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El choque granítico de Serhiy Lishchuk, el fade-away de Justin Doellman, el rebote ofensivo para mate de Vitor Faverani, la continuación para hundirla de Bojan Dubljevic, el vuelo de Florent Pietrus para interceptar un balón... La variedad interior del Valencia Basket parece encontrar un punto común en la intensidad aparente de todos sus jugadores, excepción hecha, tal vez, de un Doellman constituido por una naturaleza más estética que la de sus compañeros.

 

Contundentes en la finalización, en el tapón, en el cuerpo a cuerpo defensivo, en el derroche de intensidad. En la tortura. Porque eso ha sido el ejército interior del Valencia Basket para el CAI Zaragoza. Unas fuerzas especializadas en el sometimiento hasta la mínima expresión de su oponente. Una sucesión de cuerpos diseñados para el baloncesto capaces de alternarse para que la intensidad acabara rozando el infinito durante prácticamente todo el partido.

 

El ejército interior taronja dejó a los zaragozanos en la mínima anotación en la historia del Playoff y permitió unos 38 de ventaja que son el tope valenciano en las eliminatorias por el título y la sexta mayor diferencia histórica. Números de apisonadora nacida a partir de constantes balones a la pintura, a partir de exteriores que podrían vivir solo de surtir balones a los interiores.

 

El perfil poco anotador de Rodrigo San Miguel y Stefan Markovic, los dos bases, dibuja un escenario que favorece a los hombres interiores, sobre los que ha girado el juego durante buena parte del primer partido de cuartos de final del Playoff de la Liga Endesa. Allí donde el dominio ha sido más aparente. Porque no hay nada más visual que un tapón o un mate. Porque son los interiores los que hacen que el dominio tome una imagen de dominio más bruta.

 

 53 puntos de los interiores valencianistas, 11 más que el CAI Zaragoza al completo. Aunque el dominio del Valencia Basket ha sido tan absoluto que cualquier comparación numérica, por disparatada que fuera, le colocaría como vencedor. Más allá de eso, su juego interior brilla, llegando a final de temporada como solo se podría haber soñado hace un par de meses.

 

Las lesiones, a la vez que han propiciado la alternancia de brillo entre diversos jugadores, han mermado el techo del juego interior de Velimir Perasovic. El que ahora reparte minutos a partes iguales se ha visto obligado a concentrarlos en algunos jugadores y a fichar refuerzos (Lauvergne, Hrycaniuk, Hanley) ante las múltiples bajas. Faverani se ha perdido 14 partidos de la Liga Endesa, Lishchuk y Pietrus ocho cada uno y Doellman y Dubljevic uno.

 

Pero, si el primer partido de cuartos de final fuese la verdad, todo eso ha quedado atrás. Años atrás, parece. Y es que las dos incógnitas de la ecuación interior parecen haberse despejado. Florent Pietrus recupera la plena actividad física tras casi dos meses de baja y Vitor Faverani, cuya aportación en las últimas jornadas de la Liga Endesa no parecía a su altura, se ha desatado con un partido que confirma la fuerza desatada en el pasado Playoff 2011-12, que le valió prácticamente todos los elogios.

 

Si sumamos la gran recta final de temporada de Bojan Dubljevic, que ha despertado la acérrima defensa de la afición, y el MVP de mayo de Justin Doellman, el resultado es un juego interior envidiado. Por impacto, por naturaleza, por variedad, por intensidad. Con el Real Madrid abandonado a su enorme capacidad exterior, el Barça Regal reformándose con la llegada de Mavrokefalidis para suplir a Jawai y esperando todavía el modo estelar de Lorbek, las banderas interiores baskonistas ondeando a media asta, el Valencia Basket busca la legitimidad para autonombrar a su juego interior el más importante de la competición.

 

El primer argumento lo pone una enfermería vacía. El segundo, una exhibición histórica. El tercero, unas semifinales que, tras los 38 de diferencia, parecen más cercanas que nunca.

 

David Vidal

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