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16/11/2011

Como de costumbre el vapor de las duchas se colaba hasta el vestuario. Dentro faltaba el aire. Hacía un rato que el entreno terminó. Fue serio. Sin bromas. Con el mazazo de la víspera muy presente. Philly les había empatado la final en casa. Y ahora todos parecían vestirse aprisa en silencio. A su derecha Brad Holland rebuscaba algo entre sus cosas. Lo hacía en vano.

 

- Oh, mierda. Wood, ¿tienes una cuchilla por ahí?

 

Claro que la tenía. Bien sabía él para qué. Y por eso no estaba dispuesto a dejársela. Aunque sólo fuera por higiene.

 

- ¿Dónde está la tuya? –respondió cortante.

 

- Pues… no sé, no la encuentro. Por eso te la pido. ¿Tienes o no?

 

Spencer no sabía cómo quitárselo de encima. Y su ánimo tampoco ayudaba.

 

- Se dice por favor.

 

En un segundo el semblante de Holland se endureció.

 

- Oye, ¡qué coño te pasa! ¡Te he pedido una puta cuchilla, no dinero!

 

Haywood se incorporó y Holland hizo lo mismo –“A mí no hables así…”–. Del otro lado del vestuario se apresuró hasta ellos Jim Chones. O más bien hasta Spencer, al que tenía ganas. Chones compartía con Wood su odio hacia Westhead. Pero también su hartazgo de Haywood, de sus constantes protestas por su falta de minutos. Minutos que se llevaba él. Cuando le agarró del brazo –“¿Qué es lo que te pasa a ti?”– Spencer dio un fuerte tirón quitándoselo de encima. “¡No me toques!”. Antes de enzarzarse otros compañeros se habían echado encima. “¡Basta!”. Entre una maraña de brazos –“Ehhh, vale, ¡vale!"– los ánimos hervían allí dentro como una caldera.

 

El alboroto llegó hasta la sala de fisios, de donde salieron aprisa Paul Westhead y Pat Riley. El primero no preguntó. Se detuvo bajo el marco de la puerta, vio que Haywood era una vez más el motivo de una riña y cortó por la vía rápida. “Spencer, en dos minutos te quiero en mi despacho”. La orden sacudió el aire y el grupo se fue dispersando, quedando Haywood a solas en mitad del vestuario como un pasmarote. Metió aprisa sus cosas en la bolsa y dirigió después sus pasos a la puerta. Al volver la vista atrás todos seguían a lo suyo, como si no existiera. Todos salvo Kareem. Desde su taquilla le dirigió una mirada fugaz, dura. Había algo de desgarrador en sus ojos, que parecían preguntarse “cómo has podido cambiar tanto”. Spencer tuvo entonces la firme impresión de despedirse. Sin ningún adiós.

 

Diez años antes Kareem había sido casi el único en salir en su apoyo. Lo hizo además a la vista de todos. A la llegada de Spencer a Seattle en 1970 siguió un auténtico infierno. La NBA paralizó su fichaje acusándolo de ilegal. De su oficina central salió disparada una carta que advertía a todos los equipos de la liga que aquella operación estaba prohibida, señalando además dos culpables: Spencer Haywood, de 21 años, y Sam Schulman, el dueño de los Sonics.

 

De entrada Spencer no podía jugar. Pero vestía de corto. Incluso calentaba, lo que era tomado por los rivales como una afrenta. En los pabellones se presentaba al equipo entero dejando a Haywood para el final: “Señoras y señores, hay un jugador ilegal en la pista”. El público respondía entonces con un terrible abucheo en el mejor caso. En los peores, arrojándole papeles, cerveza, hielo o monedas. Lo que tuvieran a su alcance.

 

Y a él le entraban entonces unas ganas locas de abofetear al speaker, arrebatarle el micrófono y recordar algo a voces: “Eh, cabrones, ¿no sabéis quién soy? Soy ese chaval que jugó para vuestro país en los Juegos Olímpicos mientras otros renunciaban a representarlo y firmaban contratos profesionales”. Pero hacía de tripas corazón y callaba cabizbajo. Qué otra cosa podía hacer.

 

La estrategia intimidatoria de la liga funcionaba. Allá donde iban los Sonics eran objeto de iras. A veces los equipos se negaban a salir del vestuario mientras Haywood estuviera en chándal. En Chicago irían aún más allá. Su alero Chet Walker se torció el tobillo calentando y los Bulls demandaron a los Sonics por 600 mil dólares alegando que el motivo de la lesión se debía a Spencer Haywood y el ambiente de nerviosismo y distracción que su presencia provocaba.

 

Entre los jugadores había excepciones. Pero en general le dieron también la espalda y a lo menos, indiferencia. Wood estaba convencido que era por envidia, por aquel contratazo firmado sin haber pasado más que dos cursos en la universidad. Por hacer lo que muchos no tuvieron el valor de hacer. Muestras de hostilidad tampoco faltaron. “¿A ti quién te ha dicho que vales como jugador?”, le espetó una noche Bob Lanier. Otra en Milwaukee el público fue subiendo de tono. “Vuélvete al África”, le gritaban. “Mejor a la escuela para aprender a leer las reglas”, se burlaban otros. Acabado el calentamiento los Bucks enfilaron al vestuario cuando Haywood ocupaba la media la pista. Kareem escuchó más gritos, todos de tono racista, y acto seguido rompió la fila en dirección a Spencer, al que dio un abrazo delante de todos. El público de pronto cesó en su ataque. Spencer nunca olvidaría aquel gesto.

 

Entretanto la justicia proseguía su curso. Luego de un agotador desfile por los juzgados el Tribunal Supremo falló en contra de la NBA con una sentencia que tumbaba su derecho de inadmisión hacia jugadores que no hubieran cumplido los cuatros años de universidad. El caso Haywood pondría fin a aquella barrera. Pero pocos se lo agradecieron. Como si el imaginario siguiera contemplando su operación como un acto de arrogancia, un desafío al orden natural de las cosas. No era fácil despegarse del papel de niño demasiado rico demasiado pronto. Era el cartel que llevaba encima.

 

No importaba. Por fin pudo empezar a jugar. En Seattle, su ciudad y su gente, se sintió bien. Pero deportivamente las cosas nunca terminaron de funcionar. La llegada de Bill Russell al banquillo no facilitó las cosas. Antes bien las tensaría demasiado.

 

Russ tenía a Haywood como su jugador favorito, su hombre y enlace. Un contacto tan cercano que acabó separando a Spencer del resto del grupo. Russell era muy tirano con sus jugadores. Cuando no funcionaban las cosas, y de común no lo hacían, no tenía el menor reparo en despreciarlos. A Jim McDaniels, destinado a ser el pívot titular, incluso con crueldad. “¿Pero cómo puedes ser tan estúpido? –le recriminaba a cada fallo– Es que no tienes ni idea de jugar”. McDaniels quedaba así hundido.

