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Pasado jueves. Despedida ante los medios. Preguntado por qué tipo de sentimiento creía despertar su retirada Bowen esbozó una sonrisa mordaz antes de proclamar: "I'm sure a lot of people are happy". Pudieron ser las palabras más verdaderas de toda la rueda de prensa, a cuyo fin Steve Nash recibió en el móvil un simpático mensaje de disculpa anunciando una pesadilla que llegaba a su fin. No sería el único. Y valdría preguntarse qué clase de jugador puede suscitar un tipo de mezquina alegría pareja a la que por ejemplo despertó Michael Jordan a su primer adiós en octubre de 1993.

 

Es lo que vamos a tratar de responder.

 

Si Bruce Bowen fuera un malvado personaje de novela negra su fuero interno debería estar riendo a carcajada limpia. Nadie habría burlado con igual impunidad el código penal. Nadie adaptado la fechoría a la legalidad y los legisladores a su terreno. Un terreno fuera de la ley donde Bowen se movió como pez en el agua, dotando a su figura de una hipnótica condición de proscrito indemne.

 

Es complicado transitar estos días la figura de Bruce Bowen librando una sola línea de su fama de villano, como si todo lo ofrecido por este jugador no hubiese sido más que un desfile de crímenes sin castigo. Es complicado. Pero vale la pena abstraerse a un juicio tan estrecho como equivocado.

 

La vida cargó a Bowen un papel fugitivo a muy tierna edad. Contaba 13 años cuando llegó de la escuela y vio que el televisor de casa había desaparecido. Mamá lo había vendido para comprar cocaína mientras papá seguía ausente, borracho en algún rincón de la calle. Tío Darryl acudió en su ayuda. Para siempre. Y Bowen se hizo hombre a edad adolescente.

 

Pudo ser Mike Wise el primero en sugerir que aquella infancia frustrada inflamó en su carácter un potencial agresor condenado a expresarse en alguna actividad. Algo que sepultara lo sufrido a base de hostias tan sibilinas como el silencio que guardaba padeciendo a unos padres completamente perdidos.

 

Un cuarto de siglo después es sencillo explicar el porqué de la risa que Bowen sabe ganada. Una risa que compartió su hogar texano cuando el verano de 2001 llegaron Parker, Jackson y él a un coste de dos millones de dólares. Con 30 años Bowen era lo que Art García acertó a definir como "pro basketball vagabond". Así su verdadera carrera arrancó donde la de muchos otros terminan. Una carrera extraña, de ocho años increíblemente compactos con una camiseta cuyo color era el que verdaderamente le correspondía. Porque Bruce Bowen parecía nacido para la más absoluta negrura.

 

 

 

 

 

 

Titular indiscutible de una Dinastía, valdría repetir, undrafted titular indiscutible de una Dinastía, Bruce Bowen burló como nadie el glamour del NBA Star-system, sembró el camino de cadáveres y mandó al carajo el imperio de la estadística, un argumentario estúpidamente orgulloso de condenar la anemia numérica. Es como si Bowen hubiese orinado durante años en la filosofía Box Score. Como si gracias a él supiéramos que baloncesto y cuadro estadístico guardan una relación a menudo indescifrable y opuesta. En esas lápidas conocidas como Box Score Bruce Bowen fue un espectro revelado mucho antes en el equipo rival que en sí mismo. Porque la vanidad le fue de todos el defecto más remoto.

 

Resumiendo un sentir casi universal señalaba Kevin Pelton que Bowen "crossed the line into dangerous if not dirty play". No fue el único. Pero su profunda y eterna presencia en el lado oscuro del juego le ha concedido una parcela única en la historia de la NBA.

 

Efectivamente Bruce Bowen escribió su historia en líneas de novela negra. Tal vez hasta bélica. Como una batalla personal entre las dos canastas que flanquean la escena de guerra. Como soldado de infantería debería ser el más premiado si el genocidio tuviera premio. Como destructor no ha tenido parangón. 

