ACBBlogs

*Se respetan en casi su totalidad las declaraciones vertidas en su idioma original.

 

 

 

 

LeBron James es un caso clínico, infinitamente más sociológico que deportivo y así rezará en los libros del futuro. Como el compendio de adónde han llegado las tecnologías de la información, cuál es su uso, cómo su contagio y con qué fines.

 

Resulta prácticamente imposible poner orden en torno a una figura sobre la que se vuelca en tiempo real un volumen de información tan colosal que más que a precisión obliga a embarcarse en una sola dirección, arrastrado por la virulencia de una corriente que gana fuerza a cada minuto y que, en perspectiva, celebra una unanimidad monstruosa.

 

Con James ocurre que el juicio es diario (horario en las últimas semanas). Y lo sucedido hoy prima sobre lo de ayer. De manera que James es tiempo presente con toda su instantánea crudeza. Ambos factores, propaganda masiva y velocidad instantánea, nublan como con ninguna otra figura deportiva las consideraciones que dejar intactas.

 

Su carrera en vivo se ha convertido además en un Reality de interacción universal, un espacio de infinita magnitud donde lo informe suplanta a lo informativo.

 

Desde un punto de vista deportivo, y muy a grandes rasgos, James fue el mejor jugador del nuevo proyecto de Miami durante la complicada temporada regular de 2011. Lo fue como lo había sido el año anterior en Cleveland. Y el anterior. Y el anterior. Tal y como llegado un punto, en torno a los 22 años, en torno al milagro de colar a los Cavs en las Finales de 2007, se instaló un incuestionable consenso entre los pilares que sostienen el negocio NBA de que el jugador con mayor potencial para hacer a cualquier equipo campeón era James. Y todo el largo y pesado prolegómeno del verano de 2010 no hizo sino confirmarlo.

 

Incluso la furia de Cuban al materializarse el proyecto Miami se sustentaba en realidad en no haber podido hacerse con él (meses antes cortejaba al jugador y su business manager Maverick Carter a través de mensajes de móvil).

 

Sin embargo el tratamiento recibido desde cualquier arista del mundo deportivo no ha reflejado un paralelo respeto por estatus. Antes bien todo lo contrario. A un extremo, el fenómeno hater, sin precedentes –comienza a haber acuerdo– en la historia del deporte americano. Su caso, a día de hoy, ya rebasa con creces los duros episodios que pesaron sobre Kobe Bryant, Rick Barry y Wilt Chamberlain.

 

Sobre la pista, una vez apagado el monumental Tim Duncan, si un jugador podía ser desplazado del trono NBA por James, ése era Kobe Bryant.

 

El verano de 2001 un chaval de 16 años, una de cuyas primeras definiciones mezclaba a Kobe Bryant y Magic Johnson, se presentaba al ABCD Camp en New Jersey como la máxima atracción. Ya entonces lo era a pesar de la presencia de muchachos algo mayores como Carmelo Anthony, Chris Bosh, Charlie Villanueva, Raymond Felton, Sebastian Telfair o Deron Williams. Y precisamente como invitado de honor, Kobe Bryant, del que el jovencito, natural de Akron (Ohio), no quiso despegarse por la profunda admiración que le profesaba. Era la primera vez que ambos se veían y Bryant ya era dos veces campeón de la NBA.

 

Diez años después, a pocos días de volver a verse las caras para el partido de Navidad, LeBron recordaba aquella jornada y actualizaba sus sensaciones hacia Bryant. “Mi impresión hacia él sólo ha aumentado. Es uno de los mejores competidores que hay. (…) He does whatever it takes; he puts himself and his teammates in a position to win. He holds himself to a higher standard”. Para terminar desmarcando su corta y aún infructuosa carrera de la del mito amarillo. “I'm trying to do that”. En aquel partido, que Miami se anotó por 80 a 96, un lance del juego dio con esa versión enojada de Bryant durante unos segundos hacia él, a quien recordaba: “Eh, I’m a champ”.

 

Bryant ya había destinado una pequeña perla un par de meses atrás cuando, a la pregunta de quién ganaría un 1x1 entre ambos, repuso con seguridad: “I'd win, I'd win. That's what I do. One-on-one is ... that's easy for me, you know”. Lo cual era perfectamente posible y no debería entrañar polémica alguna. No mientras el portavoz de una declaración así no fuera LeBron James, cuya temporada en términos de aire, de libertad de expresión, ha estado como con ningún otro jugador jamás “under the microscope. (...) His every mis-step and perceived mistake (have been) examined and consumed by a public desperate for another chunk of his scalp” (S. Powell).

