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03/06/2010

El Real Madrid había vivido toda la eliminatoria de sus hombres grandes. De su frontcourt, como dirían en Estados Unidos. Contando a Velickovic (cada vez más ‘3’), hasta el minuto 29 del tercer partido la proporción de puntos interiores vs. exteriores era de 135 a 55. Ciento-treinta-y-cinco-a-cincuenta-y-cinco. Más del doble. Mucho más.

En el tercer partido, Tomic, Velickovic, Reyes y Lavrinovic estaban haciendo mucho daño en cada ataque y el juego blanco era una constante: balones al “5”, buscar a Velickovic posteando ante un defensor más pequeño o aprovechar la novedosa habilidad de Reyes desde media distancia. Funcionaba, pero la previsibilidad y la ausencia de tiro exterior (sólo un triple acertado) convertía el partido en una nueva ruleta rusa: 52-53, con el recuerdo de que los dos igualados encuentros anteriores habían caído del lado vitoriano.

Pero en ese momento, en el minuto 29 del tercer partido, todo cambió. En lo que puede ser un punto de inflexión de la serie, la balanza pasó a inclinarse del lado de los exteriores, de la valentía de Llull y Prigioni. El balear convirtió un 2+1, los primeros puntos de un pequeño en casi 12 minutos, y luego Bullock puso un toque de magia con un triple inverosímil al final del tercer periodo.

Aire fresco... pero todavía viciado. En los cinco primeros minutos del último cuarto sólo lanzaron a canasta hombres grandes y el Caja Laboral protagonizó un parcial 2-8 para ponerse por delante (60-61). Prigioni decidió, inteligentemente, que era su momento: primero erró un triple, pero luego se fue sin miedo hacia el aro y anotó un complicado 2+1 que metía de nuevo al Madrid a 4:37 del final.

 

 


 

 

La celebración, con una patada a la valla publicitaria, era el anticipo de la explosión blanca: robo del argentino y asistencia en contraataque para que Llull empezase a convertirse en héroe. Y es que, apenas medio minuto después, el balear la volvía a enchufar de tres, aprovechando una buena asistencia de Velickovic. Otra vez una celebración llena de rabia, de coraje contenido.

Pero, con tres minutos por delante y 69-63, todavía quedaba por remar. Y bien lo sabía Prigioni, que aprovechó un fallo defensivo de Huertas para clavar un nuevo triple y sellar un parcial 12-0 con inmenso sabor a victoria.

De ahí al final, Llull convertiría otros cuatro puntos en tiros libres y Tomic y Lavrinovic ayudarían a sentenciar el 80-67 final. Un protagonismo anotador interior casi anecdótico en este final de partido, en cuyos últimos once minutos los ‘peques’ anotaron 22 de los 28 puntos madrileños, cambiando totalmente el ritmo ofensivo del equipo.

En todo caso, ese impulso final no debe enmascarar algunas conclusiones:

1) El Real Madrid hace mucho daño al Caja Laboral cada vez que consigue hacer llegar el balón a Tomic o Velickovic cerca del aro y ésa debe seguir siendo su principal arma ofensiva.

2) Los blancos necesitan recuperar urgentemente fiabilidad en el tiro exterior: su 17/64 en triples (26,6%) lleva directamente al fracaso, pues convierte al equipo en extremo previsible.

3) Por mucho que Prigioni o Llull tengan un carácter indestructible y sean valientes como pocos, este tipo de impulsos te pueden dar un partido o a lo sumo dos, pero no tres seguidos. La remontada sólo puede llegar desde la consistencia.

4) Con Llull sano la eliminatoria es otra. El Real Madrid ya no es un equipo robótico, sino deliciosamente imprevisible.

5) El Caja Laboral jugó muy por debajo de sus posibilidades y aun así tuvo opciones muy reales de ganar. Y sigue teniendo la sartén por el mango...