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"Mamá, voy a ser entrenador de baloncesto. Y me apuesto lo que quieras a que algún día ganaré diez mil dólares al año".

 

Así despachaba un mozalbete su futuro hará ahora un millar de años. Porque aunque parezca mentira Chuck Daly fue una vez un chaval. Uno de tantos muchachos inquietos con los ojos bien abiertos y mil pájaros en la cabeza. O tal vez diez mil. Porque más alto se vuela cuanto mayor es el peso de la realidad a la tierra que uno pisa.

 

Antes de que la barba asomara el pequeño Chuck acompañaba a su padre, vendedor ambulante, a recorrer los duros años de la Depresión en la sufrida Pennsylvania. Y cada vez que tocaba a padre soltar uno de aquellos imparables chorros de palabras para poder llevar a casa un puñado de dólares, el pequeño se le quedaba mirando hipnotizado. Un descarnado sacrificio de comunicación que marcaría a sangre y fuego el carácter del muchacho. "Antes de que te comprendan, tienes que comprenderles". Era como si ya en el colegio, donde le granjearon el apodo de Hungry, intuyera que su misión en la vida sería la de convencer a los demás. Convencerles de cosas. De algo con lo que poder avanzar.

 

Chucky jugó al baloncesto, como todos. Porque el baloncesto era el reverso de esa vida. Una vida que aunque joven tenía que ascender haciendo de lavaplatos, vigilante nocturno, cargamuebles, peón de obra, operario en una factoría de cueros y hasta portero de discoteca. Eran tiempos difíciles. Y aunque pronto el trabajo se multiplicaría bajo las piedras, sorprendía la capacidad del joven Chuck por convencer de inmediato a pequeños empresarios, chupasangres y buscavidas de que valía.

 

Lejos de todo aquello el baloncesto era encantador. Un juego también de clientes donde todas las cualidades de padre habrían encontrado sentido. Él encarnaría esa tarea.

 

Estaba decidido.

 

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Si uno observa con detenimiento la carrera de este hombre que acaba de abandonarnos para siempre comprobará cómo resulta imposible concebir una secuencia más paciente, gradual y elaborada en el lento ascender hacia eso que llaman éxito y que alguna vez se convierte en gloria y cima universal. A golpe de episodios genéricos el crono de su inmensa obra marcaría las siguientes horas:

 

 

Jugador.

Entrenador de instituto.

Entrenador de un pequeño college.

Entrenador de otro college.

Entrenador de otro college.

Entrenador asistente en la NBA.

Entrenador frustrado.

Entrenador de proyecto.

Entrenador de primera fila NBA.

Entrenador campeón.

Entrenador campeón.

Entrenador del mejor equipo en la Historia del Deporte.

Padre de banquillo.

Mito viviente.

Hombre retirado.

Muerte.

Figura histórica.

 

 

Y entre el principio y el fin de aquel camino elegido de muchacho, unos sesenta años de pasos. Unos sesenta años dedicados íntegramente a los sujetos reales del deporte de la canasta. Porque Daly, antes que cualquier otra cosa, fue un entrenador de jugadores. Y ya después, cumplido ese propósito, un organizador del juego.

 

"Antes de que te comprendan, tienes que comprenderles".

 

Por cortesía histórica suele ser ingenuamente recurrente perpetuar la memoria de aquellos técnicos a quienes se atribuye la invención de algún tipo de operación táctica con que ser recordados. El Corte de UCLA o el Triple Post son ejemplos que favorecen esta pleitesía general. Tales reconocimientos merecen un gran respeto. A veces el mayor de todos. Pero en el fondo suelen ser casos algo sobredimensionados que ocultan una enorme dispersión de contenido. Influencia sí. Pero ¿dónde? ¿Baloncesto universitario? ¿Profesional? ¿Un equipo propiamente? ¿Unos años de vida?

 

A esta escala de valores escaparía rotundamente Chuck Daly. Su caso sí que permite hablar de absoluta concreción y un destino material de su influjo. Nada menos que la Liga mayúscula. Un escenario profesional, su cuadrilátero y sus legiones. Y una duración tan indefinida como que su fondo perdura hoy y seguramente lo seguirá haciendo mañana.

 

Su trabajo no forma parte de ninguna de esas rollizas obras de vector y diagrama. Ni tampoco su lenguaje resultó nunca indescifrable al común de los mortales. De hecho no pocos recelaron de su conocimiento del juego. "Timing, not ability", decían a sus espaldas siguiendo las futuras palabras del mismísimo Laimbeer: "Sus asistentes sabían más del juego que él mismo". Y sin embargo técnicos y profanos entendieron a la perfección lo que aquel hombre estaba haciendo. Lo entendieron y admiraron en profundo silencio. A tal punto lo harían que de repente su modelo se convirtió en un modelo ejemplar. Algo que alteraría las estructuras de juego de ese Olimpo conocido como el mejor baloncesto del mundo.

