El punto G http://blogs.acb.com/blog/elpuntog <p>Inefable, genial y sorprendente, Gonzalo Vázquez no sólo es uno de los mayores especialistas NBA que ha dado este país, sino un periodista radicalmente innovador en el baloncesto mundial. La profundidad de su pluma, su conocimiento del baloncesto y una insólita capacidad para explorar terrenos inéditos hacen que nadie quede indiferente ante sus textos. Ahora, a través de "El Punto G", podremos seguir algunas de sus poco comunes reflexiones personales.</p> es Restricted Area <p>Concéntricos cuatro pies a los aros reposan sobre la pista dos semicírculos ovalados que definen un área conocida como restringida o <em>Restricted Area</em>. Su incorporación al reglamento NBA data del verano de 1997 junto a otras cuatro modificadiones entre las que destacaban el regreso a la medida original del triple o la prohibición de solicitar tiempo muerto a los jugadores en pleno salto o a punto de dar con el cuerpo fuera de las dimensiones de pista. Durante cuatro temporadas el dibujo de la <em>Restricted Area</em> mantuvo la silueta discontinua de cinco trazos y desde el otoño de 2001 preserva su actual diseño de un solo trazo con el objeto de que los árbitros dispongan de la visión más clara posible sobre la situación de los pies de los jugadores (a pesar de que los resultados <u><a href="http://es.youtube.com/watch?v=6uyoIyPXi3s" target="_blank">no siempre sean los deseados</a>).</u></p><p> </p><p>La <em>Restricted Area</em> supuso un paso más en el avance de las gradaciones defensivas por contacto renovadas al término de la temporada del 94 con la prohibición del <em>hand-checking</em> fuera de la zona que tuvo como detonante principal a los Knicks de Pat Riley y, muy en especial, a un Charles Oakley cuyos antebrazos operaban de igual manera en la pintura que fuera de ella para contener el avance de los exteriores. Tres años después la RA venía a sumarse a las nuevas restricciones defensivas y de nuevo Riley, ya en Miami, aparecía sobre el mar de fondo con una maniobra táctica conocida coloquialmente como <em>No-lay up rule</em> según la cual las bandejas podían encarecerse al extremo de casi desaparecer. Básicamente la RA penalizaba a todos aquellos jugadores habituados a detener el último tramo de penetración de un atacante obstruyendo su trayectoria con el cuerpo y forzando un contacto fatídico para el portador del balón incluso cuando éste podía haberlo doblado. </p><p> </p><div style="text-align: center"><img style="width: 468px; height: 257px" src="http://www.acb.com/docs/recurso/restricted.jpg" alt="" width="468" height="257" /></div> <p> </p><p>En el fondo la norma pretendía poner fin al abuso de otra norma legítima. Esta norma establecía que si el defensor contaba con los dos pies en el suelo y el atacante contactaba con él derribándole la acción era penada sistemáticamente con falta de ataque. Para distinguir uso de abuso y poner freno a este último la NBA se valió de una sencilla coartada que diferenciaba pares defensivos -par 1 y par 2- al momento del contacto. </p><p> </p><p>Con ello se conseguía una interpretación mucho más precisa que contaba con un ejemplo arquetípico: si un atacante iniciaba la penetración logrando superar a su par (1) y en su trayectoria hacia el aro un segundo par (2), quieto con los dos pies sobre el suelo, obstruía con el cuerpo su avance, cabían dos posibilidades sobre el nuevo área restringida:</p><p> </p><p>1) Que el contacto se produjese fuera de la RA: FALTA EN ATAQUE.</p><p>2) Que el contacto se produjese dentro de la RA: FALTA EN DEFENSA.</p><p> </p><p>En los dos casos se estimaba como punible una acción que operaba dentro de las <em>Charges</em> o cargas defensor-atacante. La razón por la que se señala este campo reside en la diferenciación de su campo hermano, que hablaba también en términos de contacto pero con resultados bien distintos: los <em>Blocks</em> o bloqueos en juego. Y en este segundo campo el ejemplo arquetípico y la RA adquirían otro significado:</p><p> </p><p>Si el atacante (sin balón) trata de escapar de su par (1) por medio de los bloqueos y en su avance bajo canasta topa con un segundo par (2), quieto con los dos pies en el suelo sobre la RA y en el contacto es derribado, la RA deja de ser operativa y la falta personal será sancionada como si tuviera lugar en cualquier otro lugar de pista. De la misma manera la RA deja de ser operativa en los contactos fortuitos entre jugadores que atraviesan la zona o luchan por un rebote o un balón dividido. </p><p> </p><h1><font size="4">Legal Guarding Position</font></h1><p> </p><p> </p><p>Para atemperar las consecuencias de lo que podía entenderse como un abuso de las restricciones defensivas en favor de los atacantes la nueva normativa puso un gran empeño en subrayar las siempre prácticas excepciones:</p><p> </p><p>1) Si el atacante recibe el balón dentro de la LDB y en su avance contacta con cualquier par defensivo, la RA deja de tener validez. </p><p>2) Si el atacante recibe el balón dentro de la LDB el contacto, caso de punible, lo será indistintamente para defensor o atacante con arreglo a las prescripciones defensivas que rigen en la LDB (no en la RA) y que permiten a los defensores contener el avance atacante con el uso de los antebrazos por encima de la cintura. </p><p>3) Al margen de donde reciba el balón el atacante, si éste establece un contacto con la defensa <em>"in a no-basketball manner"</em> (con el pie o la rodilla por delante) el reglamento aplicable a la RA y la LDB deja de ser operativo castigando la acción con falta en ataque. </p><p> </p><p>Las excepciones garantizaban así la continuidad bajo el aro de la <em>legal guarding position</em>. Sobre el punto 2 la normativa añadía un supuesto real: si había contradicción entre la señalización de un árbitro (que indica falta de ataque) y otro (que indica falta en defensa), podía 1) prevalecer el criterio del principal previa reunión inmediata de los tres colegiados o 2) castigarse la acción con falta doble y salto entre dos desde el centro de la pista. </p><p> </p><p>El espíritu que movía al establecimiento de la <em>Restricted Area</em> era el mismo que poco después dará con el nacimiento de la <em>Defensive Three-second Rule</em> y que tenía como objeto desalojar