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El draft de 1998 no fue una experiencia muy grata para Rashard Lewis. Criado y crecido en Houston esperaba -le habían prometido- salir elegido por los Rockets en una de las tres elecciones de primera ronda de su propiedad. Por algo así había renunciado a ingresar en la Universidad de Houston. O en cualquier otra. Por algo así renunció a cuanto no fuera jugar en la NBA. Pero todo salió al revés. Con el número 14 los Rockets elegían a Michael Dickerson; con el 16, a Bryce Drew y con el 18 a Mirsad Turckan. Se completó la primera ronda y el adolescente, a cada rato más consolado por su madre Juanita en la green room, sintió venírsele el mundo encima antes de que los Sonics le ofrecieran cobijo en la posición número 32. Incluso habían preferido en la 27 a Vladimir Stepania.

 

Le ofrecieron dos años. Ya era jugador NBA. Pero no iba a resultar fácil. Rashard vivió los últimos estertores en Seattle de Payton y Baker mientras su panorama de juego discurrió entre la aparente anarquía de Westphal y la repentina militarización posicional de McMillan. Rashard fue gradualmente sumando un mayor protagonismo en el equipo pero nunca con una idea clara de en qué grado y hacia qué dirección exacta. Sólo la llegada de Ray Allen, según siempre reconoció, contribuyó a favorecer su progresión y sobre todo su estabilidad mental.

 

Nueve años en Seattle fueron suficientes para reconocerle sus virtudes como armador de tiro, como munición ofensiva exterior. Pero al mismo tiempo como un extravagante lujo que el equilibrio posicional de muchos equipos no se podía permitir. ¿Un 2.09 sin verdadera solvencia interior? Puede. Pero nunca a un precio de superestrella.

 

El verano de 2007 se convirtió en el verano de Rashard. Antes de que Orlando le ofreciera una cantidad que inflamaría la masa crítica de la liga (118 millones de dólares por seis años), volvieron a aparecer en escena los Rockets. Después de declarar abiertamente "Queremos a Rashard", su mánager general, Daryl Morey, le envió una camiseta roja con su nombre y número serigrafiados. Pero era insuficiente. La repentina oferta de unos Magic que habían perdido la vez para hacerse con Chauncey Billups era irrenunciable y, firmado el contrato, llovieron palos desde todos los rincones del firmamento NBA. Era demasiado dinero para un jugador todavía no definido.

 

Resumidamente las objeciones eran dos: 1) Rashard Lewis no vale ese dinero y, 2) Un equipo que cuenta con Dwight Howard no puede permitirse el lujo de sobrepagar a un segundo de la talla de Lewis. Un año después de su llegada al cargo, del bofetón que le supuso la negativa de Fran Vázquez, Otis Smith se lo había jugado todo a una carta.

 

Lejos del lenguaje de despacho Stan Van Gundy aclaró la ecuación en términos de pista: "Puede haber otras vías pero la fórmula más ensayada en esta liga, la más eficaz, consiste en contar con un gran jugador de perímetro y otro gran jugador interior". Daba igual. De poco servía aquella declaración de intenciones. Los críticos recordaban que a pesar de sus más de 22 puntos por noche, Rashard no había recibido ni un solo voto para el equipo ideal de la temporada. Que lo habían hecho Eddy Curry, Ben Gordon, Jason Terry o Tyson Chandler. Que incluso Paul Pierce, ausente 35 partidos, había recibido votos. No así Rashard Lewis. Como si ésa fuera la prueba decisiva de su condición deficitaria. Rashard arrastraba una inquebrantable fama de jugador frío, frágil y unidimensional. Fama de la que más de una vez tuvo que defenderse: "No soy uno de esos jugadores que hablan constantemente. Cuando tengo que decir algo es porque es algo verdaderamente importante".

 

Han pasado dos años de aquel órdago en Florida. Y bien o mal, sobrepagado o no, el experimento ratifica un rendimiento deportivo que toca ahora a su plenitud y que expresa un ascenso que más que lineal resulta explosivo: de 40 victorias a las Finales en tres temporadas.

