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- Oficina de la NBA, ¿dígame?

 

La llamada era una formalidad. O eso creía Lon, que esperaba hablar directamente con el comisionado O'Brien.

 

- Un momento, por favor.

 

Pero en su lugar recibió la voz de una señorita cortante, fría, que hacía de figura homóloga a la suya dentro de la propia liga. Lon Rosen llevaba un año como director promocional de los Lakers. A pesar de su juventud era hombre de amplias miras, hábil en mercadotecnia y con grandes dotes comerciales. No habían sido otros los motivos para que Jerry Buss le ofreciera el cargo.

 

Rosen tan sólo necesitaba la aprobación de la liga, con la que no había negociado aún nada. Y esa inexperiencia se dejó notar. Alargó demasiado la introducción hasta llegar a su propuesta con la incómoda sensación de hacerlo despaciosamente, como si las palabras cayeran lentas y pesadas, a lo que contribuía el ártico silencio del otro lado.

 

- ...por eso, siguiendo un poco nuestra política de selección habíamos pensado en un artista de calidad contrastada, en alguien realmente conocido por el gran público, un gran cantante, usted sabe -e hizo una pausa-. Habíamos pensado en... Lionel Richie.

- ¿Quién?

- Lionel Richie -repitió alzando la voz.

- ¿Quién es Lionel Richie?

- ¿Cómo? -se sorprendió.

 

Rosen no lo podía creer. Richie era una estrella nacional y aquella estúpida pregunta decepcionó profundamente al promotor. Ya no era tener que renunciar al hombre cuyo concurso había asegurado. Era la desoladora sensación que no pocos le habían confiado de ocupar las oficinas de la NBA una logia de funcionarios obsoletos sin ninguna perspectiva.

 

Lon se había quedado con la palabra en la boca y a punto estuvo de sacar a colación a los Commodores, de hacerlo con alguno de sus discos o cualquiera de las canciones que habían sido número uno en las listas durante semanas. No hizo falta. No tendría ocasión.

 

- Lo lamento, señor Rosen. No podemos aceptar su propuesta. Deberán buscar a otra figura más representativa.

 

Un año en los Lakers era tiempo suficiente para sentir aquella conversación como una charla con el Kremlin.

 

Para 1983 los Lakers llevaban años de ventaja al resto de franquicias en cuestiones de imagen. Al modelo que en muy poco tiempo acabaría triunfando. Cuatro años antes, en 1979, Jerry Buss, un millonario que había hecho fortuna en el mercado inmobiliario, se hizo con todo cuanto puso en venta el anterior propietario del equipo, Jack Kent Cooke, a quien el divorcio forzó a cortar ciertos hilos de uno de los cuales tiraría Buss a gusto. Hacerse con los Lakers, los Kings de hockey, el Forum de Inglewood y hasta un rancho de 13 mil acres en Kern County por poco más de 67 millones de dólares era la operación más cara en la historia del deporte. Pero un negocio redondo.

 

 

Desde el primer día Buss tomó los Lakers como un lienzo. Tenía muy claro por dónde había estado fallando la liga y no sólo trató de rellenar los vacíos. Hizo de ellos su principal fortaleza.

 

El equipo de Los Angeles debía ser el equipo de Hollywood y su más selecta fauna.

 

Y Buss dio la vuelta a la escenografía. Creó las Laker Girls, dotó al pabellón de música en vivo a través de las bandas universitarias de UCLA y USC. Y mediante Jack Nicholson o Walter Matthau promovió un efecto contagio que buscaría atraer a otros muchos famosos, algunos de los cuales -Dyan Cannon, los Jackson's, Muhammad Ali o Jeffrey Osborne- comenzaron a dejarse ver fuera del palco privado de 30 asientos en torno a Buss para extenderse por la primera línea de pista.

 

- Escúchame, Lon -había ordenado a Rosen-. A nuestra gente no se le molesta. No quiero a nadie con micros y cámaras encima de ellos. Vienen a divertirse. No a ser asaltados.

