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La cocina es un mundo interesante, en el que merece la pena meterse. Eso ya lo descubrí hace tiempo, cuando tuve que emigrar, pero ahora que estoy en San Sebastián estoy volviendo a saborear lo que es eso de molestarse en preparar una buena cena. Para los que no lo sepan, aquí en el País Vasco, es habitual que los hombres se junten en una especie de sociedades gastronómicas (aquí las llaman Txokos) para cocinar alternativamente unos y otros. Pues, aunque no lo creáis, en el equipo hemos formado una.
 


La lástima es que a la última sesión no pudieran venir todos, pero los que fuimos estuvimos bien y seguro que vamos a repetir pronto. Espero que podamos coincidir más veces todo el equipo. No hace mucho nos juntamos en mi casa David Doblas, Ricardo Úriz, Sergio Sánchez, Edgar San Epifanio y yo para celebar una de esas veladas en las que, tradicionalmente, los hombres cocinan y pasan el rato. Como me tocaba cocinar a mí esta vez, pensé en hacerles una paellita.

¡Qué buena me sale! Está mal que yo lo diga, pero podéis preguntarle a cualquiera de los que estuviera allí. Disfrutamos mucho. Fue peculiar porque cada uno quería hacer una cosa. Es lo que tiene la paella. Los valencianos y los que entienden el ritual de la paella, lo saben. No es sólo hacerla y comérsela. Es mucho más. Es preparar los ingredientes, que si la bromita con los amigos, que si ahora te meto caña por que dejaste que Moss te cogiera un rebote, que si ahora me la meten a mí por fallar un tiro libre, ahora te digo que eres un patán a los videojuegos (tendría cumplida venganza tras la cena!)... Lo bueno de que haya tan buen ambiente es que permite que, una noche sin más, nos juntemos y usemos el ‘trashtalking’ los unos con los otros. Quiero decir que no aprendí a hacer paellas en los cuatro años que pasé en Valencia. Me enseñó mi padre y, por cierto, mira que estos años me he comido paellas de todos los colores (de muy buenas, de buenas y de no tan buenas, ya sabéis) pero aún no he conseguido encontrar una que esté tan buena como la que hace mi padre. Además, aunque aprendí con él, estos años le he estado dando mi toque personal.

Paella a la Albert, se podría decir. Eso sí, rica, rica, que dice Arguiñano. Realmente, mientras nos metíamos unos con los otros, la paella se iba haciendo y llegó la hora de comérsela y, después, de la paliza.

El público eran David, Edgar y Ricardo. Y los contrincantes, Sergio y yo. Pobrecito. ¿Dónde pensaba que iba? Por muy extraño que parezca, cuando juego a la consola, lo suelo hacer a juegos de fútbol, y soy, ¿por qué negarlo?, muy bueno. Pues Sergio se empeñó en que podía ganarme. Ni por esas. Él se cogió al Liverpool de Rafa Benítez y Fernando Torres. Yo al Barça de Guardiola e Iniesta…

Me sabe mal acabar sólo con cuatro palabras, pero lo siento: LE DI UNA PALIZA.