en lo posible la pintura de jugadores y contactos parásitos. La RA tenía como objeto usurpar los enormes beneficios derivados de los contactos bajo el aro que terminaban forzando la falta de ataque en una proporción devastadora para los penetradores. Para ello el comité situó sobre los platos de la balanza dos esfuerzos:</p><p> </p><p>1) <em>Driving to the basket</em>. Un atacante inicia el camino desde el <em>frontcourt</em> hacia el aro. Su sola llegada a él presupone el sorteo de su par y parte del resto defensivo. Esfuerzo mayor. </p><p>2) <em>Forcing the charge</em>. Uno de los pares, habitualmente el más próximo al hierro, abandona su hombre para con un ligero paso irrumpir con su cuerpo en la trayectoria del penetrador forzando un contacto que con el reglamento en la mano y los pies en el suelo supone falta del atacante. Esfuerzo menor. </p><p> </p><p>Hasta el establecimiento de la RA el defensor y su esfuerzo rentaban en proporción muy superior. A partir de ella se propuso un equilibrio que consistía en un juego de espacios: el par defensivo 2 podía seguir rentando su maniobra siempre y cuando ésta no se produjera en el tramo final definido por el semicírculo. </p><p> </p><p>En sentido figurado el aro disponía por primera vez en la historia de una fortaleza ofensiva, un anillo inmune a los contactos de suelo y la trampa del <em>flopping</em>. El Baloncesto, en ese pequeño espacio donde tienden a concentrarse la mayoría de las colisiones, no puede clasificar todas ellas de manera meridiana, razón por la que la RA seguirá perteneciendo a las denominadas <em>Block/Charge Clarifications</em>. Pero contribuye a ello como ninguna otra regla anterior, y muy en especial, trasciende el significado de su precedente, la dispersa <em>No-charge Area</em>, un pequeño rectángulo de 2x6 pies que proyectaba el tablero dos palmos por delante del aro y entregaba a la percepción del ojo arbitral el área restringida para rentar el contacto con falta de ataque. </p><p> </p><p>La RA poco ha cambiado el Baloncesto. Tampoco lo pretendía por sí sola. Pero abría una puerta más al arrojo ofensivo tantas veces reprimido con éxito por la contención parásita bajo el hierro. <em>"Básicamente</em> -declaraba el entonces vicepresidente de operaciones de la liga, Rod Thorn- <em>buscamos potenciar las penetraciones a canasta con la esperanza de que los equipos cuenten con más oportunidades de tiro. (...) Queremos forzar a los implicados a desarrollar el juego de la media pintura"</em>. Pesaban en la mente del comité, reunido a los pocos días de terminar las Finales, los cerca de 79 tiros a canasta por equipo la temporada anterior y el hecho, no muy alentador, de que en aquellas últimas series, que enfrentaban a Utah y Chicago -curiosamente los dos equipos más anotadores de la liga- tan sólo los Jazz lograran superar en una ocasión la barrera de los 100 puntos. </p><p> </p><p>Diez años después y con la inestimable ayuda de los tres segundos defensivos, el tramo terminal de la pintura ha desarrollado mil y un recursos defensivos, nuevos o viejos, que no se agotan en hincar los pies bajo el aro para apuñalar al intruso. Al menos el recurso psicológico que la RA supone funciona, lo que es suficiente para aplaudir una de las normas menos comprendidas en su totalidad y por ello más denostadas de las últimas décadas.</p> Lun, 12 May 2008 16:31:18 +0200 http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/restricted-area http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/restricted-area La insoportable soledad del patíbulo &ldquo;<em>Cada vez que un jugador acude al tiro libre el Baloncesto se convierte, de repente, en un juego de mesa. Pero ojo, sólo para el apostante</em>&rdquo; (Psicobasket, LVI).<br /><br />Chuck Hayes es la prueba más rotunda de que algunos jugadores lo pasan muy mal en la línea de tiros libres. Al principio natural de inseguridad sucede el enorme peso que ejerce la soledad vigilada. Erigirse de repente en diana de miríadas de ojos en nada ayuda a que el balón obedezca. Para el mal tirador de libres se trata de un círculo vicioso que encuentra su explicación en la psique y que adquiere, en algún caso, tintes de tortura. <br /><br />Preguntarnos por los peores lanzadores de libres de la historia invita a agrupar un pequeño ramillete de nombres. Bastaría revisar el archivo histórico de porcentajes para encontrar casos verdaderamente asombrosos. Se cuentan por decenas los jugadores que abandonaron la NBA con un 0 por ciento de acierto habiendo lanzado, al menos, una vez. Es un grupo poco reseñable formado por jugadores de carrera esporádica que no alcanza a la decena de partidos. A la cabeza de este grupo vale recordar el desdichado caso del pequeño Ralph Wells que, jugando para los Zephrys de 1963, únicamente para ellos, lanzó siete veces desde la línea para no anotar ni una sola. No volvió a jugar. El verano de 1968 falleció ahogado a la tierna edad de 27 años. Vaya, pues, para él nuestro recuerdo. <br /><br />Cierto que por recurrentes nos acuden enseguida nombres como O&rsquo;Neal, Rodman o Wallace. El último Chamberlain, harto de probaturas, terminó por tirarlos desde cinco metros sin mucho éxito. Pero los hubo peores. Bien peores. Uno de ellos fue el pívot blanco Kim Hughes, pieza clave en el título de la ABA de 1976 un año después de hacer podio en Italia con el Innocenti Milano del inolvidable Renzo Bariviera. Su problema con los libres se hizo tan evidente que acabaron por condicionar su juego. Los evitaba a toda costa con mucho juego sin balón o devolviéndolo aprisa y eludiendo ser la última opción. Así solía tirar libre de marca. Eso le hizo ser un tipo muy seguro de cara al aro (por encima siempre del 50 por ciento). Pero cuando tocaba la línea, adiós. Para verle lanzar dos tiros libres eran necesarios dos partidos, algo raro para un pívot de 2.11 y minutaje real. En el caso de Hughes los números lo dicen todo. Entre 1975 y 1981 dio en el patíbulo un total de 395 veces. En tan sólo un 33 por ciento de ellas el balón terminaba dentro. <br /><br />Más que reseñables son también los casos de Eric Montross (25.8% en 2001) y Chris Dudley. Era un dolor verles tirar. El tacto de ambos flaqueaba a tal extremo que a un <em>air ball</em> podía suceder perfectamente un sangrante tablazo mediando entre ambos tiros no más de diez segundos. Dudley tocó fondo en New Jersey el 14 de abril de 1990. Aquella noche, ante Indiana, visitó la línea un total de 18 veces. Anotó uno. Pero es que en el último cuarto falló los 13 intentos de que dispuso.