 

Como contrapartida la CBS recibía de manos de los Lakers una lista de famosos que acudirían esa noche y cuáles eran sus localidades. Los técnicos recibían un mapa perfectamente cartografiado del Forum y durante una velada esos rostros, los más selectos del deporte americano, consumían decenas de planos que al parecer la pantalla tanto agradecía.

 

Como resultado el Forum se convirtió en el Night Club más famoso de Los Angeles. El centro neurálgico donde el famoso ratificaba su fama, la pasarela donde mejor exhibirse, una mansión de Playboy donde el baloncesto era una excusa, parte de la fiesta, un divertimento que no terminaba con el final de los partidos.

 

En la amplia sala de prensa, habilitada como un restaurante, las veladas podían prolongarse hasta el amanecer haciendo el propio Buss de maestro de ceremonias. Rodeado de playmates las partidas de póker acogían en su mesa a los rostros más célebres de Hollywood, a los que Chick Hearn servía copas y Nicholson cartas, lo que sumado a los resplandores del equipo evocaba una atmósfera que -curiosamente- recogía a la perfección el cálido estribillo de All Night Long, el hit que había elevado a Lionel Richie al primer plano musical de entonces y que hacía de preludio, como un himno, a los años más dulces.

 

Once you get started you can't sit down.

Come join the fun, it's a merry-go-round.

Everyone's dancing their troubles away.

Come join our party, see how we play!

 

(...)

 

Every one you meet (all night)

They're jamming in the street (all night)

All night long! (all night)

Yeah, I said.

 

Como el santuario de la coolness, Buss culminó así la obra iniciada por Kent Cooke haciendo del Fabulous Forum el Hottest Night Club in L.A.

 

 

Kareem Abdul-Jabbar y Jerry Buss en el Forum (1980) 

 

 

A principios de 1983 el amo de la mansión había logrado su objetivo de acoger la trigésimo tercera edición del NBA All Star Game. Y dejó en manos de su gente la organización de un evento que debería ser un rotundo éxito, un baño de la imagen que Buss pretendía exportar a la nación. Dirigían el equipo de trabajo Josh Rosenfeld, su relaciones públicas, y Lon Rosen, encargado de todos los actos que deberían hacer resplandecer la cita.

 

De esos actos uno se le estaba enquistando, tal vez el principal. Necesitaba un intérprete del himno americano. Y no cualquiera. Un preludio a la altura.

 

Por eso Rosen, empapado hasta los huesos de aquella superflua modernidad, no podía entender que la liga emplazara a las franquicias a organizar la fiesta de las estrellas para tener luego que pedir aprobación del guión. A ello se añadía un aspecto personal. Richie era su apuesta de rigor. Su artista favorito. Su doloroso descarte.

 

Tenía menos de cinco días y no supo qué hacer.

 

El miércoles 9 el equipo jugaba en casa ante Utah. Era el último partido antes de la gran cita y aprovechó la velada para consultar al vestuario.

 

- ¿Te han tirado a Richie? ¿Pero qué coño quieren?

 

Ser miembro de los Lakers trascendía la condición de jugador. Algunos miembros de la plantilla eran auténticos relaciones públicas. De una de ellas se iniciaba entonces un romance que acabaría en matrimonio. "Habla con Norm si necesitas una profesora de baile", ironizaban entre risas aludiendo a Norm Nixon y la profesora de Fama Debbie Allen. Lon sin embargo no buscaba eso. Quería tomar el pulso a aquellos tipos, jóvenes, estrellas, vanguardia de una cultura musical que tal vez a él se escapara. Los chicos tenían olfato para esas cosas. Magic Johnson se adelantó con un nombre y Kareem, de costumbre indiferente a la farándula, reaccionó como un resorte. "Si lo vais a traer podéis contar conmigo. Ya era hora".

 

Rosen pasó a la acción.

 

Lo primero que hizo fue hablar con el relaciones del equipo.

- ¿Marvin Gaye? ¿No estaba en Europa?

- No lo sé. ¿Qué te parece?

