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*Se respetan en casi su totalidad las declaraciones vertidas en su idioma original.

 


 

 

LeBron James tiene tres grandes vicios dos de cuales son reconocidos. Su familia –Gloria, Savannah y los dos niños–, el baloncesto –su juego, historia y entorno–, y leer y escuchar cuanto se escribe y dice de él.

 

 

Pero mientras el baloncesto le resultó plenamente satisfactorio cuando la fase decisiva no estaba cerca, momento en que la enorme responsabilidad sofocaba toda diversión, las críticas hace tiempo que no lo eran. Y como alguien preocupado por no decepcionar ha venido sufriendo. Este padecimiento silencioso bien lo conocen quienes comparten territorio con él. Compañeros y entrenadores en Miami, muy especialmente en Miami, le han venido repitiendo hasta la saciedad que no se culpe tanto en la derrota, que no se obsesione con lo que él entiende que significa “decepcionarles”.

 

 

LeBron pasó la mañana previa al quinto partido de las Finales ante Dallas leyendo todo cuanto sus críticos estaban publicando. Cometió la morbosa ingenuidad de hacerlo sin tener en cuenta las consecuencias. Tuvo dificultades entonces para conciliar el sueño y apenas se atrevía a salir de su habitación. Ambos problemas, insomnio e introversión, se vieron acentuados tras consumarse la derrota. LeBron corrió a encerrarse en casa sin mayor cometido que ver la televisión ni mayor energía que el sofá, al que pronto se vería también obligado a renunciar. Porque en todos los sitios se hablaba mal de él. Muy mal.

 

 

Se refugió entonces en la música. Pero no en sus habituales pastiches motivadores de hip-hop, sino en autores que no escuchaba desde su preadolescencia como Barry White, Curtis Mayfield o Bobby Womack. Melodías que agravaban la introspección. En pocos días y sin mayor compañía que su núcleo familiar se había abismado al amargo sabor de la depresión, inactivándole por primera vez en su carrera deportiva.

 

 

Encerrado presentaba en los peores días una barba más poblada que James Harden. “I lost touch with who I was as a basketball player and a person”. Savannah podía soportarlo, entender que había que pasar por todo aquello. Pero los niños, Junior y Maximus, lo llevaban peor, confusos por aquella versión desconocida en su padre, que ni remotamente quería para ellos. De manera que una mañana, en torno al día décimo sexto, LeBron se levantó de la cama, apretó los puños y puso fin al apagón trazando esa misma jornada un minucioso plan de rescate. Había que ponerse a trabajar, seguir adelante. Y encontró como principal fuente de motivación una promesa de sus primeros tiempos como profesional: no olvidar ni un solo día la condición de privilegiado cuyo caso contrario había marcado su infancia y la juventud de su madre. “Do it with joy and do it with fun and remember that not too long ago this was a dream for you. Playing in the NBA was the dream. Don’t forget that again. Just go out and improve”. Mejorar. Un año más el mismo objetivo.

 

 

Y así arrancó la hoja de ruta.

 

 

Regresó entonces a su casa de Akron para tratar de envolverse de nuevo de algunas sensaciones perdidas, como si volviera a empezar. Estaría en pie cada día al poco de amanecer, tras lo cual haría en torno a 112 kilómetros de bicicleta por rutas que bien conocía. Acudió a ver a su primer entrenador en St. Vincent, Keith Dambrot, el hombre que con él nunca se anduvo con chiquitas. “Tienes que hacer cosas que no quieras hacer. Tienes que hacer más”.

 

 

Hasta entonces LeBron no había sacado coraje para revisar las Finales fallidas, cosa que pasó a hacer en las siguientes jornadas con óptica de examen. No lo haría con ninguna de las falsas victorias sino exclusiva y repetidamente allá donde peor estuvo. Y tomó cumplida nota de ello. Al cabo volaría a Houston para trabajar con Hakeem Olajuwon su mecánica inferior y no únicamente al poste bajo. Empleó una cámara para grabar las sesiones y en adelante la revisión de esos videos fue su única compañía durante los vuelos a China, España e Inglaterra. En privado trabajó lo aprendido junto a su trainer personal.

 

 

Acto seguido viajó hasta Kentucky para trabajar otro aspecto del juego que, entendía, le era aún altamente mejorable: el manejo de balón. Realizó esta nueva prueba junto a su ex compañero en St. Vincent Brandon Weems, ahora director de operaciones deportivas en los Wildcats. La parte más dura de las sesiones consistía en avanzar botando dos balones mientras Weems le forzaba, golpeaba y obligaba a perder alguno. Ello fortalecía la resistencia defensiva y su natural visión periférica.

 

 

De vuelta a Miami exprimió la nueva preparación a doble sesión diaria en el American junto al preparador jefe David Fizdale. Para entonces se sentía renovado mientras la agenda prevista de actos iniciaba igualmente su frenético curso. En uno de ellos, de los que habitualmente pasan de puntillas por la actualidad mediática, fortalecía su compromiso con el Boys&Girls Club, para el que lleva donados más de 4 millones de dólares desde el verano de 2010.

 

 

Arrancando el mes de noviembre LeBron participaba activamente en la campaña denominada Issue 14 que abogaba por sostener económicamente la escuela pública en su Ohio natal en contra de los recortes previstos en educación. Proseguía así el apoyo que el año anterior había dispensado en términos de logística, una de cuyas consecuencias pasaba por la adquisición de un millar de ordenadores para las escuelas menos favorecidas de Akron.

 

 

A los muchachos que habían aprobado el tercer grado, un total de 360, James les haría entrega a través de la Fundación que lleva su nombre, de una bicicleta, un portátil, material didáctico y una beca de verano que sufragaba todos los gastos durante dos semanas en un campus educativo. El compromiso con los estudiantes prosiguió en sendas campañas con State Farm y el programa BoostUp.

 

 

Entretanto había quien sacaba al cierre de la liga su particular tajada. Y nadie a mayor grado que Scott Raab, feliz por sacar a la venta La Puta de Akron, cuya publicación le sigue reportando un buen monto de dinero ni un centavo del cual agradecerá jamás al único motivo de su obra. De hecho, aun meses después, en plenas Finales, visiblemente inflamado por el inminente derribo de su castillo de naipes, calificaba a James como “el peor ser humano jamás nacido” y no contento con ello se despachaba contra su madre Gloria.