 

Si en cambio las declaraciones, de múltiple origen, iban dirigidas contra él o el proyecto de Miami, siendo el primer destinatario lo único relevante, no solamente no habría problema. Serían jaleadas como lo fueron las primeras reacciones de Charles Barkley, Magic Johnson o Michael Jordan, del mismo modo que las repetidas imitaciones de Dwight Howard hacia el chalk toss. Por simpáticas, por graciosas. No como aquellos bailes de James que, más de un año después, siguen sin caducar en el imaginario. Ni probablemente lo hagan nunca.

 

La temporada de 2010 no terminó pues con el anillo angelino. Entró hasta bien cocido agosto formándose una segunda temporada o una larga previa de la 2011. El volumen de información NBA arrojada durante aquel mes de julio decuplicaba el del lustro anterior en esas mismas fechas en su totalidad. Las reacciones, simplemente, no podían contarse. Abarcaban el completo orbe social y ello incluía a políticos de todas las alas hasta llegar a la Casa Blanca (“You could see LeBron fitting in [Chicago] pretty well”, deseaba Obama). La LeBron James Fever, que llamó la ABC, no remitió. Ardería de entonces a nuestros días.

 

Delito y condena coincidían: The Decision. Fondo, forma o ambas.

 

Contra el fondo, y como principales portavoces, Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird y Charles Barkley. Según ellos unirse a dos estrellas era un error histórico por renunciar a su condición de macho alfa. Especialmente virulenta la reacción de un Barkley –“You don’t leave anywhere”– que parecía olvidar sus días de “trade me” en Philly o precedentes como Wilt Chamberlain, Moses Malone o el más reciente Shaquille O’Neal, cuyo anuncio de fuga a Los Angeles, como recordaba Araton, tuvo lugar entre la víspera de los Juegos de Atlanta y horas después de la conmoción nacional por la tragedia del vuelo 800 de la TWA.

 

En la segunda semana de julio, con el pueblo alzado en armas, un sorprendido Mark Sheehan, el responsable del club Boys&Girls en Virginia (ONG destinada a la protección de jóvenes desfavorecidos), se valía de un pequeño medio como plataforma. Informaba que para mantener a uno de sus muchachos fuera de problemas la Fundación precisaba de unos 1.500 dólares al año. Sheehan acudió a los medios buena parte de los cuales le dieron la espalda para agradecer que James había donado dos millones y medio de dólares (2.500.000) a la Fundación. La donación, la distribución de cuyo programa debía incluir la compra de más de 1.000 ordenadores con fines educativos, no sólo fue mayormente silenciada –como el caso del niño paciente de cáncer Stephan Gutierrez– sino que, de referirse, se hizo como sucio artificio compensatorio.

 

En octubre LeBron era el único miembro en la plantilla de Miami en quedarse a solas, a veces durante horas, con el novato gravemente lesionado Da'Sean Butler para compartir con él duelos de tiros libres. La única utilidad de aquellas veladas en privado era que el joven no cayera en depresión. No hubo nada que hacer y el cuerpo técnico se deshizo de Butler a finales de mes.

 

La Opening Night, que acabó con la humillante derrota en Boston, se convirtió en el partido de Regular más visto en la historia de la TV por cable. Los medios tomaron buena nota. ABC, TNT, ESPN, NBA TV habían cerrado ya la emisión de los Heat a nivel nacional con picos de hasta 14 partidos entre febrero y marzo. Aquella derrota, la aplastante forma en que se produjo, alentó nuevamente la primera oleada de temporada.

 

La voracidad de la información en una dirección prácticamente uniforme cuestionaba incluso el sentido de la profesión periodística a nivel global. De ahí el lúcido artículo, obviamente desapercibido, obra de Ben Wanatabe en el Express bajo el revelador título Victim Of a Global Society donde exponía cómo un asunto menor podía extenderse hoy en día por todo el planeta en cuestión de segundos liquidando todo razonamiento o la exposición de hechos que contravinieran el único y prioritario objetivo.

 

Según el autor, que denunciaba casos anteriores por simple analogía (Charles Barkley, Michael Jordan, John Elway o Eli Manning), el razonable espacio crítico estaba dando paso a niveles de Red Code, una línea que ya se había cruzado repetidamente en innumerables medios, uno de los cuales, el Daily News, elevó a LeBron a portada con igual tratamiento gráfico que un genocida, encriptando el calificativo de “Hijo de Puta”.

 

 

 

 

 

Tiradas agotadas, excedentes de ventas, niveles de audiencia imprevistos, éxito asegurado.

 

Daba inicio en adelante el suculento negocio del odio, recogido de manera inmejorable por las ediciones digitales deportivas de todo el mundo. La ecuación era sencilla: bastaba un titular de LeBron y un predicado contra él. La audiencia lectora, alentada previamente al ardor de los comentarios, ese recurso cuyo origen no vino motivado, como se cree, por la cortesía del feedback sino por la multiplicación de entradas (page views), se convertía así en el perfecto combustible para regocijo de directivos y publicistas.

