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A cerca de dos horas del inicio una expectación inusual domina el interior del Izod. Centenares de aficionados llegaron mucho antes que de costumbre y ya se apiñan tras de la canasta que ocuparán los Cavaliers. Allí calientan Ilgauskas, Hickson, Jackson, Gibson y Powe junto a parte del staff técnico. Al otro lado sorprende el vacío que rodea a los pocos Nets que ya han salido a rodar.

 

Es obligado mirar a donde el todo el mundo lo hace. Obligado acudir allí si es posible.

 

Porque a esa hora el tramo que va de la pista hasta el vestuario rival, de unos treinta metros, es un hervidero de gente muy difícil de controlar. Los miembros de seguridad se concentran allí sin aparente orden. Sólo sus chaquetas granates y las incesantes consignas que sin mucho éxito van profiriendo sirven para reconocerlos. No les será una jornada fácil.

 

De pronto se abre paso Shaquille O'Neal. A su aparición nadie parpadea. Es como si todos compartieran la misma sensación: difícilmente puede haber una criatura de mayor tamaño en todo el planeta. Cuesta creer que un simple corazón sea capaz de bombear sangre a los confines de ese colosal cuerpo que aparenta pesar toneladas.

 

La distracción dura muy poco. Porque de pronto un grito da la señal. "Here he isssss!". El revuelo torna entonces oleada. Todos miran a esa dirección y allá que corre parte de la masa. La de grada se apelotona peligrosamente en las vallas. Dentro, son inútiles hoy las cintas de protección. Ni se ven.

 

Está llegando. Lo hace por la amplia nave trasera de acceso al pabellón.

 

Al fondo, sobre la marea de cabezas, lo primero que se observa son luces, como un resplandor que se acerca. No menos de siete cámaras le rodean. El resto no se puede contar. No hay duda. Es él. Tan sólo sus andares, sueltos y decididos, con esa inconfundible supinación de los pies, le hacen brutalmente reconocible.

 

Se acerca. La reacción general es de pasmo. Al fondo se escucha repetidamente su nombre. Y eso que ni lo pueden ver. Los que están más cerca, en cambio, no pueden pronunciar palabra. Sólo ansían contemplarlo.

 

Calza unos vaqueros cómodos y un generoso plumas negro de amplio gorro que le cubre por entero la cabeza. Es como si no viera lo que ocurre a su alrededor. De tal muralla de gente debiera chocar contra ella. Y sin embargo la muralla le abre paso como a un monarca. Sale Mo Williams del vestuario y bromea con él. Se agarran y a punto están de caer al suelo. De repente la seguridad se interpone. Hasta ahí vale pisar. Desaparece en el vestuario.

 

La corriente vira entonces 180 grados. El regreso a la pista sobrecoge. Tan sólo han pasado unos minutos y el cambio es sorprendente. Una nutrida multitud, de pronto triplicada, rodea el rectángulo en toda su extensión formando un anillo de entre cinco (en la canasta de los Nets) y veinte filas (en el fondo de los Cavs). La muchedumbre espera algo que está a punto de aparecer. Finalmente lo hace. Parece un trueno. El rugido aumenta cien grados. Los que estaban más lejos descienden grada abajo para una mejor visión.

 

Ahí está. El griterío es la respuesta. Ha acelerado para llegar cuanto antes. Lleva la sudadera del chándal y unos cascos que parecen adheridos a la piel. Parece mentira que no se muevan. Con la música a tope deben de actuar como escudos, estableciendo así una extraña relación con la escena que le rodea, de la que se aísla tanto como se convierte en ella. Porque LeBron James es entonces la escena, el poderoso vórtice de todo cuanto allí ocurre.

 

Sus evoluciones, cada uno de sus movimientos, por pequeño que sea, resultan un espectáculo visual sin parangón en el mundo. No tiene que buscar el balón. Le llegan a razón de uno cada dos o tres segundos. Lanza desde toda posición a tal ritmo que en pocos minutos ha completado tiros en toda la superficie de ataque.  

 

Es momento de algo más. Un regalo.

 

Inicia la carrera a ocho metros en diagonal, desata un reverso a su mitad y culmina el número con un mate salvaje que deja el pabellón temblando y eleva a todos los presentes al paroxismo. La fuerza con la que entra el balón habría matado a quien recibiera ese proyectil. "Hey, Bron, do it again! I miss it!", se escucha. Así no tarda ni medio minuto en batir nuevamente, esta vez desde mucho más lejos sin apenas carrera y soltarse un windmill tan sobrado que podían haber sido tres. Los flashes no cesan.