- Bueno, me parece fantástico. Es un mito. Pero déjame que consulte...

 

Rosenfeld llevaba mucho terreno ganado a su colega y su experiencia se hizo notar. A las celebridades que todo el mundo conocía se unía un buen número de músicos, productores y directivos de grandes discográficas. Porque también habituales del Forum eran el presidente de MCA, Irving Azoff, su homólogo en Elektra Records, Joe Smith, el productor Lou Adler y a menudo Quincy Jones. Rosenfeld sólo tenía que hacer algunas llamadas.

 

- Escúchame. A Gaye lo llevan ahora en CBS Records. ¿No tenías un amigo allí?

 

Rosen vio el cielo abierto cuando a través de esa amistad pudo establecer contacto con Larkin Arnold, productor de la discográfica para la que ahora trabajaba Gaye. Arnold recibió aquella petición de muy buen grado. "Puedes contar con nosotros, Lon. Pero no hasta que hable con él". Rosen apremió la respuesta y Arnold cumplió su palabra. "Lo tenemos. Ha aceptado".

 

La NBA también lo hizo y Rosen respiró aliviado. Creyó que ya tan sólo tenía que esperar al domingo. Y Buss felicitó a Rosen por una elección que parecía inmejorable.

 

Porque Marvin Gaye era un mito. Una leyenda a la que sin embargo el fuerte acelerón de los tiempos parecía estar adelantando. Tiempos que empezaban a estar dominados por la imagen del videoclip, por el solista bailarín de un pop infinitamente más popular y por la superación definitiva del suave juego de octavas que le había conducido a ser The Prince Of Soul en los 60 y 70. Lionel Richie primero y Michael Jackson después corrían a sepultar el estilo Marvin Gaye a principios de los ochenta.

 

Su nombre podía sonar con fuerza a un joven ejecutivo como Lon Rosen. Pero para saber en qué punto se hallaba su vida era preciso conocer demasiado de ella. Qué había sido del Marvin persona en los últimos años. Y Rosen apenas sabía nada.

 

- ¿Has podido hablar con él?

- No -respondió confiado-. Yo sólo sé que cantará el himno el domingo.

 

Dos fracasos sentimentales culminados en divorcio habían marcado la vida y obra de Marvin al final de la década anterior. Para 1980 el artista debía al fisco americano unos 8 millones de dólares, había roto con la Motown y experimentó por primera vez el amargo sabor del fracaso, lo que le llevó a descreer de los directivos bajo los que había grabado y de las giras y directos gracias a los cuales alivió en parte sus deudas. Pero no una profunda depresión que le condujo a abismarse en una espiral de droga de la que parecía imposible escapar.

 

A principios de 1981, a causa de una situación crítica, Marvin huyó a Europa y lo hizo casi al azar. Se ocultó en Bélgica, en la pequeña localidad costera de Ostende y en aquel exilio encontró la paz espiritual que tanto anhelaba. Allí logró detener su autodestrucción y cortar su adicción a la cocaína. Adoraba el clima, el anonimato y para alguien criado en los hacinados suburbios de D.C., la serenidad del mar y la cadencia de las olas inspiraron el que sería su último gran trabajo.

 

En menos de dos años Gaye rehízo su espíritu. Acudía a diario a cafés y clubes nocturnos, se mezclaba en los bares con los lugareños con los que se comunicaba por gestos y jugaba con ellos a los dardos donde el genio disfrutaba su torpeza. A veces cantaba en la iglesia para solaz de los feligreses y recuperó su forma física corriendo en la playa y en un pequeño gimnasio donde practicaba boxeo. Hasta acudía con frecuencia a presenciar partidos del mejor equipo belga de entonces, el Sunair Ostende, doble campeón de liga y copa y con dos de cuyos miembros, Mark Browne y John Heath, los americanos del equipo, trabó relación.