<br /><br />Sin embargo es más que posible que el peor lanzador de tiros libres en la historia de la NBA responda al nombre de Garfield Smith. Hablamos de un interior que prometía en Eastern Kentucky (33 rebotes ante Marshall), más de lo que apuntó su tercera ronda y como a la altura de su elección para el combinado americano que se pegó el trastazo en el Mundial de Ljubljana de 1970. Elegido por los Celtics en el draft del 68 no hubo nunca jugador al que la línea infligiera iguales disgustos. En Smith los tiros libres no eran un premio. Eran una condena. Aquí también valdrían los números. ¿6 de 31 en toda una temporada? ¿50 de 149 en dos? ¿56 de 180 en tres? Pues sí, todos ciertos. <br /><br /><div style="text-align: center"><img src="http://www.acb.com/docs/recurso/gsmith.JPG" alt="" width="486" height="394" /></div><br /><br />Pero en este caso, tal vez sólo en este caso, los números no bastan. Es necesario ir más allá para comprender la enorme deficiencia de sus brazos. Smith fue protagonista de uno de los episodios más humillantes que un profesional haya tenido que soportar en la pista de juego. Ocurrió el 17 de noviembre de 1971, cómo no, en el templo donde todo ocurría, el viejo Boston Garden, visitado aquella noche por Phoenix Suns. En un momento de partido Smith recibió una falta de tiro. En aquel entonces prevalecía la regla del 3x2, por la que un jugador que fallara uno de los dos primeros tiros tenía opción a un tercero. Smith erró el primero. Pero no fue un fallo cualquiera. El balón escoró por la izquierda como a medio metro del aro. Para el segundo Smith aguardó más tiempo como si fuera el tiempo de preparación la clave del acierto. El resultado fue el mismo. Tampoco esta vez el balón tocó hierro. Invadido entonces por un temblor ingobernable, como queriendo huir de allí cuanto antes, el tercero fue el peor ensayo de todos. El balón quedó más lejos del aro, red y tablero que los dos anteriores. En suma, Smith había lanzado tres tiros libres seguidos... ¡¡sin tocar aro!! Y no fue nada grato escuchar la reacción de la grada. De tu grada. <br /><br />Los Celtics cortaron a Smith aquella misma temporada. Ningún equipo de la NBA ofreció nada por él y el jugador hubo de emigrar al otro lado del país, nada menos que a San Diego, en la hermanastra ABA. Allí jugó cinco veces más que en los Celtics &ndash;como solían los emigrados&ndash;, pero tan sólo por un año. Después no volvió a saberse.<br /><br />No hasta veinte años después. <br /><br />¿Recuerdan la ceremonia de despedida a Larry Bird en el Garden de 1993? De entre los innumerables invitados a la cita se contaban tres tipos que no fue sencillo encontrar. La organización se había empeñado en reunir aquella noche a cuantos jugadores de los Celtics hubiesen portado el 33 como dorsal. Finalmente se logró, no sin algunos <a href="http://www.ussportspages.com/content/blog.php?p=1086&more=1" target="_blank">problemas</a><a href="http://www.ussportspages.com/content/blog.php?p=1086&more=1" target="_blank"></a> otra vez con Smith como protagonista. Y hubieron de salir a escena Ben Clyde, Steve Kuberski y nuestro amigo Garfield Smith, quien al fin y al cabo se asemejaba a Bird en dos cosas: el dorsal y no tocar hierro en los tiros libres. Tal vez la atronadora ovación que resonó en el pabellón compensó las muchas veces de sordo sufrimiento padecido en silencio cuando uno era joven y vestía de corto, y sabía a jugar a esto pero no apostar en soledad, en la insoportable soledad del patíbulo. Mie, 16 Ene 2008 17:23:35 +0100 http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/la-insoportable-soledad-del-patibulo http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/la-insoportable-soledad-del-patibulo La gesta de Robertson Se empeñaba un buen amigo en convencerme de que no había registro más inalcanzable para un jugador hoy día que el célebre triple-doble de Oscar Robertson en la temporada del 62. La historia le asiste de razón. Es uno de esos peajes nunca repetidos. Me parece aquélla una de las gestas individuales más solidarias con su autor. Robertson materializó con aquellas cifras el ideal de jugador total. Pero me sorprende que siga siendo tan oculto al público el contexto en el que aquella gesta de produce. La prensa americana lo ha explicado en incontables ocasiones. Así que no haré más que trasladar esa explicación aquí. <p> </p><p>Con o sin reloj de posesión no ha habido jamás un repunte estadístico como el que conoció el periodo comprendido entre 1960 y 1963. El mismo año que incorpora los 24 segundos de posesión el Baloncesto NBA incrementa sus cifras de creación dramáticamente. Cada equipo lanza once tiros más a canasta (más de veintidós en total), el número de rebotes aumenta así como el de asistencias, y la anotación pasa de 79.5 a nada menos que 93.1 por velada. Ese crecimiento se ve acentuado en los años siguientes a 1954 hasta alcanzar en el periodo 1960-63 su máximo apogeo. </p><p> </p><p>En la temporada de 1962 cada equipo lanza a canasta un total de 107.7 veces. Ello provoca que el número de rebotes supere los 71 y las asistencias merodeen las 24. La anotación de un equipo cualquiera superaba los 118 puntos por partido. Para hacernos una idea del brutal incremento del ritmo de juego que aquello supone, en 2004 cada equipo lanzaba a canasta un total de 79.8 veces, el número de rebotes estaba en torno a 42 y el de pases en 21. Dicho de un modo más gráfico:</p><p> </p><p> </p><div align="center"><table border="1" cellspacing="0" cellpadding="0" align="center"><tbody><tr><td width="101" valign="top"><p> </p></td><td width="84" valign="top"><p align="center"><strong>1962</strong></p></td><td width="60" valign="top"><p align="center"><strong>2004</strong></p></td></tr><tr><td width="101" valign="top"><p><strong>Lanzamientos </strong></p></td><td width="84" valign="top"><p align="center">107.7</p></td><td width="60" valign="top"><p align="center">79.8</p></td></tr><tr><td width="101" valign="top"><p><strong>Rebotes</strong></p></td><td