 

La temporada de 2011 podía perfectamente retratarse como una pira de fuego con un muñeco incombustible.

 

Ante un panorama (informativo) desaforadamente tóxico algunos profesionales reaccionaron en justicia. Ya en octubre Ben Golliver aseguraba que contra la imagen que se ha exportado de él, “James has always reflected a happy go-lucky playful nature. He dances with teammates. He raps on-court (and in the locker room, loudly). He chuckles in interviews and smiles for the camera. This man is not a brooder. (...) This is not a man fueled by rage and hatred. (...) James is not who we want him to be, and that's really been and continues to be his biggest crime”.

 

Con la temporada iniciada las citas de Miami –en Boston, Los Angeles, Cleveland– marcaban el calendario. Así en un cómplice seguidismo a la gigantesca ESPN se orquestó desde los mass media una campaña donde el morbo de su regreso a Cleveland, para el 2 de diciembre, lo permitía prácticamente todo.

 

Aquel regreso, una caza de bruja(s) a placer de la pantalla nacional, marcado por la deplorable sensación de que ocurriera algo, uno de esos incidentes que la farisaica moral mediática arrimarse luego a lamentar, fue visto por algo más de 7 millones de espectadores, superando los 5 puntos de 'share' en la TNT, lo que equivalía a un aumento del 257% respecto a la misma emisión NBA el año anterior (Celtics-Spurs) y un punto superior al Eagles-Texans de la NFL; iguales éxitos que la Opening Night o la posterior Christmas en Los Angeles.

 

El público respondía así al reclamo James en pantalla dentro de una fabulosa inflación de audiencias que la NBA ha acusado positivamente durante toda la temporada de 2011. La pira de fuego al muñeco probaba a cada minuto su rentabilidad. “An entire season under a national microscope unmatched in the history of team sports. Every itch is documented, every scratch is scrutinized, every star is questioned about every public act, every day is another chance for them to embarrass or enrage” (Bill Plaschke).

 

Porque el mensaje matriz había quedado claro en las ediciones deportivas de todo el mundo: cargar contra LeBron James era altamente rentable, lo que rápidamente dio lugar a un nuevo proceso donde pasar de la observación a la persecución.

 

Uno de estos actos de acecho dio con la preocupante derrota de Miami en Dallas el 27 de noviembre. En un tiempo muerto el choque fortuito entre LeBron y Spoelstra fue globalizado con el arma privada de Youtube y sentenciado como una visible agresión del jugador a su técnico. Había nacido el Bump Gate, otra billonaria conspiración en la que James aparecía a los ojos del mundo como el verdugo de su joven, inexperto y frágil entrenador. Sin haber un solo precedente suyo de agresión hacia jugadores o complot hacia técnicos la ruptura entre ambos, así se hizo creer, se daba por hecha. Incluso se vinculaban como prueba las declaraciones de James tras la derrota en Boston de octubre donde se dijo sorprendido de su minutaje (obviando su intención de abrir el roster en la promesa del técnico), tal y como Pau Gasol haría con Jackson entrado diciembre.

 

Lo que en cualquier otro equipo hubiese sido pasado por alto de manera interna obligó a ambas partes a una reunión para poder negociar no sólo aquella situación sino las que vendrían en adelante. “We can’t do it without one another. He’s captain of the ship, and I’m one of the soldiers” (James). “A reminder for both of us that we have to manage all the noise outside and keep it to what's real. (…) We needed to be able to manage that and not let it be a distraction” (Spoelstra).

 

Preguntado un miembro del vestuario Heat por quien suscribe su respuesta fue tajante: “El ambiente entre nosotros es fantástico. Era de esperar. Si miras nuestra plantilla te das cuenta de que hay un montón de jugadores veteranos que llevan años jugando en esta liga, que tienen toda la experiencia para saber lo importante que es un vestuario unido. Conocen su rol en el equipo y el de los demás, y vamos todos a una. Todos estamos preparados. (…) LeBron es una gran persona, un tremendo líder y un compañero increíble. Es alguien a quien importa lo que piense el compañero. Es un tipo humilde ante todos nosotros. Ha venido aquí a realizar el trabajo más fuerte. Como compañero te digo que nos agrada mucho su presencia”. Palabras que no hacían sino confirmar la ausencia de crítica alguna hacia él por parte de compañeros, ex compañeros, ex técnicos y miembros del entorno que, efectivamente, había convivido con él en los últimos ocho años.

 

Uno de los portavoces de aquella ruptura, Chris Broussard, mantendría un aparte con James tras el partido en el Madison de diciembre en términos disculpatorios. “No problem, Chris. It’s not an issue”. Ninguna rectificación al respecto fue publicada.