 

 

 

 

 

 

A mitad de noviembre, en su viaje a Liverpool, de cuyo club de fútbol es accionista minoritario, LeBron concedía a The Guardian la mejor entrevista dispensada fuera del país en su carrera deportiva. Entre un nutrido manto de confesiones pedía públicamente perdón –no era la primera vez– a quienes su marcha a Florida pudiera haber molestado. "Looking back at it now I can understand why a lot of people were upset. That definitely wasn't my intention: to upset people. My intention was to go and play for a team, play for a franchise, that believe in me, and I believe in them". En aquel viaje acudiría a la London School of Basketball para supervisar presencialmente el estado del baloncesto en la cultura del No Grass No Sport, una visita simbólica de cara a los Juegos de Londres.

 

 

A lo largo de la temporada la bicicleta, de la que siempre fue un enamorado, pasaría a formar parte de sus traslados al pabellón para partidos y entrenamientos. No fue otro el motivo de que un anónimo trabajador de la comida asiática, Peter Lee, se hiciera célebre por unos días de enero cuando, sorprendido, tomó una fotografía de LeBron sobre la bici junto a un semáforo en la intersección de Brickell y la sudeste 15. Los pedales admitirían otra de sus obsesiones por la consistencia física en el largo periodo del lockout, que empleó con la preparación propia de una temporada en marcha junto a su íntimo Kevin Durant.

 

 

Una temporada, un segundo capítulo en Florida, sobre el que pesaba de inicio una gran incertidumbre. En la primera experiencia del nuevo proyecto Miami había ido sorteando obstáculos el primero de los cuales concentraba sus mayores riesgos en el ensamblaje y una identidad que Spoelstra entregó a la fortaleza defensiva. El cuerpo técnico eludió grandes cambios asumiendo que el anillo se había quedado a tan solo dos victorias, como creyendo haber elegido el camino apropiado. Pero todo ello sobre el crucial reconocimiento de la derrota táctica ante Dallas en las Finales. La secuencia zonal que Carlisle había empleado para cerrar los partidos reveló, entre otros problemas, la enorme disfunción del ataque Heat a media pista.

 

 

Durante el mes de agosto el técnico Erik Spoelstra intuyó una revelación en el alto ritmo ofensivo imprimido por su homólogo Chip Kelly a los Ducks de Oregon. Convencido Spoelstra decidió reunirse con Kelly con el fin de imitar el modelo y replicar en los suyos el incremento del ritmo y la velocidad. La conclusión extraída de aquella reunión resultaba teóricamente sana pero algo peregrina en la práctica como al cabo demostraría la temporada. El presunto misterio resuelto sostenía que si Miami tenía problemas en los posicionales tal vez lo ideal sería evitarlos a través del contragolpe.

 

 

Así ocurrió que durante las primeras cinco semanas de competición Miami ascendió a los 99.7 puntos en contraste con los 90.9 de la temporada anterior. Y James, que nunca había criticado el juego lento ni en Cleveland ni en Miami porque compartía el presupuesto defensivo, sintió mayor placer que nunca a pista abierta, como rescatando mucho tiempo después sus años en St. Vincent, hasta entonces los más felices en su fuero interno.

 

 

Desde el estreno, como un premonitorio triunfo en Dallas, el equipo era capaz de correr dado que atrás, físicamente frescos, todo funcionaba. Y así en los nueve primeros partidos (8-1) Miami se elevó a los 108.3 puntos por velada.

 

 

Pero al igual que el resto de la liga el equipo comenzaría a sufrir ya en enero las consecuencias de una temporada compactada de 66 partidos en 115 días. Miami sufriría en una doble fase la baja de Wade, lesionado, y el dibujo táctico reculó forzosamente a las raíces del más conservador Spoelstra.

 

 

Esta circunstancia improvisaría un episodio crucial que acabó marcando el resto de la temporada (y el futuro próximo del proyecto). Desde el banquillo Dwyane Wade comprobó con renovada curiosidad las fabulosas actuaciones de LeBron sin él salvando además al equipo, que pese a ello comenzaba a dar muestras de sus defectos más recurrentes en apagones y vacíos propios de una plantilla en permanente estado de desequilibrio.

 

 

Wade decidió que debían sentarse y reinventar su relación en pista. Si hasta entonces LeBron no había encontrado la menor resistencia a ceder cierta paridad e incluso hegemonía a su compañero y amigo -al menos como finalizador-, si todavía quedaban residuos de la estrategia fallida previa a las Finales por la que James cargaría con la dirección del equipo dejando la anotación en manos de Wade, aquel fue el momento de cambiarlo todo. Ambos hablaron, discutieron una cuestión que era crítica para el devenir del equipo antes de presentársela al cuerpo técnico. Wade pidió expresamente a James que se olvidara de él como prioridad ofensiva y que jugara y actuase como lo estaba haciendo, al presumible nivel MVP que volvía a ser. En el fondo lo que Wade le pedía era una versión muy cercana a la de sus días de Cleveland. LeBron no opuso resistencia a excepción de convenientes matices.

 

 

- ¿Y tú?

 

- No te preocupes por mí. Yo sabré encontrar mi espacio. Estaré ahí. Pero tú sal a pista y sé el jugador que realmente quieres ser. (...) Go ahead, man. You're the best player in the world. We'll follow your lead.

 

 

Desde su llegada LeBron sentía un respeto insobornable al emblema que Wade suponía en Miami, a su jerarquía simbólica. Lo hizo de manera natural como probaba la total y absoluta ausencia fisuras entre ellos, del menor roce reconocible. Una parte del imaginario mediático se asentaba sobre la suspicacia de que James se había unido a Wade como el invitado, como una especie de escudero de lujo. La metáfora Pippen estuvo de hecho demasiado presente desde el origen del proyecto. El motivo de la suspicacia tenía su lógica. Había algo de artificial en contravenir el hecho de que mientras LeBron estuviera 'in his prime' sería el mejor jugador en cualquier equipo del mundo. Ocupar otro papel difícilmente podría resultar acertado y actuaría en todo caso en detrimento de su figura.