width="84" valign="top"><p align="center">71.4</p></td><td width="60" valign="top"><p align="center">42.2</p></td></tr><tr><td width="101" valign="top"><p><strong>Asistencias</strong></p></td><td width="84" valign="top"><p align="center">23.9</p></td><td width="60" valign="top"><p align="center">21.3</p></td></tr><tr><td width="101" valign="top"><p><strong>Puntos</strong></p></td><td width="84" valign="top"><p align="center">118.8</p></td><td width="60" valign="top"><p align="center">93.4</p></td></tr></tbody></table></div><p align="center"> </p><p>Luego la gesta sigue intacta, por supuesto. Pero es preciso relativizarla en su justa medida. Robertson fue el jugador que mayor rendimiento extrajo al repunte numérico que experimentó aquel periodo por razones entre las que destacar el propio papel del <em>playmaker</em> de los Royals, tan distinto al muy posterior de los Bucks como el Horry de los Rockets lo era de su perfil actual en los Spurs. </p><p> </p><p>En casi medio siglo los números se han encarecido al ritmo que lo ha hecho el petróleo. Casi podrían enfrentarse ambas épocas con este único punto sobre la mesa: las cifras de creación (producto del ritmo de juego). En 1962 rara era la ocasión en que una posesión consumía más de 18 segundos. No digamos ya agotar los 24. Fue aquella una fase necesaria de crecimiento ofensivo, un periodo de transición hasta templarse nuevamente los ánimos gracias al correlativo incremento de las potencias defensivas. La entropía numérica, el equilibrio de fuerzas, representa el más importante motor de la historia que no observará cierta paridad hasta nada menos que los años noventa. </p><p> </p><p><strong><div style="text-align: center"><img style="width: 450px; height: 384px" src="http://www.acb.com/docs/recurso/robertson.jpg" alt="" width="450" height="384" /></div></strong></p><p> </p><p>No sólo Robertson. Revisar los números de algunos jugadores de la época equivale a representar la colosal opulencia de que todos participaron, especialmente los interiores, cuatro de los cuales (Pettit, Bellamy, Russell y Chamberlain) cerraron el año por encima de los 18 rebotes por velada. El número de rebotes es la prueba más explícita de que las oportunidades de rebote eran un 70 por ciento mayores de las que caben hoy día. ¡¡Un 70 por ciento!! Los Suns o los Warriors actuales, inoculados en aquella liga de tan sólo 9 equipos, pasarían por baloncestos de <em>tempo lento</em>. Lejos de ser ociosa, la comparación es oportuna. </p><p> </p><p>En aquel quinteto formado por Oscar, Bockhorn, Twyman, Embry y Boozer, el técnico Charles Wolf practicaba una sencilla táctica ofensiva en la que Embry y Boozer, como interiores alternos, salían al bloqueo para los lanzamientos de Oscar y Twyman, antes de remontar a la carga del rebote. El pequeño Bockhorn aliviaba de bote y tiro a Robertson, que hacía -y pocas veces con tanta claridad- las de <em>hombre libre</em> para deslizarse por todos los espacios posibles, lanzar a canasta y prodigar el <em>pick&roll</em> más meridiano de la época. Robertson pisaba la pista más de 44 minutos por noche. Sus cifras, pues, son esclarecedoras de dos cosas esencialmente:</p><p> </p><p>1) El extraordinario jugador que era como motor de producción.</p><p>2) La riqueza productiva del Baloncesto de la época, sin parangón con ninguna otra.</p><p> </p><p>No son tan necesarias las cuentas para comprender de qué hablamos. No se trata, pues, de igualar la gesta de Robertson, como se empeñaba mi amigo. Un jugador que promediara un triple-doble a lo largo de una temporada hoy día triplicaría el valor de lo conseguido por el genial jugador de Charlotte en 1962. Un triple-doble en un partido cualquiera de nuestro tiempo adquiere un valor muy superior porque sencillamente se produce en un contexto en el que los puntos, rebotes y asistencias -los valores hegemónicos de nuestro juego- se han encarecido a su tope histórico. Me cuido de hablar del juego. Tan sólo lo hago con los registros totales que cada <em>box score</em> revela cada noche en nuestro Baloncesto de hoy. </p><p> </p><p>De todo ello no se desprende ningún demérito de Robertson. Es lo último que busca este texto. Tal vez elevar el valor de esos jugadores que, como Kidd o James, parecen abonados a ciertos valores de producción que prosiguen la línea generacional abierta por Magic Johnson, Larry Bird o el ocasional Fat Lever. </p><p> </p><p>Nadie ha repetido la gesta de Robertson. Tan sólo dos jugadores a lo largo de la historia han logrado promediar más de 27 puntos, 7 rebotes y 7 asistencias durante tres temporadas consecutivas. James va por la cuarta. </p><p> </p>Nos hemos dotado de una óptica en la que el triple-doble es un símbolo. Harvey Pollack, su creador, puede descansar tranquilo. Pero como tal símbolo, vive de un espejismo; del estúpido erotismo histórico del doble dígito y esa fina línea que tanto parece separar al número 10 de todas sus cifras precedentes, del 9.9 hacia atrás. Lun, 07 Ene 2008 13:05:15 +0100 http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/la-gesta-de-robertson http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/la-gesta-de-robertson Hasta siempre, 2007 <p>Bien podría presidir a todos y cada uno de los años que se esfuman el título de "se nos marcha un año interesante". Porque todos lo son. Ninguno se queda vacío. Siempre hay demasiadas cosas que recordar pero unas pocas que nunca olvidar. 