ACBBlogs

A finales de agosto de 1997 Michael Jordan había decidido seguir un año más por el módico precio de 36 millones de dólares (a casi 440 mil por partido). Entrado el otoño y con una nueva temporada encima la prensa nacional se preguntaba a diario si serían los Bulls capaces de sellar una segunda trilogía y Jordan un sexto anillo; y por supuesto, dónde encontrar la mayor resistencia. Una fórmula suficiente para arropar de poderosa atracción al nuevo curso.

 

Bien al contrario poca atención despertaban los subterráneos de la liga, un oscuro fondo donde parecía estar sumergido el equipo de Golden State. Un año más no pintaban bien las cosas en San Francisco. La principal novedad era la llegada de P.J. Carlesimo en lugar de Rick Adelman y el nombramiento de Garry St. Jean como nuevo director deportivo. Despedido todo el equipo asistente de Adelman, de quien por lo visto no querían ni huellas, Carlesimo fue rodeado por Ed Gregory, Paul Westhead, Gary Fitzsimmons y Bob Staak. Era como si desde arriba todo se resumiera en una fuerte inyección de disciplina.

 

Si a la espera de resultados estas novedades podían suscitar indiferencia la siguiente medida era directamente impopular. En agosto Chris Mullin, el jugador más emblemático del equipo en sus últimos doce años, abandonaba Oakland por la puerta de atrás. Y el elenco de incorporados se resumía en Brian Shaw y Tyrone Bogues.

 

En suma, mucho humo para tan poca hoguera y apenas nada para satisfacer a Latrell Sprewell, la solitaria estrella del equipo, tal y como parecía haber quedado claro el verano anterior cuando renovó por cuatro años y un total de 32 kilos.

 

Sprewell era un jugador explosivo. Pero al mismo tiempo un explosivo de mecha corta.

 

 

 

 

 

 

De lo complicado de su carácter ya había demasiados testigos. Y algunos muy directos, como Don Nelson y Bob Lanier, sus dos primeros entrenadores. Y también compañeros como Tim Hardaway y Byron Houston. Este último despertaba temor en el grupo por su monstruosa anatomía y extraña seriedad. No así a Sprewell. Durante un entrenamiento desató tres puñetazos sobre Houston antes de que éste supiera qué demonios pasaba.

 

Lo que pasaba era que el paso del tiempo no había favorecido la paz de Latrell. Antes bien el alero parecía chamuscarse partido tras partido, derrota tras derrota y año tras año. Dos operaciones ajenas a su voluntad marcarían la distorsión de su carácter en una pira inflamable. En junio del 94 el equipo permitía la marcha de Chris Webber y, en noviembre, la de Billy Owens. En cinco meses sus dos compañeros y amigos habían desaparecido a cambio de nada. Sprewell despreció profundamente su solitaria condición de jugador franquicia y durante un tiempo jugaría con zapatillas en las que había manuscrito el nombre de los dos fugados. Nada parecía poder hacerle sonreír. Ni siquiera sus cada vez más frecuentes incursiones en las noches de la Bay Area. Muy pronto el número de multas por faltar a entrenamientos, retrasos y conducta inadecuada excedería los dedos de las manos.

 

En el verano del 95 la policía detuvo su vehículo. No era la primera vez que corría demasiado. Pero en aquella ocasión Sprewell hizo lo posible por terminar arrestado. Molesto con la detención amenazó a un agente en términos algo suicidas: "¿Sabes? Puedes recibir un disparo por hacer esto. Por aquí hay gente que lo haría". A la temporada siguiente el volumen de incidentes con su compañero Jerome Kersey alcanzó tal extremo que en un entrenamiento ambos terminaron a puñetazos antes de que Sprewell abandonara el pabellón y volviera para tratar de rematarle.  

 

Puede que uno de los episodios más reveladores de su extraña personalidad acaeciera en su propia casa y en el seno de su propia familia, a la que años más tarde haría mundialmente famosa con la célebre sentencia "Tengo que alimentar a mi familia" después de rechazar por humillante la cantidad de 21 millones de dólares por tres años cuando él ya contaba 34. El incidente ocurrió en octubre del 94 cuando la menor de sus dos hijas, de cuatro años, fue atacada por uno de los cuatro 'pit bull' propiedad de Latrell que campaban a sus anchas en su casa de Hayward, a las afueras de Oakland. La niña fue intervenida de urgencia. Presentaba serios daños en el rostro y una de sus orejas había quedado destrozada. Afortunadamente salvó la vida.

