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Cuando Mirza Teletovic lanzó el triple, Nemanja Bjelica aún estaba en posición de recibir el balón. Aún pedía el pase, aún quería ser héroe. Quedaban menos de dos minutos, Sergio Rodríguez parecía dinamitar la prórroga segundos antes con un triple que colocaba por delante al Real Madrid y la serie pendía de un hilo.


Era su momento. Como lo está siendo esta serie, como lo está siendo el Playoff. El Nemanja perdido, el bloqueado, el del infortunio, el frío, el estancado, el de las dudas. Todo eso, tan poco ahora comparado con la inmensidad de la nueva versión, más bien la auténtica… al viento. Papel mojado, papel quemado, papel volado.

 

 

 

No era un espejismo. Ni efectos ópticos, ni rachas pasajeras. Realidad, golpe de realidad del jugador más entonado, hasta el momento, del Playoff de la Liga Endesa. Del más valorado (16,6 de media), tercero en rebotes (5,8), cuarto en puntos (12,6) y en tapones (1), capaz de ser, al mismo tiempo, el segundo triplista más certero (dos por partido, con un 47 % de acierto) y el segundo con un porcentaje más elevado en tiros de 2 (71%), además de sumar, en estos partidos, 8 asistencias (la mitad, este martes), 4 robos… y un mate. El Mate.

Él, que encontró al fin la luz en el último partido de la regular, con 17 puntos, 9 rebotes y 25 de valoración contra el Gescrap Bizkaia, al que aniquiló el cuartos. Él, que tan importante había sido en los dos partidos previos de semifinales. Él, que solo en 5 encuentros de Playoff suma más valoración (83) que en los 22 partidos de la pasada temporada (73) o que casi dobla sus números del global de la primera vuelta (48).

Él, que empezó el último cuarto con 4 puntos y 3 de valoración y que acabó arrasando en la prórroga hasta alcanzar los 19 de valoración merced a una exhibición de recursos sin igual. Él, el de la asistencia desde el cielo, en pleno salto, para que Teletovic se colgara nada más empezar el tiempo extra. Él, el de la penetración frente a Sergio Rodríguez culminada en un reverso fugaz y apoteósico que convirtió, segundos antes del Mate, el lanzamiento más forzado en la canasta más sencilla. El de los malabares, el de la clase, el resucitado. Nemanja.

Cuando Mirza probó fortuna desde más allá de 6,75, Bjelica se olvidó por siempre de pedir el balón para jugársela. Nemanja, situado tan lejos del aro como el propio Teletovic, bajó los brazos, impulsó sus piernas y corrió. Corrió y corrió para volar, como si el destino ya estuviera escrito, como si hubiera tenido algún sueño, en aquel verano de 2010 en el que se debatía entre las ofertas de media Europa, que culminaba en ese orgásmico mate. Perdón, Mate. Él ya lo sabía. Pasillo hacia la gloria, salto hasta el cielo. Y mil recuerdos por el camino.

 

 

Aquella paliza recibida por una banda callejera en Belgrado en su adolescencia, que rompió mucho más que su codo: su sueño de triunfar en el Partizan. Su caída al olvido, su viaje al otracismo en Austria, donde incluso la burocracia y los papeles se aliaban para dejarle sin jugar. Su tentación de abandonar el baloncesto tras romperse allí la pierna, los consejos de su padre, la rehabilitación en Belgrado, el encuentro con Pesic, que se enamoró de él y le vistió de base, de alero todoterreno, de jugador total. La Universiada de 2009, el bombazo de su convocatoria para el Europeo, la plata, la celebración. La explosión definitiva en la segunda parte de la temporada en el Estrella Roja tras la marcha de varios referentes (ahora, curiosamente, su salto llegó tras la llegada de Nocioni) o esa margarita con tantos pétalos del verano de 2010, con aroma baskonista.


“Es la mejor decisión de mi vida”
, afirmaba radiante en su primer día en Vitoria, tras desoír los cantos de sirena del Olympiacos. “La paciencia ha de ser el abono perfecto para que Bjelica explote definitivamente”, escribía Iván Fernández en su apasionada radiografía de 2010 de la estrella en ciernes. Casi dos años después, la confianza encontró premio.


Cuando el aro escupió el balón de Teletovic y lo impulsaba hasta el infinito, el destino parecía ya escrito. Bjelica, que había corrido veloz y sin oposición -¿acaso hubiera podido pararle alguien?- saltó alto, muy alto. Hasta la nueva cúpula si hubiera hecho falta. Se disponía a matar. Pero a matar de verdad.

Un flash, dos, tropecientos. Los días grises, la mala suerte, los momentos en el banquillo, los errores de antaño, los nervios y la lesión, ay, la lesión. Aquella fractura de escafoides en la muñeca izquierda que tanto le había frenado. Aquel maldito 26 de abril de 2011 en el que le confirmaban que su temporada se había terminado. Aquellos extraños términos, en serbio o en castellano (“técnicas artroscópicas percutáneas”) que dejaban helado a aquel que solo entendía la jerga del baloncesto.

¿Cómo no iba a machacar con rabia por encima de Velickovic? Que alguien diera un motivo, ¡solo uno!, por el que esa canasta no debiera convertirse en algo más que una canasta y ese mate en algo más que un mate. Macedonia de recuerdos, de frustraciones, de energía, de ilusión por el futuro, del entusiasmo de un Buesa Arena hipnotizado, entre abrazos, saltos y manos en la cabeza. Tan solo habían pasado 2,4 segundos desde que el balón salió de las manos de Teletovic. Suficiente tiempo para cambiar una trayectoria y quién sabe si incluso, una eliminatoria. De Timinskas a Bjelica. El Mate ya encontró secuela.

 

 

 

 


Tras mirar desafiante con sus ojos a la altura del aro y hacer el mate, con el pabellón entero gritando, Nemanja se retorció un par de veces más en lo más alto, jugando desde los 3,05 de altura como el niño que lo hace en un parque. Piernas arriba, flexionadas. Cabeza al frente. El pabellón, por los aires. El Caja Laboral, por delante. Gritos de MVP. Y él, aterrizando con inocente faz, con sus manos pidiendo calma. Como si solo hubiese anotado una sencilla bandeja en algún momento del primer periodo, solo supo caminar hasta la línea de los tiros libres para lanzar impaciente y romper, con su 2+1, un encuentro que acabó teñido con su clase, inclasificable mezcla de talento, locura, frialdad y elegancia. Dos años en dos segundos. Dos segundos para dos victorias. Dos segundos para una resurreción, una esperanza, un regreso. El basket sonríe. Él no cambia la cara.

 

Daniel Barranquero

@danibarranquero

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