2007 no quebranta este código. </p><p> </p><p>Se fue una Copa que fue bonita mientras duró. Lo fue porque hubo rivalidad hasta la ansiada final, donde un equipo desapareció aplastado por otro que creímos entonces invencible. Por eso cuanto antes se dio por muerta a la víctima antes emergió y mayor fuerza cobraron sus gestas, que lo fueron muy por culpa, además, de un tipo que había rescatado lo mejor del mito Martín. Un título europeo nunca fue poca cosa y otro de liga ACB, saboreado en terreno del eterno rival, no tiene precio. Fue como siete años antes, pero sin Djordjevic, con celebración en la pista y la presencia de cámaras. Eso que todos ganamos. </p><p> </p><p>Sucedió en la Copa lo contrario a la Final Four de Atenas. Allá nos quedamos sin final. Acá vivimos una fabulosa, que sucedía a dos semifinales de un juego tan sórdido que algunos creímos haber remontado a la todavía reciente Edad Media y su mezquino ajedrez de autómatas. Algún tipo de insobornable cobardía sigue acompañando a los equipos españoles cuando precisamente toca ser más valiente. Pero la final lo compensó todo. La Euroliga, con el debido respeto, bien podría haberse ahorrado sus meses de baldía competición si ésta no sirve más que para dejar vivos a los que desde el principio supimos no mejores, sino únicos dignos de un trofeo que sigue siendo el más caro. </p><p> </p><p>Qué importante es el marco. Y no hay Olimpo comparable en ardor al OAKA. Si me preguntaran cuál es la principal diferencia entre Europa y Estados Unidos tardaría unos segundos en encontrar el amparo de una de esas respuestas rollizas que, de ser sincero, me llevaría a contestar enseguida: ¡el sonido, la masa, lo fanático! Si a una finalísima europea le quitas el sonido la matas por completo. Ese sonido, esa brutal melodía, que no es más que el rugido de un público maldito entregado al sentido de pertenencia, es lo que dota a la Europa más clásica de la grandeza que nunca perdió. Y aquí también ganamos todos, aunque quedemos sordos. </p><p> </p><p>Shaun Livingston nos recordó que el deporte es también un azar peligroso, y que cuando nos quebramos, la aparente fortaleza de nuestro envoltorio desaparece y en su lugar emerge, con toda su crudeza, el vulnerable desfile de frágiles huesos que nunca dejamos de ser. La caprichosa dirección que tomó el tobillo de Garbajosa o el combado cuello de Ford nos demostraron que, aunque a veces lo parezca, el deporte no nos vuelve invertebrados.</p><p> </p><p>No era 2007 pero sí su temporada. La temporada en que se marchó Auerbach. Y con él, uno de los océanos de nuestro planeta. No hay figura en la historia del Baloncesto sobre cuya influencia, aun sin pretenderlo, más se haya escrito. Y con todo, el volumen de lo escrito equivale en justicia a un grano de arena en el Sáhara. Este domingo el suplemento del diario El Mundo hacía las de monográfico de todas aquellas figuras relevantes que nos dejaron a lo largo de 2007. Dos de los 59 seleccionados eran hijos del Deporte: Collin McRae y Antonio Puerta. Faltaba Oerter. Faltaba Puskas. Y faltaba otro que parecía tener prisa por unirse a la divina descendencia de Auerbach, de la que todos formamos parte. Se llamaba Dennis Johnson. Y su importancia en un equipo de ensueño era tal que sin él no habría sido posible prolongar la gloria de los Celtics hasta cuando la gloria de los Celtics parecía contravenir las leyes del tiempo. Porque el equipo del año 86 encerraba un significado más propio de los años sesenta que de una era en la que todo se apresuraba a olvidar el fuego lento y levantar el Baloncesto del suelo. Auerbach también tenía la culpa. Y el año se cerró con el mejor homenaje posible de la que fuera su casa. Su Casa había sido reformada y volvía a presidir espléndida el jardín, y su verde natural, del que los Celtics habían sido amos y señores. Es como si un viejo puro aguardara ser encendido ahí arriba. </p><p> </p><p>En la última noche de mayo, a sigilosa traición como acostumbra, la Historia decidió que era momento de añadirse una página. Una de las páginas destinadas a los muy pocos. Un adolescente con aspecto de monstruo pudo con un equipo entero como habría podido con los otros 29 de haberlos tenido aquella noche enfrente. Mientras la energía de muchos hombres, de muchos millones, del inmenso poder de toda una franquicia, decidieron que hasta ahí habían llegado, que no podían más y que todo balón fuera suyo, que el Baloncesto como deporte de equipo es un bonito principio que vulnerar cuando un jugador es el Baloncesto mismo, él demostró que había tenido sentido nacer y que, en verdad, había sido dotado con el raro don de los elegidos. Y que la historia, a pesar del ridículo empeño en detenerla al adiós de Jordan, proseguía su curso hacia nuevos nombres y metas. La temporada NBA y su imprevisible caja de sorpresas dio a su fin aquella noche. Porque a las pocas semanas el Baloncesto y su democracia irrenunciable apeló a sus principios dando a San Antonio su cuarta gloria. Poco antes también el Baloncesto, pero esta vez disputado al hectómetro, había dejado en el camino al equipo de un alemán que por primera vez había sido elegido el mejor entre los patrios. Al término de junio, de un junio muy pobre, un pequeño francés de raza negra -signo de los tiempos- contravino también el palmarés nacional de premios. Y éste sí que es el signo de los nuevos tiempos. </p><p> </p><p>Bostezando el verano, cuando la NBA aún expiaba el daño provocado por un ludópata con silbato, todo estaba previsto para que España, la más poderosa España desde el XVII, revalidara corona en un reino esta vez más reducido. Tan reducido que algunos llegamos a pensar que la vieja majestad del Europeo que siempre contemplamos desde abajo, era una sensación del pasado y se antojaba ahora una cosa menor, como hecha a nuestra medida. Sí, era más reducido. Pero más peligroso. Y España jugaba en casa. Y según pasaban los días y caían los rivales la victoria dejó de ser el objetivo para pasar a serlo las fotos, las luces y los famosos. Así muchos, tal vez demasiados, se apresuraron a tender la alfombra a un equipo que se vio en lo más alto del podio con igual ingenuo espejismo que quienes no vieron que el tobillo de Jorge sólo estaba en perfecto estado para las partidas de pocha en la habitación del hotel. Y un ruso de raza negra -otra vez el signo de los tiempos- volvió a recordar a España que España podrá ganar, pero nunca lo hará por el nombre. Que eso sigue siendo cosa de otros, de quienes respiran ambición antes que aire. </p><p> </p><p>Al poco nos dimos cuenta que Navarro y Scola nos dejaban, y también que tendríamos que esperar al nacimiento de un bebé de siete pies y mil futuros llamado Greg Oden. Se apagaron dos luces en la liga ACB, una liga que una tarde en Murcia alumbró la canasta más inverosímil de su joven historia. Se apagaron dos luces, pero se encendieron otras dos, jóvenes y radiantes, como lo fue siempre la fresca Badalona. Y cada minuto que pasa más sabemos de lo mucho que valen. Que nunca tuvimos nada igual. Y que cualquier parecido con la pareja Tomás&Villacampa es mera coincidencia. Pero