 

Ha durado una centésima de segundo. Suficiente para grabar de por vida en la retina de los privilegiados una imagen imborrable. Tal vez la que ha formado en el aire antes del estallido final. O acaso esos ojos inyectados a la altura del hierro que, de proponérselo, destrozaría de una sola dentellada. Tras la acción abre la boca en señal de orgasmo mientras brama algo tan sólo descifrable como potencia. Eso no es un hombre. Son diez o veinte en uno.

 

Despide calor, su fuerza no tiene límite y hasta el aire en torno a él se rinde. Es, cómo decirlo, es aterradoramente perfecto. Millones de años de evolución han dado en esa anatomía superlativa que aparenta ser de acero. Una bala contra eso no haría fluir sangre. Seguramente magma, como un pedazo de energía que pudiera alimentar una estrella durante eones.

 

Nada como la expresión de la gente: domina a todos una mueca de asombrada satisfacción, de felicidad instantánea. LeBron James es un narcótico público. Un peligro real.

 

Los dos equipos regresan a vestuarios y la gente ocupa sus asientos. Todo se reordena en un abrir y cerrar de ojos. Durante el himno, interpretado por James Taylor, todos permanecen quietos. Todos salvo él como prueba de que alguna clase de fuego prende en su interior.

 

Todo está a punto de comenzar.

 

El primer rugido del público coge a toda la grada de prensa desprevenida. "What is it?", grita uno. "Half court shot!", responde otro. "Why he does that, mum?", pregunta un niño. "'Cause he can", responde con impecable precisión la mujer, que en ese momento ignora el significado real de ciertos rituales y que a su tercera venida al mundo Michael Jordan resumió con admirable lucidez: "Nunca imaginé que necesitara tanto esa sensación de dominio que sólo allí obtenía".

 

Han terminado las presentaciones de las que han sobrado nueve. Toca el número de la foto al banquillo y, por supuesto, los polvos al espacio exterior. Allá van. Fiuuuuu... Dos palmadas de fuego y listo. Acaba de conectar con el Olimpo. Ambos ritos logran su propósito. Han calentado al público de tal forma que cuando los diez se dan cita en pista hay algo en ella que ninguno de los miles allí presentes no desea ver estallar.

 

 

 

 

Sucede al salto inicial una primera calma. Está emparejado con Douglas Roberts, la mitad de su cuerpo.

 

James empieza como es habitual: suave, haciendo entrar a los suyos con pases de confianza, de calor, ofreciéndose al rebote defensivo para que todos corran y se sientan cómodos, libres.

 

Viéndole manejarlo todo, de principio a fin, sorprende que exista en el primitivo baloncesto de hoy, cuando aún se manejan las posiciones. ¿Es un base? ¿Un alero? Acaba de subir el balón, ha dispuesto a los suyos y en un abrir y cerrar de ojos está abajo recibiendo como un pívot. La bola no entra y es el primero en llegar a defensa. ¿Qué es entonces?

 

Los Nets empiezan bien. Prometen demasiado como de costumbre. Pero ganan una ventaja que no cederán hasta bien entrada la noche.

 

A un tiro libre de Shaq, que acaba de culminar un alley oop como diez años antes, Bron se estira la camiseta desde las axilas dejando entrever otra interior en forma de malla dorada que cubre un torso titánico.

 

Cuando no tiene el balón también es el juego. O el eje sobre el que todo gira. No hay en él un solo segundo de quietud. Y cuando lo aparenta es que está hablando con los árbitros, o con el banquillo, o con los suyos, o consigo mismo. Su rostro no es una expresión. Es otro músculo más. Una bomba de mil tendones en constante agitación. Se come las uñas incluso en pista.

 

Restan poco más de cuatro minutos para el final del primer cuarto cuando Varejao ve cortar a la bestia a la velocidad de la luz y allá que envía el balón. El mate es suyo en toda su extensión. El público alcanza el éxtasis. Todo entonces ha tenido sentido. Nadie de los que allí están lo están para ver algo que no fuera exactamente eso.

 

 

 

 

LeBron gusta de mirar a la grada de arriba abajo. No son miradas perdidas, sin fondo. Tienen destino y miran a los ojos. Hasta escucha y responde a las primeras filas. Parece mentira que la concentración resulte así posible.

 

De entre el hoy marginal resto de cosas llama la atención un constante movimiento de Shaq que repite una y otra vez. Precisa de un saltito de impulso para iniciar la carrera de un lado a otro de la pista. La edad y su enorme tamaño le obligan a ello. Hace no demasiado, o tal vez mucho, él era también un pedazo de energía que se adivinaba inagotable.