 

Russell era una leyenda. Pero un hombre sin paciencia. Quería hacer de los Sonics unos nuevos Celtics. Y eso era imposible. Los jugadores callaban a su autoridad. Pero por dentro le odiaban. Y como el odio es contagioso y Spencer su jugador predilecto, los demás tardaron poco en desdeñarle como el niño mimado. Hasta en romperle alguna amistad, como la de John Brisker, que no perdonó a Spencer que no lo defendiera ante Russell.

 

Haywood no aprobaba los métodos del técnico. Pero sentía poder hacer muy poco para evitarlos. Él había disfrutado allí la suavidad de Lenny Wilkens como jefe. Ahora sufría sin remedio aquel lento deterioro del grupo. Un grupo impracticable a causa de tantos y tantos cambios, de los que también era responsable Bill Russell, entrenador y director deportivo.

 

Era cuestión de tiempo. Durante la temporada del 75 el deterioro afectó también a la relación entre ambos. Spencer se sobrepuso en silencio a varias lesiones. Pero no pudo con la neumonía. Perdió peso y mucha fuerza. Para Russell no había más culpable que el enfermo. “Si comieras más filetes de carne no te pasaría eso”. Spencer era vegetariano. Y para entonces, muy sensible a la dureza de Russ.

 

En adelante se multiplicaron los rumores de traspaso. Los Knicks estaban ya encima. Sin haber abierto aún la boca Spencer volvía a ser objeto de sospecha, como si fuera él quien quisiera largarse. Eso le enfureció. Sentía haberlo dado todo por los Sonics sin que ahora recibiera a cambio la certeza de su fidelidad, como si no fuera apreciado. Era momento de cambiar de actitud. A la primera oportunidad declaró a la prensa: “Quiero irme, no estoy a gusto aquí”. Abierto el campus de pretemporada Russell lo llevó a su despacho. Fue expeditivo.

- ¿Te quieres quedar o te quieres ir?

Haywood también.

- Quiero irme.

- Vete pues.

 

Así acabó todo. A finales de octubre de 1975, por dos millones de dólares más el novato Eugene Short, Spencer Haywood se convertía en nuevo jugador de los Knicks.

 

Spencer fue recibido como Nueva York acostumbra a recibir a las estrellas. Pero empezó con mal pie, cayendo en una trampa durante su presentación oficial, cuando los flashes además de la vista nublan la cabeza.

- Se espera de ti que seas el salvador de esta franquicia.

Él sólo quería agradar.

- Bueno, pues entonces yo la salvaré.

 

Spencer no reparó en su respuesta. De hecho la habría repetido las veces que hiciera falta. Era consciente de su responsabilidad, que además, venía en el salario.

 

Pero su respuesta no gustó a nadie, causando un especial malestar entre sus nuevos compañeros, algunos de los cuales seguían allí desde el doble título de 1970 y 1973 padeciendo la lenta agonía de alejarse de la gloria y perder viejos amigos en el camino.

 

Así Spencer se topó de entrada con grandes dosis de ironía salpicando en su contra cualquier rato de vestuario:

- Oye, esta luz está fundida –gritaba alguien desde una sala.

- No te preocupes, Spencer nos salvará.

 

A lo que seguían grandes carcajadas.

 

Se podía soportar. Hasta que los desaires pasaron a la grada. “Eeeey, Messsíass, Salvadooor, este equipo funcionaba mejor sin ti ¿sabes?”. Otra vez volvía a sentir el veneno del público. Y en un Madison siempre lleno, expectante, implacable. Willis Reed se les había marchado el año anterior. Holzman pondría a Spencer en su lugar. “¡Pero yo no soy pívot!”. El resultado fue desastroso.

 

Cuando en enero los Knicks viajaron a Seattle el Coliseum recibiría a Haywood con un lleno hasta la bandera. El abucheo desatado a su presentación fue de tal magnitud que el partido tuvo que retrasar su inicio hasta calmarse las cosas. Entre aquel ensordecedor rugido Wood no quitaría ojo de un rincón en la grada. No estaba preocupado por él. Lo estaba por su familia. Su hermana lloraba asustada.

 

Los Knicks quedaron fuera de playoffs por primera vez en diez años. No había la menor química en el equipo. Y el sobrepagado Haywood era la diana perfecta. Incluso para sus compañeros. A Frazier le habían llegado rumores de que Spencer lamentaba que no le hiciera llegar el balón lo suficiente. Frazier respondió ante los micrófonos. “Debería conocer sus limitaciones y no empezar a botar desde fuera”. Porque en realidad era lo que seguía haciendo un alero disfrazado de pívot.

 

Al año siguiente el equipo se hundió otra vez por debajo del 50 por ciento. Spencer trató una vez más de sobreponerse al dolor. Su pierna izquierda andaba maltrecha. Durante la temporada recibió hasta 39 inyecciones de cortisona y novocaína antes de ser intervenido en una clínica de Oklahoma. Tampoco esta vez habría playoffs.

 

Cuando tres años después de su llegada, en 1978, por fin lo consiguieron, fueron barridos por Philly (4-0) en semifinales del Este. Hacía tiempo que la prensa cargaba contra él con munición pesada. Peter Vecsey, con cianuro. El tema favorito de sus columnas era Haywood, al que despellejaba sin piedad. Una noche coincidieron en un ascensor, a solas. Y Spencer no se contuvo:

- ¿Sabes que puedes destrozar la vida de una persona con tus palabras?

- Sí.

Lo habría estampado allí mismo como a un insecto.

 

Haywood ya era además abucheado por sistema en el Madison. Un juego que seguir de butaca a butaca, de fila en fila, como una habitual diversión. “Eh, tú, salvador, ¿no eras el que nos iba a salvar? Pero si no puedes salvar ni tu tiro, ladrón”. Era insoportable. Odiaba a esa gente con todas sus fuerzas. Y lo que empezaba a ser peor, a verse hastiado del baloncesto.

 

Recibió otro duro mazazo con la muerte de Joe, su hermano mayor. No lo podía creer. El más fuerte, el hombre que lo podía todo, el rudo mozo que veló por la familia sin padre en Mississippi, había caído. No fue de repente. El regreso de Vietnam fue consumiéndole poco a poco. Solo, despreciado por la nueva sociedad y con las pesadillas del horror despertándole cada noche, Joe se sumergió en el alcohol. Hasta morir. Fue encontrado en su apartamento tres días después de muerto.

 

Spencer sintió como nunca la necesidad de aire, algo que devolverle el sentido. Y para eso podía estar en el mejor sitio. Nueva York brindaba todas las oportunidades. Spencer adoraba el jazz. Y la música, se dijo, mejor de noche, donde terminó por refugiarse rodeándose además de la mejor crema. Wynton Marsalis, Charlie Mingus, Herbie Hancock o Charles McPherson pasaron a serle una elegante compañía. Se le mezclaban además con personajes tan variopintos como Bill Cosby o Clint Eastwood a cada nueva batida, en cada club y rincón donde encontraba la paz perdida.