 

Ante el cariz que estaban tomando las cosas el veterano Sam Smith, galardonado este pasado mes de mayo con el Phil Jasner Lifetime Achievement Award como reconocimiento a toda su carrera, se pronunciaba ya en el mes de enero en términos algo perplejos: “James, like no one before him, has become some sort of personification of sporting evil, if not entirely clear why this all occurred. It's real now”. Según Smith había sobrevenido un panorama imprevisto por el propio deportista, “events he has no idea how to contend with yet control. He walked innocently into that "Decision" TV which started all this. (...) I'm fairly sure James had none of this planned. I'm fairly sure James never wanted any of this. He's not an evil person as far as anyone can tell”.

 

Precisamente Chicago había sido el equipo con el que LeBron prolongó más sus reuniones solicitando incluso alguna cita más antes de tomar su decisión. Durante un tiempo indefinido en aquel principio de julio, que Wade y James recalaran en los Bulls fue una posibilidad real.

 

Con el cambio de año Miami conquistó un nuevo nivel de juego venciendo en 21 de 22 partidos y encadenando 13 de ellos a domicilio. Para el 9 de enero, con la victoria en la prórroga en Portland (100-107) y jugando unos minutos como pívot, LeBron había sido probado en las cinco posiciones del juego dando un salto cualitativo como fortaleza defensiva a cualquier nivel. No mucho después Spoelstra aseguraba que defensivamente podía “arrojarlo contra cualquiera” con éxito.

 

Para cuando los Cavs visitaron Miami el último día de enero el que fuera equipo de James acumulaba 30 derrotas en sus últimos 31 partidos, 23 de ellas consecutivas a domicilio. Preguntado con esa reiterada insistencia sobre cuestiones de fondo especialmente morboso James insistió: “I have nothing bad to say about the players that I left and the team. I wish the organization the best. And I wish the fans, more than anything, the best because we had a lot of great years together”. Sobre una parte de la atmósfera creada en torno al jugador que parecía convertir en Clevelander a todo americano, uno de sus ex compañeros había confesado a quien suscribe (10 nov.): “No lo entiendo. No entiendo cómo la gente olvida que él ha sido un jugador que ha hecho mucho por el equipo y sobre todo alguien que ha hecho muchas cosas por la ciudad de Cleveland. Muchas”.

 

Precisamente para el día de Acción de Gracias el jugador organizaba, como acostumbra anualmente, la distribución de más de 700 cenas entre homeless y jóvenes desfavorecidos en el área de Akron, su localidad natal. Todo ello a cargo de la LeBron James Family Foundation, una de las asociaciones fuera de la órbita del NBA Cares con menor calado mediático. Así toda mención brilló por su ausencia.

 

La escenografía de la temporada en el total de pabellones de la NBA, ciudades sobre las que James jamás se había pronunciado, vino marcada por virulentos abucheos cada vez que tocaba el balón. A cercanía de grada los insultos y procacidades se multiplicaban hacia él. Así el 11 de febrero en Detroit las cámaras recogían una de las consecuencias de la atmósfera irrespirable en torno al jugador. Un espectador de las primeras filas cruzaba la línea calificando de “puta” a su madre Gloria. De manera instantánea, evitando esa trampa donde algún deportista maldijo caer, James daba una auténtica lección de aplomo.

 

Una nueva embestida tendría lugar entre finales de febrero y principios de marzo cuando Miami acumuló por primera vez cinco derrotas consecutivas (6/7) encadenando LeBron ante Chicago, New York y Orlando tres partidos con error de clutch. Las consecuencias no se hicieron esperar y de repente James, el jugador que más canastas decisivas* había anotado en la NBA desde 2003 (* canastas en los últimos 30 segundos que permitan igualar o adelantar al rival en el marcador), fue aniquilado como clutch player o figura a la que entregar finales de partido.

 

A la siguiente derrota ante Chicago, Spoelstra entraba ingenuamente en el terreno de la emoción asegurando que había jugadores “llorando en el vestuario”. El reclamo era perfecto y la reacción recogida, una vez más coralmente por todos los medios, lo que Brian Windhorst refirió como “National Joke”.

 

James declaraba entonces que el justo MVP de la temporada era Derrick Rose. De su candidatura, cerrada entre ambos, lo descartaría en adelante la racha de cinco derrotas más la serie de malos finales de partido donde sus fallos despuntaron demasiado. Rose aprovechaba aquellas dos semanas para pegar un aldabonazo arrastrando con ello a Chicago, que para colmo vio a Rose como líder de una victoria más sobre los Heat en Miami (3-0). Era el escenario perfecto. Donde Rose tomaría la directa hacia el galardón.

 

La oleada de críticas hacia LeBron más sus palabras hacia Rose provocaron en éste una honesta reacción contra lo que se venía publicando. Rose se sintió entonces tan agradecido que a principios de mes acabaría filtrando el mensaje de texto que envío a James para acabar con las informaciones según las cuales Rose no quería jugar con él. SMS: “I’m just hitting you up to kill all the rumors that I don’t want to play with you. I’d like to play with you. I just want to win”.