que igual que nunca tuvimos un Ricky&Rudy, nunca dejaremos de saber que seguirán viniendo otros. Que esto es como los años, que se marcha uno pero llega otro con la maldita manía de desplazar al anterior. </p><p> </p>Por eso ningún tiempo pasado fue mejor. Tan sólo anterior. Mar, 01 Ene 2008 02:22:18 +0100 http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/hasta-siempre-2007 http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/hasta-siempre-2007 La tribu Pasadas las siete no cabía un alfiler en el parque de la 155. El peso de la multitud hacía peligrar el graderío que daba a la escuela, en cuya azotea se contaban hasta cuatro filas de chiquillos. A media altura, los más atrevidos retorcían las ramas a que se habían encaramado. Las bocinas de los coches que se agolpaban en dirección al puente no dejaban de sonar y la alambrada que circundaba la pista había desaparecido bajo el gentío, que agitaba la cabeza al menor indicio de llegada. No era necesario. Como de costumbre el claxon de Jouie daría la señal, sólo que aquella tarde su estridente melodía de feria corría el riesgo de pasar desapercibida. Era como si todo el distrito 11 se hubiera dado cita en el parque y aledaños, cubiertos por un manto de cabezas que los gorriones avistaban desde el cielo como un lunar negro en medio de la ciudad.<br /><br />Entretanto los cinco tipos procedentes del West Side calentaban en silencio a un lado de la pista el más generoso de los hierros, del que aún pendían tres cuartas de red. Del otro sorprendía ver una malla nueva, una de las que de vez en cuando, tan sólo para las grandes citas, los chicos se traían de las pistas de Mosholu Park, unas manzanas al norte. El alboroto hacía difícil escuchar el vivo bote del balón, una pieza de cuero ajado que se resistía a borrar del todo una pintada que decía: <em>No Blacks in Vietnam</em>. El calor allá adentro era insoportable. Pero no parecía hacer mella en la multitud, que estalló de júbilo cuando Jouie hizo sonar el claxon. Todos se pusieron en pie. Lo hicieron en dirección al Drive West. Habían llegado. Con media hora de retraso, como gustaban de rogar, pero allí entraban, desfilando a paso ligero, despreocupado y condenadamente altivo. Kirkland recogió sin mirar el balón que le fue lanzado desde la grada. Parecía una broma que el único que acudió a saludar a los foráneos fuera Joe Lewis, a quien faltaba su mano derecha. &ldquo;<em>Eh, Julius, no vayáis a jodernos. Están aquí por nosotros</em>&rdquo; &ndash;dijo estrechándole el muñón, un protocolo sagrado que, aseguraban, atraía el infortunio a quien lo tocaba. &ldquo;<em>Haremos lo nuestro y después nos largamos, ¿vale? &ndash;contestó Julius-. No queremos jaleo</em>&rdquo;. Lewis levantó el labio en un grotesco esfuerzo por sonreír, dejando a la vista una deplorable hilera de dientes que rivalizaba con el color de su piel. &ldquo;<em>Hammond y Pee vienen algo nerviosos... como siempre... &ndash;balbuceaba&ndash; pero... no habrá problemas</em>&rdquo;. Julius no movió la boca y dedicó una fría mirada a los tipos que tenía enfrente. Eran un hatajo de salvajes. Pero en los últimos tres veranos no había formación más imbatible en toda la ciudad. Con seguridad no la había en ningún sitio. <br /><br />&ldquo;<em>¡Eh, Kirkland, dinos dónde hacernos con unas! Jajaja...</em>&rdquo; &ndash;rieron desde la grada. Pee Wee Kirkland, el camello más presumido de todo Harlem, era el único de los diez que no calzaba unas viejas Chuck Taylor del color del asfalto. Sus pies concentraban la atención de la chiquillería. La ABC llevaba semanas anunciando las <em>Blazer</em>, unas zapatillas al alcance de unos pocos universitarios blancos. Aún no estaban en venta y Kirkland ya las llevaba encima. Por lo demás Urban League coincidía en la indumentaria. Cortos generosamente claros, medias bajas, y camisetas de manga de color indescifrable. O eso parecía hasta que despojándose de ellas descubrieron otras de reluciente tirante que Hammond habría dejado fiadas para desconsuelo de Honey, el sastre de la 92. Por eso tan sólo la suya conservaba intacta la costura de las cinco letras que formaban el nombre del equipo. Lewis, Hammond, Kirkland y Knowings buscaban balón para calentar aro. No así Manigault, que lo hacía con sus piernas, saltando una y otra vez sobre el mismo punto. &ldquo;<em>Eh, Goat, hoy llevamos un fajo para ti</em>&rdquo;. Pero Goat, como en trance, seguía a lo suyo. <br /><br />El árbitro del choque, Litty, un negro bajo y retorcido que gustaba de mascar el silbato donde había esculpido la dentadura, hizo un gesto con las manos como queriendo silenciar al público justo antes de lanzar una moneda que cayó a favor de los nativos. Cuando la batalla dio comienzo se hizo un sepulcral silencio que en adelante profanarían la glotona percusión de un balón en julio, el rechinar de las zapatillas y el subterráneo bramido de la ciudad. Westsiders tardó dos ataques en tomar el mando, sustentado como de costumbre en orden y tiro. Lewis había dicho la verdad. Hammond y Kirkland no estaban en las mejores condiciones. Congelaba el rostro de ambos una sospechosa mueca de perros mientras se deshacían en sudor corriendo de un lado para otro, precipitando pases al lado equivocado. Un miembro de Urban League jamás miraba a la derecha de Lewis y, sin embargo, Kirkland sumaba hasta tres obuses perdidos con destino al manco. El fornido Knowings no veía un rebote y Goat llegaba tarde a paliarlo. Riordan y Paultz, los dos únicos blancos de toda la escena, sellaban su tablero de metal reticulado, sacando una y otra vez el cuero a la carrera de Julius, que desató con acierto un desfile de bandejas como no se recordaba desde los tiempos de Tiny. Para cuando llegó la primera cesta de Hammond, no sin antes brindar a Cobb un sonoro codazo, Westsiders contaba su ventaja por quince, a lo que sus rivales respondieron con una impenitente retahíla de reproches de la que únicamente Goat no dio cuenta. La grada estaba a punto de empezar a celebrar las acciones de Westsiders cuando de los calzones de Kirkland, por un violento choque con Taylor, salió disparado un Colt que recorrió media pista con su gemido metálico. Nadie hizo ademán de seguir hasta que Pee recogió el arma y la devolvió a su sitio. Cada tarde que Jouie, al otro lado de la valla, hacía sonar la bocina, indicaba que la pasma había llegado. Y Kirkland acostumbraba a llevar lo suyo consigo. <br /><br />Al descanso todos saciaron su sed de las tres garrafas que con gran esfuerzo el pequeño Koo Koo cargaba a cuestas desde Macombs. Dos corrillos separaban la pista. La cicatriz que presidía el pómulo de Kirkland, recuerdo del penal de Lewisburg, sólo enrojecía cuando la ira le dominaba. Y ahora tiraba de la camiseta de Goat como quien suplica desesperado la ayuda.