 

Porque el baloncesto no le era extraño. Antes bien era su deporte favorito y no había dejado de jugar desde que era niño. Mediada la década anterior había llegado a invertir cien mil dólares en los Jazz de Nueva Orleans olvidando después aquel préstamo. Uno de sus escoltas, Dave Simmons, le acompañaba y servía en los partidillos en el hogar de Marvin en la pequeña Calabasas y en los estudios de CBS Records en Hollywood. A veces, durante una grabación, cortaba por lo sano: "Let's play basketball". Y el paréntesis podía durar todo el día.

 

 

 

Marvin Gaye (Ostende, 1981)

 

 

Aquel retiro daría sus frutos y en septiembre de 1982 la figura de Gaye logró renacer con inusitada fuerza a través de Sexual Healing y su álbum Midnight Love, un rotundo éxito internacional por el que ganará dos grammys y cuya gestación había tenido lugar en la paz del aire belga.

 

Pero a finales de año Marvin se vio obligado a un abrupto regreso a Los Angeles, donde el cáncer consumía a su madre en lugar de a su padre, a quien nunca dejó de odiar por los malos tratos recibidos de niño. "Sepárate de él, mamá. Hazlo de una vez para siempre", le había repetido innumerables veces en vano.

 

El retorno fue lo peor que pudo ocurrir a su vida. Marvin volvió a sumergirse en el abismo y redobló su personal infierno con la cocaína, de la que precisaba a diario en cantidades suicidas con resultados paranoides.

 

- En cuanto mi madre sane, volveré a Europa y la llevaré conmigo. A Bélgica o Francia, da igual. Hay gente que no quiere que siga aquí.

- ¿Quién, Marvin? -se inquietó su amigo y confidente David Ritz.

- No puedo decírtelo por teléfono.

 

De las muchas obsesiones que asolaban su cabeza una de ellas persistía en recordar lo ocurrido con John Lennon.   

 

Rosen en definitiva tenía a su hombre sin saber que su hombre era, en febrero de 1983, la persona más vulnerable del mundo.

 

Horas después de decir que sí Marvin sufrió un repentino ataque de pánico por la actuación. Y repetidas veces testigo de aquel temor, el mismo destinatario, una de sus amistades más inquebrantables.

 

- Luther -cortó con voz desesperada- necesito que me hagas un favor. Quiero que lo hagas. ¡Tienes que hacerlo!

El también cantante y compositor Luther Vandross sintió una tremenda lástima. En aquella voz quebrada no reconocía a su viejo amigo

- No puedo hacerlo -insistió Marvin-. Te suplico que lo hagas tú.

 

Vandross se negó. A cada llamada con más fuerza y son sentimientos más encontrados.

 

- ¿No te das cuenta, Marvin? ¿Quieres dejar de hacer el imbécil?

 

Entendía que su elección era importante, que el mérito debía obtener su premio y dado el estado en que Marvin se encontraba, que un pequeño esfuerzo podía hacer, aun por unos días, que volviera a vestirse como un hombre.

- Lo vas a hacer. Y lo vas a hacer mejor que nunca. Quiero verte, Marvin. Quiero verte cantar el domingo. ¿Lo has entendido?

 

El tiempo corría en su contra y Marvin buscó amparo en su cuñado, el músico Gordon Banks, que tantas giras suyas había dirigido.

 

Banks tuvo una visión más amplia de la situación, como si fuera posible pegar un tirón comercial sin traicionar en espíritu la obra de Gaye. Al contrario era una ocasión magnífica de armonizar ambas fuerzas. Y tal vez, por qué no, a mayor altura que nunca.

 

La jornada del viernes los dos hombres se encerraron en el estudio de grabación de Banks, que propuso el preámbulo sin dilación ni paños calientes. Era conversación de músicos.

 

- Dime qué quieres.

 

La petición encerraba el gran misterio de aquella cita. Un cantante como Marvin no precisaba ayuda para entonar el himno nacional. Banks supo desde el primer momento que Marvin buscaba algo distinto.

 

- Quiero algo sexual, algo espiritual, quiero gospel, quiero beat y blues, quiero groove y quiero reggae, quiero...