 

Spencer empezó a sentir mayor atracción por lo que el baloncesto no era que por lo que el baloncesto le daba. Era más feliz de noche que de día. Se propuso así disfrutar su riqueza. Adquirió una vivienda de lujo en el East Side, en el tramo más selecto de la 64. Flanqueaban su bloque de tres plantas vecinos como Richard Nixon, David Rockefeller y Otto Preminger. Y un día entraba con su Jaguar, salía con un Mercedes y al rato con un Rolls. Tan sólo aparcarlos le llevaba miles de dólares al mes. Parecía mentira que alguna vez recogiera algodón. El dinero era un escape. Pero hacía falta algo más.

 

Al otro lado de Manhattan, en Cleo’s, un restaurante de moda donde alternaba gente guapa, conoció a través de la amiga de una vecina a una joven somalí, de nombre Iman, que no llevaba ni un año en América. Su extraordinaria belleza y como una irresistible inocencia nativa cautivaron a Haywood de inmediato. Y ella se dejó cautivar. Ambos se hicieron inseparables. Unieron sus almas descarriadas y en la unión hallaron calor. Y la cosa fue en serio cuando a los cinco meses de conocerse ella cayó embarazada. La noche que nació Zulekha Spencer estaba tan nervioso que acabó bajando las escaleras de la clínica de tres en tres y salió a la calle a celebrarlo, correteando como un chiquillo por la Tercera Avenida. Al cruzarla un claxon le detuvo. La vida tiene estas casualidades.

- Hey, Spencer, ¿se puede saber qué demonios andas haciendo?

Era Kareem, al volante de su coche.

- ¡Acabo de ser padre, amigo mío!

- Monta y cuéntamelo todo.

Terminaron en su casa, charlando hasta el amanecer, regado de confidencias y jazz.

 

 

 

 

 

Al poco la carrera de Iman como modelo despegó. Lo haría sin frenos. Y los problemas muy pronto también. Antes de que pudiera darse cuenta aquella tímida jovencita proveniente de una tierra perdida se convirtió en una estrella con su orbe de continuas exigencias y caprichos. Un mundo que a Spencer no le era muy fraternal.

- ¿Cómo puedes anunciar tabaco? ¿No sabes que esa industria mata al año a millones de personas en todo el mundo?

- Soy modelo. Es mi trabajo. Olvida eso.

 

A los primeros desnudos en Vogue y Playboy Spencer frunciría el ceño algo más.

- ¿Fotos artísticas? ¿Eso crees que interpretan los lectores de Playboy?

- Déjalo, no entiendes nada.

 

Otras noches Spencer se comportaba como cualquier americano medio. Se dejaba caer en el sofá, horas a gusto frente al televisor viendo un partido de fútbol al término del cual cortejaba a Iman como cabía esperar. “Déjame, me duele la cabeza, mañana madrugo. Salgo a París”. Spencer ya no recordaba cuándo habían hecho el amor por última vez. Hasta entonces se había mantenido inmune a las incesantes solicitudes de groupies revoloteando a los jugadores. Era como si cada vez le resultara más difícil resistirse.

 

Entretanto los Knicks no levantaban cabeza. Willis Reed fue cesado volviendo Holzman a su viejo cargo. Pero todo parecía en vano.

 

Para entonces Spencer andaba ya a otra cosa. Su vida nocturna había derribado algunas defensas. “¿Cómo podéis meteros eso? –recelaba al principio– Esos cristalitos os destrozarán la nariz”. Pero ahí estaban siempre, brillantes y seductores, junto a los que le animaban una y otra vez. “Vamos, no te hagas el remolón”. Y Spencer no se lo hacía, familiarizándose cada vez más con el polvo blanco. Nada importante. Todos lo hacían. Por qué no iba a hacerlo él.

 

En un Madison irrespirable su traspaso empezaría pronto a estar cantado. Finalmente cayó a principios de año. Con cada nuevo intercambio el precio era menor. Ahora la otra moneda era Joe Meriweather y el destino, Nueva Orleans, sumido al poco tiempo en rumores de venta.

 

En la ciudad del jazz Spencer se reencontró gradualmente con la paz interior. Incluso con su juego, de pronto renovado. Todo allí era más genuino, más pequeño, de menor expectativa. A las órdenes de Elgin Baylor y junto a Maravich se encontró más a gusto. Volvía a ser él pese a que ya andaba lejos de ser una estrella. Pero tampoco allí sus números servirían para mucho. El equipo era un desastre y con la primavera los rumores de venta se transformaron en realidad. Los Jazz se mudaban a Utah. “¿Y qué hago yo ahora en Salt Lake City?”, preguntaba a su abogado Bob Mussehl. “Déjame ver qué puedo hacer”. Mussehl pasó a reunirse con Frank Layden, el director deportivo de los Jazz, ofreciendo a Spencer como cebo. “¿Qué te hace falta?”, preguntó el agente. “Preferiblemente un alero, un anotador”. Pronto lo tendría.

 

Mussehl rastreó el mercado y, como caídos del cielo, los Lakers estaban allí. Diez años después volvían a querer a Haywood. Sólo que ahora de otra manera. Bill Sharman cedió a los Jazz al alero que Layden quería. Así en septiembre Adrian Dantley terminaba en Utah y Spencer recuperaba el entusiasmo perdido. De hecho estaba feliz. Jugaría en Los Angeles. El sueño del anillo a su alcance.

 

Antes de volar a California Spencer recibió una llamada de su nuevo entrenador Jack McKinney, que sólo quería asegurarse:

- Mira, esto es lo que queremos de ti. Queremos que hagas el trabajo sucio, ya sabes, defensa, rebotes, quitar presión a Kareem, que pueda concentrarse en anotar. No queremos lo que te han pedido hasta ahora. Tan sólo que resultes valioso a este proyecto.

Y con la llegada del joven Magic Johnson, tal vez el mejor que le podía tocar.

- Jack, no se hable más. Soy tu hombre.

- Enhorabuena entonces. No sólo te sumas a una plantilla de lujo. Llegas al mejor sitio del mundo: Los Angeles.

 

El día que se estrenaba el training camp, en Palm Springs, Spencer se comportó como un chiquillo, sin disimular para nada su enorme ilusión. Salió al encuentro del dueño, Jerry Buss, para estrecharle un abrazo antes de hacerlo también con McKinney. “Gracias, gracias de todo corazón por haberme traído aquí”, repetía. “Me alegro, Spencer. Sé que nos ayudarás mucho”. Haría lo mismo seguidamente con Kareem –“Amigo mío, cómo estás”–, el novato Magic Johnson, el suave Jamaal Wilkes, el simpático Norm Nixon y todos los demás. Incluso acabó bromeando con Chick Hearn, la voz de los Lakers. Parecía un sueño. Por fin, a una edad ya madura, Spencer sintió incorporarse a un grupo maravilloso, donde vengaría además su condición de jugador problemático haciendo todo lo que estuviera en su mano, como había prometido, para conquistar el mayor anhelo de cualquier jugador: el título de la NBA.