 

 

Este proceso de intercambio jerárquico se había iniciado tímidamente en Wade tras la derrota en las Finales pero no cobraría forma hasta apagar el mes de enero. La dinámica del equipo, su aspecto táctico, varió sin que la transformación saltara a la vista. Porque de algún modo se reconocía al James habitual, al James de siempre, que se echó el equipo a los hombros alcanzando Miami el 1 de marzo, con la victoria en Portland, su cima de temporada (28-7). Aquel partido era el inmediatamente posterior al All Star Game, la frontera que acabaría marcando la principal problemática de un equipo que en adelante sufriría fuera de casa, especialmente ante rivales con registro positivo. Contrastaba esta trayectoria que volvía a despertar dudas con las 17 victorias seguidas en casa.

 

 

Donde más se notaron los cambios fue sin duda en el ritmo de juego. Aquella altísima velocidad de crucero inicial había durado poco. Y con Wade de vuelta Miami rompía a correr esporádica, ocasionalmente, siendo como era el mejor recurso posible para James y Wade en pista. Spoelstra regresaba a su mantra defensivo al amparo de haber resuelto la ecuación de la pareja y en virtud del buen resultado ofrecido en esos mismos términos el curso anterior. Pero al precio de proseguir Miami siendo en ataque un equipo anodino, previsible, árido y cada vez más dependiente de la inspiración del dúo. Este panorama general, con un Bosh abismado a rendir en silencio en el necesario juego sucio, seguiría un curso invariable hasta los playoffs.

 

 

Entretanto el año iba filtrando marginalmente a ese otro perfil de James que había comenzado a delinearse a principios de diciembre a través de la entrevista concedida a la siempre interesante Rachel Nichols. En ella confesaba la extremada dificultad de atravesar la temporada anterior, convertido públicamente en alguien que realmente no era, un calvario que por decoro y a falta de alternativas válidas tuvo que padecer en silencio.

 

 

“To be on the other side, they call it the dark side, or the villain, whatever they call it, it was definitely challenging for myself”.

 

 

“It basically turned me into somebody I wasn’t”.

 

 

“Me, personally, I’m not that guy”.

 

 

Que lo ocurrido con él en las Finales –de lo que asumiría en adelante la total responsabilidad– y muy especialmente tras ellas marcaría un antes y un después en su carrera deportiva, equivalente a su misma vida.

 

 

“It gave me an opportunity to learn who I am as a person”.

 

 

“I didn’t make enough. (…) “I just know I didn’t play well”.

 

 

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"I was very hurt that I let my teammates down. (...) So I was very immature last year after Game 6 towards you guys and towards everyone that was watching" –insistía el pasado 20 de junio, víspera del quinto partido.

 

 

“It was one of the hardest times in my life” –sentenciaba a Nichols.

 

 

 

  Entrevista con Rachel Nichols (ESPN, dic. 2011)

 

En ese renovado James de Regular que seguía jugando a nivel de MVP se filtraba a finales de enero la estrecha relación que al margen de publicidades LeBron mantenía con una parte de los Cavaliers, y más concretamente, con sus dos elecciones en el draft, el número uno y posterior rookie del año Kyrie Irving, y el número 4, Tristan Thompson, a quien facilitó como agente a Rich Paul acogiendo la dirección de su carrera profesional. “He’s like a brother to me”, le agradecía públicamente el novato.

 

 

Brian Windhorst aprovechó entonces esta filtración para aclarar que la relación de James con los grandes talentos jóvenes que llegaban a la liga databa de años atrás. “Though he never really looked for a veteran mentor when he came into the league, James has played this role for top young players for the past several years”. Paralelamente la llegada a la NBA de Ricky Rubio, a quien LeBron destinó grandes elogios tras los Juegos de Pekín, había despertado en él igual curiosidad que la de todos aquellos que se preguntaban de qué sería capaz en la mejor liga del mundo. Disfrutó así del estreno de Rubio ante Oklahoma al extremo de no poder reprimirse tras el fabuloso pase del español a Derrick Williams. "Rubio can pass that rock!", tuiteaba entusiasmado en uno de los momentos estrella de la red social en la presente temporada.

 

 

A finales de febrero Marc J. Spears recogía para Yahoo, uno de los medios más firmes durante años en la crítica a James a través de la línea editorial marcada por Adrian Wojnarowski, unas declaraciones en exclusiva en las que James, por enésima vez, reconocía que la masiva reacción en su contra tras The Decision le había pasado seria factura emocional. No era ésta sin embargo la porción de mayor interés. Lo era la defensa de su baloncesto respecto de los clásicos Alpha Males subrayados por la historia reciente de la NBA; su personal combate a esas recurrentes analogías cuya motivación no se centraba tanto en el alma del jugador cuanto en su relativa condición de closer.

 

 

Pero lejos del reproche su descargo era una alabanza hacia aquellos con quienes era comparado. Y sobre todo era su mejor explicación de dónde reposa exactamente el corazón de su baloncesto. “Champions -defendía- come in different shapes, sizes and forms. Everyone always compares Kobe to Jordan and says they always have had that killer mentality. They always had that dagger, that dog. Then you look at Magic [Johnson], and people say that he was fun to play with. He was great. He always had his teammates’ back. He always got his teammates involved. He was a champion as well. (...) They come in different shapes and sizes and forms and different colors as well. For me, I see myself on the side of the Magic range where I love my teammates, love being around them. I want them to be happy as well. At the same time, dominate the game, as well. I got a long way to go still to get to [Jordan’s and Bryant’s] levels to get multiple championships. Hopefully, I can get there someday”.

 

 

Con igual paralelismo que años de tozuda realidad venían demostrando Phil Jackson sostendría en plenas Finales un reflejo exacto de su confesión.

 

 

 

 

 

Precisamente aquellos días de febrero marcan el punto álgido del James comprometido, de costumbre la provincia de su figura de menor presencia mediática.