- Quieres -interrumpió Gordon con una de aquellas blancas y reverenciales sonrisas- que el himno sea completamente negro.

Marvin no contestó. Era una apreciación retórica.

- ¿O tuyo?

- Qué diferencia hay -repuso Marvin.

- ¿En quién estás pensando? -insistió Gordon- Dame una idea y vamos a por ella.

- No sé, Gordon -y empezó a chasquear los dedos rítmicamente-. Estoy pensando en... Mahalia Jackson.

Banks resopló.

- Estás loco. ¿Eso pretendes? ¿Ante todo el país?

 

Gordon repuso esto con una cómplice sonrisa y las palabras dieron paso a las notas.

 

Las siguientes horas el talento de los dos hombres se sumergió en las profundidades de la música. Banks dejó que el genio fluyera. Sólo tenía que alfombrar su voz y para ello empleó una guitarra y una batería. Algo muy poderoso se estaba quebrando allí dentro. Una de esas ideas por las que a un artista no importa morir. "Toma. No olvides llevártela". Gordon le hizo entrega de la cinta. El cantante tenía ensayo en el Forum el sábado al mediodía.

 

Para entonces Marvin era un hombre incapaz de llegar a una cita. Y no se presentó. "¡Cómo puedo localizarle! ¿Alguna explicación para esto? ¡Que alguien me diga dónde está!". Lo haría horas más tarde.

 

Aquella falta en la víspera de la actuación inquietó seriamente a Rosen y su equipo, un puñado de hombres que no hablaban el mismo idioma del artista.

 

La tarde de aquel sábado el Forum proseguía sus preparativos y los operarios salpicaban el interior con sus tareas. La pista estaba igualmente disponible para aquellos jugadores que quisieran practicar una sesión de tiro. Julius Erving prolongó la suya hasta quedarse a solas y al momento de abandonar la escena vio con el rabillo del ojo que uno de sus mitos entraba en pista seguido por un técnico que le facilitaba un micrófono. Erving se detuvo a observar tras la banda. Y unos pasos a su izquierda, apostados en la mesa de anotadores, Rosen, su compañero Josh y el técnico de sonido.

 

Instantes después una suave melodía embriagaba el interior del recinto. Cuando Marvin dio entrada los operarios cesaron sus golpes mirando hacia el centro.

 

No fueron más que unos segundos y una mezcla de estupefacción y furia dominó entonces a Rosen. "¿Qué coño es eso? ¡Eso no es el himno!" -exclamó mientras Josh se encogía de hombros. "¡Maldita sea! ¡Eso no es lo que aprendimos en la escuela!".

 

Con el paso de las notas el problema se agudizó. El auxiliar de sonido, un joven que mascaba chicle indiferente, añadió: "Lleva cuatro minutos". Y Rosen perdió definitivamente los nervios irrumpiendo en pista en dirección a Marvin cuando éste terminaba su actuación. El artista no sabía nada de aquel tipo que inició una serie de molestas consignas y reproches, y en cuanto lo vio allí levantó suavemente su mano por encima del costado antes de reponer con aire distinguido: "Déjeme en paz. No quiero hablar con usted".

 

Atento a la escena Julius Erving apresuró sus pasos hacia allí y buscó hacer de intermediario.

- ¿Cuál es el problema?

Julius había alejado a Rosen unos metros.

- Pero... pero... ¿tú has oído eso? Eso... eso no es el himno. Me juego mi puesto, ¿sabes? ¡Cuatro minutos! -prosiguió sin bajar la voz- Pero ¿¡dónde se cree que está!?

 

Rosen llevaba su razón. Se limitaba a cumplir. Los directos de la CBS concedían dos minutos para el previo musical antes de la publicidad y la cabecera. Ni un segundo más. Y los tiempos para el tip-off eran innegociables.

- Cálmate. Déjame hablar con él.