 

No se exagera al decir que Chuck Daly constituye la figura de banquillo más influyente en la NBA en los últimos cuarenta años. Acaso la más decisiva desde Red Auerbach. Los entrenadores capaces de extender un misterio en el tiempo, capaces de que su visión de las cosas despierte adhesión general y mueva a la imitación automática se pueden contar con los dedos de una mano.

 

Todo el baloncesto militar de los años noventa, toda esa férrea década de atrincherada isolation, los años de músculo y reducción espacial, la reconversión del juego hacia la industria defensiva, tienen su detonante principal en el trabajo realizado por Chuck Daly en un equipo, Detroit Pistons, que llevará su firma para siempre. Una obra de tal perfección que muy pronto terminaría inundando el paisaje NBA al completo. 

 

A vista de los más críticos Daly pudo hacer del baloncesto un rugby flanqueado por aros. A la de los románticos pudo incluso ser un maldito. Su figura pone fin al sueño narcótico de los años ochenta en plenos años ochenta. Como si enterrase la monárquica bicefalia Celtics-Lakers y aplastara de un plumazo el sueño de una década que había concebido el baloncesto como algo ligero, hermoso y retórico. Un sueño que gracias a él supimos que no era eterno.

 

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Nada de esto habría sido posible de no ser rescatada su vida de un momento terrible, casi definitivo. Chuck estrenó cargo de primer técnico entrada la temporada de 1982 en unos Cavaliers a la deriva. Un equipo que habría acabado con cualquier entrenador en el mundo. Ganó 9 de 41 partidos antes de ser despedido y salir del hotel donde malvivió encerrado durante 93 días.  

 

Más de un año después un inquieto director deportivo en Detroit pensó en él.

 

"Chuck, te he traído aquí -le diría Jack McCloskey- porque confío en ti. Pero quiero que hagas algo por nosotros. Algo muy concreto. Quiero que defensivamente seamos respetados. Creo que a partir de ahí llegarán los resultados"

 

Daly volvió a encerrarse. La ocasión lo merecía. Revisó horas y horas de cintas con el trabajo que Scotty Robertson había realizado allí. Le dio vueltas al asunto y no supo muy bien por dónde empezar. "Realmente no sabía cómo mejorar aquello. Pero respiré aliviado por los dos años de contrato garantizados y la opción a uno más. Tenía tiempo. Y si lo que querían de mí era que mejorara la defensa del equipo, muy bien, I'd work on the defense".

 

Y al poco el equipo pasó de ocupar el pozo de la liga en puntos encajados a convertirse en uno de los más complicados de batir. Un ensayo inacabado que a medida que brindaba resultados era preciso proseguir.

 

La revelación alumbrada en su fuero interno fue la siguiente:

 

"He aquí una liga donde los equipos anotan un promedio en torno a los 110 puntos. Todo esto se reduce en cuanto llegan los Playoffs. Allí los equipos templan el ritmo y ocupan la mitad de la pista en lugar de correrla entera. Bien. ¿Por qué no obligo a mis rivales a replicar en Regular ese baloncesto de Playoffs? Quiero hacerlo. 'By slowing it down, we could frustrate the rest of the league. Our identity is going to be our defense. On offense we want to establish a half-court game that could produce about 100 points a night. Our goal is to play every game as if it were a playoff game'".

 

Daly se puso manos a la obra. Primero resolvió deshacerse de un anotador como Kelly Tripucka. Y trajo en su lugar a un tozudo ralentizador del juego llamado Adrian Dantley. Un extraño escolta que gustaba de postear en los aledaños de la pintura en barrocas orgías de fintas y faltas. Su abusivo número de tiros libres permitiría dosificar las piernas del resto en beneficio de la energía defensiva.

 

Isiah Thomas compensaría la baja de Tripucka. Al igual que un termostato de banquillo de nombre Vinnie Johnson. El equipo contaba además con un interior no especialmente dotado para nada, Bill Laimbeer, que encontraría su pleno sentido precisamente en la elevación al primer plano de los más viles y eficaces subterráneos del juego.  

 

Pronto se sumarían otros ejemplares que harían del proyecto el más definido de la historia. Rick Mahorn, un terrible enforcer que parecía reencarnar la figura de Mo Lucas. Joe Dumars, un silencioso perro de presa que incluso ocultó en el draft sus fabulosas virtudes ofensivas. Dennis Rodman, un inclasificable ejemplar que haría de la molestia un arte. Y finalmente James Edwards y John Salley, complementos de indefinida pero material versatilidad interior. Todos juntos  se pusieron a rodar. Y todos juntos se convirtieron en un rodillo.

 

En la primavera de 1988 la legión que Daly procesó en un sistema de incesante rotación e insultante democracia acabó definitivamente con la era Bird en el Este. En realidad el equipo de Detroit acabaría con el Este al completo durante cinco años. Los Pistons redujeron en 14 puntos a los Celtics y hasta en 23 a los Lakers en la conquista de sus primeras Finales. Primera y última derrota. Los dos años siguientes la entera NBA fue cómodo y hasta burlesco pasto de aquel equipo monstruoso. Los ochenta habían muerto.