 

 

El joven Travyon Martin, de 17 años, fallecía tiroteado por un vigilante para quien su presencia resultaba “sospechosa”. Martin iba desarmado y había acudido hasta Sanford (Florida) a visitar a su padre, en cuya urbanización se hallaba el joven antes de morir. El vigilante, que alegaría defensa propia, alertó a la policía en los siguientes términos: “Hay un negro caminando con algo en las manos y actúa de manera sospechosa”. Lo que el menor llevaba en las manos eran Skittles, gominolas.

 

 

La indignación por esta muerte inflamó las venas de la comunidad afroamericana por todo el país, indignación redoblada cuando el vigilante no fue detenido al amparo de la polémica ley de defensa propia -Stand Your Ground- aprobada por Florida en 2005. Como gesto de presión LeBron lideró junto a Wade varios días de activismo promoviendo, primero en la red, dos ‘hashtags’ -#stereotyped & #wearetrayvonmartin- y segundo, mediante una petición a sus compañeros por la que la plantilla de Miami al completo expuso públicamente una fotografía vistiendo tal y como lo hacía Travyon al momento de ser abatido.

 

 

 

 Tribute to Travyon 

 

 

El asunto implicaba a la NBA no de manera indirecta. Sabiendo que el chico acudía a ver a su padre para disfrutar juntos del All Star Game, la mayoría de cuyos integrantes no apoyaron la causa, el analista político Roland Martin apostilló una lapidaria sentencia en honor a James y a quienes habían tenido el mismo valor –Wade, Stoudemire, Melo, Nash– dirigida a la conciencia de la fauna NBA y a la medular misma de los medios de comunicación: “The young man was trying to get home to watch the NBA All Star Game. He supported them but they don’t support him”.

 

 

Y así llegó el All Star Game, a cuyo final de partido y con 151-149 a favor del Oeste, LeBron intentó una vez más enviar un pase al jugador desmarcado –Dwyane Wade– que la defensa terminó interceptando. Era la coartada perfecta para olvidar el encuentro y convertirlo al día siguiente en una nueva oleada en su contra, circunstancia que volvería a repetirse días después con la última jugada del partido en Utah al resolver, con uno abajo (99-98), un último pick’n roll con Haslem, que acabó errando el tiro ganador. Su actuación recogía 35 puntos (16/24), 10 rebotes y 6 asistencias. Pero con la memoria fresca por lo sucedido en Orlando acababa de servir en bandeja su propia diana.

 

 

 

 "Shoot that fuckin' ball, LeBron!" (Kobe&Melo, Orlando, 26/II/12)

 

Miami había emprendido entonces una gira de tres partidos por el Oeste cuya primera visita era Portland. Había, pues, que cruzar el país. Y saliendo de Florida les aguardaban nada menos que 2700 millas de vuelo. Por lo general los aviones no repostan incluso en recorridos tan largos. Pero los fuertes vientos alertaron al equipo de vuelo que deberían hacerlo. El avión tomó tierra en el Will Rogers Airport de Oklahoma City. El repostaje de un avión comercial lleva su tiempo, de manera que los jugadores, notablemente cansados, se apostaron en los asientos de la terminal. Quiso el destino que además del avión de los Heat hubiese otro repostaje, el de varios helicópteros, Blackhawks, Apaches y Chinooks, de las Fuerzas Armadas. Cuando el personal militar, disperso por la terminal, advirtió la presencia de los jugadores un nutrido grupo de ellos se acercó con la intención de hacerse fotos. La seguridad del aeropuerto obró de inmediato, estableciendo una barrera para que el equipo de Miami Heat no fuera molestado. Pero quien primero advirtió la maniobra fue LeBron James, que no parecía aprobar el protocolo de actuación. Es más, ordenó a sus compañeros levantarse.

 

 

- Hey, hey! -alertó en primera instancia a la seguridad-. Any of these military guys can take a picture with us.

 

 

Acto seguido se giró hacia el resto del equipo, buena parte del cual dormitaba.

 

 

- You guys get up! –ordenó.

 

 

Y viendo que alguno se hacía el remolón insistió alzando la voz.

 

 

- Hey, everybody get up! Get in a circle here! Anybody that wants their picture taken with us, we'll do it.

 

 

No había cámaras. Nadie que pudiera recoger en términos interesados la escena. Una escena que los militares, que se hartaron de fotografías, jamás podrán olvidar. Fue a partir de un operario del aeropuerto que este episodio, apartado de las luces, se supo a través del Oklahoman.

 

 

Con los Juegos de Londres en el horizonte la temporada daba sus últimos coletazos cuando Dwyane Wade y Ray Allen, en sendas entrevistas, coincidieron en defender una posible retribución económica a los jugadores que representaran a los Estados Unidos en competiciones internacionales. Preguntado, James no parecía mostrar acuerdo y defendió su postura limitando la posibilidad de discordia de la que los medios podrían servirse con avidez. "I love representing my country, man. I've done it since 2004 and I'm looking forward to doing it in London. As far as [pay], I don't know, man. It doesn't matter. I'm happy to be a part of the team, to be selected again".

 

 

En el último tramo de temporada el mejor anotador del mundo, Kevin Durant, fue el único en aproximarse legítimamente a la condición de jugador más valioso de la liga. Pero los términos estadísticos de James estallaban por todas las esferas del juego, y muy en especial en el apartado defensivo. Durante el curso al completo la analítica concentraba su sorpresa en algo ya reconocido: la indefinición posicional de James. “James is defined by being undefined, rendering the positional designations obsolete” (Tom Haberstroh). De otro modo, la mayor versatilidad jamás conocida en el baloncesto moderno junto a Magic Johnson. Era lo que el mismo Spoelstra acabaría reiterando a la posterior baja de Bosh en playoffs y la urgencia de exprimir el posible rendimiento interior de su alero nominal. “Make plays for us, 1 through 5, whatever it takes” y a menudo en el mismo partido, repetía el técnico.

 

 

La sobrecarga de diversos informes sobre el clutch, sin precedente en el tratamiento mediático de este aspecto terminal del juego que únicamente la controversia asociada a James había venido motivando, encontraba incluso coartada en aparentes contradicciones. A mitad de abril James decidía resolver un partido enquistado en New Jersey anotando los últimos 17 puntos del equipo. De hecho el 14-1 de Miami sin Wade era un arma sobre la que los medios mantuvieron una acertada prudencia.

