Esta va a ser mi primera Copa del Rey y la primera vez en meses que me voy a quedar en una ciudad más de dos días con otra excusa que no sea dar un concierto. Unas vacaciones llenas de baloncesto. La última vez que pisé una cancha fue el pabellón de deportes del Real Madrid, creo que hacia el 82 o el 83, cuando aún jugaban Delibasic y Dalipagic -creo recordar que sólo en los partidos europeos- con el Madrid. De la NBA sólo llegaban nombres y fotos, era otro planeta a años luz que sólo tenía conexión con el baloncesto europeo cuando algún jugador americano de nivel decidía acabar aquí su carrera.
Nosotros vivíamos la realidad europea y nuestros ídolos no eran Julius Earving o Abdul Jabbar, sino Homicius, Slavnic, Epi o Corbalán y en mi caso Delibasic, ¡Mirza Delibasic! Un tirador buenísimo de la mejor escuela yugoslava, frío como el hielo y que pasaba como nunca había visto antes. Era lo más parecido a una estrella del rock en el baloncesto europeo, con su peinado como Jean Jacques Brunell, bajista de los Stranglers, pose chulesca y con una capacidad imposible para mezclar individualidad con juego colectivo. Eso le diferenciaba del resto de los aleros que jugaban en el viejo continente: su capacidad para repartir juego dentro de la zona como un base, con pases increíbles mientras miraba a otro lado sin inmutarse y con una absoluta cara de pocker. El rey de las "asistencias espectáculo". Valía tanto un buen pase suyo como una canasta en contraataque de Iturriaga.
Poco después se fue del Madrid, llegó la NBA y se acabó el viejo estilo de baloncesto europeo, austero y efectivo debido a la presión del baloncesto espectáculo que venia del otro lado del charco. Y llegaron Magic Johnson y compañía y con ellos llegó la revolución al baloncesto europeo.

Yo iba con los Lakers y mi hermano Miguel con los Celtics, cada uno con nuestras camisetas y las Converse de cuero. Poco después dejamos de estudiar y empezamos a darle al rock. Aunque seguimos jugando los fines de semana en las canchas de la calle que había por Chamartin, las de la calle Puerto Rico y las de Alfonso XIII, al lado de la antigua fábrica de los vaqueros Rok - si, Rok ¡ -, ya nunca mas pisé el Pabellón de deportes del Real Madrid más que para ver conciertos. El baloncesto pasó a ser un deporte que disfrutaba sólo por la tele o en pachanguitas de dos contra dos en cualquier canasta que hubiera cerca de las salas donde íbamos a tocar. Todavía guardamos en el local de ensayo el balón que llevamos con nosotros durante años en la furgoneta.
Y para que se cierre el círculo, ahora vuelvo a vivir la fase final de la Copa Del Rey casi 30 años después de la última vez que viví un partido en la cancha. Y de paso, a ver al jugador que con 19 años es lo mas parecido a Mirza Delibasic que he visto en muchos años, a Ricky Rubio. Igual de frío, de enorme pasador, camino de convertirse en igual tirador y, paradojas de la vida, ¡con un peinado muy parecido!
Y también a vibrar con Navarro, el Curro Romero del Basket hispano, puro arte en movimiento. Y con Jaric y Garbajosa y Teletovic y Tucker y Reyes y más y más y más. Y eso que yo de pequeño era del Madrid. Ahora soy un poco de todos, más de jugadores o de entrenadores que de equipos, aunque la cabra tira al monte. Y más del baloncesto europeo que del americano, simplemente porque la rivalidad y la tensión que hay en algunas canchas del viejo continente me pone aún más que el espectáculo que es capaz de dar Lebron James.
Vuelve el rock al baloncesto europeo ahora que las lecciones que llegaron desde la NBA en los 80 han sido asimiladas y reconvertidas en propias; ahora que los jugadores europeos son decisivos en sus equipos, carne de All Star y números altos en los Drafts de cada año. De paso, ya que estoy en Bilbao, disfrutaré de cada noche de la música en en directo que gracias a la ACB vamos a tener en el Cafe Antxokia.
¡¡¡A vibrarrrrrrrrrrrrr ¡¡¡
