño frustrado -al día siguiente su imagen aparecía maldita en numerosos puntos de la ciudad- así como del resto de destinos a pesar de que sólo uno era posible materializar.

 

James eligió el suyo. Pero se pretende hacer creer que alguna otra decisión, cualquiera que el lector imagine, iba a ser aplaudida, aprobada, o aun más improbable, no criticada.

 

En tan feroz intransigencia orbitan sus detractores que, por previsibles, era muy sencillo imaginar por dónde se moverían las consecuencias de haber elegido otro destino.

 

  • L.A. Clippers. Su presencia en Los Angeles no tendría motivo distinto que enfrentar su ego a Kobe Bryant.

 

  • New York. Ningún destino peor para su imagen. Por lo visto no habría elegido el deporte. Sino el dinero. Forbes le daba allí nada menos que el 46.6 por ciento de posibilidades de hacerse billonario respecto a los otros destinos.

 

  • New Jersey. Alguna oscura trama junto a su amigo ‘el rapero' para tomar un destino tan incomprensible a la masa. De haber elegido ese camino Cleveland y New York arderían en su contra con mayor intensidad si cabe.

 

  • Chicago. Siendo éste muy razonable se habría dado con total seguridad el mismo caso que L.A. Si allí era contra Kobe aquí lo sería contra Jordan.

 

  • Cleveland. Tan sólo sus aficionados habrían aplaudido una decisión así. El programa de televisión serviría a sus detractores para inflamar sus iras contra él por el universal teatro organizado para nada. Para quedarse en casa.

 

 

Ese inmenso continente detractor, el más persistente de todo el espectro público, encontrará siempre una coartada a la que aferrarse como si hubiera alguna decisión, incluso su negativa, que fuese aprobada por legítima. De modo que unos han aludido al fondo (debía el total de su existencia a la ciudad de Cleveland), otros a la forma (el programa de TV), y por supuesto, una tercera legión dispuesta a condenarlo todo.

 

Casi huelga valorar la misiva vomitada por Dan Gilbert, el dueño de los Cavs, como el más burdo acto de despecho en la historia de la liga. Un acto que se retrata a sí mismo. Mientras James formaba parte de la empresa, mientras era su gran acción financiera, su gallina de los huevos de oro, el jugador no mereció crítica alguna. Al minuto siguiente de salir, era el peor sujeto en la historia del estado.

 

Son de alabar en este sentido las declaraciones, libres de interés, de una leyenda como Chet Walker. ''Gilbert ought to be grateful, if anything, because for seven years LeBron was the team's cash cow". Un volumen de dinero extendido en años muy superior a los 120 millones de dólares en que tan sólo su presencia había revalorizado la franquicia. Un valor con principio y fin en los bolsillos del dueño.

 

Tampoco merece omitirse el proceso acontecido en buena parte de la prensa neoyorquina, víctima en algún caso de rabietas al modo Gilbert. La razón asoma también aquí con claridad. Dado que James no aterriza en la Gran Manzana, los firmantes no elevarán su condición profesional al nivel de reconocimiento e ingresos que su presencia les habría procurado en años venideros.

 

Imaginemos que se validara el derecho de LeBron a marcharse de la empresa donde ha finiquitado, y mejor que ningún otro empleado jamás, un contrato. Como tantos miles hicieron antes o como lo que simplemente significa la Free Agency: libertad.

 

La ofensiva mayor acudió entonces a la forma: el programa de televisión.

 

Nunca como en los últimos días se empleó el término ‘show' en un sentido tan despectivo como a la aparición de James en ESPN para dar a conocer su decisión.

 

Indica la RAE tres cosas sobre el término: Espectáculo de variedades / Acción realizada por motivo de exhibición / Producción de un escándalo.

 

Suponiendo que el acto de James -que nadie refirió como programa- se acogiera a la segunda acepción, valdría preguntarse de una vez qué es una estrella mundial y qué es lo que supuestamente debe y no debe hacer.

 

Mucho antes que villano James asoma como la perfecta víctima propiciatoria del mundo contemporáneo y la desorbitada relevancia que concede a sus deportistas más excelsos. Es el mundo quien convierte a estos en dioses y no al revés.

 

Ese mismo mundo que ha entronizado a un deportista incluso antes de su mayoría de edad se escandaliza cuando el deportista decide actuar por sí mismo, escapando al protocolo que al parecer también dicta la masa.

 

Pues ya puede ir acostumbrándose el mundo del siglo XXI a entidades globales como Cristiano Ronaldo o LeBron James. Ya puede empezar a asimilar que ellos son los nuevos Michael Jackson o Madonna. Y como tales comenzarán a actuar y comportarse. Porque empieza a ser una forzosa exigencia del guión. Ellos son la firma y el total. Ellos el negocio.  

 

Con un ensañamiento sin precedentes sobre el programa de TV, nada concentró con mayor claridad la ofensiva que el artículo de Bill Simmons, sobrado siempre de audacia, brillante acidez y plástico sentido del humor a sospechosa excepción de este caso.

