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07/06/2012

Puede sonar a sacrilegio, mas es homenaje. La literatura y el baloncesto parecen primos lejanos, de esos que se reúnen una vez al año, y por obligación, cuando quizá deberían darse una oportunidad. Al fin y al cabo, la literatura no es más que un sueño dirigido. ¿Quién discute a Borges? ¿Acaso el baloncesto no es hijo del mismo sueño?


Por eso, cuando Marcelinho corría y corría hasta el cielo, en su última cabalgada en el Palau, en su particular escalera hasta la inmortalidad, resonaron con fuerza las palabras de aquel al que cada 6 de junio habrá que rendirle tributo, el loco y cuerdo Ray Bradbury, fallecido horas antes a miles de kilómetros de distancia. Sus palabras no pueden morir jamás.

 

 

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Aroma a Fahrenheit 451 en un triple que hizo arder el Palau, con una forma de quemar mucho más constructiva que la de los bomberos de la obra de Bradbury. Y es que, durante unos segundos, egocéntrico sentimiento, célebre frase del escritor para explicar su distopía había sido creada para él y para su equipo, que hubiera muerto antes de firmar el 0-1. Con aquel triple, Huertas “no estaba precidiendo el futuro… estaba intentando prevenirlo”.

 

Resuenan sus frases, y sus viajes al tiempo que Marcelinho se eleva en la cancha, casi levitando, con miles de brazos pegados a sus incrédulas cabezas que miran sin creer y creen sin mirar, cual habitantes de un Marte en el que todos sus habitantes parecen sorprendidos por lo que ven. “Los viajes al espacio nos harán inmortales”. Las Crónicas Marcianas nacieron en Brasil.

 

Y, de repente, todo lo que dijo o escribió Ray, parece llevar el sello de Marcelinho, con 0 puntos en su casillero hasta un segundo antes de acabar el partido. “Continuamos siendo imperfectos, peligrosos y terribles, y también maravillosos y fantásticos”.

 

Su -5 de valoración hasta ese momento. Su 0/5 en el tiro. El borrón de su Final Four. Su irregular temporada. Todo eso, un motivo más en esa forzada carrera para apuntar certero hasta la gloria. “Solo podemos progresar y desarrollarnos si admitimos que no somos perfectos y vivimos de acuerdo con esta verdad”, se oiría en su cabeza.

 

Y es que, pese a que podría retirarse hoy mismo y en la memoria colectiva ya quedarían por siempre mil recuerdos con la firma de Huertas, “uno debe inventarse a sí mismo todos los días y no sentarse a ver cómo el mundo pasa allí delante, sin que uno participe”.

 

 

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Desde el suelo, mientras sonaban los gritos desde la grada, mientras le caían, uno tras otro, compañeros encima suya para abrazarle por su gesta, bien podría haber recitado aquel “si uno crea amor, las cosas buenas forzosamente llegan”. “Si uno hace lo que ama, es feliz”. Y las sonrisas no mienten.

“Cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños”
, sí, pero lo vivido este miércoles en el Palau tuvo más de terrenal que de imaginado para él. Realidad tangible, realidad soñada en la que con solo 9 grados, las de su dorsal, 48,2 en la escala Fahrenheit, ardió el mundo del baloncesto. No hizo más calor. El fuego era él.

 

Así pues, el mismo 6 de junio en el que, como escribió un buen día Bradbury, “la vida termina como el resplandor de un film y una chispa en la pantalla”, Huertas se disfrazó de Historia para, con la canasta más imposible, responder a la pregunta más difícil jamás creada con la sentencia más bella jamás planteada:

 

“¿Para qué vivir? La respuesta era la vida misma”.

 Daniel Barranquero

@danibarranquero

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