<br /><br /><div style="text-align: center"><img src="http://www.acb.com/fotos/28784_6_latrib_6.jpg" alt="El gentío daba calor a las hazañas de Manigault" title="El gentío daba calor a las hazañas de Manigault" width="450" height="383" /></div><br /><br />Al poco de reanudarse el rito algo había cambiado. Las venas de Goat parecían querer estallar luego de un tapón sobre Julius que dio con el balón a media pista contraria. No vino solo. Las cuatro primeras jugadas foráneas terminaron de la misma manera y el manto negro comenzó a estirar las rodillas. Goat había resuelto no pasar el balón. El trance comenzó a cumplir su cometido al tercer mate consecutivo. En el último, un embate de espaldas que había dejado al tótem temblando, el balón había rebotado en el suelo con tal fuerza que salió del parque. Una voz se alzó entonces sobre todas las demás. &ldquo;<em>¡Eh, Goat!</em>&rdquo;. Era Buddy, dueño de los ultramarinos que llevaban su nombre en la 151. &ldquo;<em>Si consigues veinte como ése estos 60 dólares son tuyos</em>&rdquo;. Todos pudieron oírlo. Hammond miró a su compañero antes de volverse hacia aquel tipo, que abanicaba el cielo con el fajo de billetes. &ldquo;<em>Ah, ¿sí? ¡Pues empieza a contar!</em>&rdquo;. 60 dólares. Cuántas veces había estado a punto de romper sus rodillas por billetes de diez. Cuántas por centavos allá en el canto del tablero.<br /> <br />No parecía posible y, sin embargo, el manto negro avanzó dos pasos sobre el cerco de la pista, haciendo más invisibles las líneas a medida que caía la tarde. Urban hizo de su territorio una trinchera inabordable. El balón quemaba en las manos de Taylor y Cobb, al tiempo que los blancos comenzaron a ser castigados por una vorágine de caricias en defensa que Julius no podía hacer nada por evitar. Mientras, el silbato callaba. Y cuando Goat llegó a los diez mates, el manto dejó que el último sol de la tarde secara el roble de la grada. &ldquo;<em>Explode it!</em>&rdquo;, gritaba Kirkland cada vez que uno de los suyos hacía llegar a Goat el balón. Le caían encima. Se plantaban bajo el hierro a dos filas. Pero todo esfuerzo era en vano. Goat sorteaba cada una de ellas antes de alzarse al cielo con un poder del que ningún otro mortal, todos lo sabían, hubiera sido dotado. Cuando llegó el número quince, el trance alcanzaba ya a la tribu entera. Y pasaron a corear el número que hacía el siguiente milagro. &ldquo;<em>Fuck it!</em>&rdquo;, bramaba Hammond ahora. La comunión tocó a su cénit al número veinte, obrado con tal saña que el tiempo pareció detenerse mientras Goat, aún en el aire, desafió con la mirada a quien en la grada su poder había reclamado. Sus piernas no podían estar hechas de carne y hueso. Alguna remota promesa al diablo permitía a Goat despegarse del suelo con tal fuerza que ninguno de los presentes podía asegurar su regreso. Julius y los suyos habían desaparecido. Y sin embargo no palidecían. Parecían formar parte del rito. Eran el rito. La macabra obscenidad del que hacía el mate número 30, obrado a una altura tal que los ojos miraban por encima al hierro incandescente, complicó de veras el final del partido. Koo Koo y los démás habían entrado en escena fruto de los 36 orgasmos que aquella escuálida divinidad les había proporcionado. Y la tribu enardecía de pura felicidad. Pues no les cabía en el mundo lugar distinto para ella. <br /><br />Nadie escuchó el silbato. No era posible. Sólo los aspavientos del pequeño Litty hicieron ver que era momento de tocar a Dios con las manos. Así el manto negro cubrió la pista y los gorriones siguieron sin comprender el porqué de aquel lunar en el seno de la inmensa urbe que proseguía su curso como a toda gloria ajena. El sol se despedía más allá de Manhattan. <br /><br /><br />Pasada la medianoche los 60 dólares de Buddy ahogaban las venas de Goat, que yacía sobre la baldosa en la misma posición en que tocaba el cielo cada tarde en el parque. En el apartamento de Kirkland, el baño apenas daba para estirarse. Mie, 05 Dic 2007 10:26:58 +0100 http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/la-tribu http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/la-tribu Cuando éramos reyes <span><p>En estos últimos días de octubre se cumplen veinte años de un fenómeno que no me perdonaría olvidar. Un fenómeno cuyo alcance, para la generación de que formo parte, la primera de la pequeña pantalla, no es posible describir en su totalidad. En lo sustancial, se cumplen veinte años de la emisión periódica de Baloncesto NBA en España. En lo público, se cumplen veinte años de un fenómeno sociológico esencialmente juvenil que durante un tiempo elevó al Baloncesto a las cotas de popularidad más altas jamás alcanzadas en nuestro país. En lo personal, se cumplen veinte años de algo que cambió mi vida para siempre. Es más, me alegra saber que una parte de mí sigue allí, en el cálido sofá de madrugada, con el alma encendida y la insobornable mirada de un muchacho que cada viernes noche sentía estar <em>Cerca de las Estrellas</em>. </p><p> </p><p>Seguramente a los más jóvenes no les diga mucho este título que parece remontar a una gala del Moreno. Lo aclaro entonces. <em>Cerca de la Estrellas</em> fue el primer programa de televisión en España de contenido NBA. Los primeros escarceos de la cadena nacional con aquel mundo perdido databan de cinco años atrás, emitiendo en el Estadio 2 de los tiernos Viza y Prats, de aspecto marxista como todo presentador de entonces, entre otros, el último partido de las Finales de 1983, el decisivo séptimo del año siguiente, el sexto de 1985 o el All Star Game de 1987. Hasta el nacimiento del programa, los partidos NBA emitidos en España podían contarse con los dedos y éramos muy afortunados si una <em>fast movie</em> que rara vez colaba la cadena como relleno nos cogía desprevenidos delante del televisor. Eran unos pocos segundos. Pero suficientes para instalarse en la memoria eterna del alma impresionable. Éramos testigos entonces de un Baloncesto irreal como mil veces superior a cuanto hubiéramos conocido o imaginado.