 

Aquella cuádruple racha de derrotas abriendo marzo sería el punto de inflexión para la trayectoria de los de Florida hasta el final de temporada. Miami se convertía, junto a Dallas, en el equipo más peligroso a domicilio y encadenaba para cerrar el año 15 victorias en 18 partidos. No así el trono del Este, en manos de Chicago.

 

En su primer episodio los Heat se habían quedado a dos victorias de las 60. Sin el concurso de Udonis Haslem ni prácticamente Mike Miller, con una rotación de múltiples cambios, un baloncesto de poca luz sustentado en una defensa feroz más la variable mordiente en ataque de sus tres estrellas y alternativas del resto, Miami se plantó en los playoffs sin la unanimidad del favorito. A lo sumo, potencial en algo que podía rajar la carrera de James en dos partes: “(Now) LeBron gets to pass the ball to Dwyane Wade in the playoffs instead of Mo Williams. Big difference” (Shaun Powell).

 

En aquellos días de abril LeBron empleó su tiempo en el baloncesto, su único hábito, a niveles de entrenamiento intensivo. Y a ello añadió el minucioso visionado de playoffs NBA de todas las épocas para terminar con la revisión íntegra de las Finales de 2006. Preguntado después por ellas respondió: “Unbelievable. Unreal”, en palabras dirigidas a la actuación de Dwayne Wade, que con el 2-0 ante Philly tuvo aún que afrontar preguntas motivadas en realidad por su compañero y amigo. “Dwayne, ¿te resulta difícil creer que no hayas ganado una serie de playoffs desde 2006?”. Aquello condujo a Spoelstra a recordar a la prensa otra suspicaz rumorología que hacía referencia a que la amistad entre Wade y James no era tan real como se presumía. Otra información infundada.

 

El 4 a 1 a los Sixers cumplía como prevista la primera parte del guión, donde James comienza a convencerse, salvo en la defensa a Iguodala, de que su desalerización no afectaría negativamente al equipo, con momentos ese particular brillo que inspiró a Hubie Brown durante la retransmisión ante Oklahoma del 16 de marzo a asegurar que “viniendo en transición y a campo abierto LeBron James es el mejor jugador en la historia del baloncesto”. A la intención del jugador de potenciar su distribución contribuyó igualmente la ausencia de un verdadero playmaker, uno de los más visibles defectos del equipo durante todo el año que había dejado en permanente suspensión ese vacío primero con Arroyo y posteriormente con Chalmers y Bibby.

 

A finales de abril Mark Gillespie cometía un acto de valiente honestidad al publicar en el Plain Dealer de Cleveland que LeBron había donado otro millón de dólares (1.000.000 $) en material didáctico, informático y deportivo para un total de 59 centros benéficos a lo largo y ancho del país.

 

Ante la nula publicidad del caso la directora de una de las Fundaciones del área noreste de Ohio, Teresa LeGrair, rogó al cronista que reseñara: “It's not the first thing he had done for this community and there will be many more to come. He loves kids and he's proven that time and time again”. El problema residía en que ni a través de Nike ni su Fundación privada James había querido la menor promoción, confirmando así el tóxico efecto lose-lose que, apuntado ya por algunos autores, pesaba sobre cualquiera de sus actos. A través de LeGrair, Gillespie se había hecho con una carta firmada por el jugador que terminaba diciendo: “These additions are great for the neighborhood, and thank you for giving me the opportunity to give back to the Cleveland community”.

 

Para la segunda semana de abril salieron a colación análisis sobre uno de los avances más reseñables de James en su última temporada. Sin apenas depuración, su juego al poste era superior en eficiencia a la suma de Kobe Bryant y Carmelo Anthony en iguales situaciones. De ahí a final de temporada esa aparente fortaleza del juego fue diluyéndose como táctica en los Heat hasta prácticamente desaparecer.

 

Con el 2-0 a Boston no pocas líneas comenzaron a aprobar la lógica de su decisión como entendiendo que LeBron no habría podido batir a los Celtics en una situación distinta, postura que abanderó entonces el New York Times. “James made a perfectly logical choice. He was a superstar in need of superstar assistance. The Cavaliers could not provide it. The Heat did, in a major way” (Howard Beck).

 

El final de aquella serie parecía el soñado por el propio jugador. Con 3-1 a favor, 87-87 en el cuarto y algo más de dos minutos por jugar James estalló como un artefacto nuclear:

 

Triple desde la diagonal.

Triple desde la frontal.

Robo de balón y mate.

Bandeja con la izquierda en 'traffic'.

10 puntos consecutivos, 16-0 de parcial, la victoria y la muerte de los Celtics, la que había sido su principal bestia negra desde 2008.