 

 

Mientras la liga entera descendía su porcentaje de tiro LeBron lo aumentaba, alcanzando el máximo de su carrera en un 53.1, porcentaje al que Bird –como aprovechó para apuntar Lee Jenkins– nunca había podido llegar en una era de defensas no análogas. Lideraba por quinta temporada consecutiva la Efficiency de toda la NBA descendiendo drásticamente la de sus pares en defensa. Por sexta vez en nueve años James promedió más de 27/7/6, igualando así a Oscar Robertson, el único en lograrlo el mismo número de veces. Con él en pista Miami aventajó a sus rivales en 474 puntos, siendo la cuarta temporada consecutiva que dominaba ampliamente el +/- de toda la liga.

 

 

Pocas semanas después recibía su tercer MVP, reiterándole las líneas de prensa como la única figura en lograrlo sin corona que alzarse. Se unía así a Wilt Chamberlain como el único jugador en liderar la anotación, rebote y pase en al menos dos temporadas de MVP.

 

 

Durante el sencillo pero impecable discurso que había preparado a su entrega pidió a la plantilla al completo que subiera al estrado mientras subrayaba que el trofeo era de todos, y que sin ellos no habría sido posible. En un momento de animada confesión daría además el ansiado titular: “I’d give all three [MVPs] back for an NBA championship”. Aquella misma jornada los creativos de Nike corrían así a poner forma al nuevo eslógan: “3 MVP's on his desk, 1 thing on his mind”.

 

 

Era momento de arrancar los dos meses de auténtica verdad que anualmente brinda la mejor liga del mundo. El periodo a salvo de lockout en términos de estructura y competición.

 

 

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Sobre un mapa muy similar al del año pasado se adivinaba una edición de playoffs al mayor nivel. Pero el Este acabaría de pronto partido en dos con la lesión de Rose que aniquilaba definitivamente a Chicago, el principal contender de los subcampeones. La espalda de Howard ponía también a fin al proyecto en Orlando. Y ya únicamente restaba confiar en la heroica de Boston, a la postre el rival más complicado que encontraría Miami a lo largo de la postemporada.

 

 

El estreno contra los Knicks advertía un año más dónde iba a residir la principal fortaleza de Miami. Defensivamente el equipo arrancó sano y a nivel individual James detuvo en seco a un Carmelo redivivo desde el adiós de D’Antoni a los Knicks, que perderían al novato Iman Shumpert y asistirían a la debacle de Stoudemire y el último Baron Davis.

 

 

 

  "C'mon, Baron!" (Davis se incorpora sobre la camilla aparcando momentáneamente el dolor - Madison, 6/V/12)

 

No habría más historia que un mal cuarto partido que permitió al Madison disfrutar de su primera victoria de postemporada en 11 años. Abriendo el tercer cuarto del partido más infartado de la serie James anotó 8 puntos consecutivos yendo a por más antes de ser detenido por faltas y recular a la distribución. Anotó 17 de sus 32 puntos en el último cuarto de un partido que ponía el 3-0 y liquidaba toda esperanza neoyorquina. Al término del quinto LeBron corría a abrazar a Carmelo, al que elogió en pista junto a Aldridge y acto seguido en rueda de prensa intuyendo que su amigo corría un año más el peligro de convertirse en pasto de la salvaje prensa neoyorquina.

 

 

Ocasionalmente, de manera muy puntual, Miami logró consumar ante un rival menor la versión más perfecta en sistemas de presión y ayudas ilustrados en la porción más dura del playbook diseñado por Rothstein y Spoelstra, un calco al estricto credo de Pat Riley.

 

 

La serie contra Indiana arrancó de manera imprevista con la lesión abdominal de Chris Bosh en el segundo cuarto del estreno. Y sin él las vergüenzas interiores de Miami saldrían al descubierto con mayor virulencia que nunca ante unos Pacers que, entrada la serie, parecían haber alcanzado la excelencia del joven proyecto.

 

 

Por urgente necesidad empezaría a asomar en aquel primer partido el James interior que perduraría ya hasta el final de temporada. Anotaría 15 puntos en 20 minutos como power forward, capturó su máximo en rebotes del año (15) y 16 de sus 32 puntos en el último cuarto. Dejó a Granger en uno de los peores partidos de su carrera –sin un solo punto en la 1ª parte– y sumaría un total de 26 puntos en la segunda mitad (9/17). Durante un tiempo muerto en el último cuarto Spoelstra, como temiendo lo que se vendría encima, le arrojó una orden: “You flat-out cannot get tired. Period”. En adelante el banquillo para James pasaría a convertirse en territorio prohibido.

 

 

Al siguiente partido volvía a liderar al equipo en puntos, rebotes y asistencias. Pero erró los dos tiros libres que habrían adelantado a Miami cuando en los últimos cuatro cuartos acumulaba un 18/20. Que en los últimos cinco partidos sumara 60 puntos en los últimos cuartos pasaría completamente inadvertido ante la extrema gravedad del doble error. De hecho no sería hasta las Finales que la línea de los libres abandonara su molesta condición de patíbulo.

 

 

El momento más crítico de la serie tendría lugar en el tercer encuentro (1-2) con el fuerte encontronazo ante las cámaras de Dwyane Wade y su técnico Spoelstra. Era el cebo perfecto que grandes y pequeños medios aguardaban con ansiedad para ilustrar la debacle que, al parecer, reinaba en el seno del proyecto.

 

 

El equipo hacía aguas, Wade mostraba graves síntomas y urgía una solución mayor. De los 19 pases al hombre abierto que había cedido James en los tres primeros partidos los compañeros acertaron 3. La solución no parecía pasar entonces por la rotación de complemento y así el remedio se concentró brutamente en el star system.

 

 

El cuarto partido fue un máximum conjunto de James y Wade, como un apogeo de armonía: 70 puntos (27/50), 27 rebotes y 15 asistencias entre ambos. Era también el primer momento de respuesta a la presión de la desventaja, de la que vendrían más. Los 40 puntos, 18 rebotes y 9 asistencias de James remitían la estadística más profunda a Elgin Baylor en 1961, más de medio siglo atrás. A la firmeza de su percusión añadía como una aparente fluidez en sus decisiones, interviniendo en 62 de los 101 puntos del equipo.