 

Se encontraba además en forma. Los meses de calma en Nueva Orleans ayudaron. Pero tenía intención de más, de ponerse como un mulo. El campus de entrenamiento constaba de dos sesiones diarias, una por la mañana y otra por la tarde. Entre medias el resto subía al hotel a descansar. Spencer, en cambio, echaba unas horas de tenis. Se volvía a sentir joven, renovado por dentro y por fuera. Era la situación perfecta.

 

Al cabo el equipo volvió a Los Angeles para iniciar la pretemporada. Los entrenamientos proseguían su curso. Era momento de fijar residencia: un apartamento en una buena zona y listo para comenzar una nueva vida.

 

 

 

 

Una tarde le aguardaba alguien junto al coche. Un amigo reciente, conocido al poco de llegar a Los Angeles, uno de esos tipos que saben estar ahí, que conocen los gustos de un jugador y se los sirven en bandeja. El tipo estaba además conectado con la crema de la ciudad, con la noche y su gente, esos clubes donde la buena música y la fiesta nunca cesan.

- Hey, Spencer, monto una fiesta en casa. ¿Te vienes?

Cómo decirle que no. Merecía también su diversión.

 

El tipo gastaba un buen domicilio en Beverly Hills, una de esas vistas que hacen sentir el privilegio. Spencer se presentó animadamente. En el amplio salón había un total de seis invitados. Gente guapa, jubilosa, radiante. Uno de ellos era jugador profesional de fútbol.

- Has fichado por el mejor equipo del mundo, Spencer.

- Eso espero, amigo.

- Es hora de celebrarlo ¿no?

- Pues… sí, aquí estoy.

 

Spencer tomó asiento en el sofá. Notó enseguida que sus acompañantes, uno solo cada vez, iban y venían de una habitación. Entraban con una cara y salían con otra. Unos ojos abiertos, una sonrisa hiperbólica, casi una mueca. El anfitrión volvió a dirigirse a Spencer.

 

- Estoy preparando algo ahí adentro. ¿Quieres? Es base. Sé que no te gusta el polvo. Es… como fumar limpio.

- No, no, déjalo –rehusó–. Ya sabes que a mí me va todo lo orgánico –repuso sin mucha convicción.

- Anímate, hombre, ven y lo ves.

Y eso fue lo que hizo.

 

Al cabo de un minuto, a indicaciones del otro, Spencer estaba dentro de la habitación con una pipa de cristal en sus manos, un artilugio como no había visto antes, ni en las fiestas más golfas de Nueva York. El otro mientras tanto insistía con la llama.

- Más fuerte. ¡Más!

Aspiró con toda su fuerza, a pulmón.

- Así, aguántalo ahora dentro.

No hizo falta más. Su cabeza de repente estalló. Y el cuerpo entero con ella. Como mil orgasmos en uno.

- Gracias… Gra... cias… Sí… Es limpio.

Ya no era él quien hablaba.

 

En el salón la pequeña fraternidad lo recibió con los brazos abiertos. Spencer flotaba. Y no quería posarse. Era una sensación como no había conocido jamás. Así cada diez minutos reclamaría su nuevo turno. Una y otra vez. Para qué parar. Así, hasta el amanecer. Al llegar al hotel tenía dos horas antes del entrenamiento. No pudo dormir.

 

Al día siguiente repitió la experiencia.

 

Spencer perdió el vuelo del equipo para un partido en Oklahoma. Tuvo suerte de coger el siguiente. Y de poder jugar. Y de hacerlo además bien. 27 puntos y 14 rebotes. “Esto es fantástico”, se decía. “Estoy deseando volver, celebrarlo”. Y volvieron. Esperaba a los Lakers un doubleheader en casa.

 

Al término del partido hasta doce jugadores de los cuatro equipos, animados por Spencer, acudieron a su apartamento. Su hombre, su contacto, su dealer, no iba a faltar ya de su lado, como una sombra. Recién llegado de Florida traía además consigo la increíble cantidad de un kilo de cocaína de alta pureza. En Los Angeles el gramo solía adquirirse a 150 dólares. Pero en el mundillo NBA, los camellos hacían un descuento por grupos, dejando la unidad a 100 pavos y animando así a los jugadores a comprar cantidad.

 

Apenas arrancó la velada Spencer, su hombre, y otros dos jugadores –John Drew y David Thompson– acudieron a la cocina manos a la obra. El excesivo ardor de sus acompañantes incluso obligó al camello a hacerles una advertencia.

- A ver, es muy pura. Bastará con un poquito cada vez. Así como…

Spencer apartó su mano sin miramientos.

- Qué coño, ¿crees que estás hablando con mujeres? Echa ahí.

 

Los demás rompieron a reír. Con medio gramo era más que suficiente. Spencer puso tres. La llama obraría lo demás, alumbrando una burbuja monstruosa a la que los cuatro estaban pegados como un hechizo. Un segundo después la pipa reventó. Miles de cristalitos restallaron en el aire sufriendo todos pequeños cortes en la cara. Tuvieron suerte. Los ojos estaban intactos. “¡Pero qué demonios os ha pasado!”, exclamaron los de dentro en cuanto les vieron aparecer entre pañuelos y toallas. “Nada, un pequeño accidente doméstico”.

 

No importaba. Había más. Mucho más. Lo suficiente para flotar muy arriba hasta las ocho de la mañana. A esa hora el resto se había marchado. Spencer tenía 40 minutos para echar una cabezada antes de presentarse en el entrenamiento. Se acostó. Y si cerraba los ojos se le volvían a abrir, como pegados al techo.

 

Al principio aquellos “juegos” tenían lugar cada sábado, una vez a la semana. Pero pronto Spencer se dijo que a qué esperar tanto. El miércoles sería también una ocasión perfecta. El único problema, eso de no poder dormir, tendría fácil solución. “Te vendrá bien tener algo de Valium y Metacualona. ¿Cuánto te traigo?”. Y Spencer se encogía de hombros. Enseguida tendría su ensalada de sedantes, con los que bajar a plomo el subidón al final de cada nuevo festín.

 

Hollywood era así maravilloso. La felicidad al alcance de la mano. Bien colocado, podía además sostener cualquier conversación. Uno creía poder opinar de todo, alternar con aquellos tipos ricos y arrogantes que nutrían las mejores fiestas de la ciudad. El dinero tampoco era reparo. Su contrato era por medio millón, que sumar a los muchos que ya tenía. Así que unos cuantos centenares de dólares por semana apenas apretaban el bolsillo.