 

Con la bocina final Kevin Garnett y Rajon Rondo huyeron a vestuarios sin felicitar al vencedor, precisamente el motivo mil veces repetido como denuncia en su contra a la eliminación a manos de Orlando en 2009. En la prensa, esta vez, no hubo artículos al respecto. Tan sólo James, pese a protagonizarlo una sola vez en su carrera, era acreedor a esa culpa.

 

Por unos días parecía que lo estrictamente deportivo comenzaba a ocupar un primer plano y así Tom Haberstroh sentenciaba: “We just witnessed one of the best clutch performances in playoff history. And it came from the hands of LeBron James”.

 

Con la eliminación de Boston y uno de los finales más grandiosos en toda su carrera un LeBron nervioso, casi disculpado, abría así su intervención ante la pantalla nacional junto a Craig Sager:

 

“First of all thanks to the Boston Celtics, coach Rivers, that coaching staff, those players, they make you fight for everything. You can never take a second off”.

 

Minutos después, en rueda de prensa, pedía públicamente perdón por la forma en que todo había ocurrido meses atrás: “I knew I had to go through Boston at some point. I went through a lot signing to be here and the way it panned out. I apologize for the way it happened, but I knew that this opportunity was once in a lifetime”.

 

Por fin, lo que con inusitado empeño se le había exigido a diario durante once meses, fue consumado. Se intuía entonces una tregua y el término ‘maturity’ empezaba a multiplicarse en su nombre dado que era momento de hacer balance a un año de discreción, resistencia y conducta impecables, la principal intención de LeBron durante toda la temporada en su ingenua percepción de que le sería posible “no dar que hablar”.

 

A ello contribuyó el propio Doc Rivers, que correspondía en justicia:

 

“I've never seen a team more criticized in my life, and a guy, LeBron, criticized for doing what was legal. He didn't break a law, and he didn't do anything wrong. The preseason parade may have been a little much, but other than that? (...) I don't think you can play this sport and be a winner without emotion. For me, it was good to see”.

 

Rivers de hecho responsabilizaba en buena parte a los medios de que LeBron, de que Miami, hubiese despertado como bestia:

 

“I didn't like (the criticism) because I thought it helped them. They got booed for everything. I said it all year that I wished (the media) would leave them alone, because it allowed them to go through something and prepare for the playoffs”.

 

Al inicio de las Finales del Este ante Chicago LeBron era, con 28.9 puntos, el jugador con mayor promedio anotador en playoffs de toda la NBA.

 

Después de una hiriente derrota en el estreno, Miami volcó el completo de sus fuerzas a la destrucción defensiva dejando buena parte del ataque en manos de sus tres estrellas y una rotación convincente.

 

El apabullante final de aquella serie (18-3), con nuevamente varias canastas decisivas de James en los últimos segundos, vulneró incluso el esquema previsto según el cual James iría dejando paso a Wade como principal referencia ofensiva. Un papel que el genial Beckley Mason refirió como “The Cerebral Side of LeBron James”, o de otro modo, “what his coaches during his professional career, Mike Brown and Erik Spoelstra, have many times repeated: LeBron is one of the smartest players they’ve ever seen”.

 

 

 

 

 

Durante la eliminatoria Wade mostró un peligroso estado fuera de forma al que sólo el resultado final pudo poner término. Pero no así con su compañero de equipo, decidido a una maniobra que poner en marcha más adelante.

 

Precisamente debido a aquel dominante final y en perspectiva, al subidón de juego de James, Scottie Pippen, testigo presencial de su actuación en el United, realizaba sin mayor intención unas declaraciones a ESPN Radio en las que insinuaba una posibilidad: que James pudiera convertirse algún día en el mejor jugador de la historia. El revuelo de aquellas palabras, sospechosamente volcadas al mundo como B mejor que A, inexplicablemente mutiladas del más crucial matiz –“Don’t get me wrong, M.J. was and is the greatest”–, no tuvo el menor límite y el debate se movió entre el escándalo y la intransigencia. Un bloque de acero contra el que las tiernas palabras del propio James chocaron en silencio:

 

“Mike was an unbelievable player. I got a long way, long way to be mentioned as one of the all-time greats. Not even just Jordan – there are a lot of great players who have played in this league: Larry Bird, Kareem Abdul-Jabbar and all these guys that are floating around with multiple rings. Bill Russell. All of these guys who have pioneered the game.

 

(…)

 

“I’m gracious, humbled by Scottie’s comments with him being a teammate of his and seeing Michael on a day-to-day basis. But as far as me?”.

 

Miami estaba en las Finales. A fuerte tirones el experimento había salido bien a la primera.