 

Ahora mismo es lo que parece James. Va más rápido que todos y le ocurre con su movimiento táctico lo mismo que a Magic Johnson con su velocidad de pase. Va demasiado aprisa. Atraviesa varias veces el reverso del tablero pidiendo el balón arriba. Pero no da tiempo al envío. No para jugadores de hoy.

 

Un descanso. No le hace la menor falta pero Brown lo decide así. Enseguida vuelve, a 7:10 con 26-32 en contra. Le espera Terrence Williams, todavía más menudo que Roberts. Lo va a destrozar.

 

Nadie le puede seguir. Gusta tanto de moverse, de exhibirse, que tras recibir una falta termina su desplazamiento más allá de media pista. No tiene ninguna vergüenza.

 

Si gana el rebote de manera clara, al caso de un tiro libre, desata un manotazo al balón como en señal de poder. Todo es una continua demostración de fuerza, de energía, de plenitud.

 

A 5:25 remonta la línea de fondo, falla pero captura su propio rebote. De proponérselo podría repetir esa acción cuanto quisiera.

 

Llega después uno de tantos pases abiertos. Otra asistencia al triple de Mo. Qué bien se lleva con él y con Parker. En realidad con todos los jugadores abiertos. De tan habituado a las defensas de cierre (todos a él) podría enviar esos pases a ciegas.

 

Mo le devuelve el favor aprisa a una penetración. Acto seguido Varejao recibe una asistencia suya. James se está calentando. Todos lamentan que llegue el descanso. A él se va con 15 puntos para 7 tiros, 6 rebotes y 3 asistencias. No hay números que le hagan justicia.

 

A la reanudación entra en pista galopando y llega a uno de sus fondos. Remite el acto a ese Garnett desafiante que llega a los fondos de público hostil con un par de golpes al pecho. Bron no se golpea. Pero es como si cada uno de sus pasos, frenéticos, hipermotivados, buscara aplastar toda resistencia.

 

Pronto el público vuelve a estallar. Parece mentira que a costa de uno de los suyos. Douglas Roberts no se confía a la entrada. Pero nada puede evitar el taponazo que recibe con la mano izquierda. El mundo ha perdido la cuenta de los salvajes tapones que James acumula remontando la pista.

 

Minutos después un pase inverso a Parker y una fantástica dejada a Hickson ratifican, por si hacía falta, su increíble condición de pasador. Es un jugador total. Una bestia a cuyo juicio perjudica su condición de Terminator. Nada de la porción física del juego le es inalcanzable. Nada de la táctica tampoco. Pero sólo parece irradiar la primera. 

 

A 3:53 vueve a colocar otro sin validez. A 1:08 escapa libre a canasta pero Dooling lo evita zarpándole por detrás como un quarterback. James pudo con él como un guiñapo pero el silbató actuó. El público la emprende una vez más con un suyo.

 

A un triple de ocho metros que queda a un palmo del aro responde con otro que clava. Nada le está desafiando en ese momento. Pero se comporta como si así fuera. Si la actitud, si la voluntad de juego pudiera medirse en grado 100, la de James no bajaría ni un solo segundo del 114.

 

Brown le da descanso al inicio del último cuarto. El marcador refleja un 61-71, pero nadie se moverá de aquí sin volver a verlo.

 

La terrible falta de Yi sobre Shaq a 6:19 da con el gigante en una bonita charla con Derrick Collins, uno de los árbitros. Cuántos aprendieron rápido a golpear a Shaquille. Para eso no hace falta ninguna escuela.

 

A 6:19 regresa a pista con el marcador engañoso. 73-79. Dos minutos después Gibson se deshace de un balón que recoge James hiriendo seriamente el aro al rematarla a dos manos. Qué fácil jugar con alguien así. El pase no tiene que ser ni preciso. Tan sólo basta que atrape la bola.

 

A 2:40 James escapa libre de nuevo y se arrojan a él Harris y Lee con todo. No es posible cruzar la pista más rápido. Derribaría un muro de cemento de chocar con él. Hay no menos de tres faltas en la acción y de nada sirven. La bandeja termina con el dos más uno. Ahora sí, se golpea el pecho repetidas veces y desata uno de sus movimientos reflejos más característicos: sacudir los hombros. Es un acto natural, como un instinto atávico. Pero viéndole hacerlo daría la impresión de ser la criatura más arrogante del planeta.