</p><p> </p><p>El nacimiento de <em>Cerca de las Estrellas</em> no fue algo casual. El Baloncesto en España atravesaba momentos de imprevista efervescencia. La plata de Nantes y sobre todo la de Los Angeles despertaron la nueva conciencia que el Mundobasket de nuestro país mantuvo alerta. Nombres como Sabonis, Petrovic, Oscar o Galis rivalizaban con la fama de cualquier otro futbolista en el mundo. Fernando Martín hizo realidad algo que el deporte español ni había soñado y un domingo de junio de 1987 España entera se hizo griega en un partido, posiblemente el mejor en la historia de Europa, que causó verdaderos estragos entre los muchos que entregábamos la suerte del examen a su víspera. Poco después un combinado NBA aterrizaba en España entre gran expectación mientras las radios vociferaban sin pudor las canastas y la prensa pujaba por lanzar la mejor revista al mercado. El compacto oleaje atropelló incluso al fútbol, que expiaba sus pecados de gestión atravesando un serio periodo de incertidumbre. Todo corría a favor. Cuando por el mes de mayo Luis Enciso sugirió a Ramón Trecet la idea original junto a la máquina de café de la sexta planta del Ente, el destino estaba escrito porque el presente se empeñaba en demostrar que Baloncesto y Opio podían ser también la misma cosa. Y no pasó mucho tiempo antes de comprobarlo. La audiencia de la final de la Recopa de 1989 ridiculizaría a cualquiera de las retransmisiones deportivas más vistas en nuestro país hoy día. </p><p> </p><p><em>Cerca de las Estrellas</em> ha pasado a la historia como un programa de culto que no es posible comprender sino en un contexto mayor, solidario y muy favorable, a cuya realidad contribuyó como quizá ningún otro producto de la época. Su poderosa irrupción terminó por representar todo un fenómeno social en una época en que la TV apuraba su edad de los dos botones. El tiempo demostró que <em>Cerca de las Estrellas</em> no era únicamente un programa. Era el último episodio de una prolongada serie de dibujos animados a lo largo de la década que define a toda una generación, la última capaz de asombrarse ante la pequeña pantalla y trasladar apasionadamente su contenido a la calle. Para no pocos jóvenes, esos que hace unos veranos superaron la treintena, <em>Cerca de las Estrellas</em> significó el paso entre el último esplendor de la niñez y el despertar de una juventud condenada a esfumarse. La militante adhesión hacia aquel programa consiguió trascender las fronteras de la caja tonta haciéndose visibles sus consecuencias en infinidad de lugares de recreo a lo largo y ancho de la piel de toro. El fenómeno conocido como <em>Cerca de las Estrellas</em> llegó a invadir nuestro tiempo de recreo con la misma poderosa atracción que no mucho después usurparía el sexo ajeno y su infame ratonera de bares. Como centro de gravedad es difícil concebir algo igual. </p><p> </p><p>Mi particular ruta del bakalao comenzaba en la noche del viernes y continuaba a la mañana, calzándome apresuradamente las zapatillas, la muñequera, el balón, y un aluvión de entusiasmo que me hacía correr y correr para llegar cuanto antes allí donde los demás habían seguido mi mismo ritual para desatar el fragor en comunión. Jugando, el tiempo se detenía, no había dolor y la guerra era la cosa más maravillosa del mundo. Nos movía a todos la ardiente ilusión de que cada uno de nuestros gestos y cestas emulaba a los dioses de la noche. Si durante el programa nos sentíamos cerca de las estrellas, al día siguiente éramos las estrellas mismas. Detenerse era una herejía que sólo la obligada cita con el mantel hacía posible. Por la tarde el ritual proseguía con la reserva intacta, hasta que la luz se apagaba del todo y sentías, ya muy tarde bajo las mantas, la quemazón de los pies y las manos, y un cuerpo de verdad agotado. El domingo todo podía repetirse con igual felicidad. Y el lunes, de regreso a clase, competíamos por que nuestra carpeta, un objeto hasta entonces hostil y vacío, fuera la más reluciente, la más colorida, la que mejor colección de fotos exhibiera. Era nuestro carné de identidad y así dejamos de esconderla en la mochila como señal de que aguárdabamos inquietos la llegada de otro viernes, mientras a diario, en el recreo, las porterías seguían cediendo al inmenso poder de los aros. </p><p> </p><p>Qué grandes jugadores fuimos todos. Los mejores de nuestra vida, cuando la vida no parecía encerrar más misterio. No conozco a nadie de mi generación -y digo bien, a nadie- que no haya experimentado, de algún modo, la intensa realidad de aquellos hechos a cuyo abrigo llegamos a sentir el auténtico sentido vital de nuestro juego. A tal punto fue así que tengo la sensación de que todo aquello sucedió en otra vida, sin duda la mejor que he conocido.</p><p> </p><p>Veinte años. Todo ha cambiado mucho. Demasiado. Declarar hoy devoción por aquel otro Baloncesto no es la mejor forma de ganarse amistad. Lo que un día fue hoy ya no es. Pero puede serlo momentáneamente y por eso voy a terminar con una invitación. </p><p> </p><p>Con motivo de este aniversario tan especial el programa de radio <em>Basketaldia</em> ofrece la oportunidad de quedar a solas con Ramón Trecet. En la noche del 9 de noviembre quien escribe tendrá el inmenso placer de abrir en canal al principal culpable de aquellos años dorados. Por ello invito a toda una generación a remontar veinte años atrás, detener el tiempo y tratar de recobrar, siquiera por un rato, el calor y sentido perdidos.</p><p> </p><p> </p></span><p><em><strong>"Todos los que amamos el baloncesto, a partir de este momento, vamos a empezar a disfrutar como enanos por cosas que hacen personas que hacen cosas que nosotros nunca haremos. Por eso los admiramos tanto"</strong> (Ramón Trecet, Cerca de las Estrellas, 6 de febrero de 1988).</em></p> Lun, 22 Oct 2007 03:16:26 +0200 http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/cuando-eramos-reyes http://blogs.acb.com/blog/elpuntog/post/cuando-eramos-reyes