 

En vísperas de las series por el título, y demasiado seguro de que el equipo funcionaba a márgenes amplios de versatilidad, LeBron y Wade mantuvieron una reunión en privado a petición del primero. En ella James pidió a su compañero su versión más anotadora, su más agresiva, su versión de las Finales de 2006 por cuyo concurso había quedado hechizado. Con ello pretendía dos cosas: 1) Recuperar la confianza de su compañero (perdida en buena parte de las ECF ante Chicago) y 2) 'Playmakear' cómodamente sobre ese eje en la creencia de que el equipo, a esas alturas, funcionaría a pleno rendimiento. Y así fue durante el primero y casi el segundo partido.

 

Ello se tradujo automáticamente en las cifras previstas pero, a la vez, en un efecto muy contrario al deseado. En los cinco primeros partidos de cada serie LeBron pasó de 108 (Boston) a 94 (Chicago) a 75 (Dallas) tiros a canasta. A su vez Wade tomó el testigo pasando de 79 (Chicago) a 92 (Dallas). Para cuando quisieron darse cuenta el 2-3 en la eliminatoria cuestionaba muy seriamente el plan iniciado al que Spoelstra había dado el visto bueno en la también ingenua convicción de que funcionaría.

 

No funcionó.

 

Y Dallas, una genuina apología de la experiencia, perfilaba así su último y fabuloso asalto al cetro, consumado en un sexto partido que cumplía la vieja tradición de dominio terminal en los Campeones.

 

Si bien parecía que era imposible incrementar la presencia mediática contra él, las críticas redoblaron su número y fuerza. En lo deportivo, legítimas. En lo demás, asomaron durante las series rumores en modo bomba que corrieron como la tinta asegurando que Rashard Lewis se había acostado con la madre de sus dos hijos, exactamente un año después del rumor que apuntaba a la relación entre Delonte West y Gloria James. Emergieron asimismo informaciones procedentes de fuentes anónimas que cargaban contra James con el peregrino –y falso– argumento de escribir sus mensajes como King James o de prodigar el peor trash-talk en pista cuando, en realidad, se trata de uno de los jugadores de menor ofensiva oral en juego. Siendo todas ellas fuentes anónimas se publicaban y extendían igualmente.

 

Aun sin apagar el curso Shaun Powell certificaba: “LeBron is a public obsession”.

 

En su última intervención del año James sustentaba su alocución en tres ejes:

 

Autocrítica: “I wasn’t able to help us in this series. (…) It hurts me, and I get on myself when I’m not able to play well and help my teammates win”.

 

Elogio al rival: “They did a great job of every time I drove. A great job defensively. Very underrated defensive team. (…) They did a great job. Much respect to them”.

 

El deber profesional: “I can only prepare myself each year. In the summertime I’ll put a lot of hard work into my game (…), work hard every day to go out there and perform at a high level for my teammates”.

 

Y una (tierna) defensa personal: “I know how much work as a team we put into it. I know how much work individually that I’ve put into it, when you guys are not around. That’s something people don’t see. I think you can never hang your head low when you know how much work, how much dedication you put into the game of basketball when the lights are off and the cameras are not on”.

 

A la pregunta de qué diría a esa billonaria masa humana que ambiciona su fracaso, que siente hacia él un desprecio infinito y que celebra su pública humillación, LeBron respondió con un trasfondo cuyo significado final era la indiferencia. De sus diez nutridas respuestas tan sólo ésta fue multiplicada hasta la extenuación en los medios. La única del completo de su intervención.

 

Muy por encima de ello la percepción del macho alfa que toma el mando de unas series Finales al modo en que algunos de los más grandes jugadores de la historia consumaron no fue el caso de LeBron James cuando más procedía hacerlo. “A complete reversal from the Eastern Conference finals” (Powell). En ese sentido la percepción del fracaso, al primer intento en su nuevo ciclo, era difícilmente eludible.

 

Como abismo personal, sus 8 puntos en el cuarto partido, no podían sostenerse desde ningún punto de vista. Especialmente siendo la primera vez en sus últimos 434 partidos (incluyendo regular y playoffs) que anotaba menos de 10 puntos, y la novena ocasión en 717 partidos a lo largo de su carrera.

 

Algo dentro de sí, a todas luces inexplicable más allá de una profunda incapacidad para superarse, renovaba esa versión oscura, abismal y frágil de un jugador aún indescifrable.

 

Precisamente por esa dificultad de comprensión Mike Wise se adentraba en el delicado terreno psicológico aportando un audaz punto de vista como posible explicación al por qué LeBron James pudiera ser el mejor jugador del mundo en el baloncesto de crucero para humanizarse tan dramáticamente con la orilla a la vista. Para ello se valía de una regresión a su (difícil) infancia:

 

“He needed something to latch onto that he couldn’t get at home: Trust. Safety. Security. The idea that LeBron James doesn’t have to do it all himself -- hoist a mother and extended family out of abject poverty, make a franchise profitable while ensuring economic prosperity for a struggling Midwestern city. (...) Can the gifted child shake his boyhood demons and rise above more LeBron Bash-a-thon?”.