 

A poco más de un minuto dispensa una última ofrenda. El pase a Varejao remite al mejor Magic Johnson. Su último tacto en el picado deja su mano derecha inerte para subrayar el acto. Tiene que hacerlo porque nadie parece reclamarle sutilezas. No es su primera de la noche pero pasa completamente inadvertida ante una nueva demostración de fuerza bruta. El taponazo a Devin Harris despide el balón directamente a la grada.

 

La victoria está servida. Es hora de sentarse. El pabellón entero responde con una sonora ovación en rendido pie. La gente está plena y feliz. Lo ha visto en vivo. Es cierto. No puede haber nada más monstruoso. Ni lo monstruoso más bello.  

 

James sonríe camino del banquillo, donde se deja caer luego de desatar unos rápidos pasecitos de baile. De esos que indignan a los que no están aquí. Le sale de dentro. Y es difícil imaginar a otro dios de 25 años que no fuera él que no bailara tan sólo por los dones recibidos del cielo.

 

Cuando todo termina la impresión es exacta. El partido, todo lo que supone una velada NBA, la maquinaria que incorpora con milimétrica precisión a centenares de personas, esa colosal organización, incluso el baloncesto mismo, todo, no ha sido más que una coartada. Porque nada importaba allá adentro salvo él.

 

Es como si bajo el estrato deportivo se comprendiera la NBA como un cuerpo gigantesco diseñado única y exclusivamente para alimentar y reproducir esa relación sexual entre masa y estrella. Como una ecuación física que rezara NBA=me2.

 

Es momento de correr al túnel a coger sitio. Es inútil. Sobreviene una vez más el desorden y cuando hay permiso para pasar adentro se forma un embudo de gente que, una vez dentro del vestuario, quintuplica en número a la expedición de los Cavaliers al completo. Una nube de periodistas se arremolina en torno a él. Es imposible verlo. Pero se le escucha. "Yeahh, I'm happy". Cómo no estarlo. "Step by step the team's improving". Alguien le recuerda sus cifras: 28 puntos, 9 rebotes, 7 asistencias. "It's all about the team". Le preguntan si podrá venir aquí. Elogia al joven equipo de New Jersey. No vendrá.

 

Allá adentro es tal el número de gente en torno a él que parte de sus compañeros no pueden ocupar su taquilla y acuden a vestirse de pie en un rincón opuesto. Nadie les presta atención. Deben de estar acostumbrados. 

 

De pronto se escucha: "Finished!". Y acto seguido, chocando unos con otros, los cinco anillos de gente se abren. Se acaba de incorporar y sólo lleva una toalla. Su visión estremece. De haberlo visto Miguel Ángel su Adán sería negro.

 

La prensa se ha dado un festín y sin embargo nadie abandona, como si esperaran algo más de Titán. La seguridad interviene. Vacían el vestuario.

 

Unos metros más allá la nave posterior de salida es otro caos. Familias enteras con los niños por delante como señuelo, jugadores del equipo de casa (Battie, Douglas Roberts, Dooling...), cheerleaders con sus mejores galas. Hay tanta gente con alguna presunta ventaja para cazar foto o autógrafo que la credencial pierde todo su valor y la prensa es enviada más allá del área de seguridad.

 

Sólo la picardía puede burlar el asunto. Pegarse al cuerpo de marines, al joven minusválido habitual del Izod, a quien su guía ha abandonado para buscar también su premio, o hacer de familiar lejano de Douglas Roberts permite la cercanía cuando James vuelve a salir.

 

Da la impresión que hiciera un minuto que llegó al pabellón. Salpica a unos y otros con alguna sonrisa y lo que parecen saludos cuando al cabo enfila camino del autobús. Todos se mueven en la dirección en que él lo hace. De quererlo, podría amagar y volverlos locos a todos. Ya lo están en realidad.

 

Tiene antes que pasar un control de seguridad. El joven encargado del detector casi le suplica el perdón por hacer su trabajo. Más que pasarle el detector simplemente se lo enseña y automáticamente le abre su mano. James se la estrecha y dirige sus pasos, como si flotara, al autobús.

 

Ha desaparecido.

 

Pero en el pabellón, ya casi vacío, flota todavía como un residuo general de ese soma que alguien derramó durante las tres últimas horas allí y que ninguna televisión del mundo puede recoger en centésima realidad.

 

Todo se repetirá en pocas horas. En algún otro lugar. Da igual. Todo volverá a ser lo mismo una y otra vez. Allá donde pise.

 

Extraña vida la de los dioses. De los que han sido dados a la felicidad de la gente.