 

El cronista Phil Taylor rescataría en Sports Illustrated una entrevista concedida por Latrell al reportero del San Francisco Chronicle, Tim Keown, dos meses después de aquel incidente que bien pudo terminar en tragedia.

 

Keown: No parece que aquello te afectara demasiado.

Spree: No. ¿Acaso debería?

- Es... tu hija.

- Esas cosas suceden sin más.

- Pero no en casa.

- Mira, todos los días muere un montón de gente. Si la cosa hubiese sido más seria, podría haberme afectado...

- ¿Te deshiciste de los perros?

- No. Los sigo teniendo y cuido de ellos.

- ¿Después de algo así?

- No fue nada.

 

Nacido en Milwaukee pero criado en la durísima Flint, Sprewell no conoció el baloncesto organizado hasta su último año de instituto. Tanto allí como en sus dos cursos en Alabama, donde coincidió con Robert Horry, se le ignoraban altercados de entidad. Ya como profesional era muy celoso de su vida privada y, a lo sumo, circulaban rumores que le acusaban de haber olvidado a su familia y amigos, a su Milwaukee natal.

 

Desde su ingreso en la NBA Sprewell no dejó de mejorar. Pero el equipo parecía correr en la dirección opuesta. Y ya desde aquel doble episodio de traición los Warriors no volvieron a pisar los playoffs y su promedio de derrotas en tres años superaba las cincuenta.

 

Así fue que al inicio de la temporada del 98, y a pesar de estrenar pabellón, nada hacía prometer buenos tiempos en la Bahía. Carlesimo era algo célebre por su dureza verbal y Sprewell por su inestabilidad. No había por dónde coger aquel matrimonio y enseguida la realidad se encargó de demostrarlo. El equipo perdió sus nueve primeros partidos y en uno de ellos la mala sangre asomaría ya sin pudor.

 

Durante un tiempo muerto en Los Angeles, siendo apalizados por los Lakers, Carlesimo comprobó atónito cómo Latrell se estaba riendo a mandíbula batiente mientras daba las instrucciones. El técnico tuvo cuidado en dirigirse a él cuando dijo: "Por favor, vamos a ponernos serios". Y apuntando con su dedo a Duane Ferrell añadió: "Duane, sales ahora por Latrell". Acto seguido Sprewell redobló su carcajada antes de detenerla y proferir delante de todos: "You're a fuck joke!".

 

Nada fue igual en adelante. El día 22 el equipo salía escaldado de Houston. En el autobús, camino del aeropuerto, se podía escuchar perfectamente a Latrell, sentado atrás, criticar abiertamente al entrenador y su sistema de juego. Vociferar mientras todos callaban.

 

Para entonces alguien estaba filtrando a la prensa que Latrell hacía huelga de brazos caídos en los entrenamientos hasta el punto de renunciar a tirar en los partidillos. Días después se ganaba otra multa por perder el vuelo a Salt Lake City. El siguiente partido, en casa ante Houston, sumaría la derrota número trece. Un número fatal. Pero no tanto como para pensar que una camiseta podría haber desaparecido para siempre.

 

Aquel lunes primero de diciembre no era víspera de partido. Hasta el miércoles no llegaban los Cavaliers y era una jornada perfecta para entrenar. Presente en el Convention Center, la práctica totalidad de jugadores. Además de Sprewell, allí estaban Donyell Marshall, Joe Smith, Erick Dampier, Bimbo Coles, Tyronne Bogues, Brian Shaw, Todd Fuller, Felton Spencer, David Vaughn, Tony Delk y Adonal Foyle. El programa era sencillo. Un poco de carrera, sesión de tiro y un partidillo en el que limar asperezas.

 

En la sesión de tiro se abrían dos o tres jugadores para ejercitar mientras otros tantos se colocaban al rebote. Uno de éstos era Sprewell y como receptor de sus pases el pequeño Tyrone Bogues.

 

La actitud de Sprewell era algo desalentadora. Diríase que estaba allí a la fuerza. Carlesimo fijó entonces su mirada en él. Y acto seguido espetó:

 

- Venga, un poco más de ganas en los pases.

 

Era como si lo estuviera esperando. Sin dirigir la mirada a ningún sitio replicó a cierto volumen:

 

- Hoy... paso de escucharle...

 

 

El entrenador congeló su rostro antes de apresurar sus pasos a la posición que Sprewell ocupaba bajo el aro. Inmediatamente todos los demás se movieron en la misma dirección, como con intenciones de interponerse sin llegar a hacerlo del todo. Era como si adivinaran que algo estaba muy próximo a estallar.

 

Como a dos metros del jugador Carlesimo se detuvo. Y por dos veces repitió: "No me rechistes".