 

 

 

 

 

 

Técnicamente Rashard ha cambiado entre poco y nada. Pero tácticamente muchísimo. Dwight Howard le ha dado lo que Magic Johnson a Abdul Jabbar y que éste refirió como My Liberation. La presencia de Howard en la pintura es tan sumamente grande y poderosa, tan exclusiva de su fortaleza, que Rashard puede por fin mirar al aro de cara durante porciones enteras de juego, desde y cómo le plazca.

 

Ya el año pasado, a caballo entre su naturaleza y el silencioso compromiso de demostrar su valor, se convirtió en el jugador más alto de la historia en anotar el mayor número de triples en una temporada. Van Gundy tomó buena nota a lo largo de todo el año, pero muy especialmente en el cuarto partido de primera ronda en Toronto (27 pts) cuando Rashard demostró su condición de indefendible o en la única victoria de Orlando ante Detroit a la siguiente (33 pts con un 73% en tiros de dos y un increíble 83% en triples). Era cuestión de tiempo si la progresión tocaba al cuerpo general del equipo.

 

Y así llegamos al mes de mayo de 2009. El punto álgido en la carrera de quien ha subrayado hasta la extenuación: "Puedo salir ahí fuera y jugarme 20 o 25 tiros por noche. Pero algo así no es bueno para mi equipo". Orlando se deshizo de los molestos Sixers en primera ronda, de los vigentes campeones en la segunda y de los líderes de la Regular en la batalla por el trono del Este. Lewis fue el jugador decisivo en el sexto partido en Philadelphia, la noche más difícil para unos Magic sin Howard ni Lee. Se convirtió en la pesadilla de unos Celtics que no le hallaron respuesta y replicó a mayor grado el papel de verdugo ante unos Cavaliers cuyo juego interior quedó completamente fracturado a manos de lo que precisamente Van Gundy consignaba con la llegada de Lewis al equipo. Todo había resultado perfecto.

 

Once años después Rashard Lewis ha alcanzado una condición que, de no existir Nowitzki, seguramente le correspondiera: la quintaesencia de aquel rasgo que Sporting News denunció a principios de siglo bajo el título The Shooting 4-man como una epidemia que ya se gestaba en college a través de jugadores como Shane Battier, Sam Clancy, Tayshaun Prince, Justin Reed o Tahj Holden. No es que Lewis naciera así. Es que ya en su último año de instituto su técnico Jerrel Hartfield reprimió su distribución de pase en favor del tiro exterior, mejor cuanto más lejano. Tenía demasiado talento ofensivo como para no intentarlo, venía a decir su primer maestro.  

 

Desde entonces Rashard parece haber estado buscando su sitio. Como un patito feo con plumas de oro o un extraño late bloomer a un contrato pegado. Es un alero con cuerpo de cuatro o un cuatro con cuerpo de alero. Pero es en definitiva tecnología táctica siglo XXI. El tweener por excelencia o como Michael Pina refería hace unos días: "The biggest matchup problem in the NBA". Su rango de tiro no conoce límite.

 

Ni ha perdido su apariencia de jugador frío ni su frecuente flotar por la pista con aspecto pasivo durante tres de cuatro periodos. Sólo que, contrariamente al jugador común, es perfectamente capaz de aparecer en los minutos finales para ser la respuesta, o como gusta la prensa NBA, para ser The Execution.

 

No sólo los Lakers. Cualquier equipo que ahora mismo tuviera enfrente a los Magic se habría de enfrentar a numerosos problemas. Y por lo visto hasta la fecha Rashard Lewis es uno de los dos principales. Porque no asoma actualmente en el baloncesto mundial una respuesta táctica clara a esa especie de sofisticado tecnoalero en estado de gracia que por fin, tanto tiempo después, parece haber encontrado su pleno sentido.