 

Al tercer partido de la temporada Spencer sufrió un achaque en la cadera. Se perdería los tres siguientes. Si tenía más tiempo para lo suyo, no le importaba gran cosa. De hecho el baloncesto empezó pronto a entrometerse en sus deseos de plenitud. Su ausencia fue ocupada por Jim Chones, que lo haría tan bien que McKinney le dio la titularidad, desplazando a Haywood al banco. Tampoco importaba. El equipo, con uno u otro, funcionaba a las mil maravillas. Tras doce partidos, nueve victorias. Viento en popa.

 

Lo siguiente en ocurrir ya importaba algo más.

 

A principios de noviembre el técnico McKinney tenía prevista una cita con su asistente principal, Paul Westhead, en el domicilio de éste, del que le separaban menos de cuatro kilómetros. McKinney, como todo angelino, se movía en coche. Pero aquel día se lo había llevado su esposa. El técnico cogió la bici y como a mitad de trayecto, bajando una cuesta a toda velocidad, sufrió un aparatoso accidente golpeando brutalmente su cabeza contra el suelo. El percance fue grave. McKinney quedaba fuera del equipo y tendría suerte si podía volver a entrenar. Fue un severo palo para todos. Pero en especial para Haywood. El hombre que más confiaba en él ya no estaba. Su lugar lo ocuparía Westhead, con quien Spencer, más que fría, no tenía relación. Pat Riley, que hacía de comentarista en la emisora local, se acabó incorporando al cuerpo técnico.

 

Entre Haywood y Westhead se precipitó en adelante una peligrosa ecuación. El cada vez peor estado de forma de Spencer redujo drásticamente sus minutos de juego. A las dos semanas y fruto del malestar el jugador reclamó su cita con el nuevo técnico.

- Veré qué puedo hacer. Pero no te puedo prometer nada. Tampoco tú ayudas.

- Ese es el problema –repuso serio–. Sin minutos no sé cómo puedo hacerlo.

 

El encuentro fue breve, gélido.

 

Las fiestas, en cambio, eran otra cosa. Nunca cesaban. Lo hacían a un ritmo cada vez mayor. Siempre había gente dispuesta. Eso era lo bueno de Los Angeles y Spencer apuraba más que nadie, como si empezara a no tener medida. “Oye –su hombre aguantaba con él hasta el final–, vas un poco pasado y es muy tarde. Anda, tómate esto”. Al rato de hacerlo Spencer se sentía incapaz de coger el coche y volver a casa. “No… controlo mucho”, y alzaba unas manos inquietas. Ya en su apartamento y con la intención de calmar los nervios, se tomaba un par de bacardís dobles como quien bebe agua, lo que al cabo encendía otra vez las ganas de coca, aunque no pudiera más. Una vez le sorprendió despertarse en el suelo del baño. Llevaba horas allí tendido, empapado en sudores fríos. Era de día.

 

Al principio empezó a temer las giras del equipo. Eso suponía estar días enteros sin poder darse el atracón. Pero la solución también quedaba a mano, como aprendió una noche en Phoenix. Al término del partido un tipo se le acercó con una libreta: “Eh, Spencer, ¿me firmas aquí?”. Y mientras le firmaba el tipo le dejaba subrepticiamente una nota encima de su bolsa. Era fácil de entender y Spencer ni siquiera se preguntaba por qué aquel individuo le elegía a él. “Toma, vete a esta dirección. Te veo allí en media hora”. Había individuos como aquel en todas las ciudades de la liga. La agenda tenía cabida para todos. Tan sólo había que corresponderles en especie. Si llegaban los Lakers esos tipos tenían butaca en la primera fila.

- Verás, Spencer, hoy vienen unos amigos y me gustaría...

- ¿Cuántos sois?

Siempre había sitio para todos.

 

Mediada la temporada Spencer comenzó a sentir serias dificultades en disimular algunos síntomas. La secuela que peor llevó la revelaban sus manos. Habían perdido toda su fuerza. Y sobre todo, el tacto. Le temblaban en reposo. Un par de carreras y el corazón palpitaba salvaje en su pecho. La inseguridad le dominaba. Era incapaz de atrapar bien la bola. Y tirar a canasta empezó a serle una odisea. Pero ninguno de aquellos males superaba al que no creía tener: la paranoia. Despertaba con fuerza cada vez que perdía un balón. “No soy yo”, se repetía. “Son ellos, me pasan mal la bola. Sobre todo Magic, que lo hace adrede. Imprime veneno al balón… para que se me escape”.

 

Como solución Spencer se hizo con una pelotita que botar en el banquillo para calentar las manos y recuperar sensibilidad. Una noche en Chicago la pelotita se le escapó pista adentro en mitad del juego y los árbitros tuvieron que detener el partido previa técnica. Westhead ni le miraba.

 

Pero Spencer fue aún más allá. Acabó haciéndose con una crema para las manos cuyo adhesivo terminaba por empeguntar el balón y con ello las manos de todos los jugadores. Otra noche le cayó una nueva técnica en cuanto los árbitros supieron del causante de la confusión. Incluso fue multado por la liga cuando llegó a esconderse la crema en las medias y ésta, en un lance del juego, acabó desparramada por la pista. Aquel grotesco proceder despertaba vergüenza en el grupo. “Me persiguen. Todos me persiguen –se convencía–. Buscan mi fracaso”.

 

Iman voló de Nueva York a Los Angeles a pasar con él unos días. Era poco tiempo. Pero el suficiente para poner en su contra al resto de esposas del equipo. Cosas de mujeres, supuso. Ella las trataba con displicencia y ellas respondían con viva aversión. Por si faltara poca tensión Iman abriría un poco más la brecha de Haywood con el grupo. Para entonces la distancia ya era grande. Iman lo sabía todo de él. Lógico cuando ya ni le pedía sexo. Pero su agenda era la de una estrella. Hoy aquí mañana allí, sin tiempo ni ganas para la vida de su marido, con el que apenas se veía. La hija de ambos, Zulekha, seguía en Nueva York al cuidado de la asistenta.

 

Al cabo Iman se marchó, dejando a Spencer a solas con su verdadera esposa. Un día, de vuelta de un partido, el equipo aterrizó en Los Angeles y su hombre vino a buscarle al aeropuerto. Si llevaba un día de abstinencia Spencer sentía verdaderas ansias por sumergirse en el polvo. Nada más importaba hacer. Ambos se deslizaban por la terminal cuando alguien reclamó su atención por detrás:

 

- Aguarda, Spencer –era Kareem, que venía corriendo–. Oye, ¿os importa acercarme a casa? Odio hacer cola para un taxi.

Qué molesto  contratiempo.

- Eeehh, no, no claro -rezongó Spencer

Antes de montar en el coche encontró el momento de musitar una orden a su hombre. “Acelera. Quiero quitármelo de encima cuanto antes".