 

No hubo tiempo para más. Un segundo después Sprewell era pasto de la ira. "¡Te voy a matar, hijo de puta!". Acto seguido se abalanzó sobre su entrenador agarrándole fuertemente del cuello y arrojándole al suelo como a un guiñapo. Durante unos diez o quince segundos, interminables para la víctima -¿¡Me oyeeess!? ¡Te voy a matarrrrr...!-, Carlesimo creyó que no volvería a respirar jamás.

 

En medio de la confusión reinante sorprendía la diversa reacción del resto de jugadores. Al cabo todos estaban allí para despegar a Latrell de su jefe, pero algunos de ellos sin aparente prisa.

 

Los compañeros sacaron a Sprewell rápidamente de allí antes de que se sacudiera de aquellas manos y abandonara por su propio pie el pabellón. Tenía que largarse. Pero era imposible conducir en esas condiciones. Caminó a ciegas por el parking. Pero lejos de dominar los nervios redobló su furia y al cuarto de hora regresó a la escena. Corrió hacia Carlesimo y volvió a prenderle, desatando esta vez sobre él tres puñetazos uno de los cuales impactó en el rostro de su víctima. Nuevamente se le echaron encima.

 

Spree había ido demasiado lejos.

 

Minutos antes se había iniciado una conversación telefónica en la primera planta del Convention. El mánager general, Garry St. Jean, visiblemente nervioso, informaba del gravísimo incidente al agente del jugador, Arn Tellem. De repente la puerta del despacho se abrió violentamente. Como si lo estuviera intuyendo, Latrell había llegado hasta allí.

 

- ¿¡Con quién estás hablando!? -interpuso.

Algo asustado el directivo respondió:

- Con... tu agente.

Sprewell avanzó firme y le arrancó el teléfono de las manos.

- ¡Arn, ¿eres tú!? ¡Sácame de aquí ahora mismo! ¿¡Me oyes!? ¡Ahora!

 

No haría falta. Sprewell había allanado el camino. De repente no había equipo ni baloncesto. Era turno de la empresa, de la compañía y los gigantes ante los que palidece cualquier empleado en el mundo. Primero fue una señal automática. Diez días de suspensión que ni siquiera la Asociación de Jugadores iba a recusar. Un espejismo. Porque acto seguido le sería remitida una carta en la que los Warriors resolvían unilateralmente el despido acogiéndose a una cláusula en la 16ª sección del contrato que prohibía terminantemente "acts of moral turpitude". Aquel mismo día Converse se sumó a la fiesta. La firma rompió todo vínculo con el jugador y las pérdidas entre una y otra sanciones superaban los 25 millones de dólares.

 

En la noche del miércoles Sprewell aparecía unos minutos en una televisión local de San Francisco: "Lo admito. Cometí un error". Pero en ningún momento asomó disculpa hacia Carlesimo.

 

Al día siguiente David Stern anunciaba la sentencia final: un año de suspensión total de empleo y sueldo durante el cual Sprewell no podría recibir ni un solo dólar de franquicia alguna perteneciente a la NBA. Era la sanción más grave hacia un deportista profesional en la historia del país. Un castigo que ridiculizaba los destinados a Kermit Washington y Lenny Randle, ambos negros, veinte años atrás.

 

Ahora sí, su agente, la Asociación de Jugadores e innumerables think tanks a lo largo y ancho de la nación acudieron en apoyo del acusado. Tras conocer la noticia el director ejecutivo de la NBPA, Billy Hunter, anunció que volaría junto a Sprewell a Nueva York para entrevistarse con el politburó de la NBA. La respuesta de su vicepresidente Russ Granik fue inmediata y tampoco mejoraba las cosas: "Ni te molestes. Ya hemos tomado la decisión".

 

En adelante hubo dos temporadas. La deportiva y la mediática, detonante esta última de uno de los debates más encendidos en la prensa deportiva y generalista nunca abiertos en los Estados Unidos. Y con cuestiones tales como el racismo, la disciplina, la crisis de valores, la relación de poderes y el concepto de ciudadanía, seguramente nunca cerrados.

 

El 21 de enero de 1999, a dos semanas de remontar la crisis más grave en la historia de la NBA, Sprewell regresó al mundo de la mano de New York Knicks. En apenas cinco meses vivieron con él sus últimos días de gloria. Y también con Sprewell disfrutaría Minnesota tiempo después de los días más dorados de su historia.

 

La de Sprewell, en cambio, estaba abocada a terminar de manera abrupta y destructiva, como si nunca hubiera terminado de pronunciar su última palabra.