 

La condición de esclavo táctico que pudieron alcanzar ejemplares como Morlon Wiley, Charles Jones o Dennis Rodman palidecen ante los niveles de sadismo (en apariencia inocente) exhibidos por Bowen. Resulta difícil convencer a sus detractores de que Bowen elevó más que nadie la defensa al arte de la molestia. Pero la persuasión pública es un asunto menor cuando se trata de validar la asombrosa eficacia de un hombre capaz de martirizar con igual éxito a biotipos tan dispares como Jason Kidd, Steve Nash, Kobe Bryant, Tracy McGrady, Shaw Marion, Vince Carter, Dirk Nowitzki, LeBron James o Chris Paul.

 

Ocho veces en los equipos defensivos del año. Su auténtico nido. Pero del juicio americano yerra esa parte que le concede un trono exclusivo como defensor de perímetro. Si la defensa es la sombra que persigue al ataque, que alguien pudiera elevarla desde el ras de suelo de Chris Paul a los devaneos interiores de Marion a los cielos del lanzamiento de Nowitzki debería ser suficiente para erigirle un monumento. El monumento al genocida más versátil que haya podido conocer este juego.

 

Poco antes de que Bowen reflejara en pista el lado más siniestro de la conciencia táctica de Popovich, Pat Riley aseguraba que sus cualidades "podían ser enseñadas". Como si formaran parte de un manual de artesanía, de un libreto del juego que impartir en formación. El tiempo le contradijo. Porque si bien parecían darse en Bowen virtudes trabajadas para un presunto idiota técnico, muy por encima de todo ello orbitaba una finísima inteligencia que Buck Harvey recogió al decir que Bowen consiguió arrastrar consigo a árbitros y legisladores. Situar a "the refs into his on-the-ball aggression". Podía ser un cerdo para 29 franquicias, decenas de jugadores y millones de espectadores. Pero no para el silbato general. Y un hechizo de tal calibre no forma parte de lo enseñable. Tiene que haber una destreza muy especial para darse un engaño tan grande. Un instinto al alcance de muy pocos. Tal vez de nadie hasta Bowen.

 

Sobraron a su carrera muchas escenas de terror. La patada en la cara a Wally, en la espalda a Ray Allen, en el hombro a Paul, el rodillazo a los testículos de Nash, las trabas a las suspensiones de Amare, Francis, Crawford, Carter y un largo etcétera. Le sobró todo aquel tenebroso excedente del kamikaze a su obra entregado. Pero nada de eso puede erosionar la verdadera naturaleza de su legado.

 

Su infatigable desplazamiento de piernas -aun superior al de Jordan y Dumars-, el cirujano manejo del timing, sus manos en eterna posición de garra y una felina actitud defensiva que ni siquiera cesaba a la detención del juego le convierten en el mayor enemigo que haya podido conocer la fauna universal del baloncesto. Nadie logró invadir más espacio al atacante. Como perro de presa es difícil concebir un rendimiento superior.

 

Al margen de juicios éticos que un jugador alumbrara el lado más oscuro del juego, un gigantesco terreno de destrucción, con semejante impunidad y eficacia le convierte de facto en un amplificador del baloncesto. A partir de Bowen el terrorismo podía tener cabida. Ningún jugador trasladó la licencia defensiva más lejos que él. Ni Hagan ni Rodman ni los peores enforcers habidos. Bowen llegó a hacer de la subversión una página personal que sumar a la Antología del Juego.

 

De ahí que la acusación criminal flaquee por simple ante una realidad infinitamente más laboriosa y compleja, mucho mayor en definitiva. Y todo ello omitiendo su papel como uno de los triplistas más fiables de la última década, la única verdaderamente técnica de sus conquistas.

 

En el futuro, templada la hostilidad y trascendida la parodia del YouTube, no se podrá observar a Bowen más que como uno de los mejores defensores que haya dado nunca la historia de la NBA. Palabras mayores para una alimaña. Sin ella tal vez la historia reciente fuera bien distinta.

 

"I'm sure a lot of people are happy".

 

Y a nadie extraña.