 

 

Sports Illustrated, habitualmente templada, se arrojó entonces a ese firme imaginario que anualmente asoma de un modo u otro y que el año pasado causó especial daño a Scottie Pippen. La publicación dejaba en manos de Michael Rosenberg la pieza bajo el título "The Most Gifted Player in NBA History", una de las más enérgicas defensas de su biotipo deportivo nunca firmadas en América. Arropada por buena parte de su carrera y la incesante progresión anual de su baloncesto la tesis central quedaba expuesta a mitad de texto: “There has never been anything like this guy. James has the Bryant/Jordan athleticism in Karl Malone's body, with the court vision and passing skills of a point guard”.

 

 

El quinto en casa era la ocasión de recuperar ventaja. Sus 30 puntos, 10 rebotes y 8 asistencias contribuyeron a la victoria convirtiéndose en el tercer jugador en repetir un mínimo de 30-10-8 en dos partidos de playoffs junto a Dolph Schayes, Oscar Robertson y él mismo ante Chicago en 2010. El encuentro se ensució con represalias que dieron en dos suspendidos: Udonis Haslem y un marginal Dexter Pittman, poniendo en riesgo la serie en el sexto, que parecía avecinar esta vez en Indiana una batalla fuera de la legalidad. Ante el acoso de las preguntas en la misma dirección James se mostró contundente: “I’m not gonna fight”. Había recibido, como venía siendo costumbre desde años atrás, las faltas más duras –“I'm always in protect mode when it comes to hard fouls”– y algunas actitudes que de Stevenson a Granger parecían querer inflamarle. No lo conseguirían. En adelante la liga sabría estar ante The No Retaliation Guy.

 

 

Pero finalmente no saltaría ninguna alarma. La mejor versión de Wade (41) y la velocidad de crucero de James (28) liquidaron la serie a domicilio. Era momento de cerrar cualquier presunta herida, de aclarar como casual el incidente de Wade con su técnico, cuyo trabajo James se encargaría de reforzar públicamente en términos de liderazgo. “Coach Spo made some unbelievable adjustments that allowed us to do the things that we did. (…) He coached spectacularly this series”.

 

 

Precisamente a mitad de serie James dominaba las votaciones para los quintetos ideales defensivos de la temporada siendo de largo el jugador más votado por los 30 técnicos que vertebran la NBA. Que fuera nombrado o no el Defensor del Año era motivo de nutrir páginas. Pero de una forma incuestionable se valoraba el trabajo cada año creciente en un defensor que ya no era únicamente de perímetro. Sino la pieza de contención más versátil del mundo. Tal vez la secuencia más célebre del año fue el brutal calvario al que sometió a Pau Gasol una noche de abril.

 

 

Para cuando Boston viaja a Miami la lectura general tiende a colocar al Oeste, a sus dos máximos representantes, Oklahoma y San Antonio, a un nivel muy superior de competición. Los Spurs estaban en camino de las 20 victorias consecutivas en su mejor versión posible. Los Thunder infligían un 8-1 a los dos últimos campeones. Era como si Miami estuviera rodando sobre ruedas cada vez más cuadradas reforzando esta impresión las Finales del Este, donde los Celtics, en una de las demostraciones más admirables de su era Big 3, alcanzarían un nuevo techo en el 2-3 que dejaba a los de Florida a una noche del adiós.

 

 

Con el avance de la serie Miami había permitido la recuperación de Ray Allen y, muy sobre todo, la explosión del mejor Kevin Garnett y un Rajon Rondo a niveles históricos de postemporada. Lo que Spoelstra había expuesto en términos de ignorar qué hacer con Rondo lo expresaría James en paralelo: “No one can figure out how to defend Rondo. He’s a unique player, a guy that breaks the defense down and creates for himself and creates for his teammates every single night”.

 

 

En los tres primeros encuentros James se había ido a más de 30 puntos y 8 rebotes, siendo junto a Chamberlain (1962), Abdul-Jabbar (1970), Duncan (2003) y Stoudemire (2005) el quinto jugador en abrir así unas Finales de Conferencia. Sin embargo nada de esto tendría parangón con lo que habría de venir la noche del sexto en el peor escenario posible, el de Boston, donde reposaban sus mayores temores tras 2008 y 2010. Era de hecho la plataforma ideal para el acecho del condenado. Pero no habría lugar. Parecía impensable superar su cuarto partido en Indiana y sin embargo duplicó en términos generales su actuación.

 

 

Desde el salto inicial James ingresó en estado de flujo durante los 44:49 minutos que estuvo en pista, colmándola ante la pantalla nacional. Sus 45 puntos (19/26), 15 rebotes y 5 asistencias eran registros que únicamente poder recoger en Wilt Chamberlain una noche de 1964. Al otro lado dejaba a Pierce en 4 de 18. Era el partido perfecto, su obra maestra, una de las mejores actuaciones netamente individuales en la historia de la NBA. Se trataba una vez más de esa incómoda demostración que le acompañó siempre traducida en que, sin ser un anotador genético, podía también serlo a niveles superlativos.

 

 

Alcanzaba entonces el mayor promedio anotador en postemporada entre los jugadores en activo, donde únicamente el milenario Kobe Bryant acumulaba dos 40-point playoff games más que él (13 a 11). Las crónicas y reacciones a lo visto obligaban a serios esfuerzos de descripción, tendiendo en su mayoría al impacto de lo gráfico. “James just painted a da Vinci, though not quite a Jordan, to save his team” (Shaun Powell).

 

 

A la salida de pista un espectador anónimo le arrojó cerveza desde la grada mientras le increpaba. James reaccionó con la concentración todavía viva y con una serena sonrisa, tal y como había venido haciendo ante cualquier gesto de hostilidad, a la que a esas alturas estaba demasiado acostumbrado. Era una continuación de la aparente introspección con que proseguía interpretando el camino: de la lectura de libros en el vestuario al apagado del teléfono a la renuncia a la red social y a la sucesión de discursos motivacionales al grupo. Todo respondía a un plan. Y por no haber no había ya ni chalk toss.