 

 

 

 

 

 

Era el justo logro de un equipo total antes de que el baloncesto se rindiera a los pies de Michael Jordan.

 

Hasta entonces el curso de la NBA no había conocido una proposición defensiva equiparable a la de aquella escuadra de acero. Pero contra lo que la Historia se empeña en recordar, el equipo de Detroit atacaba la canasta rival con una maestría incluso superior a todo modelo precedente.

 

Era en conjunto un bloque perfecto.

 

Sin saberlo Detroit iba a cortar la Historia en dos. Una prolongada era en la que los jugadores miraban al aro y otra en la que los jugadores comenzaron a mirarse entre ellos. A recelar muy seriamente del camino que conducía a canasta. Era nada menos que el Fin de la Inocencia.

 

En adelante el principio defensivo sería ya religioso. Y la década posterior se convirtió en una batalla generalizada por emular aquel modelo, configurando en poco tiempo un panorama militar como el baloncesto no había conocido. Los Knicks del ecuador de la década o los Heat de finales replicaron de manera sinverguenza las principales fortalezas del modelo Bad Boy pero sin alcanzar ni remotamente ni el equilibrio ni la excelencia ofensiva de los muchachos de Daly.

 

Así no fue de extrañar que la más importante misión encomendada jamás a técnico alguno fuera a parar a sus manos. El ensamblaje del mejor equipo de la Historia y su exposición al mundo en unos Juegos Olímpicos era tarea de aquel hombre al que todo jugador parecía respetar.

 

El Dream Team no fue un equipo al uso. Fue la joya de la corona. La más hermosa cima del más hermoso Deporte. En el fondo tampoco interesaba la esperada secuencia de victorias ni el abultado margen de cada una de ellas. Fue la cumbre a cien años de Historia. Una fiesta universal. Y sobre aquellos doce apóstoles un padre al que ninguno cuestionó un solo minuto de juego ni una sola formación diferente. Todo rodó de tal forma que Daly no pidió un solo tiempo muerto. Bastaba una mirada fulminante de aquel hombre que siempre mantenía inclinado hacia delante el rostro y cuya visión, in situ o a través de pantalla, desprendía un irresistible calor, para entender que la fiesta tenía también su trabajo. Porque no procedía que la perfección flaqueara. Y el mundo era testigo.

 

 

 

 

"Mira, yo no estoy tratando con 12 hombres. Estoy tratando con 12 compañías. Cada uno de esos tipos es el presidente de su propia compañía. Cada uno genera centenares de millones cada año. En consecuencia te toca tratar con el presidente de cada una de esas compañías. A diario. Siempre".

 

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Sobre sus días en Detroit escribía hace unos días Krista Jahnke: "He had a collection of athletes who would frighten almost any coach working today". La reconocida adhesión que despertaba su presencia y psicología en su entorno queda incluso dramáticamente retratada en el intento de suicidio de Dennis Rodman cuando Daly, el padre que el joven nunca tuvo, ya no estaba junto a él. "He gave us the freedom to play", señalaba Isiah Thomas, a quien Daly llegó a dar un día libre por la rabia contraída por el jugador a causa de una dura columna contra él. "Si estás mal lo estás. Ellos te cubrirán". Preguntados Laimbeer, Mahorn y Thomas sobre la posibilidad de haber conseguido lo mismo sin Daly a su lado, la respuesta fue no.

 

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Un buen día Daly se retiró. Y todos sabían que era uno de los cinco únicos entrenadores de la historia en repetir título en la NBA. Y sin embargo nunca fue galardonado con el premio al mejor entrenador del año.

 

Porque su legado no cabe en un galardón. Un premio recoge lo hecho en unos meses precedentes que empaquetar como regalo. Pero no hay premio posible ni justo para quien extiende su creación en el futuro. Para quien extiende su creación sin fin.

 

El año pasado la NBA coronó a Boston Celtics. Habían pasado 18 años desde el último anillo de Daly. Pero en aquella comunión verde a lo largo y ancho del año había mucho del Daly Planet. Como también lo hubo en todos y cada uno de los anillos de San Antonio. Es como si cada vez que emergiera un bloque de acero hacia la conquista del título luego de haber desplegado al máximo nivel democracia y autoridad, sutileza y castigo, retórica y mecánica, y todo ello en fraternal armonía, remontara inextricablemente a aquel modelo original de Daly cuyo legado puede que nunca llegue a su fin.

 

"Win a championship. There's no feeling like that in sports. It lasts forever".

 

Como su memoria. Porque todos los años el baloncesto NBA contempla un nuevo campeón. Pero el día que no deba nada al legado de Daly será que el baloncesto habrá conquistado un territorio que hoy, todavía hoy, el mundo ignora.

 

Descanse en paz el hombre que lo cambió todo.