 

Julius tuvo un aparte con Gaye. Aquella conversación era otra cosa. Ambos se conocían como se conocen dos artistas que respetan mutuamente su arte. Que incluso se admiran. Al cabo Julius hizo un ademán a Rosen para acercarse a ellos. Y el promotor, algo más calmado, pudo exhortar sus demandas. "Señor Gaye, se lo ruego. Nos dan dos minutos. ¡Dos minutos! Es completamente necesario reducir su actuación". Marvin miraba hacia abajo mientras sus dedos jugueteaban con la letra del himno.  "Le ruego -terminó Rosen- que mañana a las once, hora y media antes del partido, hagamos un nuevo y último ensayo".

 

En eso quedaron. Y Rosen no se privó de despedirse con la misma última súplica: "¡Dos minutos!".

 

Había anochecido en Los Angeles cuando un taxi cruzaba la ciudad en dirección al hogar de Gordon Banks. Marvin necesitaba una vez más de su cuñado, al que contó lo ocurrido.

 

- ¿Es la duración? ¿Eso ha sido todo?

- No, no lo creo -y exhaló una densa bocanada de humo de lo que también consumía a diario-. Saben que lo he cantado otras veces. Que puedo hacerlo en dos minutos. Pero es otro su miedo. El de muchos.

 

Marvin ya había interpretado el himno en otras ocasiones. No podía ser de otro modo para una figura de su talla cuando el protocolo en actos deportivos se cumplía a rajatabla desde el término de la Segunda Guerra Mundial.

 

Lo hizo en Nueva Orleans durante la Super Bowl de 1971. Y también un 29 de septiembre de 1979 como previa al combate entre Ernie Shavers y Larry Holmes por el título de los pesados después de que un púgil al que tenía gran aprecio, Andy Price, sufriera un KO en el primer asalto frente a Sugar Ray. Aquella noche un gran disgusto le hizo interpretar un himno triste, como una señal de duelo que parecía un funeral.

 

Una década antes, en 1968, Marvin se había estrenado durante el cuarto partido de las World Series en Detroit. Y a cada nueva cita había conocido a un Rosen. En aquella ocasión cumplía ese molesto papel Ernie Harwell, la voz de la NBC Radio y el responsable de elegir vocalistas para el himno. Harwell había sido persuadido por su directiva para hablar con Marvin y pedirle que, por favor, se limitara a cantar el himno sin ninguna otra consigna. Les preocupaba la estrecha relación de Marvin con la Motown apenas un año después de que los gravísimos disturbios raciales estuvieran cerca de arrasar la ciudad. Y Marvin comenzaba a liderar una corriente humanista que respiraba a través de sus letras, de la vida como insectos en el guetto a la muerte como alimañas en Vietnam.

 

 

 

Detroit (1967)

 

 

Aquel mes de octubre, que vio también a Tommie Smith y John Carlos alzar los puños en los Juegos de México, despertó en propietarios y directivos un cierto temor a los actos públicos sospechosos de protesta. Harwell habló con Marvin rogándole una interpretación estricta del himno y Marvin cumplió con ella. Cantó con sagrada solemnidad.

 

Al día siguiente el portorriqueño José Feliciano, armado con una guitarra acústica y su perro guía Trudy, sorprendió a una audiencia de más de 50 millones de espectadores entre los que se encontraban los más de 53 mil que abarrotaban el Tiger Stadium, con una interpretación libre del himno, la primera de gran calado nacional en la historia.

 

El escándalo fue inmediato y no cesó con el abucheo del estadio al artista invidente. Enfureció a tanta gente que la centralita de la NBC quedó colapsada por las llamadas arremetiendo contra aquel ultraje, que parte del establishment interpretó como una intolerable forma de autopromoción comercial.

 

Feliciano no se detuvo ahí. Declaró que Marvin había podido decepcionar a su gente con su interpretación ‘recta' del himno.

 

La respuesta del artista negro no se hizo esperar. Elogió a Feliciano como un artista "original" así como respetar su derecho a sentir el himno de manera personal. Pero cargó contra aquella crítica que encerraba cuestiones de raza, como si Feliciano hubiera hecho lo que Gaye debió hacer sin atreverse. "Acuerdo con él que muchas cosas deben cambiar en este país y que es momento para que la juventud lidere esos cambios. Pero sus comentarios hacia mí no son los de un colega de profesión". Siguieron a esas palabras años de íntimo silencio.