 

 

 

 

 

 

Durante la exhibición no fueron pocos los jugadores que expresaron su asombro en las redes sociales. En sala de prensa Doc Rivers recordaba al enjambre que la abarrotaba: “I hope now you guys can stop talking about LeBron doesn’t play well in big games. That’s to bed”. Spoelstra en cambio prefería recordar su eterna condición de ‘coachable’: “He was ready and willing. He said, ‘whatever you need, coach’. He was determined”. Su prudencia se debía a saber que nada estaba logrado y que aún restaba un séptimo en casa, donde los Celtics llegaron a mostrar su más peligrosa versión.

 

 

Pero tampoco habría lugar. El regreso definitivo de Chris Bosh y su necesario reciclado al interior más la solidez del resto dejarían fuera a unos Celtics que probarían representar la mayor dificultad para los futuros campeones. El papel de Boston en estas series había despertado con justicia la admiración nacional. Y la muerte al otro lado de San Antonio dejaba en franquía el inicio de una nueva era en la NBA.

 

 

 

  91-84 (ECF Game 7 / 5:44)

 

 

La victoria sobre el ultimo muro del Este, el más difícil todavía, la nueva coronación en el ala dura de la gran liga merecía, tras lo sufrido, una brevísima fiesta, un fugaz alivio por lo mucho sufrido. Y a mitad de canción el cuerpo más asombroso en la historia de la NBA haría acto de presencia ante los ojos de nadie que importara más que los suyos.

 

 

Miami alcanzaba así sus segundas Finales en dos temporadas de proyecto. La trayectoria había sido mucho más complicada de lo que la baja de Rose había previsto. En el Oeste aguardaban los jóvenes Thunder, de aspecto imparable, que además de infligir cuatro derrotas seguidas al mejor equipo del mundo durante dos meses gozaba del factor cancha, una fortaleza casi inexpugnable. Al término del primer encuentro la victoria de OKC con su habitual baloncesto de aparente anarquía y percusión vertical, avejentaba de pronto a los Heat, que por primera vez aparecían en unas series como underdogs y como físicamente inferiores al rival.

 

 

Se exigía de ellos, pues, una versión distinta. Más madura, más compleja.

 

 

Y fue a partir del segundo episodio que las Finales corrieron a explicarse por sí solas, estableciendo un irresistible paralelismo con lo sucedido en 2004 (Pistons-Lakers) y la salida en tromba del orgulloso baloncesto del Este, de costumbre de mayor poder y eficacia cuanto mayor el avance de unas series.

 

 

Oklahoma propuso un diseño natural vencido al perímetro y acabó cayendo en la trampa de verse reflejado en una forma muy precisa de Small Ball con Bosh de cinco, Battier de cuatro, James liberado al interior para el missmatch, la percusión al hierro y una línea permanentemente abierta en el exterior. De repente Miami pasó a convertirse en un conglomerado indefendible. "Versatility has never been more important in the NBA" (Beckley Mason) / "They reinvented themselves as a small-ball team with James as the nominal power forward" (Zach Lowe).

 

 

James no podría ser defendido, ni en la quimera del 1x1 ni en sistemas donde entrara en juego el colectivo. La tan desdeñada rotación en torno al Big 3 sacaría de repente lo mejor de sí misma dando en una sucesión de solideces con nombre en el conjunto de las Finales: de Shane Battier a Mario Chalmers a Mike Miller. Entretanto Wade recuperaba de manera suave, cómoda, una versión ajustada a su estado natural, rajando a placer defensas abiertas.

 

 

Un último susto, como una digresión, tendría lugar en el cuarto partido con la irrupción de fuertes calambres en las piernas que le inhabilitaban. Parecía el peaje a los 3263 minutos de juego al más alto nivel que acumulaba en aquel preciso instante de temporada. Y como hubo ocurrido con otros en el pasado habría algo de profunda épica en el triple de James que no iba a permitir la remontada de los Thunder, continuada instantes después por Mario Chalmers.

 

 

El guión del destino estaba, por primera vez, profundamente del lado de James, dispuesto a encadenar 15 partidos por encima de los 25 puntos de la manera que fuese y 13 de ellos por encima de los 28, lo que no sucedía desde Elgin Baylor en 1962.

 

 

En ese quinto partido, último en el American, lejos de algunos temores que apuntaban a una versión reducida para evitar nuevas molestias, el mundo pudo asistir a la quintaesencia del baloncesto en LeBron James. A un ritmo templado, dominante y sabio, a un último estadio de juego tras nueve años de carrera. Todo giraría una vez más en torno a él, anotando 26 puntos e interviniendo directamente en otros 34 mientras capturaba 11 rebotes. “All of James’ talents were on display for the world to see in Game 5” (Haberstroh). Desde Detroit Greg Monroe tuiteaba: “Triple double don’t lie”. La cima en la carrera de Larry Bird tendría lugar de manera extrañamente paralela en el sexto partido de las Finales de 1986. Un terreno de propiedad muy exclusiva que en ambos casos había motivado también la cima del resto.

 

 

Bird era, con 13, el segundo jugador con mayor número de partidos en la historia de los playoffs como el máximo anotador, reboteador y pasador de su equipo. Por encima de él, tan solo un nombre que lo había logrado en 25 ocasiones y que estaba a punto de coronarse, no sin antes prevenir a cualquier compañero, como si estuviera en otro plano, del menor atisbo de celebración antes de tiempo.

 

 

Miami alcanzaba la excelencia de los Campeones en el pleno éxtasis del 19-1 al tercer cuarto. Sellaba así el título, convirtiéndose además en el primer equipo de la historia en alcanzarlo tras remontar tres series distintas.

 

 

Esos últimos minutos del quinto, de la temporada, su desenlace y postrimerías, forman ya parte de la más hermosa antología emocional en el nutrido legado de la gran liga. Ni un solo átomo de lo ocurrido sobre la pista escapa al museo que ilustra los grandes momentos del deporte mundial. No por la épica del marcador, que no lo hubo. Sino por la especial condición de un destino por primera vez abierto a un deportista en verdad elegido y un entorno que suspendía, por unos segundos, la explosión de los instintos como hermosamente inflamado de humanismo, reflejado en una admirable sucesión de abrazos entre la más alta dignidad de vencedores y vencidos.