Al llegar Kareem le haría una última proposición.

- ¿Por qué no subes y pasamos un rato juntos? Hace tiempo que…

- No, Kareem, gracias –repuso aprisa con torpeza–. Pero… tengo una cita y… y un montón de cosas que hacer.

Sentía una punzada interior al hacer esto. Pero al cabo no era más que alivio.

- Vamos, ¡pisa! –ordenó.

El tráfico en Los Angeles nunca lo ponía fácil.

- Eh, tranquilo. ¿Quieres empezar ahora? La tengo ahí detrás, en la bolsa.

En plena autopista Spencer arrancó la fiesta.

 

Llegó el momento en que ya no había días. Ni noches. O todo era noche. Noches enteras que volaban en minutos. Dormir era una molestia, un tiempo perdido. El baloncesto también. Sentado en el banquillo sólo suplicaba que no hubiera prórroga. Antes de sonar la bocina ya estaba en pie. Final del partido. Corría entonces a vestuarios. El primero en hacerlo. El primero en ducharse, aprisa como los gatos. El primero en vestirse. El primero en salir. Volaba a través del túnel hasta la salida sur del Forum, donde pegaba el Rolls, que rugía entonces con un acelerón.

 

Spencer ya no acudía a fiestas. Las montaba a solas en su casa. Su hombre ya no le hacía falta. En algún rincón de su conciencia sabía lo que estaba haciendo. Por eso empezó a temer que alguien lo viera. Bajaba así las persianas, echaba el cerrojo. “Este salón es muy grande”. Se metía entonces en su habitación. Pero allí figuraba a su madre, viéndole hacer lo que hacía. Y se encerraba en el baño. Hasta llegó a poner algodón bajo la puerta. Para que nadie supiera que estaba dentro.

 

Nunca sobraba el tiempo. Antes bien faltaba. Había partido a las siete y media. “Me pondré entonces hasta las cinco. Estaré en el pabellón como a las seis”. Spencer ya no se veía a sí mismo, como si no hubiera espejos. Perdía peso. Y su rostro, sin descanso, demacraba. El hombre que alguna vez comía vegetales y velaba minuciosamente por su dieta estaba de suerte si el menú diario alcanzaba una docena de donuts.

 

 

 

 

 

Muy pronto ni siquiera sería ya divertido. A las pocas horas de encerrarse sufría convulsiones, un temblor incontrolable, sudores y taquicardias. “Dios mío, voy a morir”. Pero nada le detenía. El deterioro era tal que Spencer se había vaciado por completo como jugador de baloncesto. En los entrenos ni lanzaba tiros libres. Hacía como que estiraba en el suelo, suplicando en su fuero interno que aquello terminara cuanto antes.

 

Jim Chones era el alero titular. Westhead tiraba de Landsberger para darle descanso. Y hasta de Magic como alapívot. Cualquier cosa antes de hacer salir a Haywood en minutos de peso. Spencer empezó el año como titular. Ahora salía, a lo sumo, en los minutos de la basura. Así, cuando sonara la bocina era todavía más fácil llegar el primero a vestuarios. Hubo un momento en que dejó de ducharse. Salía disparado de corto hasta el coche.

 

Con todo, su orgullo seguía intacto. Y no rehusó denunciar ante la prensa su falta de minutos. Westhead respondió quitándoselos por completo.

 

Spencer comenzó a tener serias dificultades para presentarse a tiempo a cualquier cita. O simplemente para presentarse. Un día se perdió el entrenamiento. La siguiente noche había partido. Y antes del descanso, inesperadamente, Westhead se dirigió a él:

 

- Vamos, sal.

Spencer se vio superado.

- No… no puedo.

- ¡Por qué!

- No… no puedo ver.

- Qué es eso de que no puedes ver.

- Mis ojos –ideó aprisa-. Tengo alergia. Veo mal. Casi no veo.

 

El técnico se quedó con la palabra en la boca.

 

Al descanso Spencer nutrió algo más su fabulación con Jack Curran, el preparador del equipo. “No te noto nada extraño –le exploraba–. Un poco venosos, pero nada más. Oye, ¿no estás muy delgado?”.

 

Al día siguiente habría también entrenamiento. Spencer se presentó pero alegó que no podía hacer nada, que la alergia se lo impedía, que le estaba afectando seriamente. El domingo llegaban los Spurs. Westhead le dejaría sin jugar. Pero en los últimos minutos el público del Forum, sensible a sus declaraciones, comenzó a corear su nombre. “Hay-Wood! Hay-Wood!”. Lo que Spencer aprovechó para alzar el puño al compás de los gritos. Aquel bálsamo reforzaba sus convicciones. Era una víctima de Westhead.

 

Difícilmente podía verlo así el técnico, para quien Spencer era ya un dolor, el único problema serio en el seno del equipo, a cuyos miembros iba a empezar a tomar el pulso a espaldas de Haywood. Con especial atención a su hombre más cercano en el vestuario, Jamaal Wilkes.

 

 

 

El martes el equipo salía para Chicago antes de viajar a Atlanta. Westhead le iba a librar de la gira. “Spencer –le dijo muy serio–, vete al médico y trata la alergia o lo que coño sea eso. Quiero a todos mis jugadores disponibles”.

 

Con el equipo fuera no había médico que visitar. Y en el grupo circuló el rumor de que Haywood se estaba saltando aquellos viajes, como los malos estudiantes las clases. A la vuelta el cuerpo técnico improvisó una reunión que contó con la presencia de Jerry Buss. Sobre la mesa, la idea de un posible traspaso que Westhead iba a apoyar contra dos objetores. Uno era McKinney, que afortunadamente se había recuperado y ocupaba ahora funciones de consultor. “Nos va a hacer falta en mayo –defendía–. No necesitamos nada más”. El otro, Jerry Buss. “Dejadme que hable con él. Yo me encargaré”. Lo haría además a su estilo. El dueño invitó a Spencer a una de sus fiestas en Beverly Hills, en el seno del elegante Pipps, un club de millonarios. Como para calmar las cosas. Confianza por confianza. Spencer aguantó el tipo esa noche. Los baños acudirían en su ayuda.

 

En adelante nada pondría freno a su abismo. Pero al menos Haywood procuró por todos los medios evitar la menor sospecha. El equipo volaba. 40-17. 50-20. 55-21. Y él sólo tenía que estar en su sitio a la hora adecuada. Poco más. Una vez fuera de pista sólo cabía hacer una cosa. Y siempre con el mismo anhelo de resucitar aquella primera cima, aquel orgasmo infinito, sin tener la más mínima idea de que cada vez le quedaba más y más lejos. Y el mando nunca era suyo.