 

En el más profundo rincón de su alma aquella herida nunca cerró. Más aún cuando al año siguiente, en 1969, Jimmy Hendrix fue todavía más lejos que Feliciano friendo el himno a estridentes acordes de guitarra en Woodstock.

 

Era ya madrugada cuando Banks había refinado del todo la base musical. Quedaban unas pocas horas para la cita y ambos necesitaban, aunque fuera poco, un sueño reparador. "¿A qué hora te pidió que estuvieras?", preguntó Banks cuando Marvin se despedía en la puerta. "Creo que a las once", respondió sin ninguna convicción.

 

Había que dormir antes de que amaneciera.

 

El domingo 13 de febrero el Forum de Inglewood, en Los Angeles, volvía a acoger la cita del NBA All Star Game once años después. En 1972 Jerry West había dado la victoria al Oeste con una canasta en el último segundo. Había pasado una década. Pero parecía haber transcurrido mucho más.

 

Cuando dieron las once y cuarto y Marvin no había hecho acto de presencia Rosen dispuso a varios miembros del personal por diversas zonas del exterior para localizar la llegada del artista. Al poco de darles la consigna -"Una limusina, un Royce, algo grande... Vendrá en uno de ellos"- se dio cuenta de lo absurdo de ella y matizó que apresuraran su paso por la VIP Entrance.

 

A las doce, media hora antes del salto inicial, Marvin seguía sin aparecer y Rosen era un manojo de nervios. A las doce y cuarto obró en consecuencia. Aseguró la presencia de una joven acomodadora, conocida entre los empleados del Forum por su magnífica voz y por haber hecho no pocas veces pruebas de sonido. Mandó a vestirla acordemente -"¡En cinco minutos tienes que estar lista!"- y la chica obedeció con gran susto en el cuerpo.  

 

A las doce y veinte cubría los graderíos del Forum un manto de público que en pocos minutos superaría los 17 mil quinientos espectadores, entre los que se encontraban autoridades y famosos. La plana mayor de una NBA que aguardaba el inicio de su gran fiesta.

 

A las doce y veinticinco el responsable de la megafonía, Lawrence Tanter, se puso los cascos e indicó a la joven, a la salida de bastidores, que en unos segundos saldría a escena. Tras él Rosen no parpadeaba. Los jugadores, los árbitros y la corte militar del himno, estaban en pista y se disponían a formar. En ese preciso instante alguien agarró a Rosen por detrás con riesgo de infarto para éste. "¡Lon! ¡Lon! ¡Ahí viene! ¡Aquí está!".

 

"Cabrón", musitó para sí mientras corría a recibirle. Junto a Marvin, Gordon Banks. Rosen detuvo a los dos hombres un último segundo mientras recibía la cinta de manos de Banks antes de pasarla al técnico de sonido que corrió hacia la pletina. "¿Dos minutos?". Miraba fijamente a Marvin a quien no podía ver los ojos pero sí sujetar el brazo. Banks empujó a su hombre hacia dentro mientras Rosen pudo percibir que Marvin asentía.

 

10, 9, 8...

 

Tanter pronunció el nombre.

 

4, 3, 2...

 

"ON AIR!!" -se escuchó en los estudios de la CBS. Dick Stockton ya estaba dentro.  

 

Los espectadores, del Forum y de la pantalla americana, pudieron apreciar la entrada a pista de una distinguida figura, de elegante traje oscuro, chaqueta cruzada y corbata, pañuelo de seda azul al pecho y generosas, brillantes gafas de sol como espejos. Parecía un dios. 

 

Segundos después un hipnótico beat bañaba el interior del recinto. Y antes de manar la voz Tanter aún tuvo tiempo de confiar preocupado al técnico de sonido: "Esa no es la cinta. No puede ser".

