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¿Por qué no se grita ya a los cuatro vientos? Sergio Rodríguez no es ni una sombra del fascinante jugador que asombró a este país antes de cumplir la veintena. Parece mentira que sea la figura de Ricky Rubio la que parezca haber abierto la era nuclear en España cuando no hace ni cinco años que Sergio prometía esa misma explosión. No se compara a ambos, mucho ojo. Se dice que los resplandores de uno siguen intactos y los del otro andan hace demasiado tiempo apagados.

 

 

 

 

 

Rodríguez apuntaba alto. Tal vez demasiado. Uno de esos rarísimos jugadores pequeños capaces de invertir el sentido de un partido, abrirlo a su antojo y hacerlo -que nunca es irrelevante- a placer de la vista. Su baloncesto de creación, de improvisado capricho, se adivinaba por momentos tan brillante que sus lagunas defensivas carecían de importancia. Rápido, inteligente y descarado, la historia del baloncesto español abría con Sergio una página completamente nueva. De repente alumbraba un ejemplar que remitía a la leyenda neoyorquina de los bases pequeños de raza negra burladores del rigor táctico.

 

Su perfil era entonces muy tentador. Hasta él ningún director de juego español parecía destinado con mayor fuerza al baloncesto NBA, verdadero tutor de su educación deportiva.

 

Quien suscribe tuvo la oportunidad de charlar con él unas semanas antes de hacer las maletas. Era un crío. Con toda la admirable inocencia de un chaval de su edad. Pero sin la menor paciencia ni reflexión. Cuando Sergio se fue se alzaron voces que, con razón, recelaban de su juventud. Pero no porque fuera joven. Sino porque de tan tierno parecía imposible que pudiera decidir nada por sí mismo. Ni siquiera su baloncesto. El suyo. El que le había conducido hasta allí.

 

Sergio fue a parar a un equipo a un entrenador sometido. Contra lo que se pueda creer el carácter de Nate McMillan pertenece a la vieja tradición militar más propia de la escuela europea y universitaria que NBA. Instalado de repente en un ritmo lento, de jerarquía rígida y agria filosofía de error-castigo Sergio no tuvo ocasión de explotar libremente sus virtudes tanto como de temerlas. Nunca ha jugado sin miedo. Al ser una orden, eligió ser ordenado. Dándose entonces la terrible paradoja de que obedeciendo todas y cada una de las consignas de su cuerpo técnico se vació por completo como jugador. Y cuando ha llegado el momento de reclamar su premio, se encuentra con que es el tercer base en preferencia pública y carne de traspaso en todas las quinielas.

 

Precisamente todo lo contrario del novato Jerryd Bayless. Una alocada pasión anotadora que, por exhibirse tal y como es, a pecho descubierto, empieza a despertar pasiones en Oregon. Para Sergio tiene que ser jodidamente difícil ver que el último llegado te desplaza a empujones por hacer todo aquello que al español se le negó desde un primer momento. Michael Holton, John Canzano, Mike Barrett, Sean Meagher, Mike Rice y Matt Moore, esto es, el entorno bíblico de la prensa de Portland, ya ha declarado su absoluta preferencia por el explosivo base de Arizona, a quien curiosamente nadie reclama obligaciones de director de juego (que no lo es). Ninguno lo expuso más claramente que Canzano: "Portland needs to decide between point guards Bayless and Rodriguez. Waiting to see more is not an option. Bayless is the future, and the Blazers need to commit to him now".

 

No debiera extrañar. Sergio dio con sus pasos en una plantilla joven a la que se fueron sumando jugadores. Pero una fila en la que se iban colando todos por delante suyo. Desde su primer día la importancia de Sergio en Portland, si es que alguna vez la tuvo, ha ido menguando. Digámoslo claro: para hacer de Steve Blake los Blazers ya cuentan con Steve Blake. Y como Sergio, este Sergio, no mejora ninguna prestación del de Maryland, resulta difícil oponerse al hueco que Bayless se está abriendo a empellones. 

 

Sergio no se marchó joven. Se marchó niño. Y como tal, ha sido incapaz de oponerse, de ofrecer la más mínima resistencia, a los férreos imperativos de su entrenador. Imperativos que no parecen tan rigurosos con Bayless, que morirá siendo lo que es: un predador de aro sin excesivo miedo al desorden. Más aún cuando se le reconocen automáticamente sus aciertos, por pequeños que sean. 

 

Toda esta lamentable situación para Sergio es totalmente irrelevante al formidable momento del equipo, el mejor desde 2003. Lo que conduce a pensar que sus progresos como el jugador que McMillan pretendía -un modelo a caballo entre Anthony Johnson y José Calderón- no sirven para nada. Y de servir para algo la consecuencia ha sido la peor: Sergio se ha vaciado de todo cuanto era. Ahora es un jugador cotidiano, un base tibio, sin chispa ni gracia, un Jaric de bolsillo que se limita como Blake al "bring the ball up court and pass it to the wing", y para colmo, sin suponer decisiva amenaza exterior.

 

De entre los innumerables comentarios que es posible encontrar en la prensa digital de Portland, de abrumadora mayoría baylessiana, asoma alguno de carácter casi sentimental que arroja a Sergio un salvavidas para poder algún día llegar a tierra: "I like Sergio a lot. I think his play has improved a lot. I think eventually Sergio gets traded and hopefully he gets on a good run-n-gun team. After three years with Coach Nate, Sergio would look like a defensive genius playing with the Knicks or GSW".

 

En los casos ya clásicos de Kukoc o Petrovic hubo mestizaje, adaptación al medio. En el de Sergio completo vaciado. Que algún día este chico vuelva a sugerir alguna de las maneras que le condujeron allí, pasa hoy por hoy por un verdadero acto de fe.