 

La respuesta, hasta el momento, es negativa. Y por ello Wise reforzaba la teoría en contraste con la inexpugnable fortaleza de Michael Jordan o Kobe Bryant.

 

La exposición de Wise vino días después a ser compartida en una interesante pieza obra de Eric Adelson, que incidía en la compleja relación cerebral entre la producción de testosterona y cortisol en los momentos críticos. De otro modo: una radiografía del miedo.

 

La completa disolución en las Finales del jugador que venía siendo reside en una causa completamente endógena, propia, suya. No hay razones tácticas o externas. No se explica de otro modo que una estrella habituada a copar tronos numéricos se haya coronado de pronto como el jugador que arrastrando promedios superiores a 25 puntos haya acusado el mayor descenso de anotación en unas series Finales (-8.9 James 2011 / -7.7 Chamberlain 1964 / -6.0 West 1972). Una conclusión firmemente apoyada además en la experiencia al darse precedente en las series de 2010 ante los Celtics. Y de no haberla, la eliminatoria asistió a un jugador visiblemente distinto, vaciado de todas sus facultades previas.

 

El término de la temporada, completamente dominado por esa universal percepción del fracaso, ocultó algunas piezas de incluso velada identificación hacia la víctima no desde el punto de vista deportivo sino humano. Una de ellas, la deliciosa It’s not hard to imagine de Bill Plaschke días antes compartida por la habitual sobriedad de Harvey Araton en el New York Times y Sally Jenkins en el Washington Post

 

El trasfondo de ambas piezas había sido ya gráficamente resumido por Shaun Powell contra la completa demonización de un deportista y el público regocijo en su destrucción: “A player who has never been pulled over for a DUI, or punched a fan, left his children, been busted with drugs or committed a crime continues to endure public abuse, all because of a silly 60-minute TV show”.

 

Irónicamente uno de sus principales detractores, periodista en poder de una de las agendas más valiosas de toda la NBA, Adrian Wojnarowski, encarnizado abanderado en la cruzada contra su figura, a la que no perdona no filtrarle información en exclusiva como sí hace alguna otra estrella en la liga, reconocía en una decimal tregua previa a la derrota que “LeBron James is the deepest, darkest swirling vortex of insanity that modern sports has ever seen”.

 

Tras la caída final todos y cada uno de los diques de contención vencieron y el estallido, la universal propagación de toneladas editoriales contra James, difícilmente integrables en el marco del deporte, condujo a la revista Atlantic Wire a filtrar una selección bajo el revelador título: “What to Read if You Want to Revel in LeBron James's Defeat”.

 

Más allá de los denunciables casos de Skip Bayless o Scott Raab, cuyo periodismo hacia el jugador titula cada sujeto como “The Whore of Akron” (La Puta de Akron), una oleada de incalculable magnitud, información donde la reflexión o la proporcionalidad son los últimos principios a cumplir, ha venido incluso arropada por políticos de Ohio hermanados con Dallas.

 

El descontrol del proceso está haciendo asomar incluso la sugerencia, en algún caso lanzada directamente a Pat Riley, de incorporar un equipo de psicólogos a la organización se ignora si como terapia preventiva o como asesoría de imagen.

 

 

 

 

La visible desnaturalización del jugador en la pasada campaña, una sucesión diaria de declaraciones forzadas, artificiales, la total desaparición de escenas de alegría colectiva ‘a la Cleveland’, la suspensión del chalk toss entradas las Finales o el público rechazo a su venal expresiveness, no son suficientes. En el fondo, nada parece serlo.

 

Ignorar el infecto espacio creado en torno a este jugador es ocupar un rango muy inferior de realidad o dar directamente la espalda a ella. Vincular este masivo fenómeno a cuestiones meramente deportivas escapa con creces a la veracidad.

 

Vale por todo ello cuestionarse si las posibles culpas no han sido ya expiadas, formular dónde se encuentran los límites a todo esto y su difuso origen. Y urge muy especialmente preguntarse en nombre de qué ética profesional, ética en definitiva, la sangre, el linchamiento, la venganza y la selección interesada de información en una sola e inquebrantable dirección, han pasado a ocupar la prioridad del Periodismo en este exclusivo asunto.

 

Hace una década América encendía toda su maquinaria mediática al servicio de alumbrar a un niño prodigio la mayoría de cuyos portavoces se erigen ahora como abanderados de su total aniquilación. Este desaforado ideario, presuntamente respetable, convierte a aquel niño hoy en día en el enemigo público número uno, el peor que haya conocido la historia del deporte en los Estados Unidos.

 

Son los guardianes de la moral, los defensores del Deporte de cuyos valores tan cristalino y admirable ejemplo están dando estos días.

 

..............................

 

“I like when I smile and the flashes go off” (LeBron James).