 

Daba igual. Todo había empezado.

 

Sobre el refulgente amarillo que devolvía siempre el Forum le flanqueaban a su izquierda, en ordenada fila, Alex English, Mo Lucas, Kareem Abdul-Jabbar, Magic Johnson, David Thompson, George Gervin, Jamaal Wilkes, Jack Sikma, Artis Gilmore, Gus Williams, Jim Paxson, Kiki Vandeweghe y Pat Riley. A su derecha, Larry Bird, Julius Erving, Moses Malone, Maurice Cheeks, Isiah Thomas, Sidney Moncrief, Marques Johnson, Robert Parish, Andrew Toney, Buck Williams, Reggie Theus, Bill Laimbeer y Billy Cunningham.

 

"...say can you se-e-e-e-euh" -bouncing the word ‘see' in delicious melisma (Dyson).

 

Julius y el productor Joe Smith cruzaron una mirada cómplice, como si algo no estuviera funcionando bien. Mientras, el travelling de cámara pudo captar a un sonriente George Gervin por la sola condición de testigo.

 

"Broad stripes" in rigorous staccato.

"Star" to at least nyne syllables!

"Through the perilous fight" with a gospel echo.

"The Rockets red glare" with clenches fists and bended knees.

"Home of the bra-a-a-a-ve, Oh, Lord".

"(...) He took the song to church". (M.E. Dyson)

 

 

 

 

 

Superados los dos minutos la CBS no cortaría. Era imposible hacerlo.

 

"Suelo entonar para mí el Padre Nuestro cada vez que suena el himno. No pude" (Alex English).

 

Abdul-Jabbar mantuvo erguida su barbilla en señal de íntimo orgullo. "It illuminated the concept ‘We're black and we're Americans. We can have a different interpretation of the anthem'".

 

"A serenity overcame me. His voice just took over -you couldn't think about anything else" (Marques Johnson).

 

"It was very churchlike" (Lou Adler).

 

 

Una cerrada ovación coronó la magia de unos instantes para los que demasiada gente no estaba aún preparada.

 

"Sr. Rosen, han llamado de la oficina central". La secretaria hizo una pausa. "Están muy enfadados. Y lamento decirle que ha llamado mucha más gente para quejarse". De hecho varios teléfonos seguían chillando. Rosen resopló por última vez antes de articular el único temor que arrastró durante todo el fin de semana: "Bueno, supongo que hasta aquí he llegado. Estoy despedido".

 

Semanas después la petición de copias desde innumerables puntos del país era de tal magnitud que CBS Records acabó comprando los derechos. Rosen conservó además su empleo.

 

El paso del tiempo no hizo sino aumentar la calidad de lo ocurrido, pasando muy pronto a la unánime consideración de uno de los momentos cumbre en la historia del deporte americano. Sin saberlo Marvin Gaye acababa de santificar en ceremonia el inicio de una Edad de Oro sin precedentes, como un parto celestial.

 

 

...................................................

 

 

Poco más de un año después, el 1 de abril de 1984, en la víspera de su 45 cumpleaños, Marvin fallecía en el hogar familiar de West Adams como consecuencia de los disparos de su padre, a quien había regalado el arma en Navidad.

 

Father, father

We don't need to escalate

You see, war is not the answer

For only love can conquer hate

You know we've got to find a way

To bring some lovin' here today

 

(What's going on, Marvin Gaye, 1971)

 

 

 

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Divided Soul: The Life Of Marvin Gaye (David Ritz, 1985) / Troubled Man (Gregory Katz, American Way, 2006) / Red, Hot, and Blue (David Davis, Los Angeles Magazine, 2003) / Mercy, Mercy Me: The Art, Loves & Demons of Marvin Gaye (Michael Eric Dyson, 2004) / Transit Ostend (Richard Olivier, 1981) / The New H.N.I.C: The Death of Civil Rights and the Reign of Hip Hop (Todd Boyd, 2002) / NBA at 50: A Musical Celebration (NBAE, 1996)