 

Qué cruel ironía. Cuando llegó a Los Angeles el sol era el primer reclamo. Una ciudad luminosa donde contrariamente acabaría convirtiéndose en un vampiro. Meses desfilando entre la oscuridad de la noche para terminar encerrado en el baño de su apartamento donde temía encender la luz.

 

Le suponía un gran esfuerzo. Pero en el tramo final de la temporada incluso rehusó algún ofrecimiento de su hombre. “No, hoy no. No puedo”. Hasta desconectó el teléfono de casa. Para entonces Spencer o lo que quedaba de él había tomado la determinación de solicitar ayuda. La necesitaba con urgencia. Pero tenía que acabar el año. No podía hacerlo ahora. Trató así de sobreponerse y luchó por centrarse.

 

Y llegaron por fin los playoffs. Primero los Lakers se deshicieron cómodamente de los Suns (4-1). En las finales del Oeste les aguardaban los vigentes campeones, su ex equipo de los Sonics, que lograron dar un mazazo la noche del estreno en el Forum. Westhead puso a Haywood en pista a pocos segundos de agotarse el tercer cuarto. Spencer aparecía activo, con ganas. Anotó sus dos primeros tiros con un mate y un balón a tabla bajo aro. Quedó así en pista unos minutos más en el cuarto periodo. En realidad, porque Wilkens dejó allí al novato James Bailey, al que marcaba Spencer en un emparejamiento que tenía algo de triste. Al poco, cuando una posesión forzada le obligó a lanzar el resultado fue desolador. Su tiro, tradicionalmente una de sus fortalezas, había desaparecido. Westhead lo sentó de inmediato.

 

No fue más que un susto. Los Lakers resolvieron la eliminatoria ganando los cuatro siguientes. Siete años después regresaban a unas Finales. Esta vez, contra los Sixers de Julius Erving, que aguardaban rival desde días atrás.

 

El Forum celebró aquella victoria un miércoles. Las series por el título arrancaban el domingo. El jueves había entrenamiento. Una vez terminado fueron a buscarle. Su hombre y otro tipo le esperaban junto al coche. “Hey, amigo ¿dónde te metes últimamente? Habrá que celebrar esto, ¿no?”. Y Spencer quiso tomarse un respiro. La noche volvía a ser joven.

 

Cuando horas después, que volaron como minutos, Spencer era incapaz de tomar asiento supo que tampoco dormiría, que de nada serviría acostarse. Pero tenía que hacerlo, debía bajar aquello como fuese. Tal vez se había pasado un poco. Se le fue entonces la mano con los sedantes. Suficientes para tumbar a un caballo. Y sonó el despertador. Y se incorporó pesadamente, como un zombi camino del Rolls. No estaba en condiciones de conducir. Pero tenía que llegar a casa. Luego había entrenamiento. Se quedó dormido en un semáforo que hacía esquina en Fairfax. No lo despertó el claxon de los vehículos que incordiaba. Lo hizo un tipo que golpeaba la ventanilla. “¿Está usted bien?”. Spencer arrancó de nuevo. Pocos minutos después volvió a ocurrirle lo mismo. Volvieron a despertarle. El coche enfiló por fin la avenida de su casa. Le costó horrores reconocer su puerta, incluso abrirla. Tenía tiempo de pegarse una ducha. Minutos después salía en dirección al campus de Loyola. Antes de llegar se desplomó una vez más contra el volante. El aparcamiento era enorme. Pero se le cruzaban las líneas y detuvo el coche al azar.

 

En el vestuario se desvistió a solas. Cuando entró en pista no supo cuánto tiempo llevaban ya todos allí. Curran les había pedido calentar en el suelo. Tumbados. Eso fue lo que hizo Spencer. Le pesaban los párpados. Le despejó una palmada al aire. “¡Vamos, arriba!”. Creía no poder levantarse, sintiendo vagamente que todos le miraban. Cuando por fin lo hizo no sentía el suelo y el mundo comenzó a nublarse. Aprisa. Y de pronto, la oscuridad. Ni siquiera sintió el fuerte golpe al caer.

 

- ¡Wood! ¡Wood! ¡Despierta! ¿Estás bien?

 

Era Michael Cooper. Sus ojos estaban a un palmo de los suyos y sin embargo su voz le llegaba como de otro mundo. Había otros jugadores a su alrededor. Les había llevado unos minutos interminables despertarlo. Spencer presentaba un aspecto patético. Pálido si es que una piel negra puede aclararse a la vista, con la boca abierta, desencajada y los ojos a medio abrir, como sin vida.

 

Lo siguiente que pudo escuchar era otra voz desde la letanía. Pero ésta con tono muy crudo:

- Vete a casa.

Era la voz de Westhead. Aunque se lo hubiese propuesto Spencer no podía ni contestar.

 

 

 

Durmió horas, muchas horas. No tenía noción de cuántas cuando le despertó el teléfono. Era su compañero Jamaal –“¿Cómo estás? ¿Estás mejor?"–, el único de todo el equipo que quiso saber de él.

 

Al día siguiente pudo entrenar con aparente normalidad. Enterada de lo ocurrido, la prensa se concentró en Spencer. Su respuesta era sólo suya: “¿Que por qué me quedé dormido? Lo diré claro. Sé que el equipo me va a necesitar en estas series y no he tenido mucho tiempo de juego para alcanzar la forma. Así que madrugué, acudí a Loyola y a las siete de la mañana ya estaba corriendo, bajo un sol de justicia, varias millas y después una hora con pesas. Cuando empezó el entrenamiento todo eso me pasó factura. Demasiado sol en la cabeza”.

 

El domingo los Lakers salvaban el estreno en casa. 109-102. Westhead dio a Spencer tres minutos tras los que no mancharía ni un solo casillero en ningún apartado del juego. Como un espectro ambulante.

 

No habría partido hasta el miércoles y Spencer no pudo esperar. Tenía tiempo para una nueva noche de desenfreno. El martes se presentó así diez minutos tarde al entreno. Enojado, Westhead le impuso una multa. Evitó echarle de allí pero lo separó del resto, al que no podía ni acercarse.

 

El miércoles los Lakers perdieron en casa. 104-107. Philadelphia empataba la serie.

 

Al día siguiente, tras el entrenamiento, tuvo lugar el incidente del vestuario con Holland y los demás que Westhead zanjó sin miramientos ordenando a Haywood una cita a solas. Tras el altercado Spencer sintió de pronto caérsele el mundo encima. Aguardando en el despacho la entrada del técnico decidió que era momento de declararlo todo. “Sí, me ayudarán –pensó aprisa–. Deben hacerlo”.

 

Westhead entró dejando un portazo a su espalda. Cuando el técnico se disponía a intervenir Spencer se adelantó. El tono de su voz, la cadencia de sus palabras, eran las de un enfermo:

 

- Quería hablar contigo, quería hablar contigo hace tiempo. Tengo un problema. Un problema grave. La cocaína… ¡Necesito ayuda!

