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Ya es oficial. Rudy Fernández estará presente en el concurso de mates de la NBA. Si hace veinte años, o mismamente diez, alguien nos lo hubiese adelantado le habríamos tomado por loco.

 

Una cosa está clara. De los emigrados españoles allí Rudy parece el más cómodo en su papel, el más integrado en toda esa parafernalia propiamente americana que sustenta el espectáculo NBA. O tal vez sea al revés. Porque desde un principio fueron los aficionados, y no sólo de Oregon, los que hicieron automáticamente suyo a Rudy Fernández. El célebre mate sobre Howard en la final olímpica no fue su nacimiento como jugador, pero sí el escenario donde su figura se hizo de repente universal. Una vez allí su presencia casi natural en los 'Top 10' semanales de la liga avaló, al menos inicialmente, su invitación a participar en un torneo históricamente diseñado para los jugadores de raza negra.

 

Este año una NBA que no termina de sellar el formato definitivo del concurso de mates dejó una plaza abierta en manos de la votación popular. De los tres candidatos Westbrook era sin duda quien más ganas tenía de estar allí. Las ganas se traducen en una declaración de intenciones (por la victoria) y el desarrollo de un repertorio para la gran noche. Alexander, el otro blanco, se acabó haciendo a la idea y, al margen de la comicidad de los videos, presentó el recurso (deportivo) de mayor valor: golpear su cabeza con el aro batiendo a dos piernas. Rudy, en cambio, parecía el invitado original, la nota de exotismo y pluralidad que la obstinación internacional de Stern acaba ideando en su despacho. Y la idea le ha salido bien.

 

 

Lejos queda la testimonial presencia de Kurtinaitis en el concurso de triples de 1989. Sin embargo ya no serían nada testimoniales las de Stojakovic y Nowitzki en sucesivas ediciones. Porque serbio y alemán eran ya jugadores NBA, como lo es Rudy ahora, ocupando el papel que tal vez debiera haber correspondido a Marko Milic en los dos años (98 y 99) en los que no hubo concurso.

 

Rudy será el sexto matador blanco en disputar un Slam Dunk. La historia no ha sido hasta ahora muy generosa con ellos. Chambers (1987) acudió a Seattle para cumplir con su público. Chapman pasó con relativa dignidad sus dos intervenciones (1990 y 1991) y tanto Sura (1997) como Andersen (2004 y 2005) exhibieron un nivel inferior al previsto. Tan sólo Brent Barry rompió en 1996 el curso histórico del certamen aprovechando el bajo nivel de su edición en San Antonio y demostrando, eso sí, que un blanco podía realizar el mate desde la línea del tiro libre. Pero en lo que a blancos respecta, poco más.

 

Como ya apuntamos en otra ocasión Rudy pertenece a esa selecta fuente de jugadores que se caracterizan, primerísimamente, por su ingravidez y facilidad para manejarse en las cercanías del hierro. Avalan al español sus embates al aire en 'alley oops' de alto voltaje y todo ensayo disparado a la carrera. Pero siendo sinceros Rudy Fernández es un jugador diseñado para el mate de partido y todo vuelo disparado a una pierna sin el balón en las manos (la compañía de Roy así lo ratifica). Carece de la suficiente destreza en el mate a dos piernas, y en consecuencia, de una suspensión lo bastante monstruosa como para el recreo de atributos que se precisan en las rondas altas del concurso. Rudy no es, en definitiva, un matador versátil. Pero tampoco es de esperar que acuda como aspirante.

 

Si la NBA supiera de verdad lo que hacer con estos concursos la puja de las tres plazas habría debido ir a parar a:

 

1. Henry Bekkering: posiblemente el mejor matador blanco nunca visto.

 

2. James White: el único capaz de un 'cross' desde el tiro libre.

 

3. Taurian Fontenette: autor de un 720º y próximo al 'double cross'.

 

En realidad hay un largo etcétera de aspirantes que podrían convertir el 'NBA Slam Dunk' en un verdadero y definitivo 'World Championship'. Entretanto debemos conformarnos con la cita que anualmente y cada vez con más retales se ofrece en el escenario ideal. 

 

No obstante Rudy lo tiene fácil para al menos salir airoso de la experiencia. A falta de condiciones para inscribir su nombre en la antología de los campeones, el español debiera optar por la siempre útil originalidad para meterse a público y jurado en el bolsillo. Su popularidad, tal y como muestran las votaciones, corre además a su favor. En el mejor escenario imaginable, podría incluso alcanzar la final por dos de sus tres rivales. Considerando que Dwight Howard resultará un año más inalcanzable (también dispone de sorpresa esta vez), vale recordar que Rudy Gay fue un témpano de hielo el año pasado mientras que el pequeño Nate Robinson, vencedor en 2006, corre el riesgo de acumular errores sin retorno. Esa suma de circunstancias más dos mates suyos de poderoso estreno, podrían mantenerle con vida inesperadamente y añadir un interés muy especial al tramo final del concurso.

 

Técnicamente el concurso ha experimentado desde su inicio dos crestas y una prolongada depresión. La primera cima toca a su fin con Dee Brown en 1991 antes de que el certamen perdiera referentes y calidad hasta su desaparición en 1998. La segunda cima tiene lugar en su rescate por Vince Carter en el año 2000 y desde entonces el listón se ha situado muy alto. Ya no sirve cualquier cosa para ganar y el nivel de exigencia se hace cada año mayor. Pero al menos tiene Rudy la magnífica ocasión de hacernos pasar a todos un buen rato y, por supuesto, popularizar aún más su figura a lo largo y ancho del mundo. El 'All Star Game' es el gran escaparate para ello.

 

Artículo publicado en Eurosport