 

 

 

 

 

 

 

Y mientras podía estar naciendo una era se ponía fin a una de las peores infecciones jamás sufridas en torno a un nombre. La inquebrantable ley del deporte, a veces perezosa, había vencido. Y el baloncesto, a la infección.

 

 

Un anillo de ridículo tamaño tendría la culpa.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Dicho / escrito:

 

 

- “He is a maligned athlete and I think he’s one of the most unselfish star players on the floor that I’ve ever seen” (Jeff Van Gundy).

 

 

- “I don't know what else he can do. (…) He's one of the most powerful players to ever play the game. And maybe it isn't enough. I don't know. (...) No athlete that I can ever remember being under that scrutiny, definitely in basketball. I've never seen anyone under the scrutiny that LeBron James is under” (Doc Rivers).

 

 

- “He's up there with the all-time performances, with every great player that ever played” (Chris Mullin).

 

 

- “You’re talking only Oscar, Wilt and Jordan comparable as far as points, rebounds, assists. And we’re not even talking defense” (Hubie Brown).

 

 

- “No, no, no, no. I've never bought into this whole persona that LeBron isn't the guy. I think everybody should relax a little bit. He's great for our game, he is our game. We need to uplift him, instead of trying to tear him down. He's a guy who's the most unselfish superstar I've ever seen. He rebounds the ball, he assists the ball, he's empowered his friends from the community, he does a lot of charity work in the community, he's a model citizen. He should not have a stain on his reputation, and I hope that it stops” (Keyon Dooling).

 

 

- “He is playing against history” (Jamal Crawford).

 

 

- “He’s one of a kind, because he’s the first to rise to prominence in the Information Age, which is why he’s such a fascinating sociological observation. He’s accountable every single day for every single thing, from how he plays to what he tweets to what he says in the pre- and the postgame interviews. He has a camera and a microphone on him wherever he goes, and then when he [goes out to] a dinner, there’s a camera phone on him. This is what he signed up for. There is a price to pay. He understands that. But I don’t think a lot of guys could handle it” (Shane Battier).

 

 

Libertad de prensa (NBA)

 

 

- “People are trying to break him. They want to see him fall to his knees. They want to see him shed tears. They want to see if he’s human. True enough, he is human” (Juwan Howard).

 

 

- "America better appreciate LeBron James. He's the best basketball player in the world. By far" (Charles Barkley).

 

 

- “The NBA, its fans and basketball purists have never been about treating James fairly” (Ben Golliver).

 

 

- "In the modern history of the league, the only seasons that can really compare are Shaquille O'Neal's first championship season with the Lakers and Michael Jordan's first three championships with the Bulls. Everything else is orders of magnitude below. (...) He wasn't just the best player in the league; he dominated it from start to finish, in a way only three players had done in the past four decades. Jordan. Shaq. LeBron. That's the list" (John Hollinger).

 

 

- "The NBA hadn't really seen a player with such a mix of talent, size and a willingness to being the ultimate team player. So much of this was natural" (Brian Windhorst).

 

 

- "The slicing passes from the post to the perimeter, that’s what separates James from any post player in the game" (Tom Haberstroh).

 

 

- "Was he a power forward? A small forward? An oversize point guard? What the hell was he? By the end of the 2012 Finals, we had our answer: He's LeBron James. First of a kind. (...) If you were creating a basketball player in a science lab, you would create the guy we just watched these past five weeks" (Bill Simmons).

 

 

- "You see him in the post, when the double team comes, he’s throwing out of it like Magic or Bird. Nice, simple play. Then you see him scoring like Michael, so you get that crazy package in one guy" (Charles Barkley).

 

 

- “Man, Lebron went thru all that hate and still came up on top... #Salute #Respect!!!! Gotta respect it” (Brandon Jennings).

 

 

- “Lebron James is now officially one of the all time greats” (Jamal Crawford).

 

 

- “Happy for Lebron, I don't think there has ever been an NBA player that suffered so much unwarranted criticism” (Lavoy Allen).

 

 

- “Happy to see Lebron get A Ring!” (DeShawn Stevenson).

 

 

- “He played as efficiently —both as a scorer and a creator— as just about anyone in league history. He finished these playoffs with a PER of 30.3, the second time he has cracked 30 for a full postseason. The entire list of players to hit that mark in two or more playoffs: James, Michael Jordan and Shaquille O’Neal” (Zach Lowe).

 

 

- “James has simply been the game’s most fascinating player who, at his best, offered us a glimpse of the platonic future -size, speed, vision, finesse and intuition in a single package” (Kevin Arnovitz).

 

 

- “There was James, not really alone at the end, and hardly lonely” (Ethan J. Skolnick).

 

 

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- “I dreamed about this opportunity and this moment for a long time. My dream has become a reality now and it's the best feeling I've ever had”.

 

 

- “The only thing that bothered me, that a lot of people said I was a selfish person”.

 

 

- “This is the happiest day of my life”.

 

 

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Pasadas las dos y media de la noche, a paso lento y algo desconcertado, James abandonaba el American mientras los últimos equipos técnicos de logística y televisión cargaban los camiones. A su paso los testigos se detuvieron. En el silencio de la noche aún se podían escuchar las últimas felicitaciones, a cuyos autores aún respondía con agotada sonrisa. "Appreciate you". A los pocos segundos los últimos cronistas recogían como testigos el cierre de una mala garganta que suele combatir con té de camomila sin que sus palabras tuvieran un destinatario concreto, como si hablara solo.

 

 

“I want to go home”.

 

 

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Agradecimientos: Jason Koebler, Henry Abbott, Barry Jackson, John Higgins, Donald McRae, Israel Gutiérrez, Ira Winderman, José Pañeda, Brian Windhorst, Jenni Carlson, Antonio Gil, David Steele, Michael Wallace, Lee Jenkins, Michael Rosenberg, Kevin Van Valkenburg, Ethan J. Skolnick.

 

 

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