 

Por una vez el autor no tuvo reparos en enfundarse la sotana populista de un predicador, asegurando haberse visto obligado a apagar el televisor y acostar a los niños dada la presumible condición tóxica de las imágenes.

 

Sin embargo no había el menor problema en que los chiquillos leyeran algún día la columna de su padre y entendieran que lo que James había hecho a Cleveland era equivalente, literal, a lo que el Enola Gay hizo con Hiroshima.

 

Dado que James había decidido que los ingresos por TV fueran a parar a una fundación benéfica, Simmons le acusaba ahora de emplear demagógicamente a los niños en su propio interés. Pero en cambio no veía nada reprobable en emplear a sus hijos sobre el enternecedor acto de acostarles ante semejante espectáculo contra su recta moral.

 

Nadie describió al día siguiente que lejos de la condición de ‘show', el programa no fue más que un simple pastiche de clásica estructura de coloquio en torno a un eje: la entrevista, de sobria puesta en escena y escasa duración. Un programa de TV que una anodina noche de julio animó inesperadamente la parrilla televisiva a unos índices de audiencia acordes con el asunto.

 

Asunto que durante más de 24 meses los mismos críticos, Simmons incluido, habían vendido al mundo como el acontecimiento más importante del orbe NBA en lustros a la redonda. Los mismos que habían elevado el evento a la categoría de Historia se llevaban ahora las manos a la cabeza por un simple programa en la pequeña pantalla que justificara en esencia la importancia del momento. En la Era de la Imagen algo así de repente no tenía sentido. Era un acto imperdonable.

 

De nada servía aquella honesta apertura de Brett Cyrgalis en el Post señalando que "nunca en la historia la decisión de alguien sobre dónde jugar al baloncesto había acarreado tal importancia económica".

 

Daba igual. James no podía hacer eso.

 

 

 

 

En medio de esa oposición sistemática no deja de llamar la atención otro curioso fenómeno. Se adora a toda figura pretérita tan sólo por inercia comparativa, esto es, por el placer de enfrentarla ahora por cuestiones éticas a LeBron James. Si ya se hizo anteriormente por razones técnicas (es todo físico), tácticas (no sabe leer el juego) o psíquicas (egomaníaco), estos nuevos guardianes ingresan ahora de pleno en ese difuso universo de la ética. Ética diseñada a golpe de coartadas.

 

Se adora por ejemplo a un adicto al sexo en grupo -mientras él era el único varón- como Magic Johnson, el mismo que amenazó a los Lakers con largarse si no despedían al entrenador porque el sistema de juego no era de su gusto. Una amenaza del mismo corte que la de Kobe Bryant el esperpéntico verano de 2007.

 

Sorprende cómo buen número de aficionados angelinos actúan desde hace tiempo contra James. Durante los duros años en que Kobe Bryant fue objeto de odio ellos no terminaban de entender el porqué y, por supuesto, rechazaban de plano una situación de ese tipo.

 

Han pasado pocos años y en lugar de haber aprendido la lección, la toman ahora con LeBron. Pudiendo alinearse con una figura que padece igual o peor infierno que el sufrido entonces por la suya, adquieren de repente la misma condición que antaño denunciaban. Han pasado de víctimas por Kobe a verdugos con James. Al extremo de hacer oídos sordos incluso a la amistad que une a ambos jugadores. "As a friend, I'm happy that he's happy", subraya Kobe con la elegancia que falta a muchos de sus fieles.

 

En igual sentido se adora ciegamente a figuras como Bird, Olajuwon, Barkley o Shaq sin tener ni la más mínima idea de que, en términos de ética deportiva, ni fueron santos ni modelos de nadie. Y con frecuencia, su propio entorno los sufrió con toda su sádica crudeza. Se obvia deliberadamente que hasta la fecha no se conocen víctimas en el entorno de James.

 

Quizá lo más asombroso de este fenómeno hater sea que adora hasta la aniquilación mental a Michael Jordan. Lo que James está haciendo con su figura en nombre de sí misma, como unidad independiente de negocio, no supone de momento ni una pequeña sombra de lo que Jordan hizo de sí mismo, pasando por encima del mundo, la ética o cualesquiera principios que no fueran su propio interés. Y todo ello mucho antes de conquistar título alguno.

 

Es como si no se quisiera ver que cualquier manifestación de deportista-business en el siglo XXI tendrá a Jordan no sólo a su figura pionera, sino también al Gran Maestro al que incluso tanto tiempo después cuesta siquiera emular.

 

En los términos en que se acusa a James, todos en torno a una peregrina cuestión de egolatría, no hay nada que se acerque al fenómeno Jordan en toda su extensión, incluidas cuestiones de respeto a compañeros y rivales.

