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Foto: EFEEl encuentro agoniza. Los segundos mueren, uno a uno, anunciando el final de un partido con todo por resolver aún. Codo a codo homérico, final de infarto. Bota Cabezas, el de las grandes ocasiones, y se dirige con fe a canasta. Ganar o morir. La tercera heroicidad en el Playoff o la intertidumbre de la prórroga. Cambio de planes. Carlos abre el balón a Ndong que, defendido por Navarro, lanza desde cuatro metros un cómodo tiro lateral. Anota. El bocinazo suena pero el Palau no despierta de su pesadilla. El Unicaja ha ganado. El tiro de Boniface rompe una maldición de quince años ante el conjunto blaugrana. ¿Quién decía que en las prórrogas el conjunto malacitano no gana? A la final.


Al senegalés se le encarga una estatua en plena calle Larios y empieza una nueva etapa en la historia del propio club cajista que, ahora sí, perdió sus complejos ante su bestia negra en ACB. Desde el prisma cajista, todo se ve de color rosa. “Ojo, que encima han hecho la machada sin Berni ni Haislip”. “Doble finalista en ACB esta temporada”. “¡Qué partidazo!”, etc. En cambio, su rival sufre la crueldad de la crítica de la memoria injusta y selectiva que olvida la exhibición de recursos en la primera mitad y la brillante campaña realizada por un tiro, un dichoso tiro que cambió la historia.


O más bien no. Basket ficción, pura hipótesis desbocada. Jamás existió lo narrado desde el propio tiro de Ndong. En realidad, no existió El Tiro. El de Cook, a la desesperada sobre la bocina, fue más bien un tiro –y éste, en minúsculas- condenado al fracaso desde su inicio. El tren se había escapado tres segundos antes, evaporándose en las manos de Boni. Como se escapó en la final de la Copa, con una jugada casi calcada en la que Archibald eligió el pase, algo que le ha costado horas de sueño desde aquel día. Una jugada, un destino, un resultado. Caprichoso deporte, burlón baloncesto. Del todo a la nada por una decisión equivocada en el momento más inoportuno. Héroes y villanos se dan la mano en el abismo de la agonía y de la propia emoción que domina finales como el vivido este domingo en pleno territorio Playoff.

 

 


No, Ndong no puede ser nunca un villano. Pese a que su decisión se grabe a fuego en la memoria de la ya larga lista de finales crueles para el cuadro verde, sus méritos en este periodo superan ampliamante cualquier fallo. Aunque cueste una final. Su equipo, el Unicaja, se va con la cabeza bien alta, con el orgullo del que lo dio todo y se quedó sin nada. En ningún partido de la temporada salió sonrojado, jamás cayó de forma abultada o se quedó sin competir hasta el final. Sin embargo, para un conjunto tan habituado a jugar finales igualados, el balance de siete derrotas en siete prórrogas disputadas (Partizan por partida doble, Panathinaikos, Regal Barça en fase regular y Playoff, TAU en la final copera) es una verdadera losa, una verdadera maldición dolorosa que sólo el tiempo –el verano es largo- podrá mitigar.


Foto: El Mundo DeportivoEn las manos del senegalés estuvo cambiar esa racha, plantarse ante el TAU en la final ACB con todo por disputar y alagar el sueño cajista un par de semanas más. Pero había algo más en esa jugada. En ese no-tiro del pívot, estaba la oportunidad de darle un tortazo a la historia, a catorce años de maldición blaugrana. No sólo para olvidar las últimas derrotas en el Palau, no por calcadas menos dolorosas. En las manos de Ndong había algo mucho más importante. El triple de Ansley hubiera encontrado al fin destino, los Babkov, Mrsic, Hermmann, Imbroda, Boza, Scariolo y compañía hubieran saciado su venganza. Cinco eliminaciones, tres de ellas con el dolor de haber rozado previamente la gloria, obtendrían su vendetta. Por el contrario, y para más inri, la prórroga aumentó aún más la necesidad histórica del Unicaja de eliminar de una vez al cuadro barcelonista. Ya son seis.


Y van seis porque el Regal Barça también hizo méritos de sobra para pasar a la final. Tres partidos de semis, tres mundos completamente diferentes. En el tercer asalto, los de Pascual pueden estar orgullosos de su victoria porque nadie les regaló nada. Al contrario. Con un acierto exterior en la primera parte que hacía temblar todos los récords históricos en ACB (¡9 de 12 en triples!), los barcelonistas creyeron encontrar el camino a la final, aunque su rival no se resignó. Grimau continuó completando su doctorado en canastas clave, Navarro tiró del carro pese a sus fallos en el tiro, Andersen confirmó que cuando hay algo importante en juego, él nunca falla y Basile sobresalió por fin en ataque tras su enésima demostración en defensa.


Si siete son las prórrogas perdidas por el Unicaja y seis sus eliminaciones contra el cuadro culé, otro número maldito se coló en este encuentro para los verdes. El cinco. Hasta cinco fueron las oportunidades que dispuso Regal Barça de anotar, a falta de un minuto, con el encuentro empatado. Con cuatro rebotes ofensivos y una fe casi mística por volver a recuperar la iniciativa, la canasta final de Andersen, con la que se concluía un ataque culé que duró más de un minuto, parecía escrita por el destino. Como parecía un guiño de la fortuna esa última jugada que condenó al encuentro a la prórroga. Dulce condena blaugrana, a tenor de los precedentes de su rival y de la sangre fría con la que afrontó los cinco minutos más importantes en toda su temporada. La final ya es un hecho. Allí, espera el TAU, al cual eliminó en su camino a la Final Four esta misma temporada. La venganza más esperada sería conquistando el título. El sueño, a tres pasos.