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02/10/2009

Del reciente desfile de presentaciones a la prensa muy poco ha sobresalido de la anodina formalidad. Y tampoco sería el caso de los Wizards, el segundo peor equipo el pasado curso y, de creer a James Morris (SLAM), el más frustrante de toda la NBA, de no haber vuelto a la palestra, a su espacio natural, el extravagante sujeto de los 111 millones de dólares.

 

Gilbert Arenas ha vuelto a hablar. Y no parece él. Luego por fin es noticia de verdad. Noticia por prometer poner fin precisamente a todo aquello que le hacía ser noticia. Si hemos de creerle se acabaron el blog, el twitter, la comedia y toda esa patulea de jeringuillas mediáticas que le hacían ser un adicto a la notoriedad. "Ya sólo quiero dedicarme a jugar".

 

Pero mal va el asunto si los primeros escépticos son quienes bien le conocen. "Lo creeré cuando lo vean mis ojos", puntualizaba Brendan Haywood. "Gilbert dice una cosa y acostumbra a hacer otra. Si queréis creerle, perfecto", ironizaba DeShawn.

 

El peor favor que Arenas se ha podido hacer como profesional es convertirse en hombre noticia. Serlo es un drama cuando los primeros y loables motivos que conducen a la celebridad se difuminan y, en su lugar, emergen otros bien distintos cuando no diametralmente opuestos a lo admirable. Cuando la procacidad, la extravangacia, el egotismo y la incoherencia suplantan a todo lo demás, el daño causado es grande; en su peor versión irreparable. Porque un jugador que sale a pista 15 veces en los últimos dos años difícilmente habría sido noticia de no proyectarse un reality mediante el cual, y esto es lo peor, aniquilarse uno mismo el respeto en gigantescas porciones de público. 

 

Y no hay nada peor para alguien que merece ser tomado en serio en algún momento. Un tipo que durante el último tercio del año 2006 estuvo en condiciones de convertirse en el mejor jugador del mundo. Una fulgurante ascensión que el infortunio, todo hay que decirlo, detuvo de raíz.

 

Desde abril de 2007, cuando quebró su menisco, tres lesiones serias en su rodilla izquierda y tres intervenciones quirúrgicas de igual severidad han marcado la vida deportiva de Gilbert Arenas, quien ahora reconoce que incluso contempló la retirada el pasado enero cuando llegó a temer una cuarta intervención. "Hasta habría ahorrado dinero al equipo", satirizaba contra quienes luego terminó cargando.

 

En julio Arenas tomó rumbo a Chicago para ponerse por fin en manos del doctor Tim Grover, cuyos servicios había rechazado varias veces en los últimos dos años. A su cargo el trabajo diario giró en torno a sesiones intensivas de seis y siete horas. Entretanto Arenas ha guardado un verano de silencio. Hasta estos días que se ha apresurado a ofrecer su primer gran titular: "Grover ha salvado mi carrera".

 

Pero como Arenas no puede escapar a su sombra tardó nada en criticar al equipo por dos motivos el segundo de los cuales le hace flaco favor. Primero sugiere que los métodos de recuperación del equipo médico en Washington fracasaron. Y segundo que nadie le protegió de sí mismo. Con una supina puerilidad denuncia que en plena ebullición del Arenas más desaforado mediáticamente ningún miembro de la organización intentase siquiera ponerle freno, como si gracias a su figura de showman pretendieran vender billetes en el Verizon aun al precio de convertirle en víctima. Un papel en el que adora reconocerse.

 

 

 

 

Confeso de su mala relación con Eddie Jordan, convencido de que Arenas fue un convaleciente temerario, le atribuye parte de culpa en su mala recuperación al emplearle a destiempo e incluso forzarle a jugar. Y de paso, no del todo sin razón, cargar contra el público permanentemente crítico con él: "Herido como estaba oía decir: ‘El equipo carece de un auténtico director'. Y yo pensaba que tal vez era eso lo que necesitaba ser. Pero ¿qué es un auténtico director? ¿qué un base puro? Al final uno no es capaz de saber si está o no en lo correcto. Si promedio 10 puntos y 10 asistencias acabarán diciendo: ‘¿Ves? Ya no es el que era'. Si firmo 45 puntos y 4 asistencias entonces no seré un base de los de verdad".

 

Nada verifica mejor estas palabras y el espíritu beligerante de Arenas que la sobrenatural ratio de 20-1 en asistencias por pérdida en sus dos testimoniales apariciones al término de la pasada temporada. Sólo los más privilegiados jugadores son capaces de cumplir en pista lo que un carácter vengativo se ha propuesto acometer. Un retrato del carácter que Arenas inició con su dorsal.

 

Así no extraña que el recién llegado Flip Saunders -"Coach, can Arenas be governed?"-, intuyendo los disparos de la prensa en el acto de bienvenida al curso, templara el semblante como acostumbra e insinuara por dónde pretende orientar las líneas matrices del equipo en los próximos meses. Un equipo que desde Washington apuntan como el de mayor profundidad de los últimos años. A la formación veterana de Arenas, Stevenson, Butler, Jamison y Haywood, se suma la llegada de Mike Miller, Randy Foye y Fabricio Oberto, el único miembro de la actual plantilla que el año pasado conoció la postemporada. La rotación se completa con Javaris Crittenton, Dominic McGuire, el insondable Andray Blatche y dos explosivos todavía por detonar: Nick Young y JaVale McGee. Un roster que recitado de seguido suena de maravilla. 

 

De inicio Saunders prefiere la paz que la autoridad. Su mejor noticia, no dejó de insistir, es que Arenas está sano. Y matiza importarle mucho menos sus incontinencias mediáticas -"Que hable, que nunca deje de hacerlo. Yo le escucharé"- que su ética de trabajo. Agradece que a la entrega del playbook responda Arenas presentándose al día siguiente con unas páginas manuscritas que debatir abiertamente, lo que sin duda concentrará los mayores esfuerzos del Sam Cassell asistente. Pero todo ello sobre un manifiesto reforzamiento de su poder: "Tendrá el balón un 80 por ciento del tiempo. Más poder que el que haya conocido nunca".

 

Poca duda resta del Arenas que está por venir. Posiblemente el mismo que conocimos. Un jugador rápido, agresivo, ofensivamente asesino. Un anotador tan salvaje que se arroga los puntos que ni sus manos consuman. Un exterior de una técnica depuradísima y un entendimiento del juego muy superior al que luego su práctica verifica. Y ahí residirá el punto crítico por el que será nuevamente sometido a examen: como distributor. Porque no será él quien únicamente goce de salud.

 

De cuantos asuntos de interés despierte el nuevo curso en la NBA uno de ellos recaerá sin duda en la capital. Y mucho más en la nueva promesa de Gilbert Arenas. Se quiera o no él son los Wizards. "Nadie podía defenderme antes y tampoco nadie podrá ahora". Arenas está sano.

 

Físicamente.