 

Con su habitual honestidad Henry Abbott se preguntaba cuáles podían ser, efectivamente, los delitos de LeBron James para despertar mayor y más inquebrantable odio que ningún otro jugador habido.

 

No es que cueste enunciarlos. Es que hay que rebajar la legislación a extremos que remiten a órbitas totalitarias.

 

Un deportista cuyos delitos se pueden resumir en haberse tatuado en la espalda el sobrenombre con que fue bautizado, largarse sin felicitar al rival una sola vez en su carrera, expresar un tanto ingenuamente su satisfacción mediante pequeños bailes en la banda uno de los cuales dio en un pequeño incidente con el ‘pacífico' Joachim Noah, sucumbir junto a responsables de Nike a la burda tentación de ocultar un mate recibido o finiquitar el verano más esperado en la historia de la NBA con una entrevista por televisión.

 

Es hora de preguntarse si esa terrible secuencia de crímenes es digna, merecedora en conjunto, de esta masiva y casi unánime condena pública que está alcanzando, si no lo hizo ya, límites insoportables. Formulación mucho más sangrante cuando buena parte de ella parte precisamente de las plumas y medios de millonaria condición que le encumbraron a ese trono sin reinado.

 

Inmediatamente después de caer en Boston, cuando ya LeBron estaba más preocupado por saldar esa cuenta pública saludando a sus rivales -lo que nadie exigió a Celtics y Lakers-, una gigantesca oleada en su contra amaneció al día siguiente en grandes y pequeños medios. Se excedía, como siempre ocurre con él, lo estrictamente deportivo. Se excedía cualquier contención y límite.

 

En medio de esa terrible vorágine llegó a la redacción de ESPN un pequeño correo, expuesto con la honesta claridad de un chiquillo, consumidor de medios y redes, que simplemente no daba crédito a lo que veía y se preguntaba el porqué. Llevaba por título On the criticism of LeBron James.

 

 

 

 

La oleada de rechazo a su figura promueve, como acostumbra el pensamiento unívoco, lapidario y aplastante de las corrientes al amparo del rencor, una silenciosa y como automática adhesión. Se observa en la prensa de otros países una filiación ideológica al fenómeno, como si en lugar de actuar de manera independiente, lo hicieran como medios sucedáneos de segunda fila al modo de un megáfono. Ahora que Internet permite el feedback se alienta a toda una generación de jóvenes sin gran preparación y crédulos de aquello que procede del otro lado a promover y reproducir un resentimiento global.

 

Tales están siendo los extremos superados en esta brutal cruzada que en las últimas horas comienzan a multiplicarse artículos en sentido contrario. Autores un tanto perplejos que se preguntan, con toda la fuerza de la cuestión, qué es lo que ha cometido este deportista para merecer todo esto. Dónde encontrar en su carrera el punto exacto del crimen. "It's tough for a 25 year old basketball player who has done nothing but follow the rules", se preguntaba Ron Hart.

 

Durante siete años LeBron James situó a Cleveland no sólo en el mapa. También en su cima histórica. Dio como deportista lo mejor de sí mismo sin alcanzar la gloria final. Históricamente un periodo que quedará profundamente marcado bajo su responsabilidad. Más allá de su carrera deportiva son incontables las obras a su nombre con la ciudad como depositaria. Horas después de decidir su marcha ardían sus camisetas en las calles. Acción aprobada por una parte de la prensa y la universal masa social del deporte en nombre de una curiosa postulación ética.

 

Visto el nuevo panorama, ahora en Miami, ese mundo abismal respira tranquilo. Dado que todo aquello que no termine en título -nuevamente la prisión del anillo- será brutalmente empleado en su contra. Volando bajo, agazapados a la espera de carroña, lo harán de nuevo con ‘sentido ético'. Como si ese insobornable sentimiento que no puede referirse en justicia más que como odio, fuese moralmente superior a la aparición de James en un programa de televisión.

 

Uno de los más perplejos con la situación creada, Ben Steigerwalt, formulaba un escenario público de rechazo en el que enfrentaba la marcha de LeBron a Miami ante los casos de violación de Ben Roethlisberger y Lawrence Taylor, así como el escándalo Tiger Woods. LeBron ganaba en esa hipótesis por goleada. El analista se veía obligado entonces: "If athletes committing crimes against other people isn't the biggest driver of vitriol, we have a problem as a society".

 

Separar al digno crítico, cada vez más escaso, del masivo orbe de haters es bien sencillo. Estos últimos, aun a estas alturas, jamás pronunciaron una sola buena palabra sobre James. Están completamente incapacitados para ello. Ni una sola línea ni letra tanto tiempo después. Nada.

 

Si James no puede dar un solo paso que no sea motivo de condena es precisamente gracias a ellos, todo un ejemplo de la humanidad, ética y justicia que al parecer el mundo del Deporte precisa.

 

Y urge más que nunca preguntarse qué sentido tiene el Deporte si éste es el trato que merece uno de sus mejores vástagos.

 

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