 

Westhead no abrió la boca. Lo miró como si lo hiciera a un alienígena antes de saltar de la silla como un resorte.

 

- Aguarda aquí. Ahora vengo –fulminó.

 

Mientras escuchaba al técnico volar escaleras arriba Spencer se quedó a solas temiendo lo peor mientras luchaba por controlar aquel incipiente temblor.

 

Algo fuera de sí Westhead trataba de reunir a su comandancia al instante. Encontró a Buss en la sala de prensa y a Sharman en el despacho de West. Pat Riley fue quien bajó a avisar a Spencer mientras en la sala de reuniones, antes de entrar el jugador, Westhead dejaba clara su postura al resto. “Se tiene que largar ahora mismo. ¡Ni un minuto más!”. Al cabo el alero estaba frente a cinco hombres sin piedad. La reunión duró dos horas durante las cuales Spencer concentró todos sus esfuerzos en relatar a aquellos ojos incrédulos la atroz situación a la que su vida se había abocado.

 

Luego de una patética exposición, sincopada por lamentos y gestos de súplica, no todos fueron capaces de mirarle a los ojos. Y tal vez por ello la sentencia fue rápida.

- Así que… ¿quieres que Spencer se marche? –preguntó Buss a su técnico.

- Eso es.

- ¿Ninguna otra opción?

- No la veo.

 

Westhead no miraba al condenado. Lo hacía a su dueño. Una mirada firme que reclamaba ahora su autoridad.

- Pues lo siento, Spencer –resopló finalmente Buss–. Pero quedas suspendido.

 

Acto seguido se levantaron y abandonaron la sala. Ya habían perdido bastante tiempo. En plenas finales.

 

Spencer salió de allí a rastras, dejando que el Rolls le llevara a casa. Una vez allí comprobó cuánta droga tenía resolviendo metérsela toda. Le daba igual morir. La vida se había oscurecido totalmente y no veía salida. Once años después de iniciado el camino era apartado de un empujón a dos metros de la cima.

 

A la mañana siguiente se despertó tendido en el suelo. La cabeza le estallaba y maldijo no haber muerto. Recibió una llamada. Una sola llamada. “¿Qué tal estás?”. Era Jamaal, sólo Jamaal, siempre Jamaal.

 

Preguntado por la extraña decisión Westhead se explicaría públicamente con la debida discreción: “No, no es nada concreto. Es una acumulación de cosas. No sólo ese último incidente en el vestuario. Siento que la actitud de Spencer no ha estado en sintonía con el resto del grupo. (…) Desgraciadamente su actitud no ha hecho más que empeorar”.

 

Días después, cuatro partidos más sin Haywood, los Lakers salían victoriosos de las Finales. Eran los nuevos campeones de la NBA. Un responsable de la organización angelina, un cargo anónimo, previno a Spencer de hacer acto de presencia en la celebración del equipo por la ciudad. Pero eso no era todo. Wilkes le iba a informar de algo más.

 

Hubo una votación del equipo para que Spencer tan sólo percibiera un cuarto de los ingresos por playoffs. Según el convenio cualquier jugador que superase los 60 partidos tenía derecho a cobrar la totalidad de su parte. Spencer había jugado 76 y 11 de postemporada. Ahora todos le negaban su parte. Tan sólo Jamaal votaría en su favor.

- Hijos de puta, miserables –sollozaba a Wilkes–. ¿Sabes? Hasta ocho de ellos se han estado poniendo conmigo este año. ¡En mi propia casa! Yo lo he callado todo… ¡Todo!

- Tranquilo, Spencer, todo se arreglará.

 

Pero Spencer ya no estaba para arreglos. Una furia como jamás conoció se apoderó por completo de lo que quedaba de él. Le urgía vengarse de alguna manera. Él podía morir. Pero tenía que llevarse a alguien por delante. No costaba decidirse. Westhead fue el elegido.

 

Spencer cogió el teléfono. Marcó el número de un viejo amigo de Detroit, un sicario que conocía bien el negocio de la muerte.

- Tienes que venir de inmediato. Quiero que lo mates. Westhead debe morir. Necesito tu ayuda.

- Voy para allá, no te preocupes. Déjalo en mis manos. No hables más –le previno.

- Y dime de cuánto dinero hablamos.

- De nada. No puedo cobrar a un amigo. Y cálmate.

 

Al día siguiente, en el apartamento de Spencer, ambos hombres urdían la trama que acabaría con la vida del entrenador de Los Angeles Lakers. Su residencia, en Palos Verdes, coronaba una colina desde la cual tomaba a diario el coche para bajar a la ciudad. Aquel era el tramo ideal. Unas manos expertas harían lo demás y el vehículo saldría de la carretera precipitándose ladera abajo. Sobre este acuerdo el sicario y un acompañante se ocultaron en algún rincón de la ciudad.

 

Si salía bien Spencer estaba animado a que siguieran la suerte de Westhead también los demás. Kareem, Chones, Magic, Nixon, todos.

 

En pleno estado de cólera volvió a sonar el teléfono.

- Hijo, qué es lo que está pasando.

 

La peor llamada que podía recibir en aquel momento. Era madre, a la que el cáncer consumía desde tiempo atrás. Los viejos mantos de DDT sobre las plantaciones de Mississippi se cobraban así su factura. Dios, la había olvidado.

- Nada, mamá, no pasa nada.

Pero una culpa sin nombre le hirió en lo más hondo. Maldijo así el peor de sus olvidos.

 

Una madre sabe perfectamente cuando las cosas van mal. No le iba a dejar en paz. Llamaba cada cuarto de hora. Y para colmo el sicario tampoco calmaría las cosas: “Spencer, el FBI tiene pinchada tu línea. Está empleando a tu madre como cebo”. La paranoia otra vez. En un ataque de ansiedad Wood arrojó toda la cocaína por el baño. El siguiente en hacerlo podía perfectamente ser él.

 

Cuando su hermana Ivory y dos amigos, Vernell y Wiley, dos de aquellas amistades a salvo del tiempo, pudieron por fin doblegar la puerta que Spencer rechazaba abrir, llegaron a tiempo de evitar que cometiera una locura. A tiempo de recoger sus pedazos. A tiempo de sacarlo de allí. A tiempo de rehacer lo que no mucho antes había sido un hombre. Incluso un gran hombre.

 

 

 

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* Spencer Haywood no recibiría el pago completo de su temporada en los Lakers hasta once años después, en 1991. En el largo litigio resultó crucial la ayuda de Kareem Abdul-Jabbar.

** En 1988 Haywood acudió a la Universidad de Loyola a visitar a Paul Westhead con la intención de obtener su perdón por todo lo ocurrido. Cuando Westhead aceptó las disculpas Spencer, emocionado, rompió a llorar.

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The Rise, The Fall, The Recovery, Scott Ostler & S. Haywood (1992)